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Los laicos y la mercadotecnia
Los laicos y la mercadotecnia o La Iglesia necesita los mejoresvendedores


Por: P. José de Jesús Aguilar Valdés | Fuente: http://www.cesanpablo.org/noticias.htm



He titulado mi ponencia “Los laicos y la mercadotecnia o La Iglesia necesita los mejores
vendedores”, por lo que quisiera que me permitieran comenzar hablando de los comerciales.

Todos hemos visto, en alguna ocasión, los comerciales que pasan en televisión.
Cuando se va a filmar un comercial se hace lo que se conoce como un casting. En él se eligen a las personas adecuadas, en general una persona de buena presencia y con una agradable sonrisa. Pero lo que más se pide a la persona es que se muestre “archirrequete-convencida” de las cualidades y beneficios del producto que anuncia.
Estos anuncios son tan bien hechos que logran incluso vender productos “chafas”, productos que son engañosos o que ofrecen “las perlas de la Virgen”.
¿Por qué una persona gordita piensa que va a reducir su “barriga” o “lonjitas” con un simple cinturón que le da “toquecitos”? ¿Por qué alguien compra una crema que supuestamente le va a reducir las arrugas de la cara en unos cuántos días?... ¡Porque las personas le creen al comercial! El comercial está tan bien hecho que, aunque el producto sea malo, las personas lo compran creyendo que es bueno.

Quienes se dedican a hacer este tipo de comerciales conocen perfectamente al ser humano. Saben que los seres humanos tenemos ciertas necesidades que tratamos de solucionar. Todos queremos sentirnos bien, queremos que nos traten bien, que nos hagan sentir importantes, que nos hagan sentir que somos útiles, únicos y valiosos; que nos amen y nos ayuden a encontrar el amor que buscamos. Todos queremos que nos ayuden a resolver nuestros miedos, angustias y momentos difíciles.

Por eso, si me angustia mi panza y alguien me ofrece un aparato para desaparecerla, yo le agradezco y lo compro. Si me angustian mis barros o las canas de mi cabello, y alguien me ofrece una crema para limpiar mi cara o un tinte para oscurecer mis canas, yo le agradezco y lo compro, etc. Podemos decir que nadie compra algo que no sienta que necesite.
Y he dicho a propósito lo siguiente: “Nadie compra lo que no sienta que necesita”. No es lo mismo “necesitar algo” a “sentir que necesitamos algo”. Cuando hablamos de “necesitar verdaderamente algo” estamos hablando de nuestras necesidades reales, aquello que de verdad nos hace falta. En este campo está el alimento, el vestido, la salud, etc. Pero hay otras necesidades que no son reales y que nos las han inventado los comerciantes. A esas necesidades les podemos llamar “necesidades creadas” porque no son personales sino que otros nos las han creado. Vamos a poner algunos ejemplos.

Una necesidad real es que necesito utilizar zapatos para caminar en las calles de la ciudad. Para satisfacer esa necesidad puedo utilizar cualquier tipo de zapato, del color y marca que sea. La necesidad real es que necesito zapatos. Una necesidad creada es que esos zapatos tengan que ser de determinada marca o que tengan que combinar con la ropa que llevo. Una marca o una moda es una necesidad creada, ¿quién dice que tengo que usar tal marca o tal color? ¡La moda!, ¡Los comerciantes!, ¡Mi grupo de amigos! Así que para darles gusto a ellos, aunque no sea una ecesidad real, mi preocupación no será solo comprar o tener zapatos sino utilizar Reebok o Nike o Christian Dior.

