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Cada uno quiere una Iglesia a su antojo
Por todos lados se escuchan peticiones en favor de cambios eclesiásticos que complazcan al mundo pero ésa ya no sería la Iglesia de Cristo


Por: Diana R. García B. | Fuente: http://www.elobservadorenlinea.com



¿Cada quien puede ser cristiano «a su manera»?, preguntaba el arzobispo estadounidense en proceso de beatificación Fulton J. Sheen (1895-1979), y respondía: «No nos permiten interpretar individualmente la Constitución de nuestro país. ¿Por qué insistir en una interpretación individual de la religión?».

Piden que el pecado deje de ser pecado

Y, sin embargo, eso es precisamente lo que está ocurriendo por todo el planeta: hay mucha, mucha gente-lo mismo entre la jerarquía eclesiástica, la feligresía y hasta entre los que ni siquiera son católicos- que proponen, claman o hasta exigen cambios para modernizar la Iglesia y acomodarla al estilo de vida actual, donde prolifera la fornicación (con sexo prematrimonial, uniones libres y relaciones homosexuales), el adulterio (divorciados vueltos a casar, aventuras, ), el asesinato (especialmente a través del aborto), etc.

Todos éstos son pecados, actos que arrastran a la condenación eterna si quienes los realizan no se arrepienten y convierten: «No se engañen: ni los que tiene relaciones sexuales prohibidas, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el Reino de Dios» (I Co 6, 9-10).

Sin embargo, hay millones de personas que tienen la absurda esperanza de que con el nuevo Papa la Iglesia cambie, que el pecado deje de ser pecado.

Pero la Iglesia es de Dios, no nuestra

Pero no, la Iglesia puede cambiar en las estrategias pastorales a fin de cumplir mejor la misión que Dios le dio, y también en cuestiones secundarias, pero nunca jamás en la doctrina que el propio Jesucristo le confió y que la Biblia llama «el depósito» o «el depósito de la fe» (cfr. (I Tim 6, 20 ; II Tim 1, 14), que debe ser conservado intacto.

Cuando Benedicto XVI era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, explicó esta realidad con las siguientes palabras re cogidas en el libro Informe sobre la fe:

«Se está perdiendo el sentido auténticamente católico de la realidad "Iglesia". Muchos no creen ya que se trate de una realidad querida por el mismo Señor. Para algunos teólogos la Iglesia no es más que mera construcción humana, un instrumento creado por nosotros y que, en consecuencia, nosotros mismos podemos reorganizar libremente a tenor de las exigencias del momento. Pero Cristo muerto y resucitado, este vínculo misterioso y realísimo, es lo que hace que la Iglesia no sea solo "nuestra" Iglesia, de modo que podamos disponer de ella a nuestro antojo; es, por el contrario, "Su" Iglesia. Todo lo que es sólo "nuestra" Iglesia no es Iglesia en sentido profundo».

La Iglesia no cambia, que cambie la gente

Escribe el padre Eduardo Volpacchio: «Estoy seguro de que muchas veces has escuchado esta frase: "Ya vas a ver cómo la Iglesia acabará aceptándolo"...No se sabe bien si pretende ser una profecía, un deseo, un desafío, o una presión para que la Iglesia acepte el desorden».

Se suele poner como pretexto para cambiar la doctrina los muchos escándalos ocurridos en el seno de la Iglesia: que si la mitad de los casados acaba divorciado, que si casi todos los matrimonios católicos usan anticonceptivos, que si muchos sacerdotes tienen mujeres e hijos, etc. Sin embargo, todos esos pecados que cometen los hijos de la Iglesia no se debe a la doctrina de la Iglesia, sino a que la desobedecieron.

