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La Universidad como Proyecto Evangelizador

La Universidad como Proyecto Evangelizador
La identidad de la universidad Católica en América Latina. Conferencia impartida por el Cardenal Zenón Grocholewski.


Por: Cardenal Zenón Grocholewski, prefecto de la Congregación para la Educación Católica | Fuente: Catholic.net




La identidad de la universidad católica latinoamericana

XIV Encuentro de Rectores de Universidades Católicas
y de Inspiración Cristiana de América Latina y el Caribe.

Emmo. Sr. Cardenal Zenón Grocholewski
Prefecto de la Congregación para la Educación Católica
México, septiembre de 2008



Estimados hermanos en el episcopado.
Muy distinguidos hermanos sacerdotes, religiosos, religiosas; consagrados y consagradas.
Queridos rectores, provenientes de toda América Latina.
Estimados representantes y delegados.
Amigos todos,

I. Introducción

Es para mí un singular gusto el poder acompañarlos en los importantes trabajos de esta reunión anual de universidades católicas y de inspiración cristiana de América Latina y el Caribe, en su edición número catorce. Quiero aprovechar este momento para dirigir mi personal saludo a todos los participantes. Su presencia en esta reunión representa un voto de confianza a esta iniciativa respaldada desde sus comienzos por el Consejo Episcopal Latinoamericano, CELAM.

Del mismo modo, su participación en la misma es elocuente respecto de la importancia que se concede Al hecho de encontrarnos como Iglesia viva y peregrinante, en el ámbito específico de la educación superior. Ciertamente la vivencia de la comunión, aunque no exige necesariamente el conocimiento del otro, sí adquiere una particular densidad y naturalidad en las manifestaciones de unión cuando pasan por la convivencia, por el compartir la palabra, el pan y la mesa, así como el sagrado pan eucarístico y la oración en común. Estos encuentros de rectores ofrecen las condiciones para que esta cercanía y trato fraterno se haga una realidad. Los animo no sólo ahora, sino de cara al futuro, a perseverar en este esfuerzo de encuentro, de diálogo, de mutuo enriquecimiento y colaboración.

Del mismo modo, no quiero dejar de mencionar las instituciones que acompañan el presente evento. Se trata de la FIUC, Federación Internacional de Universidades Católicas, que en los últimos encuentros se ha hecho presente, no sólo para apoyar la convocatoria del CELAM y de la respectiva universidad sede, sino para ofrecer a las universidades participantes una perspectiva mundial de su actividad y la posibilidad de adherirse a esta prestigiosa federación, reconocida por la Santa Sede desde hace varias décadas.

Del mismo modo, quiero destacar la presencia del organismo regional correspondiente de la FIUC para América Latina, la ODUCAL, Organización de Universidades Católicas de América Latina, la cual celebrará su asamblea anual precisamente al concluir este XIV Encuentro de Rectores. Y es que el dinamismo de estas realidades asociativas se encuentra en cada una de las células que las componen: en cada uno de sus miembros. Por ello, reitero que la presencia y participación de cada una de sus universidades en este encuentro, y en el seno de las organizaciones que he señalado, es señal de esperanza para el futuro: se trata de la vida floreciente de nuestras universidades que se manifiesta no sólo como una dinámica interna, sino de cara a las otras universidades católicas del propio país, de la región, del continente y del mundo entero.

El Papa Benedicto XVI ha recibido un rico legado en el magisterio de Su Santidad Juan Pablo II sobre las universidades. Esto es especialmente cierto al referirnos a la importantísima Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae sobre las universidades católicas (ECE) del año de 1990. Sin embargo, hay que afirmar también que el magisterio de Su Santidad Benedicto XVI ha sido abundante y profundo en el tema de la universidad en general y de la universidad católica en particular. Sus reflexiones y enseñanzas a este respecto nos ofrecen un panorama actual, demandante y realista de lo que es y lo que debe ser la aportación de los cristianos para el mundo de hoy en el ámbito de la educación de nivel superior.

He sido invitado a hablar sobre la universidad como proyecto evangelizador, en el marco de una preocupación más general de los rectores sobre la identidad de la universidad católica en el tiempo actual. Es un hecho que hablar de la identidad de la universidad católica implica, necesariamente, su aspecto evangelizador. Por ello, me propongo, en un primer momento, ofrecerles una serie de consideraciones sobre la identidad de la universidad católica. Para ello, recurriré tanto a la Constitución Ex Corde Ecclesiae como al magisterio actual del Santo Padre Benedicto XVI; del mismo modo, no quiero perder la oportunidad de mostrar la profunda relación de todo lo anterior con el maravilloso fruto de la V Conferencia General del CELAM en Aparecida, Brasil. Por ello, también haremos referencia al Documento de Aparecida.

