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Argentina: ¿un caos que afecta a la familia?
Un error frecuente es desconocer a la familia y a otros sistemas intermedios entre el individuo y la sociedad


Por: Ernesto Eduardo González |



Hoy es clara la situación argentina en lo social y económico: en este 2001, estamos en un proceso de descomposición, estamos estancados. Nuestra posición ante el mundo no es buena. Y lamentablemente nuestro pronóstico nos anuncia malos momentos.

Cuando mas “avanza” nuestro Gobierno Nacional, mas nos alejamos de la felicidad ciudadana y mas aumentan las frustraciones y las insatisfacciones, y hoy no se si es exagerado reconocer la destrucción progresiva que sufrimos en manos de un Gobierno Nacional calificado como débil, un Gobierno Nacional que me hace sentir vergüenza y dolor, y que hoy critico sin ser “golpista” y sin ofender la bendita investidura presidencial.

Hoy, nuestro querido país está siendo arrastrado a su descomposición en manos de un Gobierno Nacional identificado con una democracia unida al capitalismo filisteo y depredador, que nos quita toda energía y nos transforma en un país modelo de lo que no se debe hacer: destrozar la producción, y llenar al país de los nuevos comercios y empresas: “Todo por 2 pesos”, Remiserías y Pizzerías a domicilio; y además y frente a este caos de pobreza, desocupación y fragmentación, este Gobierno Nacional entona la cantinela de la herencia recibida, ante el desencanto y la angustia de un pueblo agotado y sin perspectivas de cambio.

Además de pensar en que aún este Gobierno Nacional tiene 2 años más de acción, entiendo que en el inconciente colectivo se vislumbra que puede conducir un barco de calesita, no un barco verdadero y además, en medio de un temporal.

Sin dudas, las más perjudicadas son las Familias Argentinas!!, las que no pueden emigrar, las rehenes de este holocausto político y económico, victimas del desangre diario, del ajuste permanente a que nos somete, y donde cada día vemos como dimite el Gobierno Nacional en sus obligaciones de brindar servicios a los más vulnerables: jubilados, empleados públicos, niños y jóvenes, etc. etc.

En este marco de desastre, que ocurre con la familia? Pensemos en la Familia!!

Existe un fracaso en el proceso de socialización. Que es responsabilidad básica de la familia y que se complementa con la función de la escuela.

El ser humano no existe solo, sino en permanente convivencia e interacción con los contextos en que está inmerso. De estos contextos, la familia es el primero en orden de aparición y de importancia.

* Históricamente: la familia es responsable de los primeros procesos de aprendizaje, entre los que prevalece él “aprender a aprender”. A ella se debe la internalización de normas y reglas, propias del proceso de socialización, siendo estructura proveedora del cuidado de los hijos, que es la síntesis equilibrada de las funciones nutritivas y normativas parentales.

Nutritivas: se llama así a las funciones primarias que hacen a la satisfacción de las necesidades de los hijos. Alimento, amor, abrigo, etc. que son gratificantes para ambos, padres e hijos e imprescindibles para la supervivencia.

Normativas: se llama así a las funciones relacionadas con el ajuste a la realidad, con el aprendizaje e internalización de reglas que los hijos necesitarán saber para manejarse exitosamente en el mundo que les tocará vivir. Son frustrantes para padres e hijos porque están más ligados a la espera o al “no” que al “sí” o a la satisfacción.

A demás tienen la particularidad de requerir de la acción conjunta de ambos progenitores, pues de, lo contrario, el excluido se convertirá en un saboteador voluntario o involuntario de la norma.

Pensemos en estos conceptos, pero unámoslos a la actual crisis de nuestro país, y a los rostros de nuestros gobernantes nacionales.

