Menu


Caminos: formas de participación de los seglares
Interesante artículo de opinión acerca de lo que pueden y deben hacer los católicos seglares en la vida pública.


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: boletín e-cristians



Ámbitos de lo temporal

Los ámbitos en los cuales se desenvuelve la acción de los católicos son muy diversos, pero por poner algún orden voy a fijarme en los cuatro que señalan nuestros Obispos en el documento Los católicos en la vida pública: el campo de la educación y la cultura, el de la familia, el del trabajo y el de la política. Solo una pincelada de cada uno de los tres primeros, para detenerme algo más ampliamente en el cuarto: el mundo de la actividad política.

A mi juicio los laicos cristianos hemos ido tomando conciencia creciente de nuestra actuación en los tres primeros y aún no hemos respondido a la llamada que la Iglesia nos hace a nuestra participación en la actividad social y política. No es que en los demás ya esté todo hecho; al contrario, en la familia, en el mundo de la educación y la cultura y en el del trabajo está casi todo por hacer, pero los cristianos vamos teniendo conciencia de ello, y aunque escasas, ya contamos con algunas realizaciones; pero en mi opinión la implicación de los cristianos en los asuntos de la cosa pública está aún por estrenar.

El mundo de la educación y de la cultura.

Interesantísimo, pero no quiero detenerme en él, aunque hay algo que no me resisto a guardarme. ¿Sabéis cuál es el reto que los educadores tenemos hoy? Hacer hombres nuevos.

Nuestra sociedad padece una falta de educación aterradora porque funciona y educa con criterios viejos, con los criterios del hombre viejo del que habla San Pablo. Que nuestra sociedad padece de falta de educación, al menos un sector creciente de los niños y de los muchachos más jóvenes no es que lo diga alguien como yo, ya con cierta edad, que empieza a tener quejas de tipo generacional. No.

Esto os lo oigo a muchos de los que tenéis ahora 25 o 30 años, que os sorprenden sobremanera el descaro y la desvergüenza de tantos adolescentes. No son ellos los culpables, nadie se está tomando en serio la tarea de educarlos.

Son muchos los que están creciendo en medio del abandono más desolador: sin guías, sin criterios, sin modelos, sin el referente de una autoridad que los ayude a crecer como personas. Impresionante tarea la de hacer hombres y mujeres nuevos a la que muchos de vosotros seguro que os sentís llamados desde la familia o desde la escuela.

¿Por qué nuevos? Esto sería muy extenso y largo de explicar pero es suficiente con decir que porque nos está tocando vivir tiempos nuevos. El tiempo transcurre segundo a segundo, y parece que todo es igual que ayer; pero no es cierto, con esto pasa como con el crecimiento, que uno no se da cuenta de que crece hasta que no toma referencias con cierta distancia. Pues lo mismo: de verdad que estamos ante una nueva época, aunque no seamos demasiado conscientes de ello.

La familia

La formación de la familia y la santificación a través de la vida de familia es el principal encargo que se hace a los laicos que contraen matrimonio. ´´El matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos´´ (ChL 42). Con más o menos sentido cristiano, con más o menos compromiso en esta realidad de la familia somos muchos los que nos implicamos.

Sólo decir una idea: la postura de me caso (nos casamos) hacemos nuestro nido y nos dedicamos a nosotros mismos (a sacar a ´´nuestra´´ familia adelante) no es una postura cristiana. Eso es una manera de proyectar y de ampliar el individualismo que nos invade a nivel particular y que tanto daño nos hace. Una familia que se cierra sobre sí misma no responde al plan de Dios.

Leed los puntos 42 a 48 de la Familiaris Consortio. Ahí se dicen cosas como las siguientes: ´´la función social de la familia no puede ciertamente reducirse a la acción procreadora y educativa´´. Y en el mismo punto, más adelante: ´´la función social de las familias está llamada también a manifestarse en la forma de intervención política (...) Las familias deben crecer en la conciencia de ser ´´protagonistas´´ de la llamada ´´política familiar´´, y asumirse la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo las familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferencia´´ (42).

