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¿Aún se puede creer?
¿Aún se puede creer?


Por: Adolfo Güémez | Fuente: Catholic.net



- No gracias, soy agnóstica-, fue la respuesta de Luisa cuando Alejandra la invitó a ir a misa con ella.
- ¿Agnos… qué?-, le preguntó admirada Alejandra.
- Agnóstica.
- Ah. ¿Y esa qué religión es?


No sé si Dios exista

El agnosticismo no es una religión, sino una posición filosófica que limita nuestro conocimiento a lo que podemos comprobar sensiblemente. Todo lo que vaya más allá de nuestros sentidos no lo podemos afirmar.

Como a Dios no se le ve, oye o toca, no se le puede conocer. De aquí no hace falta sino un paso para llegar al ateísmo práctico: «Como no puedo saber si Dios existe o no, ¿para qué vivir atormentándome con la idea de un Dios que me va a juzgar al final de la vida?»


Una opción irracional

En un inicio, la posición agnóstica puede parecer razonable: si no puedo comprobarlo, no puedo creerlo. No obstante, basta un poco de reflexión para darse cuenta de que hay muchas cosas que no vemos y que no por ello negamos.

Tú no puedes ver el amor que los demás sienten por ti, pero te sabes querido. Tus pensamientos también son imperceptibles y abstractos, pero ello no me justifica para decir que no piensas. La electricidad es algo que no se ve, y sin embargo no renuncias a usarla.

Sabemos que todas estas cosas existen porque percibimos sus efectos. De ahí nace nuestra certeza.

Así sucede -guardando las distancias- con Dios. A Él no lo vemos directamente con nuestros ojos, pero sí a través de sus obras: las estrellas, la luna, los animales, los árboles, los hombres…

Si observo en el mar un barco que se acerca al puerto, es evidente que pensaré que en él hay un piloto que lo está manejando. Del mismo modo, cuando vemos que el mundo es gobernado por reglas constantes e inmutables, hay que pensar que Alguien lo dirige.

Es normal que no podamos ver a Dios cara a cara. En efecto, si no somos capaces de mirar fijamente al sol, ¿con cuánta mayor razón nuestros ojos no pueden ver directamente a Dios?


Tener fe

Así pues, a partir de la creación, nuestra razón puede deducir con certeza que Dios existe. Pero para lograr una penetración más profunda de Dios, es necesario dejar que la fe ilumine nuestra razón. Esto no debe extrañarnos pues, en el fondo, la fe impregna toda la vida.

Cuando me subo a un avión para atravesar el océano, ¿no tengo que creer que el piloto me llevará a donde quiero ir? Si quiero aprender medicina o matemáticas, debo confiar en que lo que me dicen mis profesores es cierto. Al echar una moneda a una máquina de refrescos, creo con firmeza que me va a dar la soda que yo le pido.

Y si en estas cosas humanas tengo fe, con mayor razón puedo tenerla en Dios. Ciertamente, esta fe humana no es la misma que la teologal. Esta última es mucho más fuerte y atrayente…


¿Qué es la fe?

La fe es una virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que nos ha revelado. Así de simple. No hay más secretos.

Ahora bien, ella es un regalo de Dios -una gracia-, y como tal, no estamos obligados a aceptarla. Para creer de verdad, nuestro corazón se debe rendir ante la invitación de Dios y esto conlleva un acto de humildad y de sencillez.

La humildad no significa agachar la cabeza y resignarse ante el misterio, sino descubrir el grande amor que Dios nos tiene y dejarse abrazar por Él.

La sencillez es aceptar que la certeza de la fe es mucho mayor que la de la razón humana, pero que no la contradice en nada.

Teme la gracia de Dios que pasa y no vuelve
Este regalo no es exclusivo. Está a disposición de una inmensa muchedumbre. Casos de conversiones los encontramos a raudales.

La Top Model, Raquel Balencia, por ejemplo, se bautizó cuando tenía 22 años. Antes vivía como una chica “normal”, cultivando los valores y buscando ser buena. Pero Dios quería que Raquel fuera algo más que “normal”.

El Dr. Bernard Nathanson es llamado el Rey del Aborto. No es para menos, pues en su vida realizó más de 75,000 abortos. Luego de practicar uno a una mujer que él mismo había embarazado, su vida comenzó a cambiar.

Esta transformación le costó diez años, pero al final, Dios triunfó. «Ya no estoy solo -dice-. Mi destino ha sido dar vueltas por el mundo a la búsqueda de ese Uno sin el cual estoy condenado, pero al que ahora me agarro desesperadamente, intentando no soltarme del borde de su manto».

Lo que importa, pues, no es la rapidez o la lentitud con la que abrazamos la fe. Lo realmente importante es mantener nuestro corazón abierto a ese don que Dios nos ofrece. Un don invaluable, un don que supera toda promesa humana.

aguemez@arcol.org







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