En un segundo momento, quiero abordar más en detalle el tema de la evangelización, y para ello he desarrollado sucintamente tres temas nucleares: la evangelización de las personas; la evangelización de la cultura y la inculturación del evangelio, todo ello desde la perspectiva del ser y del quehacer propio de la universidad católica, y a partir de las mismas fuentes señaladas hace un momento.

Finalmente, quiero concluir con una serie de reflexiones generales sobre algunos aspectos que afectan a todas las universidades católicas y de inspiración cristiana, pero en lo particular respecto de las que se encuentran en este que, con justa razón, ha sido llamado el continente de la esperanza.

II. La identidad de la universidad católica

Parece que al hablar de la universidad católica existe una constante que consiste en volver al tema de la identidad. Y no sólo es comprensible que así sea, sino que parece ser una necesidad inherente, no sólo a nuestra naturaleza humana, sino a la dinámica propia de estas instituciones, de sus instituciones.

En efecto, nuestra naturaleza, finita y limitada, exige renovación. Nuestra memoria es pobre y nuestro entusiasmo conoce límites. Por ello, para volver una y otra vez sobre los verdaderos motivos y fines que hacen de nuestras universidades, instituciones al servicio del Reino de Dios es necesario recordar, profundizar y renovar nuestra conciencia y compromiso con la genuina identidad de la universidad católica y de inspiración cristiana.

Del mismo modo, la dinámica institucional puede hacer que las exigencias del mercado, las oportunidades de desarrollo, la misma globalización de la educación y el contacto intercultural pudiesen propiciar una cierta marginación de los fines propios de la universidad católica. En este sentido, se impone una renovación, no sólo personal, sino institucional. Es necesario un análisis periódico y profundo que ponga de manifiesto de qué manera cada actividad universitaria y, por así decirlo, la vida toda de la universidad, está orientada hacia los fines propios y esenciales de una institución de educación superior nacida ex corde ecclesiae, del corazón de la Iglesia.

II.i Ex corde Ecclesiae

Para iniciar estas reflexiones sobre la identidad de la universidad católica, tomo las cuatro características esenciales que el Papa Juan Pablo II señala en el número 13 de Ex Corde Ecclesiae:
1. “una inspiración cristiana, no sólo de parte de cada miembro, sino también de la Comunidad universitaria como tal;
2. una reflexión continua a la luz de la fe católica, sobre el creciente tesoro del saber humano, al que trata de ofrecer una contribución con las propias investigaciones;
3. la fidelidad al mensaje cristiano tal como es presentado por la Iglesia; [y]
4. el esfuerzo institucional a servicio del pueblo de Dios y de la familia humana en su itinerario hacia aquel objetivo trascendente que da sentido a la vida”.

A partir de estas cuatro características es posible realizar una reflexión profunda sobre el tema de la identidad.

En primer lugar, retomemos el tema de la “inspiración cristiana”, que no sólo corresponde a cada miembro, sino a la “Comunidad universitaria como tal”. En efecto, además de ofrecer, como cualquiera otra institución de educación superior, servicios de enseñanza, investigación, difusión y otros, la “Universidad Católica, por compromiso institucional, aporta también a su tarea la inspiración y la luz del mensaje cristiano”, en el sentido de que “los ideales, las actitudes y los principios católicos penetran y conforman las actividades universitarias” de manera que en la institución se encuentre siempre el catolicismo “presente de manera vital” (ECE 14).

Una universidad de raíz cristiana constituye un espacio académico y formativo donde la creatividad del nuevo pueblo de Dios se hace presente para convertir cada ámbito, cada iniciativa, cada proyecto, en una oportunidad de hacer presente, de manifestar al mundo y de iluminar la propia actividad con la luz del Evangelio y un testimonio vivo de una fe madura y fecunda.

Las formas que podría adoptar esta “inspiración cristiana” de la universidad resultan innumerables: se trata desde los actos más externos, la existencia de crucifijos en algunos espacios universitarios, la presencia de la capilla institucional; hasta los aspectos operativos y de organización: el esfuerzo sincero de los miembros de la comunidad universitaria por pensar la realidad en clave cristiana, la sana crítica a las profesiones desde los genuinos valores del Evangelio; finalmente, también los actos más íntimos y personales: la sinceridad en las relaciones interpersonales y la creación de un ambiente que constituya a la universidad, no sólo en una comunidad laboral o de corte empresarial, sino en una comunidad de fe, una comunidad cristiana.

