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La Iglesia a juicio
Tarde o temprano veremos que el argumento del testimonio vale más que el argumento del engaño


Por: Domingo del Toro | Fuente: Catholic.net



La literatura actual y la prensa han desperdigado ya por todo el planeta una opinión, quizás ingeniosa, pero falta de todo tipo de fundamento, de lo que es la Iglesia Católica.

Los autores ponen a la Iglesia en el banquillo de los acusados. A través de artículos, novelas y libros pseudo-científicos, van alargando su dedo hasta hacer una larga lista de acusaciones (los típicos y requemados proyectiles): las brujas muertas en la hoguera, los monjes depravados, los Papas dementes...; en fin, una institución intrigante, preocupada por mantener supuestos "secretos" a costa de la vida de muchos.

Si esta denuncia que hacen los autores se llevara a un tribunal, ¿qué pasaría? ¿Sería encontrada culpable la Iglesia y el cristianismo? La denuncia está hecha, a la supuesta culpable sólo le queda comparecer y defenderse.

Veamos qué pasó en el tribunal. Curiosos, afectados y testigos están ya en la sala, ansiosos por ver el desenlace de este gran juicio.

El magistrado, después de haber escuchado las acusaciones, da dos fuertes golpes de martillo, y con un vozarrón tosco y serio mira a la acusada y le dice «¿Tiene algo que replicar?»

- Prefiero que deje hablar a todos estos testigos que parecen ansiosos por dar su opinión sobre el tema -replica la Iglesia con voz delicada.

Salió un frailecillo de nombre Francisco. Con ojos vivaces y pasos ágiles se acercó al estrado.

- Soy hijo de la acusada. Le puedo decir que fui caballero, pero un día me encontré con un crucifijo abandonado y le escuché. Comprendí que mi vida de lujo y vanidad nada tenía que ver con el mensaje del pobre crucificado. Dejé todo y le seguí. Con gusto recuerdo cuando fui a ver al Sultán sin armas, ni espadas. Dejé a mis hermanos en Belén, en Jerusalén, en tierras de guerra para hacer el bien. No todo fue fácil, a muchos los mataron, pero siguen allí, con hábito de sayal y predicando el amor. Lo mismo se podría decir de los miles de hermanos franciscanos que hoy están por todo el mundo siguiendo mis huellas.

Kamel al-Sharif, secretario general del Consejo Islámico Internacional, uno de los mayores organismos islámicos del mundo con sede en Ammán y El Cairo, interrumpe desde su asiento para apoyar a Francisco:

- El santo de Asís fue de los primeros en invitar al diálogo entre civilizaciones. Durante las cruzadas abrió un paso dentro de los dos campos rivales para encontrase con el sultán, llamándolo a la paz.

- Señor juez, pido al testigo que aclare quién mató a las brujas, -gritó el fiscal francamente enfadado

- ¿Quién mató a la bruja? Eso sí no le sé decir, estaba ocupado en otras cosas.

- Señor magistrado, déjeme decirle... yo también sé algo -retumbó otra voz en la sala del juicio.

- Viví en Barcelona, allá por el siglo XIII. Una época dura, la guerra arreciaba y muchos cristianos caían prisioneros para ir a morir en tierra extranjera. Fundé una orden dentro de la Iglesia «para la liberación de los cautivos» (aún perdura hasta hoy para los miles de religiosas y religiosos mercedarios). Muchos de los nuestros iban a tierras extrañas para liberar cristianos ¿cómo? ¿con guerra? Nada de eso, con su propia vida y sin una lanza. Si no lograban obtener el rescate por medios económicos, voluntariamente se ofrecían a sí mismos para intercambiarse por los cautivos, sabiendo que les esperaban trabajos forzados y muy probablemente la muerte. Gracias a Dios desde que empezó esta idea hasta 1616 pudimos rescatar a medio millón de esclavos. Otras órdenes liberaron a muchos también, por ejemplo, los trinitarios a unos 900,000.

- ¿Alguien más? -Dijo el juez

- Dejadme hablar a mí, poca cosa soy, pero algo podré contar -una mujercilla pequeña, arrugada y sonriente se puso de pie.