Otro ejemplo de necesidad real y necesidad creada: Una mujer necesita cubrir su cuerpo y quizás usar los colores que le gustan. Para ello puede comprar un vestido en cualquier parte; pero, si los comerciales le dicen que usar un vestido “Totalmente Palacio” la hace valer más, la hace más importante, ella se dejará llevar por una necesidad creada por la gente de esa tienda para caer en sus garras. Tenía necesidad de un vestido y le crearon la necesidad de comprarlo en esa tienda.
Con los comerciales la gente ya no se fija en el producto sino en la marca. Por eso existen tantas marcas piratas. Lo anterior es un buen ejemplo de que el hombre no siempre busca resolver sus necesidades verdaderas, sino que muchas veces se deja llevar por necesidades que otros le crean.
Otro ejemplo para descubrir la diferencia entre las necesidades verdaderas y las creadas nos lo puede dar una comparación. A la pregunta que les voy a hacer, de seguro todos me van a contestar inmediatamente y sin equivocarse: Qué vale más ¿la persona o su ropa?...
¡Por supuesto que una persona vale mucho más que cualquier prenda de vestir!
Pero, entonces viene otra pregunta: ¿Por qué una muchachita cuando no tiene un vestido nuevo para estrenar prefiere no ir a una fiesta? Ella dice que no tiene nada que ponerse, pero cuando su madre abre el closet ahí se ven muchos vestidos, faldas y blusas. Laverdad es que sí tiene que ponerse. Tiene resuelta la necesidad real de vestirse, pero está haciendo más caso a la necesidad creada de estrenar algo nuevo. Hace más caso a la necesidad de estar a la moda para quedar bien con los demás. Ella dice: “Si no tengo nada nuevo que ponerme mejor no voy”. Con esas palabras está diciendo claramente que el vestido es más importante que ella. Se quita valor. Entonces, renuncia a la fiesta, a sus amigos, al baile y a la diversión, por hacer caso a una necesidad creada. Muchos niños, jóvenes y adultos no se dan cuenta de que cada día podemos caer en la trampa de quienes nos quieren crear necesidades.
Otro ejemplo más: Se han fijado que cuando vamos al supermercado nunca encontramos a la entrada los productos más necesarios. Curiosamente nos ponen los productos más necesarios como alimentos, verduras, fruta, etc., en la parte más alejada, lo más adentro que se pueda de la tienda. ¿Para qué? para que antes de llegar a donde vamos, reparemos en cosas que no son necesarias o no tan necesarias. Yo entro a comprar alimentos, pero antes de llegar a ellos me distraen con las ofertas de los discos o las televisiones. Y ese tipo de cosas no las hacen nada más porque se les ocurrió. Es parte de la mercadotecnia. Ellos saben que de esa manera una persona entra al supermercado deseando comprar una cosa, y sale comprando muchas más que no pensaba. Por cierto, en este tipo de trampas caen más los hombres que las mujeres, salen con carritos llenos de cosas que se compraron por necesidades creadas y no necesidades reales.
Pero ya que estamos en el “Super”, vamos a ver ahora cómo elegimos un producto. ¿Revisamos la etiqueta?, ¿vemos la cantidad, peso o contenido?, ¿comparamos precios y beneficios?; en la mayoría de los casos, ¡no! Nos aventamos “como el Borras”. Solo nos fijamos en la “marca”, en que el envase esté bonito, en que tenga colores atractivos o en que no esté golpeada la lata. Un ejemplo de los colores atractivos lo tenemos en esos limpiadores “Fabuloso” con colores de gelatina o color de agua de sabores ¡como si para limpiar el piso se necesitara el color violeta o amarillo limón o rojito Jamaica!, ¿por qué les ponen ese color?: ¡Porque la gente se deja llevar por colores alegres, formas bonitas y presentaciones novedosas!
Un caso contrario a lo que les estoy diciendo sucedió con un empresario. Se dedicó a producir los mejores duraznos envasados de toda América. El producto era insuperable. Tanto, que el empresario pensó que se vendería sin hacer ninguna promoción. Su presentación era muy sencilla: un frasco transparente que permitía ver los duraznos gigantes, y eso era todo. Nada de colores llamativos, nada de color rojo, nada de diseño especial. El resultado fue que un magnífico producto, por falta de promoción y una adecuada mercadotecnia, se tuviera que retirar del mercado. La gente prefirió comprar duraznos más pequeños, de menor calidad, pero con empaques de colores, letras interesantes y marcas.
Con lo que he dicho hasta ahora puedo subrayar que los secretos de la mercadotecnia y los comerciales son importantes y necesarios para vender un producto.
Esos elementos son importantes a tal grado, que un mal producto se puede vender con buena mercadotecnia y, todo lo contrario, un buen producto se pueda quedar en el aparador para siempre por mala mercadotecnia.

Ahora vamos a otro punto. En la mercadotecnia el producto es importante pero también es muy importante el vendedor.
Hasta hace algunos años, no se ahora, para ayudar a los gastos de la casa algunas señoras se ponían a trabajar por ratitos. Visitaban las casas de sus amigas para hacerles una demostración de determinados productos. Para ellas no era suficiente dejar un catálogo para elegir la mercancía, sino que acudían puntuales a la cita para llevar diversos productos: Avón, Jafra, Tupperware, etc. Las amigas que recibían la demostración al principio no tenían mucho interés en comprar, pero después de la demostración de la bondad de los productos se iban animando poco a poco hasta que, al final, sin dudarlo, llenaban la solicitud de pedido. Cuando una vendedora le ponía más entusiasmo a la venta de su producto vendía más fácilmente y hasta hacía que sus clientes se aficionaran a sus visitas.

Ahora les platico el otro lado de la moneda. Conocí a una persona que trabajaba en la industria de la medicina. Su trabajo era visitar a los médicos para promocionar un medicamento que ayudaba maravillosamente a los pacientes con diabetes. El producto era muy bueno, pero el promotor era tan flojo, tan enojón y grosero, que por su causa el producto no llegaba ni a los médicos ni a los enfermos. Ese es un claro ejemplo de cómo un buen producto con mala mercadotecnia no llega a manos del comprador.
Un buen vendedor, para poder vender un mal producto, tiene que utilizar el engaño y la mentira. Pero, para vender un buen producto no tiene que mentir, sólo basta que muestre sus bondades y provechos. Cuando el vendedor actúa de esta segunda manera y vende, no sólo se beneficia él mismo sino que también hace un servicio al cliente pues le da un beneficio.
Por eso hay compañías que, conociendo lo bueno de sus productos, dan cursos de capacitación a sus vendedores para conozcan a fondo sus productos. Algunas personas que trabajaron un tiempo en Jafra me platicaban que con frecuencia las invitaba la empresa a reuniones donde les mostraban todo lo bueno de sus productos. Esas reuniones mostraban tan bien los beneficios de los productos que ellas mismas eran las primeras en convencerse y comprar. Y no sólo eso, salían tan entusiasmadas que querían que todos sus amigos y conocidos también tuvieran esos magníficos productos. Ellas se convertían en verdaderos apóstoles del producto. Ya no sólo les preocupaba vender el producto y obtener una ganancia, sino que se sentían felices cuando sus seres queridos u otras personas recibían los beneficios. Parece increíble que hable de “las apóstoles de Jafra” ¿verdad?, pero ahora veremos porqué.