En segundo lugar, hablemos de la “reflexión continua a la luz de la fe católica, sobre el creciente tesoro del saber humano, al que trata de ofrecer una contribución con las propias investigaciones”. Acaso vale la pena subrayar que en este punto el énfasis está puesto en la investigación. En efecto, la universidad no sólo es espacio de transmisión, sino de creación de nuevo conocimiento. La investigación es una función sustantiva de la universidad. Ahora bien, en la universidad católica es particularmente en el marco de la investigación donde se proponen cuatro metas prioritarias (cfr. ECE 15):

1. La consecución de una integración del saber; que quiere decir el diálogo fecundo y pertinente entre la ciencia actual, la filosofía y la teología, en busca de una síntesis superior que no pierda de vista la dignidad humana, el destino eterno de los hombres y la verdad radical de “Cristo-Logos, como centro de la creación y de la historia” (ECE 16).

2. El diálogo entre fe y razón. Luego de la luminosa encíclica del Santo Padre Juan Pablo II sobre el tema, resulta difícil decir en una palabra cuál es su característica fundamental. Ciertamente, enunciado de manera negativa, pero esclarecedora, podemos señalar que el diálogo entre la fe y la razón implica que “la investigación metódica en todos los campos del saber, si se realiza de una forma auténticamente científica y conforme a las leyes morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en el mismo Dios” como lo señala Gaudium et Spes (cfr. ECE 17). Del mismo modo, el diálogo entre estos dos órdenes de conocimiento nos permiten “una mejor comprensión de la vida humana y del fin de la creación” (Ibid).

3. Una preocupación ética. La investigación en las universidades católicas, como toda actividad institucional, está llamada a constituir un genuino servicio a la persona humana. Por ello, “se debe realizar siempre preocupándose de las implicaciones éticas y morales, inherentes tanto a los métodos como a sus descubrimientos” (ECE 18). Esta aportación de la universidad católica es, acaso, una de las más importantes y urgentes que está llamada a hacer en el mundo de hoy. Finalmente,

4. Una perspectiva teológica. Al referirnos a los tres aspectos anteriores, fundamentales en el terreno de la investigación en una universidad católica, existe la necesidad de destacar el nexo profundo entre ellos y el papel de la teología en la universidad. En efecto, la teología aporta elementos insustituibles a la búsqueda de la síntesis del saber; también, por supuesto, al diálogo entre la fe y la razón, así como a la preocupación ética. Por tanto, la teología no sólo es una disciplina universitaria, sino que verdaderamente ofrece “una perspectiva y una orientación que no están contenidas en [las] metodologías” de las disciplinas científicas (ECE 19). Del mismo modo, en este diálogo e interacción, la teología se beneficia adquiriendo “una mejor comprensión del mundo de hoy y haciendo que la investigación teológica se adapte mejor a las exigencias actuales” (ECE 19).

En tercer lugar, trataremos de “la fidelidad al mensaje cristiano tal como es presentado por la Iglesia”. Esta fidelidad tiene su raíz en el hecho de que la universidad católica mantiene un vínculo con la Iglesia “que es esencial para su identidad institucional” (ECE 27). Este vínculo se manifiesta en la participación y contribución a la vida de la Iglesia local e, incluso y no menos importante, a la vida de la Iglesia universal. “De esta estrecha relación con la Iglesia derivan, como consecuencia, la fidelidad de la Universidad con institución, al mensaje cristiano, y el reconocimiento y adhesión a la Autoridad magisterial de la iglesia en materia de fe y de moral” (ECE 27) y que ilumina también todos los aspectos comentados hasta este punto.

En cuarto lugar, último pero no menos importante, nos referimos al “servicio del pueblo de Dios y de la familia humana” hacia su destino eterno. Esta característica adopta también múltiples formas, todas ellas de suma importancia: este servicio a todos los hombres se presenta, por ejemplo, bajo la forma de comunicar “a la sociedad de hoy aquellos principios éticos y religiosos que dan pleno significado a la vida humana” (ECE 33). Este servicio al pueblo de Dios y a los hombres implica también, la “promoción de la justicia social”, la colaboración entre universidades católicas, en proyectos comunes de investigación (ECE 35) y aún en iniciativas de educación permanente, así como en la interlocución con el “mundo académico, cultural y científico” (ECE 36-37).