La familia, por sus propias características es centro de intimidad de la persona, pero también lo es de apertura. Volveremos dentro de un momento sobre esta lacra del individualismo, uno de los enemigos más dañinos de nuestros días.

El mundo del trabajo

De aquí quiero destacar también una sola idea, tomada del documento de los Obispos. Es una llamada de atención que nos dirigen sobre ´´la importancia que los cristianos seglares deben dar en su vida al ejercicio de su profesión´´ (113). El trabajo es fuente de santificación y de realización personal.

Aquí hay que hacer una seria llamada de atención porque las relaciones laborales son cada vez menos cristianas. Ahí está el mundo de los contratos indignos, de los inmigrantes, de la sobreexplotación.

La actividad política

Tengo la impresión de que si en estos campos que he señalado estamos en mantillas, este otro de la actividad política está por estrenar. Por eso quiero dedicarle más atención.

En el campo de la actividad política la doctrina de la Iglesia es clara e insistente: los cristianos, precisamente porque lo somos, no podemos desentendernos de la cosa pública, de la actividad política. Vuelvo a la idea de antes. No podemos vivir de espaldas a la sociedad, no podemos vivir como si fuéramos solamente individuos.

Somos individuos, sí, pero más que meros individuos, somos personas, y la persona solo se construye y vive como tal en relación con los demás. El individualismo es un pecado del que tengo la impresión que en general nos confesamos poco. Pues lo es. Advierte el Concilio que el tipo de vida actual ´´exige con suma urgencia que no haya nadie que, por despreocupación frente a la realidad o por pura inercia, se conforme con una ética puramente individualista´´ (GS 30).

Esto me hace pensar que no puede ser que Dios no esté suscitando entre nosotros, los laicos, vocaciones a la actividad política. Lo exige nuestra vocación a la santidad, por eso quien oiga esta llamada no puede hacer como si no la oyera.

Se nos pedirá cuentas de ello. No sirven excusas. No sirve agarrarse al versículo del Evangelio que dice que busquemos ´´primero el Reino de Dios y su justicia´´ (Mt 6, 33), porque ´´mirad, el reino de Dios ya está en medio de vosotros´´ (Lc 17, 21) pero está sin terminar y su justicia está por construirse.

Para un laico trabajar por el Reino de Dios y su justicia es comprometerse con los trabajos propios de este mundo hasta los tuétanos. Tampoco sirve decir que no valemos, ni que este mundo está lleno de egoísmos y de intereses podridos. ¿Y para qué estamos nosotros, portadores de la gracia de Dios?, ¿o es que la gracia de Dios patina ante los asuntos políticos?

La doctrina de la Iglesia, como siempre, no deja lugar a dudas. Leo de la Christifideles laici, nº 42: ´´Los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la <>. Las acusaciones de arribismo, de idolatría de poder, de egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a... (los políticos), como también la difundida opinión de que la política sea un lugar de necesario peligro moral, no justifican lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública´´.

En este campo, y en nuestra sociedad, a mí me parece -decía- que está todo por hacer. No porque no haya cristianos en los partidos políticos actuales, que estoy seguro que los hay, pero no se nota. Por lo menos no se notan los hechos. Ya tenemos en España cierto camino de democracia formal recorrido.

Pues no vemos por ningún sitio que esta sociedad se esté gobernando con criterios de justicia social, de respeto por la vida, de atención a los más necesitados, de sana educación de los jóvenes, de promoción de la familia, de reparto de la riqueza...

¿Quién con el evangelio en la mano se puede sentir a gusto con el modelo de sociedad que tenemos? Ahí está la televisión pública y privada grosera, basta, frívola. Ahí está la educación que es una jaula de grillos. Ahí están los inmigrantes. Ahí estáis vosotros, los jóvenes con un porvenir incierto y con vuestros fines de semana despersonalizantes. Ahí está la prostitución juvenil e infantil, cada día en aumento.