Comencé esta charla hablando de necesidades reales y necesidades creadas, de mercadotecnia, productos y comerciales, para hacer una comparación con lo que vivimos en el campo de la fe.
Puedo preguntarme, ¿nuestra fe es una necesidad creada o una necesidad real?, la respuesta es fácil: La predicación de Cristo viene a dar respuesta a necesidades verdaderas del hombre, no a necesidades creadas. El hombre tiene la necesidad de preguntarse sobre el sentido de su vida: ¿Soy fruto de la simple naturaleza, de la chiripada, o soy fruto del amor de Dios que me ama? ¿Mi vida tiene una finalidad, o simplemente un término? ¿Me destruiré para siempre, o iré evolucionando espiritualmente hasta llegar a las manos de Dios? El hombre tiene la necesidad de conocer la verdad sobre el mundo, ¿este mundo material es lo único que existe, o existe también un mundo sobrenatural? ¿Me tengo que contentar con las cosas terrenas, o hay otras superiores? El hombre tiene la necesidad de alcanzar sus ideales, ¿basta obtener bienes pasajeros, o también son necesarias virtudes eternas?, ¿basta convivir con los demás, o es necesario también el encuentro con Dios? El hombre tiene necesidad de descubrir el secreto de la felicidad, ¿en dónde está la felicidad?, ¿fuera o dentro de mí?, ¿en los objetos o en otras realidades?, ¿está la felicidad en el tener o en el ser? ¿Puedo ser feliz si vivo en forma egoísta y dependiendo de las cosas? El hombre tiene necesidad de discernir sobre la jerarquía de valores, ¿qué tiene más valor?, ¿la vida o el placer?, ¿la libertad o la dignidad?, ¿el poder o la verdad?, ¿la comodidad o la familia? El hombre tiene la necesidad de saber a dónde va, ¿cómo crece humanamente? ¿Cómo dejar atrás el mal? ¿Me debilito o me fortalezco perdonando a los demás? ¿Qué hay más allá de la muerte? ¿Qué es lo que Dios pide y desea para mí?.
La predicación de Cristo responde a necesidades verdaderas, nos centra. No nos produce necesidades creadas, como lo hace la magia, el tarot o el horóscopo. La magia me crea la necesidad de convertirme en poderoso para controlar la vida de los demás hechizándolos. Me crea la necesidad de creer en amuletos o rituales para triunfar en la vida. El tarot me crea la necesidad de querer saber todo sobre el pasado, presente y futuro haciendo a un lado la onfianza en Dios y la fe. El horóscopo me crea la necesidad de depender de los astros para saber qué tengo que hacer. El esoterismo me crea la necesidad de contactarme con los muertos para saber cómo se encuentran en el más allá, en lugar de confiar que, por sus buenas obras, consiguieron la vida eterna. La adivinación me crea la necesidad de consultar falsas profecías para saber cuándo vendrán cataclismos, o cuándo será el fin del mundo, contrariamente a lo que nos dice Cristo: “Nadie sabe ni el día ni la hora”. Dios Padre no nos dice ni el día ni la hora, para que vivamos cada día de nuestra vida de la mejor manera confiando en Él.
La idolatría nos crea necesidades haciendo que el hombre invente ídolos para darles culto: como la Santa Muerte, los ángeles míticos, las semillas mágicas (como las lentejas de fin de año), los cuarzos a los que hay que platicarles, etc. Con la idolatría sentimos la necesidad de darle culto a las cosas y no a su Creador. Como quienes el 21 de marzo dan culto al sol o a las pirámides, y se olvidan del autor de todo.
Este discurso nos tiene que dejar algunos puntos concretos sobre cómo podemos mejorar, y cómo los laicos pueden mejorar su papel insertándose mejor en la sociedad.
Para estos fines enunciaremos siete conclusiones específicas.

Primera conclusión: Todos los miembros de la Iglesia, especialmente los laicos, tienen que vivir una fe que responda a necesidades verdaderas, no creadas.

Hay quienes tienen fe sólo por costumbre, algo así como una herencia de la familia. Esto los lleva a cumplir ritos que no conocen, o a simular formas de vida de las que no están convencidos. Un ejemplo de los ritos que no conocen es cuando van a misa y no saben a qué hora estar de pie o sentados o qué contestar. En esta próxima semana santa muchos no saben ni siquiera qué se celebra. Un ejemplo de simular formas de vida de las que no están convencidos es el matrimonio. Se casan solo por aparentar, pero ni siquiera quieren ir a las pláticas prematrimoniales. En esos casos, los cristianos no están creyendo por ellos mismos, sino por dar gusto a otros o porque su grupo (pareja, familia o sociedad) así se los pide. Van a misa para cumplir con la novia, con los papás, con el sacerdote, pero no es una necesidad real para ellos. Quien no siente satisfecha una necesidad al asistir a misa, no siente un beneficio. Quien al comulgar no siente satisfacer una necesidad de estar en comunión con Dios, no siente alegría de recibirlo. Quien no siente satisfacción al sentirse perdonado de sus faltas, no siente alegría en la confesión. Si un católico no siente que la misa o los sacramentos son necesidades reales y personales que le ayudan a crecer y transformarse, comienza a poner pretextos para no vivirlos: si hay música en la misa, si voy, si no, no; si van mis amigos al grupo, si voy, si no, no; si el padrecito habla bonito, si voy, si no, no. ¿Se acuerdan del ejemplo de la muchacha que no fue a la fiesta porque no tenía qué ponerse? Así lo hace quien desvía la atención de Dios o de sus sacramentos para fijarse solo en detalles menos importantes: ¿Tengo necesidad de Dios o de chacharitas? Si perdemos de vista lo más importante podemos perdernos.
A propósito de esto, en una ocasión una persona me decía que había dejado de asistir a misa, la causa: un sacerdote. Entonces le escribí el siguiente cuento:
En una casa de campo, un abuelo platicaba con su nieto sobre los frutos de la naturaleza. La conversación despertó en ambos el deseo de morder una sabrosa manzana.
El pequeño nieto no hizo esfuerzo alguno para conseguirla. Sin levantarse de su silla, solo extendió la mano y la tomó de una canasta cercana en la que habían juntado las que no habían madurado bien. Con esa manzana se dio por satisfecho. Por el contrario, el abuelo se levantó de su mecedora y comenzó a caminar para buscar su preciado fruto. No le importó el dolor de sus piernas, ni tampoco el lodo que había en el camino. Se dirigió seguro al mejor árbol del huerto y para ello tuvo que atravesar casi todo el campo. Los rayos del sol intentaron molestarlo. Un pequeño río se interpuso en su camino para impedir que continuara avanzando. Las nubes aparecieron y amenazaron con lluvia. El olor a estiércol del corral quiso alejarlo de su meta. Pero el anciano siguió buscando su anhelado fruto. Ante los ojos incrédulos del nieto, el abuelo dejó atrás todos los obstáculos hasta llegar a su árbol preferido. Pero ahí no terminó su camino. El anciano observó cuidadosamente cada uno de los frutos que pendían de las ramas y eligió el mejor. Entonces acercó una escalera al tronco y haciendo un gran esfuerzo trepó en ella hasta alcanzar la manzana elegida. Regresó con su nieto y se sentó en su mecedora.
Acercó la manzana al rostro para percibir su magnífico aroma. Después frotó la piel rojiza del fruto para que reflejara la luz y, finalmente, lo mordió para deleitarse con su sabor. El gozo fue tan exquisito que transformó su rostro. Poco tiempo después murió el abuelo pero no su ejemplo. El nieto aprendió a no conformarse con lo fácil y lo cercano.
Aprendió a no detenerse por los obstáculos y a llegar siempre a lo mejor de las cosas. A tal grado que en todas las ocasiones en que un obstáculo le impedía acercarse a Dios, lo dejaba de lado y continuaba su caminar. Un ateo, un mal católico, un ejemplo de un mal cristiano, una mala secretaria de oficina parroquial, un sacristán grosero, un mal sacerdote o un obispo alejado de su pueblo; nunca fueron impedimento para que él siguiera buscando el fruto más preciado: Dios. ¿Cuántas personas se pierden de ese fruto por hacer más caso a los obstáculos del camino? ¡No permitas que los obstáculos te dejen sin Dios!.
Al terminar este cuento sigo repitiendo la misma primera conclusión: Todos los miembros de la Iglesia, especialmente los laicos, tienen que vivir una fe que responda a necesidades verdaderas, no creadas. Y para ello tenemos que mirar más allá de las simples apariencias o necesidades creadas. Al igual que cuando un producto responde a nuestras necesidades no queremos deshacernos de él, no nos alejaremos de Dios cuando veamos que responde a nuestras necesidades. En cambio, si enseñamos a creer en un Dios que no responde, la gente se alejará de él.

