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El cine africano, luz para un continente olvidado
El cine africano empieza a brillar con luz propia, aunque no puede competir, y ni siquiera lo pretende, con las grandes producciones norteamericanas y europeas.


Por: . | Fuente: www.e-cristians.net




Coincidiendo con la canonización de Daniel Comboni, la revista MUNDO NEGRO repasa la situación del séptimo arte en África


El cine africano empieza a brillar con luz propia, aunque no puede competir, y ni siquiera lo pretende, con las grandes producciones norteamericanas y europeas. La revista MUNDO NEGRO ofrecía recientemente una amplia información sobre la historia y la situación actual que vive el séptimo arte en un continente casi olvidado por el resto del mundo. Desde E-Cristians , nos referimos a esta noticia coincidiendo con la canonización, el domingo 5 de octubre, de Daniel Comboni, un religioso que dio su vida precisamente por los más olvidados y desprotegidos, fue el primer obispo de África central y fundó la congregación misionera de los combonianos.

Las raíces del cine africano se encuentran en las propias culturas y en su dinamismo actual. Quizá por eso muchos directores de fuera del continente no entienden el lenguaje, la música, el canto, la danza y los gestos simbólicos ocultos en sus largos diálogos, todo ello percibido desde el resto del mundo como una pesada monotonía. Uno de los grandes retos es llegar a un público más amplio. El cineasta Pierre Hila, de Congo Brazzaville, considera que "el cine africano tiene que dejar de ser cine para los festivales, tanto del continente como de fuera, y debe estar en las salas comerciales para enfrentarse a más gente". En esta línea, piensa que "los directores africanos tienen que darse a conocer en su propio continente porque hasta ahora son extraños para los que son sus propios pueblos".

Otro de los grandes retos de la industria cinematográfica africana es la financiación. Pero esto no debe llevar a los cineastas del continente a replegarse sobre sí mismos, culpar de su situación a pasado o contar siempre con la ayuda exterior. El cine africano, según los entendidos, debe tener su autonomía y dignidad. A pesar de todo, está contribuyendo a reflexionar sobre la dignidad del continente, a recuperar sus valores tradicionales, a la integración de los propios africanos (dentro y fuera del continente), a combatir la corrupción, a acabar con los prejuicios sobre África y a consolidar la paz y la reconciliación. El cine africano, de hecho, se está convirtiendo en una llama de esperanza para la generación actual, que vive entre el pasado tradicional y la modernidad.

Una historia muy digna
El primer film africano conocido es Laila , un trabajo de 1927 dirigido por el egipcio Ahmed Galal. Luego llegaron Sahara, Zeinab y otras más o menos "desconocidas" entre la industria. Estas producciones tuvieron éxito especialmente a Egipto y a otros naciones árabes y magrebíes, como lo demuestra el hecho de que se mantuvieran bastante tiempo en cartel y llegasen a influir en el público joven. Los países del Magreb, por ejemplo, han estado muchos años en la órbita del melodrama musical, de estilo hollywoodiano. Sólo en los años 50, durante la lucha por la independencia, las películas reflejaron su propia historia y su identidad cultural. Tras la independencia de Argelia, Túnez y Marruecos, este cine se diversificó y evolucionó por diferentes caminos.

En el África subsahariana, el cine empieza a desarrollarse durante los 50 y 60, con las independencias de las naciones de esa área. Los temas reflejaban el proceso de emancipación, la actividad laboral cotidiana de los africanos y sus adaptaciones al ambiente urbano. La pirámide humana yYo negro son algunas de las producciones, la mayoría con participación francesa, que se ofrecieron en aquella fase. La primera película autónoma del África negra es Borom Sarret , dirigida por el patriarca de los directores africanos, el senegalés Ousmane Sembène, en el año 1963. Así empezaba el largo parto del cine subsahariano con argumentos y matices propios, principalmente en las ex colonias francesas, ya que los países anglófonos y lusófonos apostaron inicialmente por los documentales.

El nacimiento del cine africano no fue visto con buenos ojos por las grandes compañías cinematográficas occidentales, que habitualmente controlaban el mercado africano, sobre todo porque no les interesaban unos competidores locales. De hecho, el cine africano empezó a sufrir un boicot silencioso y una marginación en el ámbito internacional.

Por eso los cineastas del continente crearon, en 1970, la Federación Panafricana de Cineastas, con el objetivo de instar a los gobiernos a tomar medidas de protección para la industria y crear un mercado común de monopolio africano. La iniciativa, sin embargo, se fue a pique por varias razones, principalmente por las divergencias ideológicas entre las escuelas (básicamente la francesa y la rusa) donde los africanos habían estudiado. Además, las nacionalizaciones y la instrumentalización del cine como elemento de propaganda, el gran control gubernamental y la falta de libertad para elegir los argumentos fueron otros factores que provocaron impacto negativo en el crecimiento del séptimo arte africano durante esta época.

Primer paso para la valoración de las producciones
Conscientes de la situación, los cineastas africanos crearon en 1969 el Festival Panafricano de Cine y Televisión de Uagadugú (Burkina Faso), conocido también con el nombre de FESPACO.

Desde entonces, directores consagrados como Souleymane Cissé, Idrissa Ouedraogo, Gaston Kaboré, Mahama Traoré, Djibril Diop, Diop Mambéty o Regina Fanta Nacro, entre otros, participan cada dos años en el certamen para proyectar sus últimos trabajos.

El festival, que ha ido convirtiéndose en una gran fiesta en el marco de las calurosas y estrelladas noches de febrero, sirve de ventana a grandes películas, entre las que destacan: Le nouveau venu (donde Ricardo Medeiros ridiculiza la mentalidad burocrática de los funcionarios del Estado), N´diangue (un trabajo dirigido por Traoré en 1975 y que ataca al fanatismo religioso), Muna Moto (producida en 1974 por el camerunés Jean-Pierre Dikongue Pipa y ganadora de una edición del festival), Touki Bouki (donde el director senegalés Djibril Diop Mambéty aborda el problema de los jóvenes africanos que intentan huir de sus tierras fascinados por la cultura occidental) y Xala (un trabajo de Ousmane Sembène que explica cómo la nueva burguesía africana de los años 70 vive en la dicotomía entre lo tradicional y la opción de imitar a Occidente). Cabe subrayar que Touki Bouki fue el primer film africano en el festival internacional de Cannes.

A finales de los 80 y principios de los 90, la luz empieza a brillar nuevamente para el cine africano, que entra en la llamada "edad d´oro" porque deja de lado la dependencia que tenía de los estados y pasa a poner más énfasis en los aspectos artísticos, así como en la propia identidad. De esta nueva etapa, surgen películas de la categoría de Haramuya (del burkinés Drissa Traoré), Couleur Café (del guineano Henry Duparc), Dôlé (del gabonés Imunga Ivanga) y Cry beloved country (del sudafricano Darrel James Godo).







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