¿Cómo a un cristiano le puede dejar insensible todo esto, que le está haciendo sangrar a Jesucristo hoy? ¿De verdad que todo esto no va con nosotros?

Tenemos que implicarnos, tenemos que darle a la imaginación y aportar soluciones. No porque seamos más listos ni más buenos, que no lo somos, sino porque hemos oído la llamada de Dios que nos dice, como al profeta: ´´¿A quién enviaré?, ¿quién irá por mí?´´ (Is 6, 8). De esta pregunta no nos escapamos nadie que queramos vivir como hijos de Dios.

Cuando a Jesucristo le tocó su turno ya sabemos cómo respondió. ´´Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni ofrendas pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: <

Hacer la voluntad de Dios desde nuestra condición de laicos es comprometernos con una empresa que merece la pena, entusiasmante, preciosa, con toda seguridad dolorosa, quizá sangrienta (ahí está la realidad del País Vasco), pero que es la única que puede llenar a quien reciba el encargo de apuntarse a ella.

No es que necesitemos más políticos, ni políticos nuevos, necesitamos políticos santos, y se supone que tienen que salir de nosotros, los que ´´hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene´´ (I Jn 4, 16). No es que pensemos que deberían irse los que tenemos, al contrario, les deberíamos estar agradecidos, porque nos guste más o menos su modo de actuar, ellos son y no nosotros quienes están dedicando su vida al bien común; aquí no sobra nadie, aquí faltamos los cristianos con nuestras señas de identidad.

´´¿Qué tenemos que hacer, hermanos?´´ (Hc 2, 37).

Convertirnos y creer en el Evangelio, como predicaba Juan el Bautista. (Cf. Mc 1, 15). Pasar de la indiferencia al compromiso, del desinterés al interés, de la despreocupación a la participación. Pedir perdón por nuestros pecados de omisión, por nuestra desidia, volver los ojos a nuestro puesto en la viña y ponernos a trabajar en ella.

Formas de participación

Creo que se pueden señalar tres:

a) La participación a través de los partidos políticos actuales. Los partidos son los cauces ordinarios y más corrientes de participación política. Una forma es entrar en ellos y actuar desde allí.

Desde hace tiempo vengo oyendo que más que partidos católicos lo que hace falta son católicos en los partidos. No digo que no, pero sí digo que los partidos tal como están estructurados deben dejar escaso margen de maniobra a sus militantes. No lo sé, pero no se ven los resultados que cabría esperar.

De todas formas esa puerta está abierta y no la debemos cerrar, aunque si entramos por ella es muy probable que no seamos capaces de hacer concordar las exigencias del partido con las de nuestra fe. No digo que no haya gente que no lo haga, pero no debe ser fácil.

A esto hay que añadir que la vocación de cualquier partido es conseguir el poder, cuanto más mejor, pero de lo que aquí se trata no es de eso, sino de servir a nuestros hermanos; si ello no puede hacerse sin detentar el poder, aspiremos a él, pero no como el primer objetivo sino como bien menor. Con el poder ocurre como con el dinero, que cuanto menos mejor, hace falta, claro que sí, pero cuanto menos tengamos más confianza pondremos en Dios.

b) La creación de partidos oficialmente católicos. Esta solución se ha ensayado varias veces y en varios países. Ni históricamente ha dado todos los frutos que cabía esperar, ni resultaría en el momento actual de nuestra sociedad. ¿Por qué? Porque a mi juicio se entra en la dinámica común a todos los partidos, que es la disputa por el poder y eso lleva a una lucha nada cristiana de divisiones y de enfrentamientos.

Y esto no es lo que necesitamos, lo que necesitamos son hombres y mujeres santos, hombres y mujeres enteros, no partidos, aunque esto parezca un juego de palabras. Además un partido confesional hoy me parece inviable. Un partido oficialmente católico ¿tendría que depender de la Iglesia como por ejemplo la COPE, o no tendría que depender? Malo si no depende y peor aún si dependiera. ¿La Iglesia metiéndose en el juego político?, ¿la Iglesia ausente de las decisiones de un partido que oficialmente es católico?

c) Nuevas formas: permiso para soñar. A mí me parece que si nos ponemos a pensar a lo mejor somos capaces de idear cauces nuevos, cauces de participación asociada, que ahora no existe. Ahora la participación es a título individual y es mínima, se reduce a votar yo cada cuatro años. Vaya participación.

