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La experiencia del Espíritu, culmen y realización del acto de fe
En este capítulo trataremos la forma en que está constituido el acto de fe, con el fin de dar algunas directrices pedagógicas y conocer algunos medios adecuados que les capaciten eficientemente en su labor.


Por: German Sanchez Griese | Fuente: Catholic.net



El paso del acto de fe a la experiencia del espíritu.
En el capítulo anterior revisamos lo que es el acto de fe y sus consecuencias para la sociedad tecno-líquida. Abordamos el problema de las implicaciones en la época actual del acto de fe. En este capítulo queremos ahondar en la forma en que está constituido el acto de fe, con el fin de dar algunas directrices pedagógicas que permitan a quienes tienen la misión de transmitir la fe en nuestra época, conocer algunos medios adecuados que les capaciten eficientemente en su labor.

El acto de fe, ya lo hemos explicado, queda constituido por tres elementos básicos que son la escucha de la Palabra, la acogida en el corazón y la respuesta que se da ayudado por la gracia de Dios que transforma a la persona. Muchos de los errores del pasado, especialmente en la Iglesia en Occidente, ha sido el reducir el acto de fe a un conocimiento intelectual o a una serie de ritos o tradiciones que deben observarse fielmente. Estas son quizás las dos tendencias más fuertes que observamos en los dos polos que por ahora representan bastiones enormes de la Iglesia en Occidente. Observamos por una lado en Europa una fe lánguida, mortecina, apagada, basada en una adhesión intelectual a unas verdades de fe que no toca el centro de la persona. Una fe que cada día se hace más difícil de vivir y de impregnar todas las realidades sociales de la persona. Una fe de sacristía, para el uso y consumo personal.

Por otro lado, el segundo bastión de la fe católica, viene representado por el continente de la esperanza, por América, en dónde podemos observar una fe viva, pero basada principalmente en el sentimiento, en las prácticas de piedad, en una religiosidad popular que si bien ayuda a vivir con vigor y entusiasmo la fe, no toca tampoco el corazón de las personas1.

De esta manera nos encontramos con una doble verdad de la fe, pero que desemboca en las mismas consecuencias. Mientras que la fe en Europa se vive más con el intelecto que con la vida misma, porque no toca el corazón de la persona2, de igual manera, la fe en América Latina no toca el corazón de la persona porque la fe se vive sólo en la periferia, en las costumbres, en las tradiciones de una fe que se concentra en la religiosidad popular. Debemos por tanto concentrarnos en conocer la forma en que el acto de fe no quede reducido a un mero conocimiento intelectual ni tampoco a una vivencia sentimental o costumbrista. Debemos buscar por tanto la forma en que el acto de fe toque realmente a toda la persona, para que se dé el tercer elemento del acto de fe, es decir, la transformación de la persona, ayudada por la gracia de Dios.

Muchas personas piensan, y este es un error muy difundido incluso en personas de fe o en las mismas personas consagradas, que la gracia de Dios transforma a las personas, sin la cooperación de ellas mismas. Piensan que Dios hace buena a las personas sin la cooperación de ellas. Creen que una persona puede superar su mal carácter, un vicio, una infidelidad sin contar con el esfuerzo personal y poniendo todo el esfuerzo personal sólo en la oración o en una actitud pasiva de espera en la gracia de Dios. Parece que se da un milagro o una forma de magia en que la persona recibe la ayuda de Dios y logra su transformación sin cooperar activamente con la gracia de Dios. Esta concepción de la transformación de la persona es debido a que se piensa que el acto de fe es obra exclusivamente de Dios, en donde la persona es un ser pasivo que solamente recibe esa gracia y que por la gracia es capaz de emprender una nueva vida.

Sin quitar nada a la acción de la gracia sobre la persona, que puede actuar sin necesidad de la cooperación de la persona, el camino ordinario del acto de fe presupone la cooperación de la persona en su totalidad. De ahí el hecho ya mencionado, que el acto de fe se realiza cuando la Palabra viene acogida en el corazón de la persona, entendiendo por corazón a la persona en su integridad, es decir, su intelecto, su voluntad y su afectividad.

Este hecho, el que el acto de fe debe abarcar a toda la persona, nos lleva a reflexionar sobre una realidad que muchas veces nos pasa desapercibida. Si el acto de fe debe englobar a toda la persona, es decir, que la persona debe creer con todas sus facultades, entonces es necesario también que la persona coopere con todas sus facultades. No es posible creer sin la cooperación de la persona, ya que la gracia supone la naturaleza de la persona, como decía Sto. Tomás de Aquino, y parte de la naturaleza de la persona, ya lo hemos estudiado en el capítulo anterior, es su libertad. Sin la libertad de la persona que acepta y coopera con la acción de la gracia, no es posible el acto de fe. Esta concepción errónea del acto de la fe se debe en parte a la reducción a un mero asentimiento del intelecto o a un mero sentimiento momentáneo. Para superar este doble error, es necesario considerar el acto de fe en su integridad, es decir como una adhesión consciente a una verdad de fe, que penetra toda la persona, es decir que toma a toda la persona y la lleva a un actuar conforme a la verdad de la fe en la que ha hecho una adhesión de su voluntad, en todos los niveles de su existencia.
Por ello es necesario considerar el acto de la fe como una experiencia del espíritu.

Si bien es necesario clarificar el término experiencia del espíritu, bien podemos adelantar su definición diciendo apriorísticamente que si es necesario que el acto de la fe, para ser comppleto y evitar caer en subjetividades como el sentimentalismo o en racionalidades como un querer explicarlo todo a fuerza de la razón, dejando entre ambas intacta a la persona, es necesario que el acto de fe toque a la persona, es decir, penetre a todos sus componentes espirituales. Por ello decimos que el culmen y la realización del acto de fe es una experiencia del espíritu, ya que a través de ella la persona puede imbuir todo su ser de las realidades propuestas por la fe.