Segunda conclusión: No basta tener fe.

La fe sin sabiduría puede perdernos. Si, la fe nos puede hacer mucho daño.
Veamos por qué. Es cierto que todos los humanos necesitamos creer en algo o en alguien.
Por eso mismo no faltará quien intente vendernos productos chatarra que satisfagan temporalmente nuestra necesidad de creer pero, a la larga, en lugar de beneficiarnos, terminarán por hacernos daño. ¿Es conveniente que una chica crea en un abusador? ¿Es conveniente que le creamos a quien nos quiere defraudar? Muchas personas han puesto su fe en personas o cosas que las han destruido porque eran algo así como productos chatarra. ¿Han caminado alguna vez por el pasillo de brujería del mercado Sonora o por el pasaje esotérico de Plaza Galerías? ¿Han observado a los que hacen “limpias” junto a lo que fue el Templo Mayor o han visitado los lugares dedicados a la santería? ¿Han visto cómo los vendedores de amuletos venden imágenes de la llamada Santa Muerte o de San Malverde? ¿Han visto los anuncios de televisión de Walter Mercado o Amira? ¿A qué invitan todas estas ofertas? ¡A creer! Todas esas cosas intentan satisfacer la necesidad del hombre de creer. Pero al final de cuentas lo engañan ofreciendo productos “patito”, “chafas”. Productos que pueden satisfacer por el momento pero que luego dejarán un gran vacío. ¡Cuántas personas que cayeron en la santería no pueden salir de ella, y se han vuelto esclavas porque el santero les dice que si dejan de hacer lo que les pide les puede pasar algo muy grave! ¡Cuántas personas que buscaron un beneficio temporal después terminaron peor! ¡Cuántas personas que buscaban una solución terminaron gastando mucho dinero hasta que se sintieron defraudadas!

Los laicos católicos no se tienen que conformar con creer. Tienen que discernir entre lo que es de Dios y lo que no pertenece a él. Dejar a un lado idolatrías, dejar de mezclar esoterismo con fe (como las señoras que utilizan un ojo de venado al que le pegan una virgen de Guadalupe). Pero para no confundir religión con magia se necesita del estudio, del análisis, de la reflexión y, sobre todo, de la oración al Espíritu Santo para pedir el don de discernimiento.

Tercera conclusión: Cuidado con los vendedores de productos “chafas”.
He dicho que para vender un mal producto se necesita un muy buen vendedor.
Los malos productos tienen muy buenos vendedores. Cristo dice en el Evangelio que, quienes pertenecen a la oscuridad, parecen más astutos que quienes pertenecen a la luz.

En la televisión vemos muy malos productos anunciados con tan buenos comerciales que la gente los compra. Basta una buena campaña, una buena presentación, una inversión, y el producto se venderá. El vendedor sabe que el producto es malo, por eso para venderlo tiene que mentir, engañar o prometer cosas que no se van a cumplir. Pero lo hace tan bien, lo dice con tanta seguridad, que quien lo escucha termina por creerle. ¿Quieren un ejemplo de esto? Piensen en las veces que han comprado cosas que no sirven.
Sobre este punto, sobre la habilidad de los buenos vendedores que venden ilusiones, quisiera reconocer la habilidad del llamado grupo Pare de sufrir. Aparecen en pantalla muy bien vestidos. Utilizan una buena escenografía. Se valen de muy buenas imágenes de Tierra Santa. Pagan a personas para que den testimonios de cambio de vida.
Incluso regalan “el agua del Jordán”, “la tierra del Monte Santo” o “el aceite de bendición”. Pero en el fondo, su interés no es ayudar sino aprovecharse del dolor y del sufrimiento de la gente, haciéndole creer que encontrará la solución a sus problemas.

