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Vivir para Siempre, de Gustavo Ron
Jerónimo José Martín nos habla de una de las mejores películas españolas


Por: Jerónimo José Martín | Fuente: Fluvium.com



Formado en la London Film School, Gustavo Ron (Madrid, 1972) dirigió un documental —Venancio Blanco, el vihuelista de Navalcarnero— y tres cortos —Por un beso, Mi tipo de chica y Confuso—, antes de debutar en el largometraje de ficción en 2006 con la brillante fábula romántica Mía Sarah, la última película que protagonizó Fernando Fernán Gómez. En ella, Ron demostró muy buena mano con los actores, así como un abigarrado estilo visual, con sugerentes reminiscencias clásicas y, a la vez, con destellos de ese fascinante realismo mágico de cineastas como Alfonso Cuarón (La princesita) o Danny Boyle (Millones, Slumdog Millionaire).



Ahora, en su segundo largometraje de ficción —rodado casi íntegramente en Newcastle y en inglés —, Ron ha pulido las leves aristas de esa fórmula, la ha robustecido por fuera y por dentro, y la ha enriquecido con un toque indie, fresco y desenfadado, característico de grandes tragicomedias recientes, como Pequeña Miss Sunshine, Juno, Lars y una chica de verdad o Mi vida sin mí, de Isabel Coixet, filme con el que comparte una misma excusa narrativa. El resultado es una de las mejores películas españolas de los últimos años, que podría triunfar en Estados Unidos si pudiera entrar bien en tan difícil mercado.



Banda, fotografía, ambientación e interpretaciones
A partir de la novela Ways to Live Forever, de la inglesa Sally Nicholls —titulada en España Esto no es justo—, el guión del propio director relata las humanísimas andanzas de Sam, un vitalista e imaginativo chaval inglés de once años, que padece una grave leucemia desde hace tiempo, y al que los médicos ya han puesto fecha de caducidad. Sus padres y su hermana pequeña no saben muy bien cómo actuar; pero Sam no pierde el ánimo, y escribe un diario y filma vídeos sobre sus vivencias cotidianas, con la ayuda de su abuela, de otro chaval con leucemia, de la terapeuta de ambos y de una chica que le gusta. En ese material, Sam y su amigo intentan encontrar respuestas a las grandes preguntas, mientras disfrutan de la vida, convirtiendo en una fascinante aventura cada uno de los pocos momentos que les quedan, pues es muy larga su lista de cosas que hacer antes de morir.



Al igual que en Mía Sarah, son de altísima calidad la banda sonora de César Benito —sensacional en todo momento—, el montaje de Juan Sánchez, la fotografía —esta vez de Miguel P. Gilaberte—, la ambientación y todas las interpretaciones, especialmente las de los jovencísimos Robbie Kay —al que veremos próximamente en la nueva entrega de Piratas del Caribe— y Alex Etel que, a pesar del estirón que ha dado, conserva la inocencia y el carisma que mostró en la piel del hermano pequeño de Millones.



De inspiración cristiana
Todos estos elementos se integran a la perfección en la hipnótica puesta en escena de Gustavo Ron, muy bien planificada, llena de sustanciales movimientos de cámara y atenta siempre a todos los elementos narrativos y simbólicos de cada plano. Esto le permite saltar con fluidez de la comedia más hilarante —magnífica la secuencia de la ouija— al drama contenido, y de éste a la tragedia desbordada, ámbito en el que logra momentos de una enorme emotividad. Para eso, Ron se apoya a veces en originales transiciones, muy modernas, algunas de ellas articuladas en un teatrillo digital, magistralmente resuelto por la empresa española Miopía FX.

Alguno quizá considere demasiado sentimental el planteamiento de la película. Y a otros tal vez les pese el recurso de Ron a bellas baladas de transición, con la que hace avanzar la acción al tiempo que oxigena las situaciones más melodramáticas. Pero otros agradecemos que ponga toda la carne en el asador cuando quiere hacer reír o llorar al público. Al fin y al cabo, ese tono y esos recursos son empleados en las grandes películas contemporáneas antes citadas.

Además, Vivir para siempre nunca se queda en los simples sentimientos. A lo largo de todo el guión se desarrolla una profunda reflexión sobre el sentido de la vida, la muerte y el sufrimiento —de clara inspiración cristiana—, así como una reivindicación de la alegría de vivir —en las antípodas del hedonismo materialista dominante— y una preciosa exaltación de la familia como núcleo de solidaridad y realización personal. En este sentido, cabe destacar el arco dramático del personaje del padre —muy bien interpretado por Ben Chaplin—, desde su incómoda pasividad inicial hasta el conmovedor desenlace.







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