El paso obligado del acto de fe es un paso hacia la totalidad de la persona. Creer no tiene como meta el conocer o el sentir, sino el dejarse penetrar por una verdad y establecer una relación, personal, íntima con dicha verdad. Para que las verdades de la fe tomen completamente a la persona y la transformen, es necesario que la persona baje al corazón (totalidad de la persona), lo que ha entendido con la razón. Este proceso de “bajar” al corazón lo que ha comprendido con la mente no se realiza a fuerzas de la voluntad (quererlo hacer), ni tampoco del intelecto (quererlo entender) ni de la afectividad (quererlo sentir), sino que se realiza a través de cada una de esas tres facultades superiores del hombre (intelecto, voluntad y afectividad) que constituyen el espíritu del hombre. Por eso se habla de una experiencia del espíritu, cuando hablamos de querer bajar al corazón, es decir a toda la persona, el acto de fe, ya que es el espíritu del hombre, es decir su intelecto, su voluntad y su afectividad, las que quedarán impregnadas y movidas por el acto de fe. Por ello se llama experiencia del espíritu, porque cubre todo el espíritu del hombre, mediante una experiencia. Cubre por tanto a toda la persona porque ha hecho la experiencia de un acto de fe en toda su persona.

Una vez que hemos analizado la importancia y el paso del acto de la fe a la experiencia del espíritu, estamos en disposición de conocer lo que es una experiencia del espíritu.


¿Qué es una experiencia del espíritu?
No hay cosa más difícil de definir que el término experiencia. Digamos prontamente que este término no debe confundirse con aquel de experimentar. En una forma breve aunque poco profunda intelectualmente, bien podemos decir que de las cosas del espíritu se hace experiencia, mientras que de las cosas materiales se experimentan, aunque también éstas son susceptibles de hacer una experiencia por parte del hombre que es el sujeto que hace la experiencia.

Vayamos por partes, analizando morfológicamente el significado de este término3. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, nos da 4 significados de experiencia.
(Del lat. experientĭa).
1. f. Hecho de haber sentido, conocido o presenciado alguien algo.
2. f. Práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo.
3. f. Conocimiento de la vida adquirido por las circunstancias o situaciones vividas.
4. f. Circunstancia o acontecimiento vivido por una persona.4

Lo primero que tenemos que aclarar es que se habla de experiencia y no de experimentar. Este último término evoca siempre el método científico, mediante el cual una realidad debe ser comprobada a través de una hipótesis, una teoría y los correspondientes experimentos a través de pruebas de laboratorio, pruebas de campo, estadísticas, etc. En cambio experiencia se refiere a un complejo de actividades que permiten hacer propia la realidad de la que se quiere hacer experiencia. No podemos decir que si hacer la experiencia se refiere a algo objetivo, ,hacer la experiencia de algo caerá meramente en el campo subjetivo de cada persona. Son dos campos que se entrelazan cuando se hace la experiencia de algo o de alguien. El campo personal, que es sin duda el factor más fuerte, induce a pensar que se pueda caer en el subjetivismo al dejar todo el resultado de la experiencia a cargo de la persona que hace la experiencia. Sin embargo se hace experiencia de una realidad, lo cual es ya un dato objetivo. Una persona puede hacer la experiencia de un dolor demuelas, y sin lugar a dudas será suyo ese dolor y nadie más podrá hacer la experiencia de ese dolor de muelas. Pero contamos con el dato objetivo de que el dolor de muelas de alguna manera es cuantificable, es descriptible. El dolor es propio, pero el dolor de muelas se puede aplicar a otra persona. Un niño hará la experiencia del dolor de muelas de una manera muy distinta que un adolescente, un adulto o un anciano.

Si el acto de fe, para ser completo, debe ser una experiencia del espíritu, encontramos entonces algunas similitudes. Los contenidos que forman el acto de la fe, son los datos objetivos. Datos que nos vienen por la revelación, por la tradición y por el magisterio de la Iglesia. No se pueden cambiar, modificar o adaptar según el parecer de cada uno. Es un dato objetivo del que puede hacerse experiencia. Ya aquí, en el hacer la experiencia, se puede empezar a ver una serie de reacciones distintas, porque siendo el sujeto el que hace la experiencia, entran en juego muchos factores personales subjetivos. Factores personales subjetivos que se engloban en su espíritu, es decir, en su pensamiento, en su voluntad y en su afectividad. Por ello se habla de experiencia del espíritu. Es el espíritu, quien hace la experiencia de los contenidos de la fe. Pero, sigamos con nuestra explicación concentrándonos primeramente en lo que es una experiencia.

Para aclarar lo que significa una experiencia, tanto filósofos como teólogos han debatido a lo largo del tiempo. Desde Aristóteles hasta Heidegger han buscado distintas definiciones y aclaraciones a lo que se puede entender por experiencia. Para Aristóteles su empeirìa, sería la capacidad adquirida de tener “confianza” con alguna cosa, capacidad proveniente de una multiplicidad de recuerdos.5 Los filósofos más recientes, seguidores de la fenomenología de Husserl, promueven un regreso a la inmediatez de la experiencia, fundado sobre la evidencia de la visión. Experiencia, en resumen, será para los filósofos “el inmediato ser golpeado por la realidad, en una percepción global espiritual, en dónde son llamados en causa contemporáneamente el reconocer, el querer y el sentir. Esta experiencia, que no viene construida por el sujeto y mucho menos es abstraída por el ente concreto, abre el acceso a una realidad que se manifiesta como tal solo en esta experiencia”.6