* En lo Actual: la familia resulta contexto privilegiado. El Refugio. Lugar de recíproca continencia y asistencia emocional, afectiva y normativa, pero sobre todo fuente de refuerzos positivos y negativos de aquel aprendizaje que lo afianzan o lo modifican. Representa al otro mundo exterior. Para que la familia pueda cumplir con su objetivo, es necesario que posea una adecuada estructura, es decir, una dinámica organización jerárquica, con niveles no autoritarios de poder de decisión, vale decir de legítima autoridad; una clara discriminación entre sus partes integrantes que marque, por lo menos, las diferencias generacionales y una adecuada capacidad de crecer con los cambios evolutivos de sus integrantes, manejándose con reglas claras pero con la suficiente flexibilidad como para permitir una adecuada elección de alternativas. Si estas condiciones no se dan, la familia puede resultar disfuncional, incompleta y aun victimaria, siendo incapaz del cumplimiento de las tareas que les son propias, generando patologías y sufrimiento en sus miembros.

* Pero no debemos olvidar en este análisis, que estamos en Argentina 2001, en manos de la Administración De La Rúa, en el triunfo del ajuste sobre las familias argentinas, que sufren los Déficit Cero, el Mega Canje, el Blindaje Financiero, la Flexibilidad Laboral, etc.

¿Qué está ocurriendo en el mundo con aquello que estaba instalado en la vida cotidiana como “natural” o “normal”?

La Familia es considerada como célula básica de la sociedad, que acompaña y envuelve a los seres humanos desde que nacen hasta que mueren. ¿Qué está pasando con este pensamiento?

La familia es una institución social, creada y transformada por hombres y mujeres en su hacer cotidiano, tanto individual como colectivo. Deben cumplir en la sociedad con ciertas tareas. El cómo y el quién debe llevar a cabo estas tareas, las formas de organización de los agentes sociales, los entornos y las formas de las familias son múltiples y variadas. Esta variabilidad no se relaciona con las diferencias “culturales” sino con procesos de cambios sociales, económicos, tecnológicos y políticos, los cuales forman parte de las transformaciones en la familia.

Hasta no hace mucho tiempo, no había cuestionamientos del modelo de familia “ideal” o idealizado: la familia nuclear o neolocal (matrimonio monogámico y sus hijos, que conforman su propio hogar en el momento del matrimonio), donde sexualidad, procreación y convivencia coinciden en el espacio “privado” del ámbito doméstico.

Este modelo es parte de una imagen de la familia, su naturalización (se identifican como natural, guiada por principios biológicos) y su peso, como definición de lo “normal” (frente a las desviaciones patológicas, perversiones) ocultaron dos fenómenos: el primero, el hecho de que siempre hubo otras formas de organización de los vínculos familiares, otras formas de convivencia, otras sexualidades y otras maneras de llevar adelante las tareas de procreación y reproducción. Ejemplo de éstas: la homosexualidad, la circulación social de niños (comercio, entrega, robo, adopción legal e informal), las formas de convivencia elegidas o forzadas que no se basan en lazos de parentesco. En segundo lugar, la familia nuclear “arquetípica” está muy lejos de serlo si se la mira desde un ideal democrático: tiende a ser una familia patriarcal, donde el “jefe de familia” concentra el poder, y tanto los hijos como la esposa – madre desempeñan papeles subordinados al jefe.

Vivimos en un mundo en que las tres dimensiones que conforman la definición clásica de familia (sexualidad, procreación y convivencia) han sufrido varias transformaciones y han evolucionado en distintas direcciones. El matrimonio heterosexual monogámico ha perdido el monopolio de la sexualidad legítima, y la procreación y cuidado de los hijos no siempre ocurren “bajo un mismo techo”, con convivencia cotidiana. Pensemos en los ejemplos Madonna o Xuxa.

Entonces, surgen dudas acerca de qué es la familia. La imagen, convertida ya en lugar común, es que la familia está “en crisis”. Pero, ¿qué familia está en crisis? Si se habla del modelo tradicional “ideal” del papá que trabaja afuera, la mamá que limpia y cuida a los hijos, etc. , no hay dudas que hay una situación de crisis. Esta familia “normal” está atravesada por mamás que trabajan, por divorcios y formación de nuevas parejas con hijos convivientes y no convivientes, por transformaciones ligadas al proceso de envejecimiento (viudez, hogares unipersonales). A esto se suma, otras formas de familias más alejadas del ideal de familia nuclear completa: madres solteras y madres con hijos sin presencia masculina, padres que se hacen cargo de sus hijos después del divorcio, personas que viven solas pero que están inmersas en densas redes familiares, parejas homosexuales, con o sin hijos. Todas ellas son familia. Hombres y mujeres tienen distintos lugares diferenciados que están en procesos de transformación. Mujeres que salen a trabajar o que son “jefas de familia”, hombres que reclaman su derecho a la paternidad constituyen desarrollos recientes, con efectos a largo plazo, muy significativos (es interesante el trabajo del Dr. Roberto Chouhy sobre la ausencia de padre).

