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¿Indiferencia ante la vida?
Los hombres no somos indiferentes ante la vida del otro, lo sabemos; más aún, lo experimentamos


Por: Jorge Enrique Mújica | Fuente: Buenas Noticias



El hombre es un ser que se conmueve. Reprueba los actos de violencia e injusticia, más aún si estos suponen el cancelar una vida humana. El hombre no permanece ajeno ante los padecimientos ni le es indiferente el dolor y las carencias del otro. Su sensibilidad, las más de las veces, le lleva a manifestar su inconformidad y le mueve a hacer “algo” porque sabe que atentar contra la vida humana no está bien, porque sabe que apagar la luz de una vida no es lo mismo que ahogar la luz de una vela.

Hace unas semanas se cumplieron cuatro años del comienzo de la guerra en Irak. Las movilizaciones masivas se sucedieron en decenas de capitales del mundo en gesto de rechazo y reprobación ante un acto que ha supuesto la muerte de familias enteras. Según datos de la ONU, en 2006 murieron 34.000 iraquíes; desde que comenzó el conflicto, según reportes de la BBC y el diario El País, han muerto 650.000 iraquíes y 3.000 soldados estadounidenses.

Pero las manifestaciones públicas contra la guerra no son el único caso donde se plasma el común sentir contra la muerte que supone violencia e injusticia. En París, el 6 de febrero de este año, se clausuró el III Congreso mundial contra la pena de muerte con un casi unánime apoyo de los países participantes a favor de la abolición de la pena capital. Paralelamente, diversos grupos y organizaciones civiles se movilizaron para reclamar el fin de los penosos casos que continúan repitiéndose en un buen número de naciones. En Filipinas, por poner un ejemplo, se cumplirá, el 24 de junio, un año de la abolición de esa sanción contemplada en el código penal anterior; una determinación alcanzada con un rotundo apoyo de la población civil que quiso dejar en evidencia la necesidad del respeto a la vida, incluso de la de aquellos que criminalmente la quitan.
Mas no todo queda ahí. La solidaridad y la sensibilidad humana se extienden a otros campos en los que está presente una justa reflexión sobre el valor de la vida humana. Cada año la malaria, enfermedad endémica en cien países, mata a más de un millón de personas en todo el mundo (90% sólo en África). Sólo el 5% de la población afectada puede comprar algún antimalárico. De acuerdo con los datos más recientes (ONUSIDA/OMS), se estima que actualmente viven con el VIH alrededor de 39.5 millones de personas. Tan sólo en 2006 se produjeron 4.3 millones de nuevas infecciones. En 2006, 2.9 millones de personas fallecieron como consecuencia de enfermedades relacionadas con el SIDA. En este caso, como en el de la malaria, son pocos los que tienen las posibilidades económicas de conseguir antivirales. Y aquí otra vez sale a flote ese común sentir del hombre que se niega a permanecer impasible: cuando se ven fotografías de personas con alguna de éstas, u otras muchas enfermedades, algunas de ellas ya curables pero no accesibles ante la falta de recursos, se experimenta esa necesidad de hacer algo a favor de los afectados: sea su salud, sea un tratamiento que les haga llevadera la enfermedad.
Es la sensibilidad, interés y solidaridad ante la vida los que han dado origen a asambleas, congresos y debates internacionales que abogan por una justa distribución de los bienes, que pide condonar la deuda a países pobres, impartir educación, destinar víveres y alimentos a poblaciones desplazadas, personal médico y dinero a otros seres humanos que lo necesitan; es la actitud que rechaza la indiferencia ante los problemas de otros seres humano; son esos tres factores –sensibilidad, interés y solidaridad- los que ayudan a reconocer una dignidad en la vida de cada hombre (desde el aún no nacido, pasando por el niño, el joven y el adulto, hasta el anciano) uno de los motores que impulsan a salir en defensa de la vida de aquellos que, en la soledad y el abandono, en la pobreza y la miseria, no dejan de tener el mismo de derecho a vivir; es el saber que cada vida es única e irrepetible lo que arrastra a no quedar indiferentes e induce a solidarizarse con los que sufren.

Ha sido el considerar el valor de la vida lo que ha llevado al hombre de ciencia a encontrar medicamentos que amortigüen, quiten el dolor y restablezcan la salud; ha sido la dignidad de la vida la que ha llevado a abolir la esclavitud, alzar la voz y censurar la pena de muerte; ha sido el valor de la vida la que ha instituido leyes que reconocen la igualdad de derechos y obligaciones para hombres y mujeres; ha sido el ponderar el valor de la vida humana lo que ha movido a socorrer con dinero, alimentos, medicinas, e incluso la ayuda física, cuando el flagelo de la guerra, la pobreza o las trágicas consecuencias ante desastres naturales han causado estragos en pueblos enteros.

Son muchos y grandes los avances que en esta materia ha alcanzado la humanidad por eso no puede considerarse un progreso proponer legislaciones, y menos aún aprobar, que lesionan gravemente lo hasta ahora obtenido. Los hombres no somos indiferentes ante la vida del otro, lo sabemos; más aún, lo experimentamos. Y si así sucede con atentados ante la vida de niños y niñas, adultos y ancianos, ¿por qué no iba a suceder lo mismo con otros aún más indefensos que no dejan de ser vidas humanas? Hoy el homicidio y la injusticia no dejan de causar repulsa a tal grado que siguen siendo penalizados. Es justo y necesario reconocer que el aborto es una injusticia y un asesinato. Matar no es un derecho, vivir sí. Y no hay que olvidarlo.








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