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Cristianos del canto de gallo
La vitalidad de nuestra fe se mide por nuestro compromiso, por el testimonio que podamos ofrecer a los que nos rodean


Por: Alex Rosal | Fuente: Revista Arbil



Decía el bueno de José Luis Martín Descalzo que «lo que más tuvo que dolerle a Cristo el Viernes Santo no fueron los clavos ni los latigazos sino la soledad en la que le dejaron los suyos. Tuvo que ser duro eso de haberse pasado tres años queriéndoles, robusteciéndoles la fe, preparándoles para la hora del dolor y ver luego cómo, a la hora de la verdad, todos huían y le dejaban solo. Y hasta Pedro, el predilecto, el que había jurado fidelidad, le negaba por algo tan tremendo como la acusación de una criadita. Aquella noche del jueves y a lo largo de todo el viernes debió Jesús escuchar el canto de todos los gallos del mundo que se habían puesto de acuerdo para denunciar la común cobardía».

Y después de 2.000 años de ese suceso, los gallos continúan cantando, y mucho, tanto, tanto, que están afónicos. Están agotados de tanta «traición», o sorprendidos al observar como los cristianos de hoy escondemos la cabeza como la avestruz, en algunos casos, o nos convertimos en los reyes del disimulo, en otros. Y es que si bien Pedro se arrepintió tras su cobardía, los católicos del siglo XXI hemos encontrado una coartada para seguir con nuestra flojera: echar las culpas de la falta de la vitalidad de la Iglesia «a los otros». A la masonería y sus oscuros planes para destruir la Iglesia; a los líderes mediáticos y compañeros mártires y su cruzada de laicización; a la televisión y sus programas basura; a Hollywood y a las estrellas de la Cienciología... Y así podríamos seguir con muchos más ejemplos. Es verdad que «las fuerzas del mal» actúan, y éstas tienen sus claros instrumentos entre nosotros, pero estoy al cien por cien de acuerdo con Thomas Merton sobre su diagnóstico eclesial: «El gran problema que afronta hoy el cristianismo no es el de los enemigos de Jesucristo. Las persecuciones nunca han hecho gran daño a la vida interior de la Iglesia como tal. El problema religioso está en las almas de aquellos que creen sinceramente en Dios y que, reconociendo la obligación de amarle y de servirle, no lo hacen».

No nos engañemos. La vitalidad de nuestra fe se mide por nuestro compromiso, por el testimonio que podamos ofrecer a los que nos rodean. Y todavía tenemos mucho camino por recorrer para que dejen de cantar los gallos, o por lo menos, aminoren el volumen de sus «quejidos». Y es que hemos conocido a Cristo, lo hemos experimentado como ese amigo que nunca nos abandona, que siempre está a nuestro lado, pacientemente, dándonos lo que nos conviene; y cuando hay que dar testimonio de su amistad, nos comportamos como «el Pedro de Jueves Santo». Negamos que lo conocemos, que lo hemos tratado. ¡Qué triste y solo se debe encontrar Jesús ante tanto silencio! Han pasado 2.000 años y Cristo sigue sufriendo por la soledad en la que le dejamos los que nos decimos cristianos.


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Imagen: Mark Chagall. "Il canto del gallo". Colección Katherine Smith Miller e Lance Smith

 

 







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