Es decir, lo que se tiene es una creciente multiplicidad de formas de familia y de convivencia. Esta multiplicidad puede ser vista como parte de los procesos de democratización de la vida cotidiana y de la extensión del “derecho a tener derechos” (inclusive al placer), con lo cual la idea de crisis se transforma en germen de innovación y creatividad social.


La dificultad del convivir

La modernidad implicó el largo proceso de emergencia de sujetos individuales autónomos.

La individuación incluye el reconocimiento de la necesidad de observar nuestras vidas y nuestras acciones desde nuestro propio punto de vista. Esto implica el surgimiento de la autonomía personal, en el sentido de la capacidad de tomar decisiones propias. Pensemos en individualismo > egoísmo > temor a la convivencia.

El resultado de esta individuación y reconocimiento de los propios sentimientos podría llevar a un resquebrajamiento gradual del matrimonio y de la familia convencional sancionadas por la tradición y la religión. Soledad basadas en encuentros casuales, opciones en relaciones homosexuales abiertas y estables, cotidianidad compartida en comunidades y todas las formas imaginables de organización de la vida cotidiana se vuelven posibles. Sin embargo, hay limites. Existen barreras.

Hay una tensión entre la autonomía personal, y la necesidad de una identidad colectiva y de pertenencia grupal, y esto se renueva permanentemente.

En el análisis de la institución familiar, esto implica que en tanto se valora socialmente al sujeto que tiene dominio sobre sí mismo y que toma sus propias decisiones, lo que sé desestructura no es la familia sino una forma de estructuración de la familia tradicional: la familia patriarcal, en el cual el jefe de familia tiene poder de control y decisión sobre los otros miembros.

Es decir, que la unidad familiar no es un conjunto indiferenciado de individuos. Es una organización social, de relaciones de producción, de reproducción, con una estructura de poder y con fuertes componentes ideológicos y afectivos que cementan esa organización y ayudan a su mantenimiento y su reproducción. Dentro de ellas, se ubican las bases estructurales del conflicto y la lucha, ya que al tiempo que existen tareas e intereses colectivos o grupales, los miembros tiene deseos e intereses propios.

Los principios básicos de organización interna siguen, en tanto familia, las diferenciaciones según edad, genero y parentesco.

En el modelo de la familia patriarcal, el principio básico de organización interna es jerárquico. La autoridad está en manos del padre, los hijos se hallan subordinados a su padre, y la mujer a su marido.

Durante los últimos dos siglos, los procesos de individuación fueron parte de la transformación económica y social de Occidente, afectando la autoridad patriarcal sobre los hijos.

En relación al Trabajo, antes eran los padres los que salían a trabajar, luego fueron los hijos los que también salían a trabajar. Los jóvenes estaban inmersos en estructuras de una fuerte autoridad paterna de las cuales era muy difícil salir, pero el trabajo asalariado ofrece la posibilidad de ganar autonomía financiera. De esta manera comienzan a manifestarse nuevos intereses diferenciados de los de sus padres.

En relación a la Educación la expansión de la escolaridad ofreció otras posibilidades de individuación de los hijos, en la medida en que fueron incorporando nuevos saberes y nuevas relaciones sociales más allá de la familia y del ámbito domestico.

La perdida de la autoridad patriarcal en relación con los adolescentes y jóvenes, anclada en la importancia de la “cultura de pares” (identificación de los jóvenes con otros jóvenes), acompañadas por las tensiones que el proceso de crecimiento y autonomía personal propio de esta etapa del curso de la vida producen en las relaciones entre padres e hijos generan en nuestra sociedad enfrentamientos intergeneracionales que pueden aparecer en momentos tempranos del curso de vida.

En la dinámica domestica entre géneros, las líneas de conflicto se plantean cuando aumenta la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo. Esto implica la posibilidad de autonomía económica de las mujeres.

