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La oración: alma del movimiento ecuménico
Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos


Por: P. Florentino Gutiérrez | Fuente: www.revistaecclesia.com



Tradicionalmente, esta Semana se celebra del 18 al 25 de enero. Estas fechas, junto a la fiesta de la conversión de San Pablo, fueron propuestas en 1908 por Paul Watson.

Hacia 1740, en Escocia, había nacido un movimiento pentecostal cuyo mensaje por la renovación de la fe llamaba a la oración por todas las Iglesias y con ellas. En 1840, Ignatius Spencer, convertido al catolicismo, sugiere una “Unión de oración por la unidad”. La primera asamblea de obispos anglicados en Lambeth, en 1867, insiste en la oración por la unidad en sus resoluciones. El Papa León XIII, en 1894, anima a la práctica del Octavario de oración por la unidad en el contexto de Pentecostés.

Tras la propuesta de Watson, en 1926 el Movimiento “Fe y Constitución”, del Consejo Ecuménico de las Iglesias, inicia la publicación de “Sugerencias para un Octavario de oración para la unidad de los cristianos”. En la Francia de 1935, el abad Paul Couturier se convierte en el abogado de la “Semana universal para un Octavario de oración por la unidad de los cristianos sobre la base de una oración concebida por la unidad que Cristo quiere, por los medios que El quiera”. El Concilio Vaticano II, en 1964, en el Decreto sobre el Ecumenismo, subraya que la oración es el alma del movimiento ecuménico y anima a la práctica de la Semana. Desde 1966 el texto que sirve de base para la Semana de cada año se decide conjuntamente por “Fe y Constitución” y el Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos.

El lema que nos ofrecen conjuntamente para este año 2006 está tomado de Mateo 18, 20: “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. En el Mensaje de nuestra Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales para la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos nos dice lo siguiente:


1. LA UNIDAD, META DEL ECUMENISMO CRISTIANO, MOTIVO DE ORACIÓN Y SÚPLICA ESPERANZADA

La unidad visible de la Iglesia es el gran objetivo del movimiento ecuménico al que las Iglesias cristianas no pueden renunciar si han de ser fieles a la súplica de Cristo al Padre. La unidad vendrá como don sólo después de una larga andadura de conversión, cuya duración sólo Dios conoce. Sin esta confianza en la eficacia de la oración de Jesús no podremos mantener la firme esperanza de alcanzar la unidad anhelada por las Iglesias, sobre todo si atendemos a los síntomas de cansancio o escepticismo con que algunos cristianos acogen los pasos que se han ido dando desde la clausura del Vaticano II.


2. LOS LOGROS DEL ECUMENISMO, OBJETO DE ACCIÓN DE GRACIAS

A los cuarenta años, en efecto, de la clausura del Vaticano II, podemos mirar atrás con optimismo, y constatar el largo trecho recorrido por las Iglesias cristianas hacia la reconstrucción de la unidad visible de la Iglesia una y santa de Cristo. Hemos de dar gracias a Dios porque nos ha permitido hacernos conscientes de que la unidad visible de la Iglesia no llegará si no es mediante un hondo proceso de conversión a Dios de todos los cristianos, tal como desde los albores del ecumenismo moderno en el tránsito del siglo XIX al siglo XX, supieron verlo, no sin inspiración divina, los grandes apóstoles pioneros del movimiento ecuménico.


3. UN CAMINO DE UNIDAD PARA EL NUEVO SIGLO

En este caminar juntos en la fe y en la oración, sintiéndonos llamados a reunirnos en la única Iglesia, los cristianos hemos de practicar un «ecumenismo cotidiano» que a todos es posible. Este ecumenismo de cada día consiste en reconocer en cada bautizado un ser humano injertado en Cristo y vivificado por su Espíritu gracias al común bautismo que nos aúna en la fe y nos introduce en el misterio de salvación de la Iglesia.











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