Los teólogos tratan de evitar en su debate en caer en reduccionismos como el racionalismo, el empirismo, el idealismo y la fenomenología. Llegan así a decir que “en la experiencia el yo toma conciencia de crecer porque entrando en relación objetiva con el real, su facultad intelectual y la afectiva descubren en aquel impacto un significado y lo aprenden. En este sentido la experiencia como desarrollo armónico de la persona contiene en sí misma un significado, unlogos”.7

Habiendo ya definido lo que es la experiencia, desde el punto de vista filosófico y teológico, es necesario abordar el tema de la experiencia del espíritu o experiencia espiritual, como la llaman algunos teóricos. Pero antes, es necesario hacer algunas aclaraciones. El acto de la fe es un acto del espíritu, pero de alguna manera esta experiencia forma parte de otras. Es como si dijéramos que la experiencia de tomar un pisco sour pertenece a la experiencia etílica, es decir a la experiencia de beber alcohol. Es conveniente definir primero qué cosa es la experiencia etílica y luego ya más concisamente conocer en qué consiste la experiencia de beber un pisco sour.

La experiencia del espíritu pertenece en primer lugar a una experiencia religiosa y después a una experiencia cristiana. Es necesario por tanto clarificar primero qué es lo que se entiende por cada una de ellas, para estar en grado de asimilar mejor el concepto de experiencia del espíritu.

Una experiencia religiosa es cuando el hombre entra en contacto consigo mismo como criatura y con Dios como su creador. Es, como una forma de decir, la experiencia fundamental de toda la persona. Es cuando la persona se entiende a sí misma en relación con su creador, consigo misma y con los hombres y el mundo que la rodean. A. LAng dauna definción bastante sencilla sobre lo que es la experiencia religiosas, cuando dice que se puede percibir como “una actitud religioso clarificado y fecundado por elementos de pensamiento, animado por impulsos volitivos de naturaleza religioso-ética, colmo de ardor emocional: la experiencia religiosa es todo esto al mismo tiempo, puesto que no son cada uno de los elementos constitutivos tomados singularmente”.8
La experiencia religiosa se presenta no como un valor o serie de valores de frente a la vida sino como un contacto con el ser divino, con el Viviente. Contacto que se da a través del espíritu del hombre, es decir, a través de su intelecto, de su voluntad y de su afectividad.

El siguiente paso será el encuadrar la experiencia del espíritu como una experiencia cristiana. Hay muchos autores, y muchas personas, que piensan que es redundante habar de una experiencia cristiana, si ya se habla de experiencia religiosa. A ellos les parece que es algo repetitivo, redundante. Si ya se habla de experiencia religiosa, no hay necesariamente que hablar de experiencia cristiana, pues ésta se encuentra contenida en la experiencia religiosa.

Si bien es cierto que toda experiencia cristiana se encuentra englobada en la experiencia religiosa, la experiencia cristiana adquiere connotaciones especiales cuando se habla del contenido de dicha experiencia, es decir de la Revelación, de la fe y la salvación en Jesucristo. Si bien el cristianismo es una experiencia, es en primer lugar una revelación, un dato objetivo, esto es, la revelación de Dios en un hombre, que resulta ser Jesucristo. Esta experiencia no puede dejarse, como los protestantes lo hacen, solo a connotaciones individuales. La experiencia cristiana de la justificación no es estática ni simple, como un sentimiento privado, sino que es algo estructurado y dinámico. Este evento único de la justificación permite una relación única con Cristo. Y será esta la base sobre la que se construirá la experiencia cristiana, no exenta de connotaciones particulares, cuando el misterio de Jesús toca a las personas en su particular modo de ser y de vivir.

Por último, nos acercamos ya a la definición que más nos interesa, que es la experiencia del espíritu. Hay que tomar en cuenta tres significados errados de lo que es una experiencia del espíritu. En primer lugar no puede considerarse bajo un significado emocional. Es decir aquella que experimentamos en primer lugar, casi epidérmicamente. Le faltan las connotaciones racionales y decisionales, propias de una experiencia completa.

El segundo error es reducir la experiencia del espíritu a una experiencia experimentalista que dice que es verdadero sólo aquello que puede ser verificado, contado, experimentado. Esta visión de la experiencia del espíritu, deja a un lado los valores individuales, las motivaciones personales, las relaciones entre individuos, tan importantes en las experiencias espirituales.

Por último, el tercer error es considerar la experiencia del espíritu bajo el significado de la inmediatez, con dos variantes. La primer variante se refiere a una inmediatez refinada, que reduce la experiencia del espíritu a la pura contemplación, como una exigencia para evitar cualquier mediación en la relación entre Dios y el hombre. Este error puede llevar al panteísmo. La segunda variante es la inmediatez epidérmica, que es la exigencia de la inmediatez como el querer tocar con mano. Este tipo de experiencia quita la dimensión de la relación con aquello que se experimenta. Como el sujeto busca la inmediatez del objeto sin ninguna mediación, no puede establecerse por tanto ninguna relación, no hay posibilidad de que se establezca una relación en la que se permite un diálogo un confrontarse con el objeto que se experimenta.

Una vez que hemos dicho lo que no es la experiencia del espíritu, estamos en la posibilidad de acercarnos a una posible definición, que posteriormente nos será de base para encuadrar el acto de la fe como una experiencia del espíritu. Podemos afirmar, con varios autores como Moioli, Antonio Sicari y otros, que la experiencia del espíritu es un saber vital, que va más allá del comprender. Es un saber que me proporciona la experiencia de la revelación. Un saber que envuelve todo el ser, es decir, la libertad, la conciencia, el amor, el deseo, la sensibilidad. Es un saber nocional, experiencial y vivencial, más rico que un saber racional, más duradero que una emoción, mas profundo que un afecto del corazón, porque implica no sólo un acto de contemplación, sino un acto de donación, de respuesta a lo que se ha experimentado en todo el ser.

