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¿Cómo decirlo?
Son muchas las situaciones y los momentos en los que tenemos que dar malas noticias


Por: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



Son muchas las situaciones y los momentos en los que tenemos que dar malas noticias.

Si he perdido el puesto de trabajo, si el médico me ha dicho que tengo cáncer, ¿cómo lo digo a los seres queridos?

En muchos casos, la mala noticia se refiere a otro. Acaba de morir de accidente en carretera un amigo, un hermano: ¿cómo dar la noticia a los familiares, a los conocidos? Si los doctores han detectado que el hijo de 10 años tiene leucemia, ¿cómo decírselo al niño y a sus padres?

Cuesta dar malas noticias. Sentimos la obligación de informar sobre algo que más pronto o más tarde será conocido por otros. Pero, ¿cómo comunicar ese hecho que tanto dolor nos ha causado a nosotros mismos y que tanto costará aceptar y asimilar a un padre, a una madre, a los hijos, a la esposa o al esposo, a los conocidos?

No es fácil encontrar la manera. Si lo fuera, no existiría el problema, pues cada quien sabría cómo, cuándo y con qué palabras preparar el terreno y transmitir, de la manera menos traumática posible, una información dolorosa. Pero podemos al menos hacer presentes algunas ideas que, esperamos, ayuden en estas situaciones.



Lo primero es tener bien clara la información. No vale la pena angustiarse cuando todavía no tenemos claros los datos. Si el diagnóstico habla de un posible cáncer, no hay que perder la cabeza: mejor esperar un poco de tiempo a otros análisis más precisos. Si nos llaman por teléfono avisando que encontraron la moto de un sobrino tirada en la calle no hemos de suponer que falleció, sino que necesitamos averiguar si la robaron, o si el sobrino resbaló y está ahora en el hospital, etc.

Lo segundo es pensar bien cómo adaptar la noticia a quien vamos a comunicarla, para que la reciba sin grandes traumas. No será siempre posible, sobre todo cuando se trata de la muerte de un ser querido o de graves desgracias. Pero al menos podemos buscar el modo, el lugar, las palabras, que preparen el terreno. Muchos, apenas vean nuestra llegada y oigan nuestro saludo, intuirán por dónde van los tiros. Habrá que ver cómo decirlo todo, también con aquellos detalles que permiten desdramatizar lo ocurrido.

No se trata de mentir. Para quien tiene derecho de saber lo que está pasando duele mucho sentirse engañado. Sin decir que es blanco lo negro, sin negar la enfermedad que acaba de iniciar en el abuelo o la abuela, es posible explicar, con la verdad en la mano, que todavía el diagnóstico no es definitivo, que existen nuevos métodos de tratamiento, que la familia va a apoyar en los gastos...

Lo tercero es abrir horizontes: una mala noticia implica que se cierran puertas, que se pierden oportunidades, que las situaciones empeoran. Pero quedan casi siempre otras puertas abiertas al futuro que el ser humano no puede dejar de lado.

Incluso el hecho más dramático, más “definitivo”, la muerte, no es sólo una completa despedida, sino muchas veces se convierte en un “hasta la otra vida”. Así lo recuerda el título de una canción que interpretan en España en algunos funerales por militares muertos en el extranjero: “la muerte no es el final”.



Ante cada mala noticia, vale aquello que había dicho Nietzsche y que recordaba continuamente el padre de la logoterapia, Viktor Frankl: quien tiene un porqué soporta casi cualquier cómo. En otras palabras, los mil acontecimientos dolorosos de la vida no pueden suprimir la fuerza interior que tiene cada hombre, cada mujer. Todos conservamos en el propio corazón motivos profundos para seguir adelante, para no hundirnos ante las malas noticias.

¿Cómo comunicar, entonces, una mala noticia? Con mucha empatía, con un corazón cercano, con la mirada puesta en lo que la vida nos pide a partir de ahora (otra idea muy repetida por Viktor Frankl), con palabras sinceras. Una noticia mala se recibe con mayor sosiego si quien la da no es un simple transmisor de hechos, sino un familiar o un amigo bueno, dispuesto a consolar y a permanecer al lado de quien tiene que madurar y adaptar la propia vida ante un hecho doloroso, pero que debe ser afrontado desde una mirada llena de esperanza.

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