De este modo, podemos ver que la Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae conserva una validez y una vitalidad que rebasa con mucho su momento histórico y el momento actual. En las reflexiones que hemos podido compartir hasta este punto apreciamos de qué manera la identidad y misión de una universidad católica queda no sólo definida, sino desarrollada en numerosas indicaciones valiosas sobre su naturaleza, su aportación específica y sobre las preocupaciones y tareas que le son más propias.

II.ii La universidad en el pensamiento de S.S. Benedicto XVI

Luego de rescatar, de manera somera, el riquísimo legado de Ex Corde Ecclesiae, quisiera ahora esbozar algunas aportaciones que el Santo Padre Benedicto XVI ha hecho sobre el tema de las universidades desde el inicio de su pontificado. Acaso conviene recordar, a modo de inicio, las palabras que pronunció en la Universidad del Sacro Cuore, al inicio del 85º año académico, y que se aplican apropiadamente a esta reunión: “Resulta espontáneo pensar: ¡qué responsabilidad! Miles de jóvenes pasan por las aulas de la [universidad]. ¿Cómo salen de ellas? ¿Qué cultura han encontrado, asimilado, elaborado? He aquí el gran desafío, que concierne en primer lugar al grupo directivo … , al cuerpo docente y, por tanto, a los mismos alumnos: dar vida a una auténtica Universidad católica, que destaque por la calidad de la investigación y la enseñanza y, al mismo tiempo, por la fidelidad al Evangelio y al magisterio de la Iglesia” (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI durante la inauguración del 85º curso académico en la Universidad Católica del Sagrado Corazón. 25 de noviembre de 2005).

A partir de esta cita deseo referirme a cuatro temas centrales: 1. La tarea de educar; 2. La universidad católica; 3. El diálogo entre la fe y la razón; y 4. La promoción de la verdad y el bien.

1. La tarea de educar. En enero del presente año el Santo Padre ha enviado una carta a la Diócesis de Roma sobre “la tarea urgente de la educación”. Pienso que hay en especial una reflexión que el Santo Padre nos comparte y que, en este contexto de la educación universitaria, resulta de máxima importancia: “… ante esta situación quisiera deciros unas palabras muy sencillas: ¡No tengáis miedo! En efecto, todas estas dificultades no son insuperables. Más bien, por decirlo así, son la otra cara de la medalla del don grande y valioso que es nuestra libertad, con la responsabilidad que justamente implica. A diferencia de lo que sucede en el campo técnico o económico, donde los progresos actuales pueden sumarse a los del pasado, en el ámbito de la formación y del crecimiento moral de las personas no existe esa misma posibilidad de acumulación, porque la libertad del hombre siempre es nueva y, por tanto, cada persona y cada generación debe tomar de nuevo, personalmente, sus decisiones. Ni siquiera los valores más grandes del pasado pueden heredarse simplemente; tienen que ser asumidos y renovados a través de una opción personal, a menudo costosa” (Mensaje del Santo Padre Benedicto XIV a la Diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación. 21 de enero de 2008).

En efecto, la educación, la formación que ofrece la universidad católica y de inspiración cristiana está orientada especialmente hacia la tarea de facilitar las opciones personales que plenifiquen la vida humana y que sean manifestación de aquello que perfecciona nuestra naturaleza, y que llamamos bueno y valioso. La universidad no puede renunciar a formar a sus alumnos. El Papa nos llama a no tener miedo, contra una perspectiva pesimista que diría que en la universidad llegamos demasiado tarde a la vida del alumno. Todo lo contrario: sabemos que la posibilidad de conversión está siempre presente; que el bien es exigente, pero satisfactorio y otorga un sentido definitivo a la vida; sabemos, especialmente, que el encuentro con Jesucristo es la piedra de toque de nuestra vida y de la historia entera. Por ello, la tarea de educar en la universidad tiene, como columna vertebral, la oferta decidida, constante, pero a la vez respetuosa, del bien, de la verdad y del encuentro con Quien es Camino, Verdad y Vida, y que sólo puede ser aceptado dignamente mediante un acto libre, siempre misterioso, que surge del íntimo sagrario de la conciencia y de la libérrima voluntad personal.

