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Producto Final de la Educación

Producto Final de la Educación
En esta ponencia analizamos algunas propuestas que, por no partir de una antropología filosófica realista, caen en reduccionismos muy peligrosos, pero frecuentes en el mundo de la pedagogía.


Por: Mtra. María Pliego Ballesteros | Fuente: Catholic.net



Porque preguntarse por los fines es una de las cuestiones que nos hace más humanos y, por ello, más alejados del mundo zoológico. Entre más para qués nos contestamos, más sentido cobra nuestra acción. El fin es lo primero en la intención y lo último en la consecución.Y en este caso, pensar en el producto final de la educación, conecta nada menos que con el sentido de nuestra vida toda.

Porque el famoso educar para la vida entraña una falacia: ¿acaso la educación no ocurre durante toda la vida? Luego ese no es el fin de la educación.

En esta ponencia analizaremos someramente algunas propuestas que, por no partir de una antropología filosófica realista, caen en reduccionismos muy peligrosos, pero frecuentes en el mundo de la pedagogía.

Después, basándonos en la unidad de los campos del saber, nos remontaremos al fin final que, como faro luminoso, guíe a todo educador que no pretenda quedar en la mediocridad a la cual conlleva el utilizar los medios como fin.

I.- Agruparemos las posturas reduccionistas en cuatro rubros: tener, sentir, saber y ser.

1.- El materialismo postula el tener como ideal y desconoce todo fin trascendente. Todo lo reduce a lo cuantificable. La persona carece de dignidad en sí misma y se vuelve un número más en la estadística. Educar, bajo esta visión, es sinónimo de manipular. El sujeto se ve cosificado, no se respeta ni su libertad ni su vida misma.

El manipulador en turno se constituye en señor de la vida y de la muerte: fabrica cosas (fecundación in vitro con implantación en útero), las tira, las congela o las clona. “Dejémoselo a la técnica”, es su eslogan. Cuando se acumulan estadísticamente los seres humanos improductivos y que dejan de ser un mercado potencial del consumismo, se aplica la eutanasia, se inventan guerras o se les mata al menor costo.

2.- El hedonismo postula el placer corpóreo a toda costa. En el sentir subjetivo y relativista,
se cifra toda su actividad. Los seres egoístas que caen en sus redes, son capaces de todo, con tal de experimentar sensaciones nuevas y mayormente placenteras.
Se preocupan de una crianza sana - una mera homeostasis sanitaria- ; se afanan de manera obsesiva por la salud, pero contradictoriamente caen en excesos medicamentosos, en el erotismo y en el consumo de drogas, alcohol y tabaquismo.

3.- La llamada sociedad del conocimiento mutila también al ser humano. Por lo menos se reconoce su capacidad intelectual, pero al maximizarla convierte el saber en empresa económica, por lo general “en manos de la política como poder coercitivo, de ese Estado que se va reduciendo progresivamente – como Marx vaticinó- a la administración de cosas, en lugar de ocuparse en el gobierno de personas” (Cardona, Carlos. Ed. Rialp, Madrid 1990 p.14).

Saturar de información indiscriminada, cambiar la enciclopedia por la computadora que almacena millones de datos que allí están, sin valorar cuáles de ellos son verdaderos, relevantes, y cuáles no lo son, conduce al indiferentismo.

Casi nadie absolutiza nada, y en este ambiente discurre –como dice Heidegger- el ser como tiempo, la mera fluencia temporal y la muerte como destino... (Cfr. Id. p. 24).

4.- Parecerían superados los tres reduccionismos anteriores, cuando nos proponemos llegar a lo óntico, al ser. Pero aun en este terreno podríamos caer –y nada menos que de la mano de Aristóteles- en el eudemonismo que postula la felicidad como fin final del ser humano.
Educar para la felicidad hoy en día, equivale a priorizar el fin subjetivo sobre el fin objetivo. Aunque el mismo Sto. Tomás de Aquino afirma que “nadie puede querer no ser feliz”, Kierkegaard subraya que “las puertas de la felicidad sólo se abren hacia fuera”. Y Víctor Frankl aclara que “la felicidad sólo puede obtenerse per effectum y nunca per intentionem” ( Cfr. Id. p. 95 a 97).


