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Instancias, súplicas y exigencias
El problema es que vivimos en una sociedad de derechos


Por: Enrique Monasterio | Fuente: www.fluvium.org



Revisando viejos papeles que debería haber destruido hace muchos años, encuentro la copia de una instancia que envié a un Coronel en mayo de 1964.

Me pregunto si todavía existen las instancias y si los más jóvenes saben de qué estoy hablando.

El Diccionario de la Academia dice que "instancia" equivale a "solicitud", pero no precisa más. Se quedan cortos nuestros sesudos académicos: la instancia fue todo un género literario administrativo de carácter mendicante y barroco con el que los ciudadanos tratábamos de conseguir gracias o mercedes de nuestros superiores. También servía para reclamar derechos, pero siempre con el mismo tono resbaladizo y sumiso.

Las instancias tenían tres apartados bien definidos: en el primero se consignaba el nombre y las circunstancias del peticionario. Luego venía la parte expositiva, en la que, a golpe de gerundio, se describía el fundamento de la solicitud; y en tercer lugar la súplica, que concluía así: "es gracia que espera alcanzar del recto proceder de vuecencia, cuya vida guarde Dios muchos años". Apabullado por tanto incienso, el recipiendario se licuaba de placer y por regla general se mostraba magnánimo.

Me interrumpe Kloster para asegurarme que las instancias todavía existen y aún se escriben en esos términos.

— ¿Estás seguro?

— Completamente.

Es un consuelo. Habría jurado que ya nadie se atreve a "suplicar", a implorar "gracias" y mucho menos a confiar en el recto proceder de un Excelentísimo Señor desconocido.

Y es que, desde hace veinte o treinta años, ya no se pide nada, ni se solicita, ni se ruega, ni –faltaría más– se suplica. Ahora, para estos menesteres, se conjuga el verbo "exigir".

"Los pilotos de Iberia exigen no pernoctar en Buenos Aires" –leo en un periódico–; "los empleados de Sintel exigen una respuesta del gobierno"; "los sinpapeles exigen papeles", "los consumidores exigen garantías sobre la calidad de la carne"; "las asociaciones de padres exigen la gratuidad de los libros de texto"; "el jefe de la oposición exige la dimisión del ministro de…"

Sin entrar en el contenido mismo de tales exigencias, es evidente que en ocasiones se llega a niveles poco razonables. Así, por ejemplo, con motivo de un atentado terrorista en el parking del aeropuerto, un ciudadano indignado dijo en la tele que había que exigir al gobierno que los coches estuviesen suficientemente alejados los unos de los otros para evitar tales catástrofes.

El problema es que vivimos en una sociedad de derechos. Nos han repetido, hasta la saciedad y sin matices, que tenemos derecho a la salud, y en consecuencia, al primer ataque de tos exigimos una pasta a la tabacalera. Y como también tenemos derecho al trabajo, al descanso, a las vacaciones, al bienestar, a una atmósfera limpia, a catorce pagas al año, a comer alimentos sanos y a vivir plácida y serenamente arropados por un Estado benefactor…, el resultado está a la vista: ha nacido una generación incapaz de entender que en esta vida hay muy pocas cosas exigibles; que la mayor parte de los favores que recibimos son gratuitos: nos llegan porque Dios es misericordioso y los hombres algunas veces también. La me generation, o "generación del yo" que diría el profesor Llano, nos ha salido respondona e impertinente. Cree completamente en serio que puede exigir el Paraíso "a quien corresponda" y se pasa la vida de morros reclamándolo a sus semejantes. Es una tribu de adolescentes crónicos, aunque muchos hayan cumplido los 60.


Parece una contradicción

Hace años, un veterano político metía levemente la pata en una rueda de prensa. La joven periodista que le interrogaba se lo hizo notar, y el político masculló en voz baja:

— Usted, perdone: me he equivocado.

La periodista quiso añadir algo, apenas un matiz, pero el político la cortó en seco casi gritando:

— ¡Señorita, ya le he dicho que me perdone! ¡Le exijo que me perdone!

Esta sorprendente "exigencia" de perdón me recuerda al bueno de mi gasolinero que, cada vez que llena el depósito, exige su propina con gesto inequívoco e implacable. Hace días tuve que disculparme porque no llevaba suelto. Me perdonó la vida; pero desde entonces ando inquieto, con cierto complejo de culpa.

Termino contemplando la vieja instancia que escribí hace tantos años. La guardo como una reliquia: no es que me entusiasme el estilo literario, pero también a mí me gustaría que, alguna vez, me digan eso tan bonito de "cuya vida guarde Dios muchos años".

 

 

 

 







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