2. La universidad católica. Pasando a este segundo tema, conviene recordar que el Santo Padre es un hombre de Dios y, a la vez, un hombre de Academia. La vida universitaria ha sido un referente constante a lo largo de su vida, de modo que lo que pueda decir sobre la universidad católica y de inspiración cristiana nace de una personalísima experiencia y no sólo de una reflexión en abstracto. Por ello, conviene recordar sus palabras que nos advierten sobre el modo como “la Universidad moderna corre mucho peligro de transformarse en un complejo de institutos superiores, unidos más bien externa e institucionalmente, y menos capaces de formar una unidad interior de universitas” (Discurso del Santo Padre Benedicto XIV a una delegación de la facultad teológica de la Universidad de Tubinga, Alemania. 21 de marzo de 2007). Nos podemos preguntar, ¿en qué consiste esta universitas? El mismo Papa nos responde en otro discurso: “toda universidad tiene por naturaleza una vocación comunitaria, pues es precisamente una universitas, una comunidad de profesores y alumnos comprometidos en la búsqueda de la verdad y en la adquisición de competencias culturales y profesionales superiores. La centralidad de la persona y la dimensión comunitaria son dos polos igualmente esenciales para un enfoque correcto de la universitas studiorum. Toda universidad debería conservar siempre la fisonomía de un centro de estudios "a medida del hombre", en el que la persona del alumno salga del anonimato y pueda cultivar un diálogo fecundo con los profesores, que los estimule a crecer desde el punto de vista cultural y humano” (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI al mundo de la cultura en la Universidad de Pavía. 22 de abril de 2007).

La realidad comunitaria de la universidad, su vocación a ser universitas, se encuentra en el eje de su identidad. En este sentido, al dirigirse a la comunidad de educadores católicos en su reciente visita a los Estados Unidos el Santo Padre afirma que: “La misma dinámica de identidad comunitaria —¿a quién pertenezco?— vivifica el ethos de nuestras instituciones católicas. La identidad de una Universidad o de una Escuela católica no es simplemente una cuestión del número de los estudiantes católicos. Es una cuestión de convicción: ¿creemos realmente que sólo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece verdaderamente el misterio del hombre (cf. GS, 22)? ¿Estamos realmente dispuestos a confiar todo nuestro yo, inteligencia y voluntad, mente y corazón, a Dios? ¿Aceptamos la verdad que Cristo revela? En nuestras universidades y escuelas ¿es “tangible” la fe? ¿Se expresa fervorosamente en la liturgia, en los sacramentos, por medio de la oración, los actos de caridad, la solicitud por la justicia y el respeto por la creación de Dios? Solamente de este modo damos realmente testimonio sobre el sentido de quiénes somos y de lo que sostenemos” (Discurso de Su Santidad Benedicto XVI en el Encuentro con los educadores Católicos. Universidad Católica de América. 17 de abril de 2008).

Por tanto, en el pensamiento del Santo Padre, la identidad de la universidad católica y de inspiración cristiana se encuentra, precisamente, en la convicción personal e institucional con que se asume la fe; en el modo como del encuentro con Jesucristo vivo se produce una dinámica institucional que es capaz de renovar las relaciones humana, pero no sólo ellas, sino la ciencia misma y el servicio que la tecnología debe, por definición, a la persona.

3. El diálogo entre la fe y la razón. De este modo, resulta evidente que el diálogo entre la fe y la razón no es una actividad puntual y separada de otras que se realizan en la universidad. Al contrario, toda la vida universitaria, en el marco de su identidad cristiana, es diálogo entre la fe y la razón. Es una dimensión que se encuentra presente en su realidad toda. Al respecto señala el Santo Padre: “La universidad, por su parte, jamás debe perder de vista su vocación particular a ser una "universitas", en la que las diversas disciplinas, cada una a su modo, se vean como parte de un unum más grande. ¡Cuán urgente es la necesidad de redescubrir la unidad del saber y oponerse a la tendencia a la fragmentación y a la falta de comunicabilidad que se da con demasiada frecuencia en nuestros centros educativos!”. Ante este hecho, invita con gran fuerza a lo que llama “ensanchar nuestra comprensión de la racionalidad: “Una correcta comprensión de los desafíos planteados por la cultura contemporánea, y la formulación de respuestas significativas a esos desafíos, debe adoptar un enfoque crítico de los intentos estrechos y fundamentalmente irracionales de limitar el alcance de la razón. El concepto de razón, en cambio, tiene que "ensancharse" para ser capaz de explorar y abarcar los aspectos de la realidad que van más allá de lo puramente empírico. Esto permitirá un enfoque más fecundo y complementario de la relación entre fe y razón. El nacimiento de las universidades europeas fue fomentado por la convicción de que la fe y la razón están destinadas a cooperar en la búsqueda de la verdad, respetando cada una la naturaleza y la legítima autonomía de la otra, pero trabajando juntas de forma armoniosa y creativa al servicio de la realización de la persona humana en la verdad y en el amor” (Discurso del Papa Benedicto XVI a los participantes en el Encuentro europeo de profesores universitarios. 23 de junio de 2007).