De ahí que observa el padre Volpacchio: «Algunas personas parece que en algún momento de su vida se encuentran ante una encrucijada: cambiar ellos para adecuar su comportamiento a la ley de Dios o cambiar la ley de Dios para que coincida con su comportamiento. Algunos se deciden por la segunda opción y concluyen que la Iglesia debe cambiar... Ahora bien, ¿es razonable el planteo? La Iglesia existe para mostrar a los hombres el camino de salvación que su Fundador le ha señalado. Su misión es cambiar al mundo».

Y concluye: «Es por esto que habría que recomendarles a quienes tienen este planteo que no sean ingenuos: la Iglesia no cambiará en lo esencial. Esto es un hecho: no esperes un imposible. La Iglesia no cambiará porque no puede hacerlo. Aunque quisiera cambiar no podría porque su Fundador no la dejaría. Cambiar supondría su fin: dejar de ser la Iglesia de Jesucristo para ser una iglesia de hombres, hecha por hombres a la medida y gusto de los hombres; perdería la trascendencia de la eternidad para adquirir la caducidad de las modas siempre sujetas a los vaivenes del capricho».

Las viejas herejías muestran que la tentación es antigua
Marcionismo, montanismo..., doctrinas a la carta

Una herejía es una doctrina que se opone inmediata, directa y contradictoriamente a la verdad revelada por Dios y propuesta auténticamente como tal por la Iglesia.

Desde el tiempo de los Apóstoles abundaron las herejías, ya sea surgidas por un entendimiento erróneo de la Revelación, y otras veces por mero capricho o placer. Unas negaban la divinidad de Jesucristo; otras, su humanidad, y otras revolvían la doctrina cristiana con otras religiones. Éstos son algunos ejemplos:

NICOLAÍTAS
Una de las primeras herejía es mencionada y condenada en el Apocalipsis: la de los nicolaítas (al parecer su iniciador se llamaba Nicolás y, según los Padres de la Iglesia san Irineo y san Hipólito, era uno de los siete primeros diáconos mencionados en los Hechos de los Apóstoles).

La herejía nicolaíta sostenía que se podía llevar una vida desenfrenada satisfaciendo todas las pasiones -tal como muchos presuntos cristianos inmorales de hoy quieren que suceda-, asegurando falsamente que el libertinaje de la carne no tiene efecto sobre la salud del alma y, por tanto, que no compromete su salvación.

EBIONISMO
Afirmaba -como ciertos cristianos falsos de hoy- que Cristo no es Dios, sino un simple hombre.

MARCIONISMO
En el siglo II, Marción, influido por los gnósticos, diferenciaba al Dios revelado en el Nuevo Testamento, misericordioso y benévolo, del Dios del Antiguo Testamento, justiciero. Rechazaba el Antiguo Testamento y los evangelios, excepto el de san Lucas. Negó que Cristo hubiera nacido de la Virgen María según la carne, y también negaba su muerte real en la cruz porque decía que Jesús no tenía un cuerpo real sino aparente.

MONTANISMO
Iniciada por Montano en la segunda mitad del siglo II, esta herejía enseñaba que la Iglesia no debía ser jerárquica sino carismática, y que la Segunda Venida de Cristo era inminente, por lo cual debía vivirse en un rigorismo absoluto que incluía el ayuno y la penitencia obligatorios y permanentes, lo que también implicaba la abstención de las relaciones matrimoniales. A los que habían cometido pecados graves (homicidio, adulterio, etc.) les era negada para siempre su admisión en la Iglesia.

La doctrina dada por Cristo es perfecta; por eso, si la Iglesia aceptara alguna herejía sería porque ésa no es la verdadera Iglesia

«Me sorprende que ustedes abandonen tan pronto al que los llamó por la gracia de Cristo, para seguir otro evangelio. No es que haya otro, sino que hay gente que los está perturbando y quiere alterar el Evangelio de Cristo.

«Pero si nosotros mismos o un ángel del cielo les anuncia un evangelio distinto del que les hemos anunciado, ¡sea maldito!».
(Gálatas 1, 6-6-8)







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