Les cuento algo sobre el asunto. Imaginen a una persona llena de angustia, que no puede dormir por las noches por un problema. Precisamente, los programas de este grupo pasan en radio y televisión en horarios que parecerían no tener raiting, pero en esos horarios es cuando las personas solas, enfermas, ancianas o con problemas no pueden dormir y buscan un poco de apoyo. Su primera reacción fue pensar: “No predican nada malo. Están ablando de Dios”. Después pasó de la desconfianza a la confianza: “Si hablan de la Biblia y tan bonito no son malos”. Luego pasó a una confianza mayor: “Voy a seguirlos oyendo porque me hacen bien”. Más adelante otro paso: “Voy a visitar su templo”. Cuando decidió dar ese paso sintió un poco de duda, pero cuando llegó al templo lo encontró muy bien arreglado, muy limpio y muy iluminado. Dudaba en entrar pero a las puertas le esperaban algunos edecanes que la invitaron amablemente a pasar.
En el interior encontró nuevamente mucha luz, mucho orden y unas sillas muy cómodas.
Luego el gran vendedor se encargó de convencerla por completo cuando empezó el servicio diciendo: “Aquí hay muchas personas que sufren y Dios quiere ayudarlas”. El vendedor pasó del “ustedes” y “muchos” para hablar en segunda persona: “Tú necesitas que Dios te ayude”, “Tú necesitas que Dios te libere”. En ese momento la persona que les menciono sintió que el predicador se estaba dirigiendo a ella personalmente. El vendedor estaba usando una estrategia para vender el producto y le funcionó. Aunque hablaba para muchos, hizo sentir a todo el público que estaba personalizando la venta. Al escuchar la palabra “tú”, todas las personas sintieron que les estaba hablando personalmente. El vendedor estaba ofreciendo el amor de Dios, la paz, la tranquilidad, el bienestar, ¿quién no quiere eso? Después vino la gran venta cuando mostró el precio.
Siguió hablando de la siguiente manera: “¡Seguramente estás sufriendo porque no le has dado al Señor todo lo que te pide! ¡Te has mostrado mezquino o mezquina ante él y como no le tienes confianza él no te puede llenar de bendiciones! Sin embargo no es tarde. ¡Tú puedes mostrarle que estás arrepentido o arrepentida y darle algo muy valioso para ti!” (Aquí es interesante mencionar que el predicador cuida mucho sus palabras para que nadie lo acuse de haber cometido un fraude. Habla de darle algo a Dios, pero no pide nada en concreto, deja la tarea a los oyentes) “¡Tú sabes qué es eso valioso que tienes que darle a Dios, algo que te cuesta mucho trabajo conseguir y te cuesta mucho trabajo desprenderte de ello! ¡Si tú se lo ofreces a Dios él sabrá que confías en él y alejará de ti todo mal! Si tu casa es un impedimento para que Dios se acerque a ti, ¡renuncia a tu casa!” (Atención: no están pidiendo la casa, sino que se renuncie a ella). “Si tu auto es un impedimento para que tú dejes de sufrir, ¡renuncia a tu auto! ¡Renuncia a algo importante y entrégaselo a Dios! ¡La siguiente vez que vengas con Dios no traigas las manos vacías y ofrécele lo que él te pide!”

Hasta aquí llevan la cosa y como no hay envíos C.O.D., ni Estafeta al cielo ¿a quién creen que hay que entregarle todo para que llegue a su destino? ¡Exacto! Con esa predicación ya vendieron supuestamente el producto que resuelve y cura el dolor, pero ya, también, le pusieron precio. La persona de la que les hablo es una persona que se quedó sola después que sus hijos murieron. Por no saber manejar la muerte de sus hijos se encerró en sí misma, perdió amigos y deseos de vivir, además de empezar a perder la vista. En su afán de encontrar la paz llevó, en su segunda visita al Templo de “Pare de Sufrir”, las escrituras de su casa para entregarlas al predicador. Él, cuidando de no caer en fraude, simplemente le dijo: “Yo estoy seguro que si tu confías en Dios, él no te dejará sola”. Pasaron los días y la mujer vio como en las siguientes reuniones muchas personas llegaban con su ofrenda: centenarios, pulseras y anillos de oro, facturas del auto, etc. Sin embargo la situación de esta persona no mejoró y cuando quiso recuperar sus papeles no lo logró. Levantó un acta en el ministerio pero su demanda no procedió porque no pudo comprobar que había sido víctima de un robo o un asalto. ¡Ella les había entregado libre y voluntariamente las escrituras! ¡Qué mejor ejemplo de cómo un mal producto se puede vender tan bien! Y qué me dicen de los comerciales de Amira que asegura: ¡Yo puedo alejar a la tipa esa que te está cochabando a tu marido!... Los laicos deben de luchar contra los productos “patito” y denunciarlos, para que otros no los adquieran.

Cuarta conclusión: No confundamos religión con magia.