Es claro, con todo lo expuesto, que en el mundo Occidental la familia centrada en la autoridad patriarcal se halla en decadencia. La lucha por la autonomía personal, que inicialmente fuera patrimonio de los hijos por librarse del poder del padre, se ha extendido a la relación entre géneros.

Al ampliarse la gama de tareas que las mujeres desempeñan en el mercado de trabajo, y cuando los hombres aumentan su participación en tareas vinculadas al cuidado (enfermería, docencia, etc.)- es decir, cuando la tipificación social de lo que es “femenino” y “masculino” comience a alterarse, el modelo de estructuración de la familia nuclear y de la domesticidad se podrá ver amenazado.

Para seguir con esta idea, tomaré las transformaciones a lo largo del curso de la vida familiar, a partir de la constitución de la familia < unidad doméstica > que se ubicará en el momento de la unión o comienzo de la convivencia de un matrimonio o pareja.

Existen normas y expectativas sociales en relación con los momentos y las etapas de este curso de vida en nuestras sociedades: el noviazgo seguido del matrimonio, el nacimiento y la crianza de los hijos, la adolescencia y la juventud de los hijos que los llevan a salir del hogar familiar para iniciar su propio ciclo. Ésta es una imagen idealizada que no corresponde de manera fiel a la actual realidad social. Abandonos y divorcios que casi siempre implican hogares sin padre, convivencia con otras generaciones o “vuelta al hogar paterno”, niños cuidados por otros parientes y no por sus padres, segundas y terceras uniones que constituyen familias “ensambladas”, familias “multiproblemáticas”, muertes, migraciones, etc., todas estas, difícilmente puedan seguir siendo considerados como “accidentes” en un curso normal. El momento histórico actual refleja un creciente reconocimiento de que aquello que antes era visto como “accidente” o “desviación” de una norma se está convirtiendo en algo “normal”. En consecuencia, las normas y las expectativas sociales están cambiando, así como los criterios para la definición social de lo normal y lo “desviado” (o de lo aceptable e inaceptable socialmente).

Ya veremos lo que nos indicará este Censo 2001, tan controvertido, y tan dudoso en calidad y en ciertas variables, tal como ha sido criticado de diferentes fuentes.

La familia constituye, de hecho, la base del reclutamiento de los miembros de un hogar, develando un aspecto significativo de la normatividad social que combina actividades concretas e inmediatas necesarias para la supervivencia con lazos sociales cargados de afectos y pasiones.

La familia y los vínculos de parentesco - establecidos en función de la elección de pareja (afinidad) y las relaciones de filiación (consanguinidad)- sirven también como base del compromiso para las conexiones materiales de la reproducción cotidiana. La gente al aceptar el valor y el significado social de la familia, participa de relaciones de producción, reproducción y consumo: se casa, tiene hijos, trabaja, hereda normas culturales y riquezas materiales para luego transformarlas y transmitirlas. En todas estas actividades el concepto de familia refleja y enmascara simultáneamente la realidad de la formación y el mantenimiento de organizaciones domésticas. La refleja, ya que la mayoría de las unidades domésticas están constituidas por miembros emparentados entre sí. La enmascara, al transformarse en un valor o principio ideológico que en apariencia es compartido por todos los miembros, pero que en la realidad tiene diversos sentidos e implica experiencias radicalmente diferentes de vivir en familia (diferentes actividades, diferentes responsabilidades, diferentes afectos) marcados por el género, la generación y la clase social.


Nuevas conformaciones familiares

Hay tendencias demográficas que inciden en las transformaciones de las familias, y que se desarrollaron (y se siguen desarrollando) a lo largo del siglo XX, entre ellas:

>Las tendencias en los patrones de matrimonio

>Los cambios en la fecundidad y en la mortalidad

>La estructura de edades.