De este modo, la universidad católica y de inspiración cristiana ofrece una aportación a la altura de la gran tradición universitaria mundial, pero a la vez mantiene vigente una convicción que el mundo actual rechaza acríticamente: la certeza de que la fe y la razón se iluminan mutuamente y que, siendo ambas un don del Creador, están orientadas a mostrar al hombre la verdad sobre sí mismo, sobre su vida y su destino eterno.

Todavía con mayor énfasis, nos dice el Papa: “El Logos divino, la razón eterna, está en el origen del universo, y en Cristo se unió una vez para siempre a la humanidad, al mundo y a la historia. A la luz de esta verdad capital de fe y, al mismo tiempo, de razón, es posible nuevamente, en el tercer milenio, conjugar fe y ciencia”. Y continúa, “sobre esta base se desarrolla el trabajo diario de una universidad católica. ¿No es una aventura que entusiasma? Sí, lo es porque, moviéndose dentro de este horizonte de sentido, se descubre la unidad intrínseca que existe entre las diversas ramas del saber: la teología, la filosofía, la medicina, la economía, cada disciplina, incluidas las tecnologías más especializadas, porque todo está unido. Elegir la Universidad católica significa elegir este planteamiento que, a pesar de sus inevitables límites históricos, caracteriza la cultura de Europa, a cuya formación las universidades nacidas históricamente "ex corde Ecclesiae" han dado efectivamente una aportación fundamental (Discurso del Santo Padre Benedicto XVI durante la inauguración del 85º curso académico en la Universidad Católica del Sagrado Corazón. 25 de noviembre de 2005).

De este modo, podemos afirmar que la universidad católica se encuentra institucionalmente comprometida con este esfuerzo de “ensanchar la racionalidad” restrictiva que predomina en nuestro mundo; ensancharla hasta abrirla al Misterio, abrirla a la posibilidad de la revelación y mostrar en ella la fecundidad del contacto con lo divino, no sólo como palabra y mensaje, sino como en la persona de Jesús, Palabra viva de Dios y unidad perfecta del Creador con la creatura, garantía de nuestra comunión con Dios, mensaje vivo que llega, en la unidad, a todos los hombres.

4. La promoción de la verdad y el bien. En cuarto lugar me referiré a la promoción de la verdad y el bien como elementos constitutivos de la universidad. Con lo dicho hasta aquí, podemos contemplar con claridad que Su Santidad Benedicto XVI ha hecho manifiesto este aspecto de la vida universitaria. En efecto, si la universidad católica y de inspiración cristiana enfrenta valientemente la tarea de educar, de formar, de transformar la vida de los miembros de su comunidad; si, aún más, la universidad se concibe como comunidad, centrada en la unidad de la revelación y en la unicidad de la verdad que existe, tanto a nivel natural como sobrenatural; y si, por tanto, la universidad está abocada especialmente al diálogo entre la fe y la razón en todos los ámbitos de su vida instiucional, es claro, en conclusión, que la promoción de la verdad y el bien es uno de los deberes que conciernen intrínsecamente a la Universidad.

En este sentido, señala el Santo Padre: “La dinámica entre encuentro personal, conocimiento y testimonio cristiano es parte integrante de la diakonia de la verdad que la Iglesia ejerce en medio de la humanidad. La revelación de Dios ofrece a cada generación la posibilidad de descubrir la verdad última sobre la propia vida y sobre el fin de la historia. Este deber jamás es fácil: implica a toda la comunidad cristiana y motiva a cada generación de educadores cristianos a garantizar que el poder de la verdad de Dios impregne todas las dimensiones de las instituciones a las que sirven. De este modo, la Buena Noticia de Cristo puede actuar, guiando tanto al docente como al estudiante hacia la verdad objetiva que, trascendiendo lo particular y lo subjetivo, apunta a lo universal y a lo absoluto, que nos capacita para proclamar con confianza la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5). Frente a los conflictos personales, la confusión moral y la fragmentación del conocimiento, los nobles fines de la formación académica y de la educación, fundados en la unidad de la verdad y en el servicio a la persona y a la comunidad, son un poderoso instrumento especial de esperanza (Discurso de Su Santidad Benedicto XVI en el Encuentro con los educadores Católicos. Universidad Católica de América. 17 de abril de 2008).