Disculpen que esté hablando de mercadotecnia, pero la comparación nos puede ayudar a comprender mejor las cosas. Los católicos tenemos un maravilloso producto: Jesucristo. Este producto, dicho con todo respeto, no es una cosa, es el mismo Hijo de Dios que nos ofrece cambiar nuestra vida y el mundo. Además, nos da la vida eterna.
Esto es maravilloso, pero requiere que el producto se use. Requiere que al integrarlo a nuestra vida hagamos un gran esfuerzo de nuestra parte. Es un producto maravilloso pero, atención, no es un producto mágico. Aquí llegamos a la cuarta conclusión: No confundamos religión con magia. ¿Se han dado cuenta que a la gente le gusta la magia, lo que se consigue con ritos fáciles? Ese es un primer impedimento para que muchos tengan interés en nuestro producto. Les gustaría quizás un Jesús que resuelva todo mágica y fácilmente, pero ese Jesús no es el verdadero.
A cuántos alcohólicos les he escuchado orar: “¡Aléjame del alcohol!”, pero no hacen el esfuerzo de buscar un grupo de Alcohólicos Anónimos. A cuántas personas les he escuchado orar “¡Salva mi matrimonio!” pero no buscan ninguna asesoría matrimonial. Cuántos piden encontrar trabajo y no lo buscan. Esa no es la mentalidad de Cristo. La magia no entra en el “pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá”. Un trabajo importante de los laicos es luchar contra la mentalidad mágica que nos rodea.
Muchas veces me he sentido como una especie de brujo o mago. En las misas en que las quinceañeras solo quieren una especie de ritual mágico de buena suerte, pero no se preparan para su juventud, no asisten a pláticas, no se confiesan ni siquiera para comulgar. El cura es utilizado como una especie de gurú. Y qué decir de los papás que utilizan al cura como mago para el bautismo de su hijo, pero ni conocen su fe, ni quieren platicas presacramentales, ni están casados por la iglesia. ¿Qué buscan? ¡Magia! ¡Un rito que cambie mágicamente las cosas! Muchos laicos católicos buscan la magia o la confunden con la religión. Basta recordar el tiempo de fin de año. Personas que se dicen católicas compran y se ponen calzones rojos dizque para conseguir amor. Sacan maletas para obtener viajes durante el año. Comen lentejas para tener suerte. Compran borregos para atraer el dinero, etc. ¿No es esto una prueba clara de que queremos obtener fácil y rápidamente las cosas?
Esto es totalmente contrario a la predicación de Cristo y a una verdadera sabiduría de la vida. El cristiano habla de valores porque las cosas valiosas cuestan. Si el oro se encontrara en cualquier parte, no valdría lo que vale. Si los diamantes no fueran la piedra más dura del mundo y no costara tanto trabajo darle brillo, no valdrían lo que vale. Si obtener un título profesional no se consiguiera con tanto esfuerzo, nadie valoraría a quienes terminan su carrera. Cristo no nos enseña magia sino trabajo, esfuerzo, constancia y dedicación. Obtener un buen producto cuesta más pero vale la pena. Los laicos tienen que pasar de una mentalidad de magia a una mentalidad de trabajo, de esfuerzo, de tomar la cruz de cada día y hacer, con su ejemplo, que otros también lo hagan. Y con esto paso a la siguiente conclusión.

Quinta conclusión: Los católicos no sabemos vender nuestro producto.

¿Se acuerdan de lo que les conté del Señor de los duraznos maravillosos? ¡Tenía un magnífico producto pero le faltó mercadotecnia para venderlo! Quizás una mejor forma de presentarlos lo hubiera llevado al éxito. Si los malos productos se venden bien con una buena presentación o un buen comercial, con mayor razón se tendrá que vender un buen producto. Pero hace falta una buena presentación. La quinta conclusión de hoy es que los católicos no sabemos vender nuestro producto. Cuando hablamos de cosas de fe lo hacemos en una forma aburrida. Cuando hablamos de la moral simplemente decimos que es algo que se tiene que cumplir, pero no explicamos las razones de por qué nos conviene hacerlo. Obligamos a que se rece, pero no enseñamos a tener un gusto al hacerlo. Exigimos que los hijos asistan a Misa a costa de pellizcos o amenazas.
Presentamos la religión como algo pasado de moda y contrario a la época actual.
Yo les pregunto ¿Quién de ustedes compra algo que les quieran vender a base de amenazas o pellizcos? ¿A quién se le antoja un producto con mala presentación? ¿Comprarían un sabroso pastel que tiene una mosca encima? ¡Si hasta el limpiador “Fabuloso” tiene colorcitos atractivos! Nos debe quedar claro que nuestro producto, que es mucho más que un simple limpiador, es tan bueno que tiene que ser presentado con una dinámica adecuada, materiales modernos y novedosos, lenguaje actual, etc. A los niños preséntaselo con el lenguaje de los niños, a los jóvenes con el de los jóvenes, a los adultos con el de los adultos. El producto no cambia, cambia solo su presentación. Como la leche de a litro, de a medio litro, en botella o Tetrapack; responde a diversas necesidades, pero es la misma leche.
Ahora que todo se anuncia en los medios de comunicación: prensa, radio y televisión, ¿cuántos programas de radio y televisión tiene nuestra iglesia? ¿Cómo son nuestras publicaciones? Muchos laicos se quejan de las homilías aburridas del padrecito porque no toca cosas concretas o no adapta la palabra de Dios a la vida cotidiana. Pero ellos hacen lo mismo cuando les toca hablar de algún tema o dar el catecismo, cuando les toca preparar un periódico mural o incluso rezar el rosario. No salen de los mismos esquemas y formas. Por más bueno que sea el producto, la mala presentación hace que la gente lo rechace. Los laicos tienen una enorme tarea de presentar en forma agradable el producto, comenzando con una enorme sonrisa y un gran gusto por hacerlo. Antes de presentar un tema tienen que hacer un esfuerzo preguntándose cómo lo pueden hacer mejor. Quizás iniciar con un cuento o una anécdota interesante que tenga que ver con el tema para captar la atención de las personas. Quizás aprendamos algo cuando veamos a los vendedores de ciertas tiendas de prestigio.
¿Cuántos laicos de buenos recursos ayudan a que existan programas en radio y televisión? También los laicos tienen la enorme tarea de propiciar espacios en los medios o por lo menos entrar a los medios para expresar su opinión cristiana. En otros países cuando hay un programa de radio o televisión que habla de cosas contrarias a los valores u ofende a la fe cristiana, los laicos hacen cadenas de correos electrónicos para protestar.
También lo hacen para solicitar más tiempo en los medios para quienes defienden los principios. Las televisoras y las estaciones de radio no pasan por alto esas opiniones cuando son muchas. Hay ocasiones en que se ha logrado sacar de un programa a una persona contraria a los valores. ¿Ustedes como laicos qué tanto participan en esto? Si hay “fans” de algunos grupos, también tiene que haber “el club de fans de Cristo” y, quizás hoy lo iniciemos. Les daré un correo para que me escriban, y a través de este correo apoyaremos los programas que necesiten de nuestro apoyo y rechazaremos los que atacan los valores cristianos. No se trata de ser “mochos” pero si “muchos”. Nuestro producto tiene que estar en todos los aparadores del mundo porque es un producto que puede transformar radicalmente la situación del mundo. Y aquí viene una pregunta más y otra conclusión: “¿Puede un vendedor vender un producto que no conoce?”