Una segunda forma de comprender la experiencia del espíritu es basándonos en el concepto de “vivido”. Se hace la experiencia del espñiritu cuando algo ha sido vivido en todas las dimensiones del ser, esto es en la dimensión intelectual, en la dimensión volitiva y en la dimensión afectiva. La experiencia del espíritu se convierte en un tipo de vivencia humano integral que viene determinado por la relación entre el hombre que obedece a una revelación y la misma revelación que es Jesucristo.


El acto de la fe como una experiencia del espíritu
La experiencia del espíritu requiere que se establezca una relación personal entre la persona que hace la experiencia y el objeto que debe experimentar. Como en este caso el objeto que debe experimentar es el mismo Jesucristo, el acto de fe se presenta como una verdadera posibilidad de hacer la experiencia del espíritu.

Hemos dicho en el capítulo anterior que todo acto de fe conlleva tres elementos unidos sin división alguna entre ellos. Son tres elementos que pueden darse en momentos diversos, pero que juntos llevan al acto de fe. Son la predicación de la Palabra, la acogida de esta palabra en el corazón y la respuesta del hombre a esta Palabra mediante la gracia de Dios. Es por ello que el hombre al enfrentarse a la palabra, si de verdad quiere hacer un acto de fe, debe confrontarse con ella no sólo con la mente, la voluntad o la afectividad, sino con estas tres cualidades de su espíritu, es decir, debe confrontarse con la Palabra con todo su espíritu. Reducir el encuentro con la Palabra a uno solo de estos campos lleva a uno de los defectos de la fe que ya heos mencionado. Tomar la Palabra sólo desde el punto de vista intelecual, sin que ese conocimiento llegue a tocar las fibras más profundas del ser de la persona, lleva a vivir una fe al estilo intelectual en dónde se comprende todo, pero no se ama, no se toca lo más profundo de la persona. De la misma manera, escuchar la palabra ene. ámbito del sentimiento lleva la persona a dar una respuesta en la esfera de la afectividad, dejando intacta su vida moral y otros ámbitos de la vida.

Es necesario que la persona se ponga delante del mensaje en una actitud abierta en todo su espíritu. De esta manera la persona podrá ser tocada por Dios en todo su ser. Para ello, debe hacer del acto de fe un encuentro personal (y por personal entiendo con toda su persona) con la Palabra, que no es sino Jesucristo, como revelación del Padre.

De esta manera, nos damos cuenta que el acto de fe, para que sea realmente lo que tiene que ser, es decir, un encuentro personal con Jesucristo que permita la transformación total de la persona, debe colocarse siempre en la dimensión integral de toda la persona. Quien sea el mediador en la transmisión de la fe no debe olvidar que lejos de ser un profesor, un catequista, un animador parroquial, un sacerdote o una religiosa, es sobretodo el transmisor de una experiencia de vida, en este caso de una experiencia del espíritu. Sin duda alguna que nunca podrá suplantar la labor de la gracia de Dios, tercer elemento del acto de fe, pero deberá hacer todo lo posible para que el hombre o la mujer, el joven el adolescente o el niño acoja con todo su espíritu lo que se le presentará como dato revelado. Pasamos entonces de un simple saber nocional a un saber experiencial, en dónde más que saber se gusta lo que se ha conocido. “La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo”.9

El acto de fe como experiencia del espíritu no es un saber nocional que deja al hombre igual que estaba antes de hacer la experiencia del espíritu. Es experimentar no un dato, sino una persona, no una doctrina, sino un amor, el amor de Dios para mi vida en la persona de Jesucristo. Este amor de Dios a una persona que se hace concreto en el amor de Dios en Jesucristo, se puede predicar, se puede explicar, se puede escenificar, pero será la persona destinataria del acto de fe, la que tendrá que hacer esa experiencia.

Como se habla de experiencia, no se puede hablar de transmisión de conocimientos. Se tiene que hablar forzosamente de transmisión de experiencia. Pero, una experiencia, ¿es posible que se transmita? ¿Es posible transmitir la belleza del amor de Jesucristo cuando se experimenta en primera persona? Quizás se puede describir, se puede expresa, aunque incorrectamente en palabras, pero es la persona destinataria de la transmisión de la fe, la que debe hacer esa experiencia por sí misma. A lo más, lo que la persona que transmite puede hacer son, a mi parecer dos cosas. En primer lugar vivir con coherencia la fe que quiere transmitir, es decir, dar testimonio de esa fe mediante una vida vivida de acuerdo a la fe que ha recibido y que está experimentando. Después, podrá transmitir esa fe en la medida en que esté convencida de esa fe, es decir, que haya creído con todo su ser y esté feliz y seguro de esa fe, ya que la fe se transmite por la vivencia de una vida vivida en paz, armonía y felicidad, lo cual no obsta para que la persona pueda sufrir de distintas maneras.

Si el acto de fe no toma a toda la persona y la transforma, no puede hablarse de un verdadero acto de fe. Si la fe sólo hace que la persona se sienta a gusto, tranquila, la fe se convierte en un analgésico espiritual y no en un verdadero encuentro catalizador que lleva a la persona a transformar su vida. Por ello el culmen y centro de todo acto de fe es el que la persona haga una experiencia del espíritu, que sea capaz de hacer la experiencia de lo que se le está transmitiendo, pero que esta experiencia se realice a nivel de su espíritu, es decir, a nivel de su intelecto, de su voluntad y de su afectividad. Solo en la manera en que se haga la experiencia del espíritu, el acto de fe será verdaderamente un acto de fe.


Obstáculos de la experiencia del espíritu.
Algunos de estos obstáculos, es decir, de hacer del acto de fe una experiencia del espíritu los hemos ya esbozado a lo largo de este capítulo. Recogeremos ordenadamente en este momento aquellos obstáculos que más nos interesan para la transmisión de la fe en el mundo tecno-líquido. Debemos partir por tanto de un hecho. La sociedad tecno-líquida dificulta de alguna manera la transmisión de la fe como una experiencia del espíritu porque el acto de la fe es precisamente contrario a los principios de la sociedad tecno-líquida, si es que podemos llamarlos principios a la serie de costumbres que se comienzan a generar en este tipo de sociedad post-moderna, como otros gustan llamar.

