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Evangelizar desde la Cátedra II

Evangelizar desde la Cátedra II
Ay de nosotros si no evangelizáramos! Pues bien, el colegio católico tiene a este respecto un papel sustancial. La evangelización incluye la educación, porque la Iglesia, cuando evangeliza, no deshumaniza al hombre, antes bien lo ennoblece.


Por: P. Alfredo Sáenz | Fuente: Arbil





El colegio católico


Frente a este mundo apóstata de Jesucristo y de su santa Iglesia, nos urge la ardua pero apasionante tarea de la evangelización. ¡Ay de nosotros si no evangelizáramos! Pues bien, el colegio católico tiene a este respecto un papel sustancial. La evangelización incluye la educación, porque la Iglesia, cuando evangeliza, no deshumaniza al hombre, antes bien lo ennoblece. Y aunque la educación no pertenezca al contenido esencial de la evangelización, pertenece sin embargo a su contenido integral. No hay, pues, dos etapas: primero humanizar, luego evangelizar. Mientras evangelizo estoy humanizando, educando. Así ha sucedido a lo largo de toda la historia de la Iglesia.

1. Tres conocimientos necesarios Como lo ha explicado detalladamente Alberto Caturelli, la educación se ordena a la actualización creciente y armónica de todas las potencialidades del hombre, hasta que alcance su plenitud. Perfección, ante todo, de los hábitos técnicos, que se ordenan al dominio de las cosas que simplemente existen, para lo cual es necesario un conocimiento sumario de la naturaleza inanimada; en un segundo grado, el logro de un conocimiento también sumario de la naturaleza viva, plantas y animales; para concluir en aquella realidad espiritual, la suya propia, que resume en sí misma la totalidad del cosmos: el hombre, mediante la formación de los hábitos que perfeccionan la naturaleza humana total, es decir, las virtudes morales que lo ordenan al Bien.

Una educación que comprende estos tres grados, será de veras, una educación integral. Generará planes de estudios coherentes, seleccionará los profesores no solamente entre los de más saber sino entre los de mayor virtud, procurará que los hábitos intelectuales se desarrollen en el estudio intensivo de las humanidades y los hábitos morales en orden a la integridad de la naturaleza humana.

Sin embargo, esto no es todo: formar al adolescente en su integridad totales un fin inalcanzable con las solas fuerzas de la naturaleza. Para llegar a la plena posesión de la Verdad, del Bien y del Ser, se necesita algo que está allende a la naturaleza. Por eso, una verdadera educación que no quiera eliminarse a sí misma como educación, debe ponerse en estado de apertura a lo sobrenatural, pues solo mediante un salto que trascienda lo contingente es alcanzable lo Absoluto, único ámbito en que puede lograrse la formación integral del hombre.

Si la educación no quiere suicidarse como educación total, debe estar metódicamente dispuesta a no limitar su ascensión a los grados del ser natural, por sublimes que sean. En realidad sólo tiene dos caminos: o abrirse al orden de lo sobrenatural o cerrarse sobre sí misma. En este segundo caso, anula el fin de la educación al limitarlo arbitrariamente al solo orden natural; y si anula el fin de la educación, anula la educación misma ya que no es concebible una educación sin finalidad alguna.

2. Las diversas religaciones Digamos así mismo que no se puede formar al adolescente cuando no se atienden a sus diversas religaciones. El hombre es un ser religado de múltiples maneras. Religado a los otros, ante todo, por ser un "animal social". Religado al mundo, como integrante de la naturaleza. Religado al tiempo y a la historia, en cuanto heredero de una tradición y hacedor de una cultura. Religado al Absoluto, a Dios, por su condición de creatura. Religado finalmente a Cristo, por su carácter de redimido. Una educación que no atienda a todas estas religaciones no será verdadera educación, no será una educación integral.

Solo habrá educación católica si Cristo es el faro que ilumina, la meta que atrae, el modelo que se contempla. En un documento sobre la Educación Católica, promulgado por la Sagrada Congregación de la Educación Católica, se dice que "en el proyecto educativo de la escuela católica, Cristo es el fundamento: Él revela y promueve el sentido nuevo de la existencia y la transforma capacitando al hombre a vivir de manera divina". Cristo debe ser la clave de bóveda, el principio de cohesión y de armonía, de todas las otras religaciones, "ese Cristo en el cual todas las cosas encuentran su consistencia", como dice San Pablo (Col1, 17).

3. Integración arquitectónica de todos los saberes De lo dicho hasta acá se ve claramente la necesidad de la integración de los diversos saberes en una unidad superior.