Sexta conclusión: Necesitamos conocer nuestro producto para poder presentarlo a los demás: necesitamos un mayor conocimiento de Dios, de Jesucristo, de la Virgen María y los santos.

A las promotoras de Jafra, Avon o Tupperware las invitan constantemente a reuniones para presentarles todos los beneficioso y cualidades del producto que van a vender. En esas reuniones ellas pueden hacer todas las preguntas necesarias para disipar sus dudas. La empresa sabe que sólo hasta que conozcan bien el producto podrán venderlo con seguridad. Por eso, esta otra conclusión: Necesitamos conocer nuestro producto para poder presentarlo a los demás: necesitamos un mayor conocimiento de Dios, de Jesucristo, de la Virgen María y los santos. Esto requiere de parte de los laicos, especialmente de los que son formadores, mayor empeño, más cursos a todos los niveles, comenzando con lo que es fundamental y básico: el catecismo. Un niño laico tiene que conocer perfectamente su catecismo para tener la seguridad de lo que cree, pero para eso necesita que su papá o mamá laicos -con el apoyo de sus padrinos laicos-, le ayuden a conocerlo y comprenderlo. Cuando ese niño crezca y se convierta en adolescente o joven le surgirán nuevas preguntas y necesitará un nuevo catecismo de acuerdo a su edad para seguir aprendiendo y obtener las respuestas necesarias a su edad. Después se hará adulto y tendrá que continuar aprendiendo y buscando nuevas repuestas. Pero, ¿esto pasa en las familias católicas? La terrible realidad es la siguiente: los niños aprenden de memoria el catecismo para su primera comunión, pero muchas veces no lo comprenden y no lo pueden poner en práctica. Los jóvenes y adultos recuerdan muy vagamente cosas del catecismo, y lo que recuerdan no les sirve para responder a su situación. Muchos le echan la culpa a los curas diciendo que a los sacerdotes les toca enseñar más, pero la verdad es que en algunas partes se ofrecen cursos de Pastoral, de Biblia o de Liturgia y los laicos no asisten por un virus que en el pueblo se conoce como “hueva”.

Para dar una respuesta a este vacío el Papa Juan Pablo II publicó el “Catecismo de la Iglesia Católica” en todos los idiomas. Un texto de más de 700 páginas que no es para aprenderse de memoria pero si para dar respuesta a preguntas sobre diversos temas.
Quizás alguno de ustedes ya se espantó con este Catecismo y pensará: “¡Híjole, entonces me falta mucho para poder ser ‘vendedor’ de Dios!”. Y la respuesta es ¡No! No tienes necesariamente que ofrecer todo, todo, todo. Puedes comenzar ofreciendo una parte, pero conociéndola bien. De hecho los primeros cristianos comenzaron solo con una parte: anunciando que Cristo había resucitado venciendo la muerte y el pecado. A eso se le llamó el Kerygma, el anuncio. Después vendrían otras etapas en las que se profundizaba sobre el tema, lo que corresponde a la catequesis.

¿Cómo tiene un laico que comenzar su venta? Hablando de cómo el producto, Cristo, ha ayudado a mejorar su vida. Dando testimonio de cómo Jesús le ha levantado en sus momentos difíciles. Hablando de cómo los valores que propone Cristo le han ayudado a ir transformando su vida. Hablando de cómo las palabras de Cristo le han iluminado para no dejarse llevar por la desesperación, el odio, el deseo de venganza, etc. Eso es el “anuncio”.
Cuando los demás sepan lo bueno del producto querrán saber más y nos preguntarán más. Es como si yo le platico a una muchacha que está buscando novio, sobre un amigo que tengo de su misma edad. Si le digo cosas interesantes de él, de seguro querrá saber más y luego me pedirá que se lo presente. Si yo le digo a mi vecina que tal jabón me dejó la ropa más limpia, ella querrá usarlo también. De la misma manera tiene que trabajar el laico. No puede comenzar hablando de los títulos de Cristo o enseñando a decir el Credo. Tiene que comenzar diciendo por qué es importante conocer a Cristo. De lo contrario los conocimientos no sirven de nada. Hablar de lo que Cristo ha hecho en nuestra vida lo podemos hacer todos. No necesitamos estudiar gran cosa porque se trata de una experiencia personal. Y de ahí, poco a poco, leyendo y estudiando, podremos ir hablando más de él.
Un ejemplo de mercadotecnia y venta lo podemos ver en la forma de actuar de los Testigos de Jehová. Ellos tienen un librito azul en el que están marcados los diálogos más frecuentes que pueden tener al visitar las casas. Siempre visitan las casas dos personas, una de ellas es el “maestro” y otro el “discípulo”. El discípulo no habla ni dice nada, sólo ve, escucha y aprende. Después de varias visitas el discípulo empieza a tomar confianza y comienza a participar. Si surge una dificultad entra el maestro al quite. Con un poco de tiempo y constancia, el discípulo se convierte en maestro. ¿Por qué no seguir ese tipo de mercadotecnia? Si al principio no puedo hablar totalmente del producto, ¿por qué no me junto con quién lo hace un poco mejor? O Si yo se vender bien mi producto, ¿por qué no hago que me acompañe quien apenas está aprendiendo?
Eso se hacía antes en el catecismo de algunas iglesias. Se dividía a los niños por grupos. Un catequista no tenía que saber todo. Sólo se encargaba de enseñar la parte que se sabía. Uno enseñaba solo a persignarse, cuando el alumno aprendía eso pasaba con otro catequista que sólo le enseñaba y explicaba el padrenuestro, luego pasaba con otro y otro hasta que tenía un conocimiento completo. Cada catequista siempre tenía un suplente, que sabía poco del tema pero poco a poco iba aprendiendo más. Así cada catequista iba enseñando solo lo que sabía y no más, pero ponía un grande granito de arena.
Actualmente se ha mejorado en el catecismo y hay muchas personas que se han hecho profesionales, pero no les dan la oportunidad a quienes pueden poner su granito haciendo poquito. Así que remarco la sexta conclusión: Los laicos tienen que conocer bien su producto, y dar oportunidad a todos para que cada quien puedan vender lo poquito o mucho que conoce. En la Iglesia todos somos importantes.