Nadie en la sociedad tecno-líquida tiene el derecho de enseñar nada a otro, especialmente cuando se refiere a puntos de vida esenciales. Como no hay nada firme establecido en la sociedad líquida ya que no hay principios, normas, valores que seguir, sino que cada quien se construye los suyos propios y el Estado es solo el guardián de una cierta forma de vida en donde garantiza aparentemente la convivencia pacífica de todos, el pretender enseñar o transmitir una experiencia de vida que se considera válida para afrontar todos los avatares por venir, es algo ilusorio. La sociedad tecno-líquida es precisamente por definición líquida, es decir, cambiante. Se amolda a todo. No existen para ellas experiencias válidas por más tiempo de lo que puede durar un deseo, un placer, un gusto. Hablar de experiencias que deben durar para toda la vida es una quimera imposible de realizar. Por ello, quien se proponga como transmisor del acto de fe como una experiencia de vida, debe afrontar el hecho de que las personas no están acostumbradas a una experiencia duradera. Buscan tan sólo experiencias epidérmicas, periféricas, que les permitan afrontar sus deseos, sentimientos más inmediatos. Será una cuestión de arte el hacer ver a las personas que no pueden vivir siempre de sentimientos, ilusiones o deseos. Pero eso lo veremos un poco más adelante, cuando toquemos los aspectos pedagógicos de la transmisión del acto de fe.

La sobrecarga de información es otro aspecto que se debe tomar en cuenta en el momento de trasmitir la fe en la sociedad tecno-líquida. El hombre de la tecno-liquidez vive pendiente del último mensaje que le llega en su teléfono celular, o en Blackberry o smartphone. Y busca, sin lograrlo, hacer las mejores opciones en base a todas las informaciones recibidas. Sin embargo, cae en un laberinto, porque no sabe ¿o no puede? discernir entre mensaje y mensaje. Para él todos son importantes porque son recientes, pues otra de las características de la sociedad tecno-líquida es la cancelación del pasado. Frente a ese cúmulo de informaciones que no sabe descifrar o decodificar para hacer una elección, se encuentra como el asno de Buridán, que frente a dos montones de paja, muere de hambre, por no saber cuál de los dos escoger. Así, la transmisión de la fe entra en competencia con todos esos mensajes informativos dispares que recibe el habitante de la sociedad tecno-líquida. Por ello, es hasta cierto punto de vista ilusorio entrar sin más a la transmisión de la fe utilizando las nuevas tecnologías de la comunicación. Se trata no sólo de habitar este nuevo escenario, o como lo llamaba Juan Pablo II, este nuevo forum10. Se trata más bien de aprender el nuevo lenguaje del habitat y saber que el mensaje de la transmisión de la fe se entrará al mercado en competencia con muchos otros mensajes. No nos hagamos ilusiones sobre la calidad de nuestro mensaje. Nuestro habitante tecno-liquido no discierne entre la Palabra de Dios, la última palabra de su cantante de moda y el último mensaje que le acaba de llegar sobre el resultado del partido de fútbol de su equipo preferido. Para él, todo está al mismo nivel.

Lo que no es de hoy, no es válido. Es otra fórmula de la sociedad tecno-líquida que mencionábamos en el párrafo anterior y que tiene grandes influencias en la transmisión de la fe. El cristiano es el hombre de la fe, lo recordamos todos los días, cuando el sacerdote pronuncia al final de las palabras consagratorias del pan y del vino, Haced esto en conmemoración mía. Si el cristiano es el hombre de la memoria, porque hace actual los contenidos de la fe, ya que no se trata simplemente de un hacer memoria como recuerdo, sino de un hacer memoria como algo que se hace actual, la sociedad tecno-líquida es fácil en desechar lo que tiene una duración de más de una semana. Todo es desechable, incluso el conocimiento. Basta echar un vistazo a Wilkipedia y ver la rapidez con la que cambian los textos insertados en ese espacio. Nada es fijo… todo cambia y el hombre tecno-líquido vive el ansia de adecuarse siempre a lo último, temiendo que al no estar al día, pueda quedar desfasado y perder algo de este mundo. Por ello, el ofrecerle una Palabra eterna, una Palabra que no cambia, un Palabra que es actual desde hace dos mil años, lejos de crearle interés, le crea espanto, horror y miedo. ¿Qué puede traerle de bueno algo antiguo? Esta es la forma de pensar del hombre tecno-líquido que dificulta la transmisión del acto de fe.

Es una sociedad de deshecho. Una consecuencia de la inmediatez con la que vive el hombre de la sociedad tecno-líquida es la facilidad con la que descarta todo aquello que ya no utiliza. Como todo en esta nueva sociedad esta hecho para pasar, el hombre de este nuevo habitat no sabe distinguir entre lo que es perenne y lo que es pasajero. Piensa que el acto de fe puede darle cierta tranquilidad por un momento, pero inconscientemente sabe que tarde o temprano tendrá que dejarlo. Hacerle ver que la adhesión a un acto de fe es para toda la vida, es una empresa ardua que puede muchas veces terminar en fracaso.