>Ciclos económicos y crisis. (Muy especialmente en la Argentina del Riesgo País de la Administración De La Rúa – Cavallo)

En primer lugar, hay una diversidad intercultural en los patrones sociales de formación de matrimonios y de familias. Hay tres tipos históricos de patrones de formación de parejas: el patrón europeo, de casamiento tardío y tasas altas de celibato; el patrón “no europeo” de matrimonio temprano y prácticamente universal; y un tipo intermedio. Durante el siglo XX se dio un proceso de convergencia, con una disminución de la edad de la primera unión en Occidente y un aumento en la edad de la primera unión en aquellas sociedades con tradiciones matrimoniales muy tempranas. En Argentina, disminución en la tasa de nupcialidad y un aumento en las uniones de hecho. Se incrementó el divorcio y la separación.

En segundo lugar, hubo dos tipos de cambio en cuanto a las tendencias de fecundidad y mortalidad: un aumento en la expectativa de vida y una disminución de la duración del período dedicado a la reproducción. Ambas modificaciones, nos dan idea de que hay muchos más años de vida adulta para ser dedicados a otras cosas.

En tercer lugar, la tendencia hacia el envejecimiento de la población implica el crecimiento de la proporción de personas adultas y ancianas, y la consecuente tendencia hacia la disminución de hogares jóvenes y hacia un aumento de los hogares de y con personas mayores. El patrón ha cambiado y ha sido reemplazado por otras formas: la pareja de ancianos, los hogares unipersonales y los hogares “no nucleares” (hermanas ancianas viviendo juntas por ejemplo), además de los ancianos que viven en residencias institucionales.

En cuarto lugar, hay que ver que efectos producen los ciclos económicos y las crisis, viejas y nuevas, en la formación de los hogares. Cuando el hábitat urbano es caro y no existen políticas sociales de vivienda, las nuevas parejas tienden a demorar su formación o a compartir la vivienda de sus padres.

Con más de 5 millones de desocupados y sub-ocupados, con ajustes permanente y miles y miles de familias en el umbral de la pobreza, es la crisis que se traslada a las familias y a las futuras uniones y familias.

Estas tendencias constituyen el marco para entender la multiplicidad de formas de convivencia.

Hay otras tendencias, el aumento en la tasa de divorcios y separación y el aumento de hogares a cargo de mujeres.(Es muy interesante la tesis de la Lic. Raquel Martinez sobre Mujeres Jefas de Familia presentada ante la Universidad del Salvador, IIPC)

En realidad la familia nuclear, como modelo cultural, ha tenido un desarrollo muy especial: idealizada como modelo normativo, asumida en términos de lo “normal” por las instituciones educativas y de salud, la familia nuclear de mamá, papá y los hijos se combina con una fuerte ideología “familista”, en la cual la consanguinidad y el parentesco han sido criterios básicos para las responsabilidades y obligaciones hacia los otros. Pero el familismo como ideología de parentesco y la idealización de la familia nuclear son potencialmente contradictorios, ejerciendo presiones cruzadas sobre los miembros.


Diferentes tipos de hogares

Hay hogares unipersonales. Muchos, donde aparecen como una consecuencia de la soledad, o de la imposibilidad de la convivencia, o del resultado de la crisis socio-económica. Hay muchas ideas sobre el porqué, pero lo cierto es que hay muchos más que hace 20 años, tal cual las encuestas.

Hogares nucleares que incluye todas las variantes: “completas”, aquellas donde hay una pareja e hijos, e “incompletas” o monoparentales, donde hay un padre (más a menudo la madre) con sus hijos. La “completas” pueden estar formadas por parejas y sus hijos comunes (familia nuclear “ideal”), pero también ser familias “reconstruidas” o “ensambladas”, donde los hijos convivientes pueden ser de uno, de otro, o de ambos. Los miembros de las parejas, también pueden tener otros hijos no convivientes.

Y las familias “extendidas” pueden poseer composiciones de las más diversas.

Esto muestra que los lazos familiares sigue siendo los criterios centrales para la conformación de los hogares.

Lo que está ocurriendo es un cambio en la estabilidad temporal de la composición del hogar. El modelo del ciclo de vida familiar “ideal” presentaba transiciones previsibles y duraciones largas de cada etapa: infancia y adolescencia en familia nuclear completa, con papá, mamá y hermanos, matrimonio y hogar de pareja sola hasta el nacimiento de los hijos, familia nuclear completa hasta que los hijos se casan, luego pareja sola (“nido vacío”) y viudez/muerte. Frente a todo esto, la realidad actual incluye mucha más variabilidad, imprevisibilidad, y por sobre todo temporalidades más cortas. Los niños convivirán en una familia nuclear solo con su madre si hay divorcio; luego pueden convivir en una familia nuclear, pero no con su padre biológico sino con la nueva pareja de su madre; hay parejas solas reconstruidas, viejos que viven en pareja, solos, en la familia extendida o en instituciones.