A mí me parece que sería factible formalizar unas agrupaciones de laicos cristianos que se saben llamados a la participación política más directa. Yo me las imagino con una estructura interna más bien débil, poco más que la necesaria para presentarse a unas elecciones, la mínima, para así eludir el riesgo de crear un ´´nosotros´´ con intereses partidistas.

A mí me parece que algún tipo de agrupación sí debe haber, pero no sería la disciplina de partido la que definiera al grupo, sino la libertad de sus miembros. No máquinas de votar lo que diga el jefe, sino hombres y mujeres libres que no se sienten atados más que a su conciencia cristiana, que por cierto nos permite mucha más libertad de la que mucha gente imagina. Concejales o diputados, por ejemplo, que pudieran votar a favor o en contra de cualquier propuesta de cualquier otro grupo, siempre que así lo entendieran como bueno, indistintamente de lo que hicieran sus compañeros de lista.

Hombres y mujeres de profunda vida de fe, contemplativos y activos al mismo tiempo, de intensa vida de oración, mirando el rostro del Señor como nos pide el Papa, y a la vez dispuestos a dejarse la piel en favor de sus hermanos los hombres desde un compromiso con la dignidad de la persona humana, los valores de la familia y la justicia social.

Cristianos bien formados en la doctrina de la Iglesia, maduros, fidelísimos al Magisterio aunque actuando en nombre propio. Esto fue lo que les faltó a varias experiencias postconciliares (años 70 y 80), la fidelidad a la Iglesia. Nacieron muchos grupos con un gran sentido de justicia social, pero muertos en su mismo origen porque volvieron la espalda a la doctrina de la Iglesia, y malinterpretando el principio de autonomía de lo temporal se distanciaron de la Jerarquía e incluso se enfrentaron con ella.

Tomaron el camino de la crítica y la desobediencia en materias de fe y de moral. Se apoyaron más en sus fuerzas que en la gracia de los sacramentos. Se vieron a sí mismo como dueños de la viña, o al menos como administradores autónomos y duraron lo que un suspiro. Con lo que uno se atreve a soñar no es con repetir esas experiencias.

Uno sueña con un buen grupo de hermanos, que teniendo unas señas cristianas inequívocas, explícitas y explicitadas, llevando una intensa vida de fe y de piedad, al tiempo estén dispuestos no a catequizar sino a servir, no a indoctrinar sino a aportar ideas, conscientes de que vivimos en una sociedad pluralista, convencidos del propio mensaje y respetuosos con toda persona.

Abiertos a toda idea buena, penetrados del más alto sentido de la caridad cristiana con sus adversarios políticos, para no llevar cuentas del mal, para no devolver el insulto, para rezar por sus perseguidores, que florecerían por todos lados. Esto puede que se vea como utópico, pero no lo es. ¿Por qué hay que resignarse a que las cosas sean como son en este momento?, ¿por qué no puede haber otras formas de participación democrática que no sea el actual sistema de partidos?

Última idea: ni me veo con vocación política, al menos por ahora, ni vengo a vender nada. No se trata ahora de ver cómo convencemos a unos cuantos o cómo nos organizamos los que ya estemos convencidos, yo no he venido a eso, pero estas cosas hay que decirlas porque éstos son los caminos de santidad que nos marca la Iglesia.

Probablemente alguno/a piense que los católicos tendríamos que ponernos en marcha. Yo también lo pienso de esa manera, pero esto hay que rezarlo mucho, humilde, confiada e insistenteme, y luego, si el Señor así lo dispone ya hará ver a quien Él quiera cuáles son los pasos que hay que dar.







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |