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La encíclica del primer amor
Algo ocurre en el mundo, que no funciona. Es el desencanto del amor primero. ¿Quién no recuerda la primera sorpresa, la primera mirada, el primer beso, el primer encuentro con quien nos hace sentirnos más nosotros mismos?


Por: José Francisco Serrano Oceja | Fuente: Libertad Digital



Benedicto XVI es el Papa del primer amor. Ha escrito un texto, su primera encíclica, que nos está invitando a no olvidarnos del primer amor a Dios, a Jesucristo, al hombre, a la Iglesia. Ha presentado una encíclica con las letras del Alfa y de la Omega, con la advertencia a un mundo que “ha perdido el amor primero”, como escribió San Juan en el Apocalipsis. O acaso no parece que ya estamos de vuelta de todo; que los jóvenes están, muy pronto, de vuelta de la vida; que los matrimonios se rompen para “volver a empezar” constantemente en una rueda sin principio ni final.

Benedicto XVI habla y escribe de cuestiones fundamentales. Es el Papa de lo esencial. Y en su primera encíclica ha querido dar una respuesta a las preguntas que llevan sobre el tapete de la mesa de las ideas más de tres siglos sin una aclaración, sin una clarificación, sin una respuesta adecuada. Nos presenta un texto en el que deja definidas las diferencias entre la vida lograda –la que buscaron los griegos, los romanos– y la vida perdurable –la que trae el cristianismo– como un encuentro “con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

Gustavo Bueno nunca soñó con que el Papa Ratzinger fuera el cierre categorial de la postmodernidad. Hay dos cuestiones pendientes que el hombre no había sabido solucionar a partir del denominado giro antropológico del Renacimiento y de la Ilustración. Son las de la identidad y de la conciencia. Desde hace no poco tiempo estaba pendiente que definiéramos al hombre. Definir al hombre significaba delinear sus contornos; bucear en aquello que le hace ser hombre y que le construye en su identidad.

Durante no pocos siglos se había tenido claro que el hombre se construía a partir de su naturaleza creada; pero ahora, algunos se empeñan en repetir que el problema del hombre es que está mal hecho. Ya no sirve su naturaleza. La voluntad de progreso, que dominaba la acción humana a partir del desarrollo científico y técnico del entendimiento, iba a ser capaz de hacer al nuevo hombre. Y aquí llegó Nietzsche y nos dijo que el superhombre construiría el mundo si el eros, la fuerza que nace del sentimiento, de la voluntad de poder, de la pasión y de la pulsión por llevar adelante sus deseos más recónditos, se entregaba a la causa de sí mismo.

El problema de definir al hombre, propio de la modernidad, se convirtió en el problema del otro en la postmodernidad. Toda la ilusión de los felices años veinte, treinta, se vino abajo cuando la violencia, en forma de guerras ya mundiales, apareció como forma de articular las relaciones sociales y las relaciones entre los pueblos.

Del problema del yo pasamos al problema del nosotros, a la cuestión de la alteridad. La cuestión del otro es la cuestión del Otro, es la cuestión de Dios, y de la realidad de su palabra significativa, fundante de la forma en la que nos relacionamos con Él y entre nosotros. Se había dado, además, una ruptura entre el pensamiento y la realidad; entre la razón teórica y la razón práctica; entre la vida y la fe que había llevado a la fe a reducirse en los límites de la moral. Esa disolución carecía de la masa que fuera capaz de reconstruir la unidad del sujeto. La verdad sinfónica del hombre se había roto porque cada intérprete tocaba el instrumento con una escala propia. Nuestro tiempo de rupturas encuentra con la encíclica de Benedicto la llave que abre la puerta de los corazones de los hombres: el amor. “Dios –escribe el Papa– no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este ‘antes’ de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta”. Es lo que necesita nuestro mundo y nuestro corazón.








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