Si quisiéramos hacer un resumen de lo anterior, habría que decir, simplemente, que el servicio a la verdad, incluido el servicio al descubrimiento y la realización del bien, generan genuina esperanza. Por ello, la universidad cristiana es y debe ser un foco de irradiación de esperanza, como efecto profundamente humano de su servicio a la verdad y al bien.

El íntimo nexo entre la verdad y el bien lo pone de manifiesto Su Santidad al decir que “la verdad significa algo más que el saber: el conocimiento de la verdad tiene como finalidad el conocimiento del bien. Este es también el sentido del interrogante socrático: ¿Cuál es el bien que nos hace verdaderos? La verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera: este es el optimismo que reina en la fe cristiana, porque a ella se le concedió la visión del Logos, de la Razón creadora que, en la encarnación de Dios, se reveló al mismo tiempo como el Bien, como la Bondad misma (Discurso preparado por el Santo Padre Benedicto XVI para el encuentro con la Universidad de Roma “La Sapienza” propuesto para el 17 de enero de 2008. Cancelada el 15 de enero).

Dado este nexo íntimo entre la verdad y el bien, no debiese sorprendernos la expresión acuñada por el Santo Padre al hablar de “caridad intelectual”. Esta caridad intelectual se encuentra particularmente en manos de los educadores y constituye una clave invaluable para definir la identidad y misión de la universidad católica y de inspiración cristiana. “Este aspecto de la caridad invita al educador a reconocer que la profunda responsabilidad de llevar a los jóvenes a la verdad no es más que un acto de amor. De hecho, la dignidad de la educación reside en la promoción de la verdadera perfección y la alegría de los que han de ser formados. En la práctica, la “caridad intelectual” defiende la unidad esencial del conocimiento frente a la fragmentación que surge cuando la razón se aparta de la búsqueda de la verdad. Esto lleva a los jóvenes a la profunda satisfacción de ejercer la libertad respecto a la verdad, y esto impulsa a formular la relación entre la fe y los diversos aspectos de la vida familiar y civil. Una vez que se ha despertado la pasión por la plenitud y unidad de la verdad, los jóvenes estarán seguramente contentos de descubrir que la cuestión sobre lo que pueden conocer les abre a la gran aventura de lo que deben hacer. Entonces experimentarán “en quién” y “en qué” es posible esperar y se animarán a ofrecer su contribución a la sociedad de un modo que genere esperanza para los otros” (Discurso de Su Santidad Benedicto XVI en el Encuentro con los educadores Católicos. Universidad Católica de América. 17 de abril de 2008).

Verdad y bien; amor y esperanza. Los grandes temas del pontificado de nuestro Papa, Benedicto XVI, nos abren a la grande realidad de nuestras universidades: las de ser discípulas y misioneras de Jesucristo para que, en Él, nuestros pueblos tengan vida.

II.iii La universidad en el Documento de Aparecida

He recordado en este punto el lema de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe que hace poco más de un año se celebró en Aparecida, Brasil. Quisiera retomar tan sólo algunos de sus pasajes más significativos para observar cómo el Documento conclusivo de Aparecida ofrece una visión que no sólo refuerza sino profundiza lo dicho hasta aquí.

Me permito citar nuevamente al Santo Padre en su Discurso inaugural, por la fuerza de su expresión y por la importancia que tiene para la universidad: “Sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis” (Discurso de Su Santidad Benedicto XVI en la sesión inaugural de los trabajos de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. 13 de mayo de 2007).

Esta fuerte y profunda afirmación refuerza lo dicho hasta aquí, pero de una manera categórica: sólo Dios tiene la verdad sobre nuestra existencia; sólo Dios puede revelar el hombre al hombre; sólo desde la perspectiva que se toma a Dios en serio y que hace de Dios un sólido referente se puede construir un mundo a la altura de lo humano. Este es uno de los pilares de Aparecida y una de las cualidades más notable de la universidad católica y de inspiración cristiana.