La búsqueda obsesiva de la felicidad, frustra, oprime, desespera. Se escuchan gritos lastimeros : “déjame ser feliz; ¿dónde está la felicidad?; yo sabré cómo encontrarla...”

Transcribo una carta de una revista juvenil que llegó a mis manos:

Quise calor humano y me dieron un biberón.
Quise tener padres y me dieron juguetes.
Quise hablar con alguien de mis inquietudes y me dieron un libro.
Quise aprender y me dieron calificaciones.
Quise pensar y me dieron conocimientos.
Quise una visión amplia y me dieron un punto de vista.
Quise tomar decisiones y me pidieron docilidad.
Quise amar y me dieron reglas.
Quise una profesión con sentido y me dieron un puesto.
Quise felicidad y me dieron dinero.
Quise libertad y me dieron un coche.
Quise esperanza y me dieron miedo.
Quise cambiar al mundo y recibí compasión.
Quise vivir ...

Si la felicidad es ausencia de todo mal y posesión estable y plena de todos los bienes –sin faltar uno solo-, es imposible alcanzarla en esta vida.


II.- Y aquí es donde conectamos con la segunda parte.

El postulado del que partimos es la unidad de los campos del saber. Hay diferentes formas de aproximarse a la verdad. El camino es largo y laborioso, y cada uno lo ha de hacer andadero desde su propia situación. Pero los caminos verdaderos son convergentes: la verdad completa sólo está al final.

1.- El primer estrato es el conocimiento vulgar. Un campesino, una madre de familia, aun analfabetas, pueden tener una sabiduría de la vida verdaderamente envidiable. Ellos educan para el amor y por medio del amor.

La cualidad más importante para educar es el amor. De hecho nos resistimos a ser educados por quien no nos acepta como somos y, sobre esa base, nos quiere mejores.

En la actualidad tenemos que sortear un grave obstáculo: la irresponsable abdicación de los padres, con dejación de su derecho-deber educativo, debido a la ignorancia o a la falta de una debida preparación. Otras causas de esta claudicación podrían ser: el egoísmo, las múltiples presiones externas, o el exceso de trabajo fuera del hogar, o la notable degradación del ambiente social unida al ataque legislativo propio de ideologías estatalistas, que quieren utilizar todos los resortes de indoctrinación disponibles. Muchos ambientes son, ciertamente adversos, pero muchos son también los padres de familia que siguen la ley moral natural y educan queriendo todo el bien para sus hijos.

2.- El conocimiento científico responde a las causas próximas. En este segundo estrato, hemos de considerar los fines parciales a los que alude la didáctica. Todo profesor ha de saber fijar los objetivos de su grado, de su materia, de cada clase que imparte. Por desgracia es frecuente encontrar profesores que gastan tiempo en la redacción obligada de objetivos, los cuales terminan encerrados en un cajón, sin beneficiar a nadie. Aunque especificar los objetivos es necesario y clarificador, lo más importante se halla en la intencionalidad del maestro: ¿qué es lo que verdaderamente se propone que sus alumnos logren?

Porque a muchos se les escapa que aprobar cursos y obtener títulos no es el fin de su educación formal. Es más ambicioso adquirir madurez humana. Alcanzar cada vez un grado más alto de perfeccionamiento, el cual –para serlo- ha de contemplar su personalidad íntegra.

Las leyes de educación frecuentemente señalan como fin el desarrollo integral y armónico de la personalidad, pero después a la hora de la práctica, parecen contradecirse y caen nuevamente en los reduccionismos. Las calificaciones de contenidos cognoscitivos son las que abren o cierran puertas para una educación continua y para el medio laboral. Los valores éticos y estéticos, por lo general brillan por su ausencia. Los afectivos y sociales, son valores que carecen de sustento. En cambio a los físicos y utilitarios se les atiende más por competencia global que por sí mismos. Los valores religiosos, siendo México un pueblo con fuertes raíces precortesianas y españolas, permanecen divorciados del curriculum sistémico, lo cual provoca actitudes esquizoides e incongruentes.

3.- El tercer estrato es el filosófico. Una buena filosofía parte de la sencillez y de la humildad. La filosofía de la educación da respuesta a la causa final del proceso educativo. Si lo que especifica al ser humano y lo distingue de la bestia, es su espiritualidad, en ella reside la educabilidad.