Como el hombre tecno-líquido es un hombre que no tiene una clara identidad, ni la tiene definida, ni se interesa por definirla, la posibilidad de que el acto de fe le proporcione pistas para conocerse, para saber quién es él y lo que hace en el mundo, le tiene muy sin cuidado. Un error que con frecuencia cometen los agentes transmisores de la fe, es pretender que la fe resolverá todos los problemas de las personas y que éstas quedarán eternamente agradecidos. No hay nada más lejos de la verdad. El hombre tecno-líquido lo último que le preocupa es encontrar su propia indentidad. Vive preocupado de su imagen, de lo que proyecta y de la forma en que lo perciben los demás. Prefiere pasar largas horas en el gimnasio, en el salón de belleza, someterse a interminables cirugías plásticas por mejor aunque sea un poco su imagen ante los demás, que dedicar un tiempo a conocerse realmente en profundidad. Un obstáculo para la transmisión de la fe es el carácter narcisista del hombre tecno-líquido.


Pedagogía de la experiencia del espíritu en la sociedad tecno-líquida.
Frente a estos y otros posibles obstáculos de la transmisión del acto de fe como una experiencia del espíritu es necesario idear una pedagogía adecuada a esta transmisión. No se trata de encontrar recetas, soluciones fáciles, planes de pastoral adaptadas a todas circunstancias. Lo primero que tenemos que darnos cuenta es que nos encontramos de frente a una nueva cultura, a una nueva forma de vivir y concebir la vida. Quien pretenda que aplicando solamente un poco de psicología o de sociología a la nueva realidad, va a tener el problema resuelto, se equivoca y el fracaso pastoral no tardará en desmentirlo. Es necesario conocer la realidad y para ello no basta, aunque es un buen inicio, tener conocimientos teóricos del territorio en el que se va a trabajar. Es necesario hacer una verdadera investigación de campo, estar en contacto con la realidad para darse cuenta de la nueva cultura que se ha formado y de la que muchas veces nos encontramos a años luz de entenderla y de participar en ella.

Junto con esta observación de campo es necesario tomar en cuenta dos aspectos generales que invaden a toda sociedad tecno-líquida. Uno será a nivel individual y el otro a nivel social. A nivel individual el hombre tecno-líquido vive solo para satisfacer sus necesidades más elementales, descuidando la satisfacción de su esfera psíquica y mucho menos pone atención a la esfera espiritual. Expliquemos este aspecto con más detenimiento, pues tiene enormes consecuencias para la pedagogía de la transmisión de la fe. El hombre está constituido, como lo hemos visto en el primer capítulo del libro, por alma y cuerpo. Por ello, tiene necesidades que cubrir desde el punto de vista físico, pues tiene un cuerpo, psíquico, pues tiene una mente y espiritual, pues tiene un alma. Cada uno de estos componentes de la persona genera necesidades que debe satisfacer. En la manera en que satisface sus necesidades se puede decir que es un hombre que alcanza la realización, la felicidad completa. El primer estadio es la satisfacción de sus necesidades físicas como pueden ser la alimentación, el descanso, la salud. El segundo estadio será la realización de sus necesidades psíquicas como serán el bienestar en general, la amistad, el ser apreciado y tomado en cuenta. Por último, el tercer estadio se refiere a la parte espiritual en dónde la realización de estas necesidades lo llevan a sentirse plenamente realizado con respecto al Creador y a la misión encomendada. El hombre tecno-líquido cuida excesivamente la satisfacción de sus necesidades físicas y psíquicas, olvidando o dejando a un lado la satisfacción de las necesidades espirituales. Como es un hombre “sin relaciones y sin compromisos”11 toda su atención está centrada en sí mismo y no reconoce otro mandato que el satisfacer sus necesidades primarias (físicas) y aquellas que le puedan proporcionar un bienestar emocional y psíquico (segundo nivel). Este estado del hombre genera un ser al que le es muy difícil acceder a las realidades ultraterrenas, puesto que las considera banales, insustanciales o que no cubren sus necesidades más apremiantes. Por ello quien quiera realizar la labor de la transmisión de la fe, siguiendo lo que ha dicho Mons. Rino Fisichella12, debe esforzarse en primer lugar por crear un ambiente adaptado a la transmisión de la fe, debe por tanto crear en el hombre al que quiere transmitir la fe, una nostalgia de Dios. Si el hombre tecno-líquido, siguiendo a Juan Pablo II13, vive como si Dios no existiera, es inútil comenzar la transmisión de la fe con la predicación de la Palabra o poniéndolo en contacto con el evangelio o con la misma persona de Cristo. Su analfabetismo espiritual, junto con su actitud cerrada o indiferente, harán inocua todos los esfuerzos pro transmitir la fe. No debemos olvidar que estamos de frente a una nueva cultura, a una nueva forma de vivir y de ver la vida, no sólo a casos aislados de ateísmo o indiferencia religiosa. Será necesario por tanto una labor previa a la de la evangelización, que es la de preparar la persona al anuncio de la Palabra. Si el recipiente no está preparado, todo aquello que versemos en él, tenderá a dispersarse.

Como segundo aspecto general, y éste a nivel social, nos encontramos con el tejido social dañado para recibir la fe, consecuencia general de la primer aspecto que hemos mencionado y apenas explicado14. El tejido social de nuestra época no acepta ya la religión como parte del vivir cotidiano. La sociedad tecno-líquida a lo más, tolera la religión dentro de la esfera de lo individual, ya que no se considera políticamente correcto el mezclar cuestiones de religión con la vida pública ordinaria. Por ello, todo lo tenga que ver con la transmisión de la fe será almacenado casi automáticamente en el diván de lo privado, sin tener ninguna repercusión en la vida pública de las personas.

Tomando en cuenta estas dos anotaciones generales, podemos aventurarnos a dar algunas ideas sobre una posible pedagogía de la transmisión de la fe como experiencia del espíritu en la sociedad tecno-líquida.

