Menu


Hay dignidades y hay dignidad
Nadie, ni uno mismo, nos puede quitar esta dignidad fundamental: la dignidad humana


Por: Magda Figiel | Fuente: www.mujernueva.org



Se podría hablar de diferentes tipos de dignidad en los hombres. A una la podríamos llamar la dignidad del león. Este animal se impone por su fuerza, sin embargo en cuanto empieza a devorar a su víctima con voracidad ya nos parece menos digno… En fin, es sólo un animal. Se trata de una dignidad externa. De esta hay muchas manifestaciones, también entre los seres humanos. Es la dignidad que se mide por los honores que se tienen. Presumen de ella quienes se visten una corona, quien recibe una alabanza en público aunque no sea merecida, o quien tiene un apellido de abolengo heredado y lo presume con todos. Es un hombre con la “dignidad de... algo”, con un título, que a lo mejor recibió merecidamente, a lo mejor no.

Hay otro tipo de dignidad: la de Frodo. Tampoco él es un ser humano. Frodo es aquel famoso hobbit del “Señor de los anillos” de Tolkien que conquistó una especial grandeza interior. Su comportamiento heroico, su fidelidad y donación generosa causan admiración y respeto. Es un hobbit a quien podemos llamar digno, porque su comportamiento fue digno. A diferencia de la del león, es una dignidad interna.

Es la dignidad que crece en la medida en que un ser humano crece éticamente, por lo tanto según su comportamiento puede ser más o menos digno. Así como hay personas más o menos generosas, más o menos educadas, más o menos amables, hay personas más o menos dignas, dependiendo del de sus actos libres y conscientes. Kant decía en la “Metafísica de las costumbres” que con respecto a la posibilidad de adquirir dignidad interior todos los hombres son iguales. Hay una dignidad, que construimos con nuestras decisiones libres y que depende de nosotros. Todos tenemos las mismas posibilidades para comportarnos dignamente. A esta dignidad la podemos llamar también dignidad moral. Es más digna y más feliz la vida de sacrificio y entrega de una madre por amor que el egoísmo de un juez corrupto. Todos, de alguna forma, somos capaces de percibirlo


La común dignidad de personas

Pero hay otra dignidad aún. Es la del “Príncipe y mendigo”, porque la tienen por igual el príncipe de Gales Eduardo Tudor y el mendigo Tom Canty del libro de Marc Twain. El mismo hecho de ser un ser humano, nos regala un valor, una dignidad, que nos diferencia de los otros seres.

En esa todos somos iguales: hombres y mujeres; gitanos, judíos y alemanes; blancos y negros; enfermos y sanos; ancianos, adultos, niños en el seno de la madre… porque somos seres humanos. Es la dignidad humana. Hay sólo una y no cambia. Es la dignidad de cada hombre, y de cada mujer. A esta nos referimos como a la base de los derechos humanos universales. La podemos llamar también la dignidad fundamental, la dignidad de la naturaleza humana, o la dignidad “a secas”. También Kant intuía su existencia cuando afirmaba el valor absoluto de la naturaleza humana racional. Se acercaba a nuestro concepto de la dignidad humana hablando del valor intrínseco de cada ser humano. Es una dignidad que no se adquiere, sino se tiene.

La dignidad humana es la especial singularidad y grandeza que posee el ser humano por su capacidad de comprender y trasformar el mundo, de amar en la donación libre a los demás y de elegir y determinar su futuro de acuerdo a sus propias decisiones. Es nuestro valor innato que hace que siempre debemos ser considerados como un fin y nunca como un medio.


Es esencial y siempre estará

No se puede negar que cada ser humano posee un valor único por su dimensión espiritual. La libertad inteligente y la capacidad de amar que tenemos, son el fundamento de la dignidad humana.

Nadie nos puede quitar esta dignidad fundamental; ni uno mismo, aunque en un momento decida pisotearla drogándose, entregándose a la prostitución, explotando a los más pobres o destruyendo la honra de otro con mentiras e intrigas, por poner algunos ejemplos. Sigue siendo un ser humano y por tanto posee la dignidad del ser humano.

Se podría pensar todavía en otro tipo de dignidad, aún mayor. La de Pinocho: la que no merecemos pero podemos recibir de alguien que nos ama gratuitamente. Es la que adquiere el títere hecho por Geppetto, cuando este lo adopta como su hijo y le da una nueva vida que los títeres normalmente no tienen. Es una dignidad que sólo puede ser otorgada por un ser superior... pero esto sería “harina de otro costal”.

 

 

 

 







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |