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Millones
Reseña de la cinta Millones del director Danny Boyle, en la que narra un cuento sobre la santidad.


Por: Gustavo de Prado, Televideo familiar | Fuente: Arvo.net



Dirección: Danny Boyle.
Intérpretes: Alex Etel, Lewis McGibbon, James Nesbitt.
Título original: Millions. UK
Valoración: Mayores de 13 años.

Danny Boyle, director de macarradas como Trainspotting o rarezas zombies como 28 días después, ofrece una nueva excentricidad pero, como siempre, cambiando radicalmente de género.

Ha muerto la madre de Damian y Anthony. Su padre decide trasladarse con los dos chicos a una urbanización.

Damian, el pequeño, ve a los santos y mantiene largas charlas con ellos. Anthony, el mayor, dotado para las matemáticas, es el capitalista pragmático. Damian se ha fabricado, junto a la vía del tren, una cabaña con cajas de cartón. Allí, un día, mientras habla con Santa Clara de Asís, una bolsa Nike cae del cielo llena de millones de libras. Damian cree que es un milagro y que debe dar el dinero a los pobres. Su hermano Anthony no sabe como ha llegado el dinero pero le obliga a Damian a mantenerlo en secreto. Quiere invertirlo en negocios inmobiliarios antes de que Inglaterra cambie al euro. La aparición de un hombre que parece saber algo acerca de la bolsa les va a complicar la vida.

No es que la película tenga grandes tesis. Boyle maneja una religión un tanto estereotipada. Por ejemplo, la interpretación que da San Pedro sobre el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, está a medio camino entre el absurdo, lo divertido, el ridículo, la lucidez, lo irreverente y el sentido común: el milagro estuvo en que aquel joven ofreciese a Jesús todo lo que tenía para comer. Pero lo que Danny Boyle intenta con todo ello es narrar un cuento para adultos desde la óptica de un niño que tiene muchas cosas que enseñarnos.

 Damian entiende que el dinero es, simplemente, una cosa material, algo de lo que no merece la pena preocuparse. Es una cosa que, como cualquier otro bien material, debe usarse correctamente. Por ejemplo, invitando a pizza a todos los mendigos a los que encuentra.

 Cuando en el colegio todos los compañeros de clase eligen a futbolistas como personalidades a admirar, él comienza a enumerar santos. A su hermano Anthony le preocupa que eso no le permita integrarse y le dice que debe ser como los demás, no hacerse notar, seguir la corriente. Damian se queda perplejo: no tiene la sensación de ser raro ni de estar al margen.

Damian va descubriendo que, si el resto de la gente no puede ver a los santos, es precisamente por el apego a las cosas materiales: eso es lo que les incapacita para acceder a un mundo espiritual. Su hermano, por ejemplo, está preocupado por obtener cosas, por el aspecto de las chicas en ropa interior, por el modo de obtener más dinero. Su padre no cree en nada y sus buenas intenciones, su ética laicista, se desmorona ante los estímulos del mundo. Y hay una mujer que recauda dinero para los países pobres del Tercer Mundo pero que, a la vista de los millones, no puede resistirse a su encanto.

 La desbordante imaginación de Boyle se plasma no sólo en un guión lleno de peculiaridades. Como, salvo los dos chicos, el resto de personajes no está muy bien caracterizado, la película podría haberse desmoronado.

Pero se sostiene, y muy bien, primero, con un alucinante montaje hipnótico y juguetón: acelera el tiempo, lo ralentiza, los personajes se mueven en postales, el dinero cae y salta...; segundo, con el uso de una cámara de movimientos sin límites: travellings cenitales, movimientos fracturados...; tercero con una fotografía con un colorido muy especial: las casas de la urbanización, la aparición de los mártires de Uganda en un prado...; y, finalmente, en una música siempre adecuada, emotiva, redundante. Es una auténtica delicia dejarse atrapar por la desarmante originalidad de la historia y por el estilo de la puesta en escena, plagada de sorprendentes soluciones técnicas.







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