LA SITUACIÓN ACTUAL DE LA SOCIEDAD, LAS INSTITUCIONES Y LOS GOBIERNOS ANTE LA FAMILIA DEL TERCER MILENIO

La familia pertenece al ámbito de las actividades privadas y reservadas del ser humano. Por esto siempre ha sido difícil la función que desempeña la Sociedad y en especial el Estado ante ella. Hoy en Argentina, en la tremenda crisis que atraviesa, esta relación se complica.

Se hace necesario un adecuado equilibrio de éstas fuerzas en el que, respetando las características privadas de los asuntos familiares, estos no queden totalmente fuera del alcance de la intervención pública, cuando excedan ciertos límites.

Debiera reconocérsele a la familia una ubicación en tanto que ella es más que la suma de los individuos que la componen, es decir un organismo en sí mismo, sin que esto, implique por apartarse de lo individual, que se la ubique en lo público, aún jurídicamente.

Un error frecuente es desconocer a la familia y a otros sistemas intermedios entre el individuo y la sociedad, que funcionan con leyes propias como totalidades y que son distintas a la suma de los individuos que lo componen. La ignorancia sobre estas estructuras hace pensar y operar como si nuestra sociedad fuera solo un montón de individuos y no un conjunto de sistemas organizados. Cada vez que el Estado ajusta, cada vez que la Administración Nacional aplica un Megacanje, un Blindaje Financiero, un Déficit Cero, está “pegando” en el corazón de las familias, a muchas de las cuales las destroza, y donde miles pasan de un estilo de vida a otro, de pobreza, de indignidad y de dolor social.


“Lazos” de la familia con el Estado. Lo privado y lo público

La familia no es una unidad aislada del mundo social.

El Estado y distintas agencias sociales intervienen permanentemente conformando a la familia y los roles dentro de ella, controlando su funcionamiento, poniendo límites, ofreciendo oportunidades y opciones. De esta manera, la conformación de la familia es el resultado de la intervención de distintas fuerzas e instituciones sociales y políticas: los servicios sociales, la legislación, el accionar de las diversas agencias de control social, pero también las ideas dominantes o hegemónicas en cada época. Las transformaciones en todo este sistema de instituciones e ideas van conformando históricamente el ámbito de la familia.

La familia contemporánea ocupa un lugar contradictorio entre el mundo público y el ámbito de la privacidad y la intimidad.

Por un lado se halla sujeto a la vigilancia de las instituciones sociales, especialmente aquellas que se ocupan del “desarrollo de la calidad de una población y de la fortaleza de la nación”. El ojo invasor de las agencias sociales, de profesionales y expertos que indican y promueven prácticas “adecuadas” o “buenas”(de alimentación, crianza, relaciones interpersonales, de cuidado del cuerpo, higiene, puericultura) no deja de aumentar, invadiendo las áreas de competencia de los propios miembros de la familia. El origen de esta invasión tiene que ver con la aparición de los tribunales de menores y con las instituciones caritativas y filantrópicas “moralizadoras”. Actualmente hay una verdadera invasión de imágenes, de modelos, de controles, casi siempre contradictorios, (esto fue aumentando en estos dos últimos siglos), simbolizada quizás en la televisión, que conecta la privacidad del hogar con el mundo global de los medios.

Por otro lado, de manera aparentemente contradictoria, la familia también es presentada como el reducto de la intimidad y la privacidad, un reducto de amor y paz en un mundo competitivo y voraz < esto, por supuesto, cuando hay armonía y paz >. Ahora, cabria preguntarse, cuáles son los límites de esta intimidad.

