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“Mar adentro”: Manipulación emotiva
La escena nos resulta familiar. El cine es utilizado una vez más como avanzadilla para introducir una inversión de los valores morales de nuestra sociedad.


Por: José Ignacio Munilla | Fuente: Arbil.org




La escena nos resulta familiar. El cine es utilizado una vez más como avanzadilla para introducir una inversión de los valores morales de nuestra sociedad.


Almodóvar produjo un cine en el que homosexuales, travestis, etc... son presentados como el paisaje habitual de nuestra sociedad. Unos años después, por la práctica de los hechos consumados y con un mínimo debate social, se nos anuncia la ley de matrimonio homosexual, adopción incluida, con el único argumento de que es una realidad y la opinión pública está ya “suficientemente madura”. Ahora le toca el turno a Alejandro Amenabar con su película sobre el caso Sampedro. La asistencia del Sr Zapatero al estreno de esta película reivindicativa de la eutanasia, es más que “prometedora”, por mucho que haya afirmado que la eutanasia no está en la agenda prioritaria del gobierno. Todo resulta muy previsible, dentro de una perfecta sintonía entre estos “artistas del Régimen” y una determinada forma de hacer política.

El filme tiene un mínimo recurso argumental; y, por el contrario, presenta con maestría un melodrama combinado con abundantes golpes de humor, hasta el punto de conseguir que los espectadores lloren y rían al mismo tiempo. Y todo ello, ni que decir tiene, conducente a la adhesión emotiva al deseo de suicidio de Ramón Sampedro. Con la misma intención, se ofrece una imagen patética de los magistrados que juzgan su caso. Y no digamos nada de los ribetes ridiculizantes con los que se adorna la escena del sacerdote tetrapléjico que visita al enfermo con unos argumentos de moralina infumables. Poco importa que esa escena no sea histórica, ya que de lo único que se trata es de conseguir el efecto de aversión a la institución eclesial. Y por supuesto, se pasa de puntillas sobre otras cuestiones fundamentales: posible componente patológico de la obsesión de Sampedro por morir, desmotivación en otros lesionados y enfermos graves que ven cómo nuestra cultura olvida su esfuerzo, al mismo tiempo que ensalza la figura del antihéroe, etc....

Los escasísimos argumentos con los que Alejandro Amenabar ha pretendido justificar la reivindicación del suicidio asistido de Sampedro se reducen a tres frases que, a modo de slogan, son enunciadas reiteradamente en la película: lema

- “No me juzgues”: Paradójicamente, el guionista ha recurrido a la máxima evangélica de Jesucristo que prohíbe juzgar el prójimo (Mt 7,1), pero lo hace tergiversando su sentido original. En efecto, el mismo Jesucristo que se negó a condenar a la mujer adúltera, pidió acto seguido a esa misma mujer que no pecase más (Jn 8,11). Dicho de otra forma; una cosa es el juicio indebido sobre la subjetividad de las personas, y otra cosa muy distinta es el necesario juicio sobre la bondad o maldad de los actos. Olvidar esto sería tanto como renunciar a la ética, la moral, la distinción entre el bien y el mal y, por supuesto, a la posibilidad de legislar para procurar el bien común.

- “Si me amas, ayúdame a morir”: ¿Acaso la satisfacción de los deseos de una persona es signo inequívoco de un amor verdadero hacia ella? ¡Ni mucho menos! El verdadero amor es aquel que antepone el bien del prójimo a la complacencia de sus pretensiones.

- “La vida es un derecho, no una obligación”: Una frase muy redonda, pero que no se sostiene ante un mínimo análisis. Lo cierto es que la vida es un bien que hemos recibido, del que se derivan tanto derechos como deberes. La visión religiosa entiende la vida como un don de Dios. La antropología filosófica no puede por menos de percibir que la vida nos ha sido dada y que nos trasciende; de forma que también tenemos deberes frente a ella.

Sin embargo, en la película, los abogados de Sampedro no sólo rechazan ante los magistrados una legislación basada en principios religiosos, sino también la posibilidad de que la vida sea entendida desde una comprensión “metafísica”, “porque las metafísicas en el fondo no hacen sino esconder principios religiosos”.  La afirmación tiene miga, porque implícitamente reconoce la necesidad de renunciar a la formulación de las preguntas por el sentido de la vida, para poder así proceder a su destrucción sin problemas de conciencia.

Mientras que en España se reintroduce el debate sobre la eutanasia en términos tan emotivos como poco racionales, en nuestra vecina Francia, se han dado muy recientemente unos pasos muy importantes que bien merecen nuestra atención. El 27 de Agosto, el Ministro de Sanidad, Philippe Douste-Blazy, hacia pública la decisión del gobierno socialista de presentar una ley que permitirá a los enfermos terminales rehusar tratamientos desproporcionados. De esta forma el gobierno hace suyas las recomendaciones de un comité de 31 diputados de todas las tendencias, que el pasado Junio proponía instituir un derecho a “dejar morir”, consagrando el rechazo del encarnizamiento terapéutico, el refuerzo de los cuidados paliativos y el respeto de la voluntad expresada por los enfermos terminales y familiares a este respecto.

El citado ministro declaró que “no se trata de despenalizar la eutanasia, pues eso levantaría la prohibición de dar la muerte”. “Ningún jurista, ningún profesional de la medicina consultado por la comisión parlamentaria ha reivindicado tal cosa. Descarto, pues, el modelo legislativo holandés o belga”. Por lo tanto, el proyecto del Gobierno Francés no exigirá ningún cambio en el Código Penal, sino solamente en el Código de Salud Pública.

¡Nada que ver con el caso Sampedro, quien -no lo olvidemos- no estaba en la fase terminal de ninguna enfermedad, ni padecía dolores físicos por motivo de su tetraplejia! ¡El no solicitaba que le dejasen morir en paz, sino que le matasen!


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