- Soy de Albania, aunque la mayor parte de mi vida viví en la India. Mi nombre es Teresa. Un día en la ciudad de Calcuta caminaba por un barrio miserable, escuché un chillido tenue en un basurero. Me detuve, abrí el contenedor y encontré nada menos que a un ser humano, una mujer. La saqué, la cargué, curé sus heridas y la acompañé en mi casa hasta que murió poco después. Así hice con muchas personas más que si bien murieron, experimentaron la dicha de ser amadas antes de expirar. Quisiera que quede asentado en el acta que no lo hubiera hecho si no es porque detrás de esos moribundos siempre veía el rostro de otra persona por quien hago todo, es fácil que adivine quién es. Perdone, señor, juez, me desvié del tema, ya no recuerdo qué quería saber usted de la Iglesia.

- A ver, usted, el señor de atrás con la corona ¿Tiene algo que declarar?

- Está bien. Si usted lo quiere. Me llamo Gregorio, fui Papa hace ya mucho tiempo. En mi época, allá por el año 600, el rey de Nápoles intentaba prohibir a los hebreos la celebración de sus fiestas. Prefiero leer lo que escribí al obispo de ese lugar: «Unos judíos que viven en Nápoles se nos han quejado. Deben proveer con palabras de bondad, no ásperas, de modo que la enemistad no los aleje(...) no permita que sean molestados de nuevo por razón de sus festividades, sin que tengan la libre concesión de observar y de celebrar sus festividades» (Documento fácilmente accesible en Denzinger n. 480).

El murmullo crecía en la sala del tribunal, las manos alzadas se acumulaban. Entre éstos había tullidos, huérfanos, cojos, gente rica y pobre, de todos colores y lenguas. Algunos con atuendo oriental, otros con traje de ejecutivo y otros con andrajos de mendigo todos querían acercarse y dar su testimonio.

El juez se empezaba a poner nervioso; no digamos el fiscal...

- A ver tú..., el indito ¿Qué dices a todas estas acusaciones contra la Sra. Iglesia?

- Me apena que no tenga tiempo para contar la historia de Tata Vasco, de las Casas, Fray Margil de Jesús y muchos más. Recordaré sólo que gracias a un dominico, Francisco de Vitoria, que luchó desde su cátedra universitaria en Salamanca, a los indígenas se nos reconoció la dignidad de personas, hijos de Dios con los mismos derechos que cualquier otra persona sea de la nación o del color que fuera. Gracias a él ni mis padres ni yo fuimos nunca esclavos.

Uno de lo policías le dice algo al oído al juez, manda abrir la puerta de entrada de la sala y entra un señor mayor con traje y guardaespaldas.

- Soy el Presidente de la República Italiana, Carlo Azeglio Ciampi. Quisiera comentar que el pasado 27 de enero, jornada de conmemoración de la Shoa, en nombre de todo el pueblo italiano otorgué un reconocimiento al obispo Umberto Rossi, quien como tantos otros hombres de Iglesia, arriesgaron su vida para salvar a millares de hebreos y perseguidos políticos de la deportación y de la muerte durante los dramáticos años de la Segunda Guerra Mundial.

Dos toques de martillo. El juez se dirige a la Sra. Iglesia que observa y escucha. -¿Tiene algo más que decir?

Esbozó una pequeña sonrisa, encogió ligeramente los hombros y dijo -¿Qué más le podría decir? Basta con lo que ya han hecho y dicho estos hijos míos en representación de los 4.217.572 que colaboran en actividades de pastoral en escuelas, hospitales, asilos, catequesis etc (cifra del anuario pontificio 2003).

Creo que nadie contesta que ha habido y hay personas que después de pasar por la pila bautismal han tenido comportamientos acristianos, subcristianos y anticristianos. Lo que me parece injusto y a veces ridículo es que se ataque a la Iglesia, como si ella propusiera esos comportamientos como modelos. El ideal propuesto por el Evangelio ha sido siempre el mismo y ahí está lo que nunca podrán criticar: hombres y mujeres que han creído en el amor y han dejado en ello la propia vida y a veces la sangre. Tarde o temprano veremos que el argumento del testimonio vale más que el argumento del engaño.

 

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Imagen: togas.biz







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