El Estado interviene en la vida familiar, ya sea confrontando a los padres (por ejemplo quitarles la patria potestad) o en pequeñas y grandes acciones permanentes, con efectos directos e indirectos sobre las practicas familiares cotidianas (podemos analizar las medidas gubernamentales de la Administración De La Rúa sobre miles y miles de familias.....). Por una parte, existen las políticas públicas, ya sean de salud, vivienda, población, alimentos, educación, etc.(Funcionan en Argentina?, hay planes accesibles de vivienda para las poblaciones de menores recursos?, funciona el PAMI en lo relacionado a salud?, la educación está funcionando bien en nuestro país?, etc. etc. En segundo lugar, se encuentran los mecanismos legales y jurídicos vinculados, a la defensa de los derechos humanos, y a los sistemas penales, como la penalización del aborto, el no-reconocimiento penal de la violación dentro del matrimonio, o las limitaciones a los derechos de los menores. En tercer lugar, existen las instituciones y prácticas concretas en las cuales las políticas y la legalidad se manifiestan: el accionar de la política y el aparato judicial, las prácticas de las instituciones educativas o de la salud pública, la política estatal sobre medios de comunicación. Y finalmente, el papel mediador de las prácticas institucionales y la interacción cotidiana en la sociedad civil, que otorgan sentidos y criterios culturales de interpretación respecto de la relación entre familia y Estado.

En el plano institucional, dada la estructuración jurídica y cultural de la sociedad, existen barreras para que el Estado actúe en el ámbito “privado” de la familia. El paradigma dominante de los derechos humanos se construye sobre la base de una diferencia: los derechos civiles y políticos de los individuos se sitúan en la vida pública; por lo cual las violaciones de estos derechos en la esfera privada de las relaciones familiares quedan fuera. A diferencia de las estructuras de dominación y de desigualdad política entre hombres, las formas de dominación de los hombres sobre las mujeres sé efectivizan social y económicamente sin actos estatales explícitos, a menudo en contextos íntimos, definidos como vida familiar. Al mismo tiempo, la privacidad en la familia aparece como justificación para limitar la intervención del Estado en esta esfera.

Se manifiesta la tensión entre el respeto a la privacidad y la intimidad por un lado, y las responsabilidades públicas del Estado por el otro, que requieren una redefinición entre lo público y lo privado e intimo, distinción simbólica e ideológica, pero no práctica: en la práctica, el Estado moderno siempre ha tenido un poder de policía sobre la familia. La urgencia consiste en tornar efectiva la obligación del Estado de proteger los derechos humanos básicos de sus ciudadanos, cuando éstos son violados en el ámbito privado de la familia. Y simultáneamente en defender la privacidad cuando la intervención esta dirigida a violar los derechos, como ocurre con los regímenes totalitarios.

Peor aún cuando una Administración Nacional, incapaz y fracasada como la actual, que no sabe manejarse, intenta manejar la privacidad de la Familia.

Esto no elimina la tensión o contradicción. La intervención del Estado en el mundo privado presenta dos caras: por un lado, la defensa de las víctimas y de las/os subordinadas/os del sistema patriarcal y, por el otro, la intervención arbitraria, el control y aún el terror.

Hay un diagnostico contemporáneo, que plantea la “crisis” de la familia, donde se dice que es conveniente la intervención pública para “salvarla” de esta situación de crisis. Los que están a favor de esta intervención, suelen ser voces tradicionales y de la religión, con su carga de “vigilancia” moral de la vida privada, que reclaman políticas para “fortalecer” a la familia. El supuesto ideológico de ésta línea, es que la familia es en singular: hay solamente un modelo posible que debe ser fortalecido: el de la familia basada en la pareja heterosexual monogámica y sus hijos, con su lógica de funcionamiento tradicional. Los demás modelos de familia y convivencia son perversiones, desviaciones, indicadores del estado de “crisis”.

Sería interesante pensar la intervención pública en la familia, pero desde otra perspectiva, que consiste en promover la democracia y la igualdad. Es necesario tomar como punto de partida un diagnostico de las tensiones y problemas sociales asociados alas familias, para delinear políticas publicas correctoras, compensadoras y transformadoras.

En primer lugar incorporar la equidad entre géneros, aunque sin una reestructuración de las relaciones económicas, este tipo de políticas tiende a ser asistencialista, y aunque tienden a promover la igualdad, suelen reforzar la diferencia y la estigmatización de la población que recibe esa ayuda.

