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Una esperanza en medio de la guerra
Hoy constatamos que la guerra no puede ser una vía de solución a los diferentes conflictos


Por: Miguel Á. Gómez M. |



¡2003 y aún en guerras!

Nuestros tiempos respiran un clima de violencia, miedo y desconfianza. Parece que todos a una voz se han unido para sembrar la inquietud en los corazones. No obstante, parece que en medio de la oscuridad y pesadumbre que pesa en el interior del hombre y de la sociedad, se ve a lo lejos un faro de luz y de esperanza. Un faro luminoso que trae nuevas perspectivas a la humanidad.

La llamada guerra justa de nuestra época, parece haber cambiado de significado: de ser una justa defensa a una guerra basada en la sospecha. Y no es para menos cuando escuchamos que en las guerras mundiales hubo centenares, millares, millones de muertes inocentes: hombres, mujeres y niños se podrían levantar hoy para cantar un nuevo himno de paz. Pero, cada día que pasa es un nuevo callar esa voces inocentes. Pensamos en aquellos soldados que, teniendo una familia, un hogar, una vida por delante, lo dejaron todo para librar una batalla por la libertad. Admiramos el esfuerzo y la valentía de los hombres y mujeres que dedicaron sus conocimientos y capacidades para socorrer a los heridos y moribundos en aquellos momentos trágicos que les desgarraban el interior de sus corazones...

Hoy constatamos que la guerra no puede ser una vía de solución a los diferentes conflictos que nacen de las tragedias interiores del estado y de los gobernantes, y en definitiva, del mismo hombre de ayer y de hoy.

Creo que el bien y el mal han quedado inmutables desde siempre, y su significado es el mismo para todos. Por ello, toca a cada uno de nosotros discernirlos donde sea. ¡Renace la esperanza de una armonía en la sociedad! Sí. Un sí solemne y decidido. Sí se puede hablar de una armonía en la sociedad, en el mundo entero. Sí se puede hablar de paz, cuando hay hombres y mujeres que luchan por la libertad de los seres humanos, por su realización, por el bien del país y de sus semejantes, por los hombres.

La candidez y la sonrisa dulce y apacible de los niños que viven con nosotros, nos abren el horizonte de la alegría que sólo se verá en la medida que cada uno de nosotros busquemos dar una ayuda, una mano, a quienes lo necesiten. Entonces podremos hablar de una sociedad del amor, basada en la justicia, en la paz, que busque el bien de los demás.

Contemplando las situaciones de hoy: conflictos callejeros, guerra, hambre, etc... es contemplar una vez más lo que otros han visto y desearían no ver más. Es una reafirmar que a menudo el odio se vuelve contra sí mismo; busca una salida desesperada que termina en tensión, en desequilibrio, e incluso, en la misma muerte.

Más aún, aunque existen desigualdades justas entre los hombres, sin embargo, la igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social más humana y más justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades económicas y sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una misma familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional.

Marchemos juntos de la mano hacia la búsqueda de esa paz, de la justicia en el amor. Un amor que es querer la realización del otro. Un amor que es no tener miedo o indiferencia ante el prójimo. Eso es amar. Lo contrario sería odio.

La misma doctrina de Cristo pide también que perdonemos las injurias. El precepto del amor se extiende a todos los enemigos. Es el mandamiento de la Nueva Ley: Habéis oído que se dijo : Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo : Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian y orad por lo que os persiguen y calumnian (Mt 5,43-44).

Levantemos la bandera blanca de la unidad en los pueblos, en la entera humanidad donde se encuentra la victoria, el triunfo y el grito clamoroso de tantas voces escondidas y sofocadas por la injusticia, y digamos juntamente con ellas al unísono: ¡queremos paz y no la guerra! ¡dadnos una esperanza!

 

 

 

 

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