Quien quiera comenzar la labor de la transmisión de la fe en esta nueva cultura, deberá es necesario que tenga siempre una actitud esencial, que es una virtud cristiana, que en este caso será la actitud y la virtud teologal de la esperanza. No espere resultados ni a corto ni a mediano plazo. Quizás nunca verá los resultados, por ello deberá tener una fe y una esperanza tan grande como Abraham: “Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: «Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas». Y añadió: «Así será tu descendencia». Abram creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación” (Gn. 15, 5 – 6). Hay que creer lo que no se ve. La transmisión de la fe en la sociedad tecno-líquida requiere una gran paciencia y tenacidad. Por ello, es necesario vivir en todo momento la virtud de la esperanza para confiar siempre en la gracia de Dios que actuará. Las desilusiones serán grandes, cuando después de varios intentos los resultados sean pocos o pobres. Es necesario dejar a un lado las actitudes triunfalistas de antaño en la que nos presentábamos como posibles salvadores del mundo. Se debe iniciar el trabajo con mucha humildad, sabiendo por un lado que las personas necesitan de nosotros, más bien, necesitan de Dios, pero ellos no lo saben o si lo saben, no comprenden el significado de ese anhelo de infinito que Dios ha depositado en ellos.

Además de la gracia de Dios, debemos confiar en la misma naturaleza del hombre. El hombre no puede vivir si no pone su esperanza en los bienes eternos. Resulta que ahora está ahogado por los bienes terrenos y que incluso, por la sobreabundancia que tiene de ellos y la facilidad con los que los consume y los deshecha, ha perdido su capacidad de desear. El transmisor de la fe es una persona que hace añorar los bienes eternos, presentando una dimensión hasta ahora desconocida para el hombre, su dimensión espiritual. Pero debe presentarlo con arte, con cautela, respetando al hombre que tiene delante y buscando las mejores formas que pueda para hacerle despertar este sentido de infinito que tiene todo hombre, por su misma naturaleza de persona humana, tal como lo afirmaba Juan Pablo: “… « el hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se convertiría en insoportable ». Frecuentemente, quien tiene necesidad de esperanza piensa poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. De este modo la esperanza, reducida al ámbito intramundano cerrado a la trascendencia, se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica, con las diversas formas de mesianismo, con la felicidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial de las sustancias estupefacientes, con ciertas modalidades del milenarismo, con el atractivo de las filosofías orientales, con la búsqueda de formas esotéricas de espiritualidad o con las diferentes corrientes de New Age. Sin embargo, todo esto se demuestra sumamente ilusorio e incapaz de satisfacer la sed de felicidad que el corazón del hombre continúa sintiendo dentro de sí. De este modo permanecen y se agudizan los signos preocupantes de la falta de esperanza, que a veces se manifiesta también bajo formas de agresividad y violencia”.15

Buscar las mejores formas en el respeto de la persona para crear la nostalgia de Dios requiere una buena dosis de fantasía. Ha llegado el tiempo en que también los que transmiten la fe deben darse cuenta que muchos de los métodos son verdaderamente obsoletos. También la Iglesia puede sufrir de anacronismo o de artrosis apostólica y ha quedado anclada en el pasado. La nueva evangelización a la que estamos llamados nos invita a proclamar el evangelio con nuevos métodos. Se deben buscar por tanto las mejores formas para despertar en los hombres la nostalgia por Dios. La creatividad pastoral no es obra del ingenio humano sino del amor por el prójimo. Es el amor quien genera la creatividad. Quien busca acercar los hombres al amor de Dios, encontrará las formas más novedosas que su amor pueda sugerirle. Hay que romper esquemas y ataduras del pasado. Debemos ser adultos y distinguir entre lo esencial y lo accesorio. Quizás por muchos años hemos heredado del pasado algunos clichés, formas métodos que han quedado desfasados. La fantasía de la caridad, que la aplicaba Juan Pablo II16 al terreno de la asistencia a los más necesitados, puede sugerir a los agentes de pastoral los mejores métodos y las mejores formas para transmitir la fe.

La programación del trabajo también es necesaria para lograr los resultados deseados en la transmisión de la fe. Si hemos hablado de que un principio pedagógico que se debe tener es ejercitar la virtud de la esperanza, bien podemos decir que la esperanza de ejercita cuando se trabaja con un programa, una guía y un calendario, es decir cuándo se sabe qué se debe hacer, cómo se debe hacer, quién lo debe hacer y cuando se debe hacer. La programación del trabajo apostólico no niega a Dios la posibilidad de la actuación de la gracia, al contrario, el trabajar bajo una detallada programación ofrece a Dios las posibilidades de su actuación a través de la gracia. Los resultados no dependen del programa, sino que dependen de Dios. Pero un programa bien elaborado y ejecutado, abre las posibilidades para que Dios pueda actuar.

Por otro lado, los hombres tecno-líquidos en el trabajo profesional, huyen de la improvisación, de la falta de profesionalismo. Ellos esperan lo mismo a nivel de la transmisión de la fe. En muchas ocasiones las sectas protestantes nos dan ejemplo de programa y ejecución del trabajo. Su organización es perfecta y la puesta en marcha de sus proyectos se asemeja al de una empresa multinacional. Es cierto, no debemos confiar los resultados en los medios humanos, pero éstos deben ser los mejores, ya que el hombre tecno-líquido vive únicamente de la apariencia y juzga por la apariencia. No se busca aparentar, sino que se busca el mejor medio que el hombre tecno-líquido pueda entender, sabiendo que el fruto lo pone Dios y no el hombre.