Séptima conclusión: Hay que ser solidarios con los demás.

En uno de mis cuentos hablo de un médico que encontró la vacuna contra el sida e inmediatamente la dio a conocer a sus pacientes. Los pacientes se pusieron la vacuna con prisa para curarse, pero después de recibir el beneficio y curarse se portaron en forma gacha. No les avisaron a otros enfermos sobre la vacuna. En otras palabras, ellos recibieron el producto y sus beneficios pero no lo compartieron con los demás.
Cuando en un supermercado hay una magnífica oferta y poco producto quizás los compradores se podrían abstener de comentarlo con otras personas para poder comprar más. Pero en el caso del producto de Cristo que nunca se acaba y alcanza para todos, ¿por qué no comentarlo? Por qué, si nosotros hemos recibido el beneficio de hacernos Hijos de Dios, conocerlo mediante la Sagrada Escritura, alimentarnos de él en el sacramento, saber que la muerte no es el final de todo, etc.; ¿por qué nos quedamos con esos beneficios solo para nosotros y no nos importa que los demás lo conozcan y vivan como si Dios no existiera? En este punto se muestra que un vendedor de Cristo no sólo vende el producto para sacar provecho personal, sino para ofrecer a los demás algo que cambie su vida radicalmente.

Sintetizando todo lo que he dicho hasta aquí:

Todos, especialmente los laicos, tienen que hacer que nuestra fe y religiosidad responda a necesidades verdaderas.
. No basta tener fe. Tenemos que acompañarla de sabiduría porque la fe sin razón nos puede destruir e incluso alejarnos de Dios. Los laicos tienen que luchar contra la magia, la superstición y el esoterismo.

. Recordemos que hay muy buenos vendedores de malos productos y hay muchos charlatanes que ofrecen la salvación. No podemos dejarnos. Los laicos tienen que contrarrestar la acción de los charlatanes volviéndose competitivos. Los espacios que nosotros no llenamos otros los ocuparán.

. Los laicos tienen que influir más en los medios de comunicación con su opinión.

. Los católicos tenemos un magnífico producto pero tenemos que pasar de una mentalidad de magia y facilonería a una mentalidad de trabajo y esfuerzo. Los laicos tienen que sentir gusto en su trabajo.

. Los laicos tienen que aprender a vender bien su producto. Tienen que esforzarse para que el conocimiento de Cristo sea más comprensible, sencillo y agradable. Los laicos tiene que ser más creativos, utilizar nuevos métodos y formas.

.Como para vender el producto es necesario conocerlo, los laicos necesitan capacitarse mejor. Aprender parte por parte, pero en forma completa y clara.

.Los laicos, como vendedores de Cristo, pueden tener varios niveles de preparación pero deben entender que todos están invitados a la gran venta.

.El primer nivel de venta será solo anunciar el producto: anunciar a Cristo.
El segundo nivel: ayudar a profundizar en su conocimiento. Y el más importante será el de formar grupos para que haya constancia y permanencia. Los laicos tienen que esforzarse para que los grupos que se forman permanezcan y den fruto.

. Los cristianos tenemos que ser solidarios con todos para que todos se beneficien del producto “Cristo”. Un laico no debe evangelizar solo por su ego sino porque sabe que es instrumento de Dios.

Quisiera añadir dos últimos comentarios. El primero es el siguiente: Cuando dos vendedores venden el mismo producto pueden tener rivalidades porque están buscando su propio bien. En el caso del producto de Cristo esto no sucede porque se está buscando el bien de los otros. Un laico no debe sentir envidia porque otro laico trabaje. Lo importante es colocar en cada casa a Cristo.

Y finalmente, de la misma manera en que un vendedor es fiel a la empresa que lo beneficia, no caigamos en la tentación de dañar a nuestra empresa. Si ofrecemos un buen producto, que es Cristo, pero hablamos mal de nuestra empresa, que es la Iglesia, la gente puede dudar del producto también. No hablemos mal de nuestra querida Iglesia. Si los enemigos de la Iglesia la quieren destruir nosotros tenemos que unirnos para protegerla.
Sería absurdo que nosotros mismos les diéramos armas a ellos para que la destruyeran. Si en la Iglesia hubiera algo que corregir o mejorar hagámoslo con caridad, lavando los trapitos en casa. Los laicos tienen que amar y defender su Iglesia. Si tienen algo bueno que decir, nunca lo callen, porque harán mucho bien. Pero si tienen algo malo que decir, deberán pensar en cómo hacerlo para no destruir aquello que más aman.

Muchas gracias.







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