Una cultura es un sistema de valores destinado a crear una visión del mundo. Y el valor supremo de una cultura cristiana es la gloria de Dios. Todo actuar de lo que no es Dios, de lo que es relativo, tiene sentido en la medida en quedé gloria a Dios. El colegio católico es un centro donde se elabora y se transmite una concepción específica del mundo, del hombre y de la historia. Y como dice aquel Documento antes citado, en texto decisivo: "La referencia, implícita o explícita, a una determinada concepción de la Vida (Weltanschauung)es prácticamente ineludible, en cuanto que entra en la dinámica de toda opción. Por esto es decisivo que todo miembro de la comunidad escolar tenga presente tal visión de la realidad, aun cuando sea según diversos grados de conciencia, para conferir unidad a la enseñanza".

Los conocimientos profanos y los conocimientos atinentes a la fe deben, en cierto modo, entrecruzarse. Es conocida la célebre fórmula: "Intéllige ut credas, crede ut intélligas":entiende para que creas, cree para que entiendas. El conocimiento profano sirve para ahondar en la fe. Y el conocimiento de la fe lleva a una inteligencia más profunda de las realidades profanas.

No creamos que estamos dando educación católica por el mero hecho de que en el programa de estudios, donde hay muchas materias que a veces se dictan según las más diversas ideologías, agregamos una hora de religión. Así como no podemos pensar que estamos haciendo una televisora católica, porque a la programación general, que de hecho produce un verdadero lavado de cerebro, agregamos unos tres minutos en que hablamos de Cristo o dela vida eterna. Cuando decimos que la cultura debe ser sobrenatural, queremos afirmar que lo sobrenatural debe informar toda la cultura, de manera semejante a como decimos que la gracia asume la naturaleza.

La educación debe ser cosmovisional: estoy educando a un adolescente que tiene una unidad de destino - natural y sobrenatural -, y no puedo desintegrarlo enseñándole según principios diversos, sus distintas dimensiones.

¿Cómo no va a haber conflicto en la sociedad de hoy y en el hombre de hoy, cómo no va a haber tanta esquizofrenia, cuando pareciera que todo lo que se hace es dividir al hombre interiormente? Pensemos en las Universidades, incluso en las llamadas católicas, en las que con frecuencia las materias son enseñadas divergentemente, por profesores que piensan cada uno a su manera.... Tal vez alguno dirá que la catequesis no exige de manera absoluta, la existencia de un colegio católico, pues podría darse en locales aparte y en horas extraescolares. Algo de eso es verdadero.

Sabemos que han salido excelentes católicos militantes de la escuela pública laica, donde aquellos aprendieron a agudizar su sentido apostólico. De ahí que el solo poder dar algunas horas de religión no parece justificar el enorme esfuerzo que implica el montaje de un colegio católico. Sin embargo, la verdadera educación no se hace por yuxtaposición; no se trata de sumar conocimientos cristianos a una conducta pagana, de enseñar el contenido de la fe agregándolo a una cosmovisión laicista.

La formación humana y la formación religiosa no pueden ser opuestas, ni siquiera paralelas o sucesivas, deben imbricarse la una en la otra. El espíritu cristiano debe impregnar la enseñanza profana; tratar de que las distintas materias sean consideradas a la luz de la Verdad divina y lograr que sea Dios quien informe toda la actividad humana. Al fin y al cabo Dios es la causa primera y el fin último de todo. El pensar del cristiano debe inspirarse íntegramente en Él y a Él referirse. Todo debe llevar la impronta de la fe. Y es claro que sólo el colegio católico está equipado para realizar semejante labor, pues sólo él es capaz de impregnar todas las ramas del saber con el espíritu evangélico.

Si nos cuesta entender esto, escuchemos al menos las siguientes palabras de un marxista, él sí, y muy consciente de la necesidad de una cosmovisión para formar al militante del Partido: "La fuerza del marxismo -decía- es la siguiente: un profesor marxista, un docente marxista de cualquier disciplina particular, abre perspectivas sobre una concepción global del mundo. La fuerza de nuestros profesores marxistas está en hacernos sentir que esta disciplina particular toma su sentido de la concepción global del mundo que Marx ha aportado". El colegio católico no puede ser tan sólo una institución en laque se enseña la doctrina cristiana junto con los demás conocimientos, sino donde todo, incluso lo que no es estrictamente enseñanza religiosa, se enseña con espíritu católico.

No se crea que es mejor acumular cursos de religión o multiplicar cursillos de formación religiosa. Ello puede ser a veces útil. Sin embargo, aun prescindiendo de la dificultad tan común de la falta de tiempo disponible, tal procedimiento es poco conforme a la psicología del adolescente y a las leyes de la asimilación. La explicación dada en pequeñas dosis, de un modo discreto pero categórico, por medio de advertencias ocasionales por parte de los profesores de las diversas materias profanas, es infinitamente mejor recibida por los adolescentes, penetra en su conciencia casi sin darse cuenta, y acaba por hacer cuerpo con su concepción del mundo, del hombre y de la historia.








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