El hombre tecno-líquido es un hombre visual. Su manera de concebir el mundo es a través de los sentidos y de éstos, la vista es el que juega un papel preponderante. Inclinado, como hemos ya visto, a lo inmediato, a lo que puede primariamente satisfacerle, desarrolla un sentido crítico hacia todas las personas. Siendo un narcisista buscará aquellas personas que más puedan complacerla y las juzgará con esa medida. Tanto me produce placer una persona, tanto me sirve para mis finalidades, tanto me sirvo de ella. Y en este juego, entran todos los habitantes de la sociedad tecno-líquida, desarrollando una competencia feroz por aparentar complacer a los demás para buscar al mismo tiempo la complacencia en los demás. Frente a este bosque intrincado de relaciones superficiales, la persona que se presenta con una fuerte identidad, que sabe lo que quiere, que no busca agradar para a su vez ser agradado, sino que se presenta buscando el bien de los demás, es una persona que atrae, no ya por el mensaje que lleva, sino por lo que es. El transmisor de la fe deberá tener en cuenta que una vida vivida con coherencia a sus principios, es una vida llevada contracorriente, pero es una vida premiada por la señal que significa ante los demás. No hasta hace mucho tiempo se hablaba de que las personas consagradas eran signos escatológicos frente a la humanidad. Hoy podemos decir sin ambages que un cristiano que vive con coherencia su fe, se presenta también como un signo de las realidades eternas. Y esta es una manera de ir creando nostalgia por Dios.

Muchos cristianos sentirán la dificultad de vivir con coherencia su fe, pero no se trata de vivir un grado de santidad próximo a la visión beatífica o el ser perfectos al grado de no cometer ningún error o no caer en pecado. Más bien, lo que cuenta para dar testimonio en una sociedad tecno-líquida, es el esfuerzo que se haga por ser coherente con los principios de la fe que se han profesado, aunque muchas veces no se llegue al cumplimiento exacto. Lo que cuenta es el esfuerzo, la rectitud de intención en vivir lo que se profesa, los resultados vendrán después. Pero el hombre tecno-líquido, por la capacidad que tiene de verlo y juzgarlo todo, también se dará cuenta de este esfuerzo y apreciará la sinceridad por ser coherente con lo que se profesa. “La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación”.17



NOTAS

1 “Los Padres sinodales han subrayado la urgencia de descubrir, en las manifestaciones de la religiosidad popular, los verdaderos valores espirituales, para enriquecerlos con los elementos de la genuina doctrina católica, a fin de que esta religiosidad lleve a un compromiso sincero de conversión y a una experiencia concreta de caridad. La piedad popular, si está orientada convenientemente, contribuye también a acrecentar en los fieles la conciencia de pertenecer a la Iglesia, alimentando su fervor y ofreciendo así una respuesta válida a los actuales desafíos de la secularización”.Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesiæ in America, 22.1.1999, n. 16
2 “En muchos, un sentimiento religioso vago y poco comprometido ha suplantado a las grandes certezas de la fe; se difunden diversas formas de agnosticismo y ateísmo práctico que contribuyen a agravar la disociación entre fe y vida; algunos se han dejado contagiar por el espíritu de un humanismo inmanentista que ha debilitado su fe, llevándoles frecuentemente, por desgracia, a abandonarla completamente; se observa una especie de interpretación secularista de la fe cristiana que la socava, relacionada también con una profunda crisis de la conciencia y la práctica moral cristiana. Los grandes valores que tanto han inspirado la cultura europea han sido separados del Evangelio, perdiendo así su alma más profunda y dando lugar a no pocas desviaciones”. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsionodal Eccesia in Europa, 28.6.2003, n. 47

3 Dice H.G. Gadamer que uno de los conceptos menos aclarados de todos es sin lugar a dudas el de experiencia. H.G. Gadamer, Wahrheit und Methode, Tübingen 1960, p. 359 (trad. It. Verità e metodo, Bompiani, 1983.
4 Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, 22ª edición.
5 Cfr. Aristóteles, Metafisica, 980 b.
66 Antonio Maria Sicari, La vita spirituale del cristiano Editoariale Jace Mook, Milano 1997, p. 18 – 19. (Traducción libre del autor).,
7 Ibídem. p. 21
8 A. Lang, Introduzione alla filosofia della religione, Morcelliana, Brescia 1959, p. 60
9 Benedicto XVI, Motu proprio Porta fidei, 10.10.2011, n. 7.
10 “Internet es ciertamente un nuevo «foro», entendido en el antiguo sentido romano de lugar público donde se trataba de política y negocios, se cumplían los deberes religiosos, se desarrollaba gran parte de la vida social de la ciudad, y se manifestaba lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Era un lugar de la ciudad muy concurrido y animado, que no sólo reflejaba la cultura del ambiente, sino que también creaba una cultura propia. Esto mismo sucede con el ciberespacio, que es, por decirlo así, una nueva frontera que se abre al inicio de este nuevo milenio. Como en las nuevas fronteras de otros tiempos, ésta entraña también peligros y promesas, con el mismo sentido de aventura que caracterizó otros grandes períodos de cambio. Para la Iglesia, el nuevo mundo del ciberespacio es una llamada a la gran aventura de usar su potencial para proclamar el mensaje evangélico. Este desafío está en el centro de lo que significa, al comienzo del milenio, seguir el mandato del Señor de «remar mar adentro»: «Duc in altum» (Lc 5, 4)”. Juan Pablo II, Mensajes, 12.5.2002, n. 2
11 Zygmunt Bauman, Internista sull’identità, a cura di Benedetto Vecchi, Edizioni Laterza, Roma-Bari 2010, p. 103
12 Rino Fisichella, La Nuova evangelizzazione, Una sfida per uscire dall’indifferenza, Arnoldo Mondadori Editore, Milano 2011.
13 “El olvido de Dios condujo al abandono del hombre », por lo que, « no es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria ». La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesiæ in Europa, 28.6.2003, n. 9.
14 “Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas”. Benedicto XVI, Motu proprio Porta fidei, 10.10.2011, n. 2.
15 Ibídem., n. 10.
16 “Se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy quizás requiere mayor creatividad. Es la hora de un nueva « imaginación de la caridad », que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno”. Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, 6.1.2001, n. 50.
17 Benedicto XVI, Motu proprio Porta fidei, 10.10.2011, n. 6.



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