En segundo lugar, la defensa de los derechos humanos implica la intervención en el interior de las familias, en esa vida “privada” donde con más frecuencia estos derechos son violados. El desafío es intervenir, manteniendo el frágil equilibrio que supone la necesidad de proteger la privacidad y la intimidad, explicitando los límites de la intervención pública.

En tercer lugar, la familia es una instancia mediadora entre la estructura social en un momento histórico dado y el futuro de dicha estructura social. A partir de esta función reproductora de la sociedad, la institución familiar tiende a transmitir y reforzar patrones de desigualdad existentes. Esto requiere de una acción en una dirección más equitativa por parte del Estado y otras instancias de intervención colectivas.

Es decir, para promover la equidad social y disminuir las desigualdades sociales se requiere la intervención activa de instituciones extrafamiliares compensadoras y transformadoras, que serán hechas por el Estado a través de políticas fiscales y sociales.

Entiendo que en nuestro país, con la actual y desacreditada conducción gubernamental nacional, lamentablemente no las visualizo posibles.

En tanto la familia siempre forma parte de un contexto social más amplio, que incluye a las demás instituciones, la acción pública, estatal y social debería compensar las deficiencias familiares en la capacidad de socialización y reforzar las capacidades existentes. De ahí la importancia de diseñar políticas sociales integradas en este campo, no dirigidas exclusivamente a un síntoma(la drogadependencia) o a una institución (familiar). Recordemos a Edgar Morín y a la necesidad de una nueva política de civilización, y dentro de la concepción de la Complejidad.( ver www.complejidad.org)

En fin, los desafíos que se plantean a la intervención pública son múltiples: en primer lugar, buscar la democracia en la familia, reconociendo los derechos de sus miembros y los principios de igualdad que deberían gobernar su funcionamiento, lo cual implica tomar en serio la equidad en las relaciones entre géneros y generaciones dentro de la familia, con el reconocimiento de los derechos de los niños, de los principios de no-discriminación de las mujeres, de la violencia doméstica como violación de los derechos humanos.

Debemos repensar y retomar conceptos de Educación Social y de Desarrollo Humano, y esperar que cambie la actual conducción nacional vacía y estéril.


A manera de conclusión:

La familia se constituye y acota en función de sus interrelaciones con las demás instituciones sociales; nunca fue ni podrá ser un espacio ajeno o aislado respecto de las determinaciones sociales más amplias. La familia no constituye un mundo “privado”. Más bien, el mundo privado e intimo de cada sujeto social se construye a partir de las relaciones y controles sociales dentro de los cuales se desarrolla su cotidianidad.

Las transformaciones de la familia a lo largo del siglo XX fueron:

* La gradual eliminación de su rol como unidad productiva, debido a las transformaciones en la estructura productiva.

* Los procesos de creciente individuación y autonomía de jóvenes y mujeres, que debilitan el poder patriarcal, provocando mayor inestabilidad temporal de la estructura familiar tradicional y mayor espacio para la expresión de opciones individuales alternativas.

* La separación entre sexualidad y procreación, que lleva a una diversidad de formas de expresión de la sexualidad fuera del contexto familiar y a transformaciones en los patrones de formación de familias.


Todo esto apunta a una institución que va perdiendo funciones que va dejando de ser una “institución total”. Más que hablar de “la familia” se empieza a pensar en una serie de vínculos familiares: vínculos entre madres, padres e hijos, vínculos entre hermanos y otros vínculos de parentesco más lejanos. En estos vínculos adscriptos existen obligaciones y derechos, aunque son relativamente limitados.

Esto a nivel internacional, o mundial.

En nuestra Argentina del 2001, la Familia está muy maltratada, fundamentalmente por el Gobierno Nacional, que en su actuación le está inflingiendo golpes muy dolorosos, y que los podemos ver a través de sus medidas, lo que hará un verdadero “clic” (palabra puesta de moda por el Presidente De La Rúa) lamentablemente percibido en prospectiva muy negativo; y que tendrá como consecuencias una notable transformación de las familias argentinas.



Ernesto Eduardo González es docente universitario, licenciado en demografía, doctor en psicología con orientación social y magíster en drogadependencia.




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