La teleología pedagógica unida a la axiología ( si el fin propuesto no fuera valioso, no valdría la pena hacer nada por alcanzarlo), partiendo de las facultades racionales del ser humano –su inteligencia y su voluntad- en las que recae directamente la acción educativa, nos lleva a la búsqueda de la verdad y del bien. No existen razones de éxito o de urgencia que nos disculpen a los educadores, de dirigirnos siempre a la inteligencia y a la libertad de la persona. Pero el objeto de la primera, no se agota en las verdades parciales: busca la Verdad infinita. Ni la voluntad se conforma con los bienes determinados: anhela el Bien infinito.

Como dice Amado Nervo, el hombre es un vaso infinito que sólo se llena con infinito. Luego no basta la contemplación de la verdad; la voluntad va más allá y quiere poseerla.

Hasta aquí llega la poesía y la filosofía.

4.- Sólo al llegar al cuarto estrato, el del conocimiento teológico, podemos contestar con rigor a la pregunta ¿cuál es el producto final de la educación?

La persona humana no se agota en su naturaleza: ser una síntesis somato-psíquica, corpóreo- espiritual. A la luz de la fe, sabemos que desde el momento de la creación del varón y de la mujer, ellos y su descendencia fueron elevados al orden sobrenatural de la gracia –la participación en la Vida Divina-. La gracia sobrenatural no destruye la naturaleza: la eleva al orden divino sin anular la libertad. Pero la capacidad de autodeterminación al bien, en Adán y Eva, fue mal utilizada y eligieron ser como no eran: el “seréis como dioses” fue una fuerte tentación y, al caer en ella, el orden de lo creado se alteró. Toda la creación sufre sus consecuencias.

La naturaleza humana está profundamente herida. Esta afirmación no es un dogma –dice Etienne Gilson- sino una evidencia. También los paganos lo dijeron con desasosiego: “veo lo mejor y hago lo peor” ( Cfr. Id. p. 28 y 29). Lo que sí es un dogma es el pecado original: no quedamos esencialmente corrompidos o destruidos (como lo afirman Lutero y Calvino), sino vulnerados y con la necesidad de ser liberados. La Redención cura nuestras heridas: malicia en la voluntad, obnubilación en la inteligencia, desorden en la afectividad y debilidad ante lo arduo. La secuela de esas heridas ya curadas por el Redentor, es la que debe afrontar todo educador –en sí mismo y en el ser de sus educandos-.

Desandemos el camino de esas vúlneras con sus antinomias:
. la fortaleza para soportar los males y acometer tratándose de la conquista del bien;
. la prudencia que ordena la afectividad al someterla al imperio de la razón;
. el estudio sistemático para descubrir la verdad;
. el amor recto y ordenado para hacer el bien, queriendo hacerlo, precisamente porque es el bien.

Los místicos españoles – con esa profundidad y belleza que sólo ellos poseen- nos proporcionan una luz maravillosa al escribir: “Por la tarde seremos juzgados en el amor”.

Ya San Pablo en su apología del amor caritas, nos ha dejado claro que la reina de las virtudes es la caridad. La fe y la esperanza terminarán con el último día de nuestra vida terrena. Lo que permanece para la eternidad es el amor.

El amor recto y ordenado – Dios, los demás y yo- es en último término, el producto final de la educación. El Papa nos conmina a los católicos a que “no tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La cultura de la Eucaristía promueve una cultura de diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia” (Carta apostólica Mane nobiscum Domine, octubre 2004).

Vivimos en un País creyente y católico en su mayoría. No le hagamos el juego al enemigo permitiendo que la cultura de la muerte nos invada y seamos un reducto más en el que Dios esté ausente. Si el sistema educativo nacional no se decide a proponer el amor a Dios y, por Él, el amor a los demás y a nosotros mismos...¡ qué pena! Habrá que reflexionar mucho con la mayoría de maestros católicos de las escuelas oficiales y particulares.


Tengamos la conciencia clara de que ése es nuestro cometido. A través de las matemáticas, el deporte, la ética o cualquier asignatura o taller, hemos de enseñar a amar, amando. Nuestro ejemplo va por delante.








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