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¿Puede pertenecer la Misa a un hombre?
La participación de los fieles por el sacerdocio bautismal y la acción del sacerdote ministerial por su «carácter» hacen que de alguna manera toda Misa sea «nuestra»


Por: P. Miguel Ángel Fuentes, IVE | Fuente: www.iveargentina.org



¿Qué tendría de particular la Misa de aquel sacerdote?

Porque era –en el fondo– su Misa, no sus llagas, lo que atraía, lo que golpeaba y lo que convertía. Es verdad que muchos llegaban a la cima del Gárgano seducidos por la curiosidad, movidos por la duda o simplemente perplejos... Pero la mayoría de ellos volvía interiormente convulsionada. Aún los incrédulos, los escépticos y los enemigos.

No se puede experimentar un terremoto y continuar siendo la misma persona. No se puede; porque en esos momentos se piensa en el verdadero sentido de la vida, de la muerte, del dolor, del fin de las cosas, de la eternidad y de lo contingente.

Y eso ocurría en sus Misas.

Pero ¿hago bien al escribir «sus» Misas? ¿Puede pertenecer la Misa a un hombre? ¿Puede ser la Misa de alguien más que de Jesucristo, Sacerdote y Víctima? Sí, la participación de los fieles por el sacerdocio bautismal y la acción del sacerdote ministerial por su «carácter» hacen que de alguna manera toda Misa sea «nuestra». Pero no es eso lo único que percibían los fieles en ese sacerdote celebrando Misa. Él tenía un modo especial de «apropiarse» de la Misa de Jesucristo...

...Porque la mayoría de los peregrinos que subían la fatigosa cuesta del Gárgano iban a oír «sus» Misas, las del Padre Pío. Y no se contentaban con las también piadosas Misas de fray X o fray Z.

La Misa es de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Él es el Sacerdote principal y la Víctima. Los demás sacerdotes obran «in persona Christi». Para eso son ellos hechos «otros Cristos». Pero se puede ser «otro Cristo» por esa misteriosa marcación que imprime el carácter sacerdotal... y mantenerse psicológica, afectiva y espiritualmente lejos del Cristo que se inmola en la Cruz y en el Altar.

Por el misterio del carácter sacerdotal, ese sacerdote seguirá obrando «in persona Christi», aun cuando su corazón esté lejos de Cristo... y esa Misa será tan Misa como la que celebra el Papa. Pero también puede un sacerdote actuar «in persona Christi» no sólo por su carácter sacerdotal, sino porque en la Misa sus ojos se transforman en los de Cristo que mira desde la cruz la lucha entre la gracia y el pecado en el alma de cada hombre; su corazón es el corazón de Jesús traspasado por el dolor del abandono y transfigurado por un amor sin correspondencia; sus manos y sus pies pueden estar empapados en el sufrimiento de la transfixión, sus labios agrietándose por la sed de las almas, su cabeza oprimida por las espinas de la incomprensión y la burla...

En definitiva: la pasión que celebra es la pasión que vive en su alma. Allí seguirá verificándose el misterio de un hombre que obra «in persona Christi», pero también se verá el otro misterio de un hombre que obra «in Corde Iesu», con el corazón de Jesucristo; y en ese hombre celebrando Misa los fieles advertirán, como a través de una transparencia, al mismo Cristo victimándose. Entonces ese sentido (tal vez secundario) que tiene la expresión «su» Misa, aunque siempre secundario, será también exacto. En el fondo los estigmas del Padre Pío estaban allí para decir a los fieles que el Padre Pío celebraba «in persona Christi et in Corde Iesu». En esas Misas, al mismo tiempo celebradas y padecidas por el santo, se dejaba ver un poquito –¡muy poquito!– el Corazón de la Víctima Muda que habla por la boca de su sacerdote...

Si conociéramos más la Santa Misa, tal vez ella sería también para nosotros el momento en que el velo se desgarra para dejarnos solos frente al Hombre desnudo que en el Gólgota colgó de un madero por nuestros pecados.

 

 

´Prólogo del libro

Nuestra Misa
R.P. Carlos Miguel Buela, IVE

 



 

 

 

 

 



 

 

 

 

 







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