Por ello, al referirse específicamente a las universidades católicas, el Documento conclusivo de aparecida señala que “las Universidades Católicas, por consiguiente, habrán de desarrollar con fidelidad su especificidad cristiana, ya que poseen responsabilidades evangélicas que instituciones de otro tipo no están obligadas a realizar. Entre ellas se encuentra, sobre todo, el diálogo fe y razón, fe y cultura, y la formación de profesores, alumnos y personal administrativo a través de la Doctrina Social y Moral de la Iglesia, para que sean capaces de un compromiso solidario con la dignidad humana y solidario con la comunidad, y de mostrar proféticamente la novedad que representa el cristianismo en la vida de las sociedades latinoamericanas y caribeñas” (Documento conclusivo de Aparecida. No. 342).

Este texto señala la “especificidad cristiana” y detalla algunos medios y condiciones concretas de realización. Sin embargo, en la delimitación de su identidad este documento, genuina expresión del saber y el sentir del episcopado latinoamericano, señala: “Las actividades fundamentales de una Universidad Católica deberán vincularse y armonizarse con la misión evangelizadora de la Iglesia. Se llevan a acabo a través de una investigación realizada a la luz del mensaje cristiano, que ponga los nuevos descubrimientos humanos al servicio de las personas y de la sociedad. Así, ofrece una formación dada en un contexto de fe, que prepare personas capaces de un juicio racional y crítico, conscientes de la dignidad trascendental de la persona humana. Esto implica una formación profesional que comprenda los valores éticos y la dimensión de servicio a las personas y a la sociedad; el diálogo con la cultura, que favorezca una mejor comprensión transmisión de la fe; la investigación teológica que ayude a la fe a expresarse en lenguaje significativo para estos tiempos” (Documento conclusivo de Aparecida. No. 341).

Esta larga cita hace una excelente conclusión de lo dicho hasta aquí: la universidad católica no sólo lo es por la identidad de sus autoridades, de su profesores o de sus alumnos; lo es por la convicción institucional, que se hace viva y presente en todas sus dimensiones, de servir a la verdad que ilumina y unifica todos los saberes en la fidelidad a la revelación de Dios y en el respeto irrestricto a la dignidad de la persona humana.

III. La universidad: proyecto evangelizador

Una vez dicho lo anterior sobre la identidad de la universidad católica y de inspiración cristiana queda claro que, como lo dice el documento de Aparecida, “las actividades fundamentales de una Universidad Católica deberán vincularse y armonizarse con la misión evangelizadora de la Iglesia” (no. 341). En efecto, habiendo nacido del corazón de la Iglesia, las universidades de identidad cristiana están al servicio del proyecto mismo de la Iglesia como tal, a saber, llevar a los hombres la salvación plena y definitiva que Dios ofrece a los hombres en la persona de Jesucristo. Y todo lo que llevamos dicho hasta aquí apunta precisamente en esa dirección: la universidad católica está ligada a este proyecto salvífico y ofrece una estructura tal que las sanas referencias y criterios antropológicos, éticos, bioéticos, sociales y teológicos atraviesen la totalidad del saber y el hacer, tanto al interior de la universidad como en el posterior ejercicio de la profesión por parte de los graduados.

Como lo anuncié al principio de esta conferencia, quiero detenerme en tres aspectos complementarios en torno al tema de la universidad como proyecto evangelizador. Se trata de la evangelización de las personas, de la evangelización de la cultura y de la evangelización de la sociedad.

1. Evangelización de las personas. Sin lugar a dudas, la universidad católica y de inspiración cristiana, como queda dicho previamente, ha de ser un lugar en el que, en el respeto más estricto a la libertad religiosa de las personas, se ofrezca, sin embargo, la posibilidad de un encuentro con Jesucristo vivo. En efecto, la experiencia profunda de la realidad de una universidad católica se gusta en la oración. Es en el encuentro con Jesucristo, un encuentro personalísimo, en el que se ponen en juego las propias aptitudes de cara a Dios; en él se gusta la realidad que se anuncia; en él se experimenta la alegría que luego se comunica con la vida; en este encuentro, en definitiva, se profundizan las convicciones que luego han de guiar la vida.

Por ello, la universidad ofrece múltiples oportunidades y vías para que los miembros de la comunidad universitaria (profesores, alumnos, miembros del personal de apoyo) hagan la experiencia del encuentro cara a cara con Jesucristo, descubra la infinita riqueza de los sacramentos que nos ha donado y se reconozcan miembros de la gran familia de Dios que es la Iglesia.

En este punto hay que recordar cómo estos Encuentros de Rectores nacieron, precisamente, por una preocupación pastoral. Las primeras reuniones se centraron en el aspecto de la pastoral universitaria y ofrecieron valiosas claves a los rectores participantes para renovar tanto las estructuras, como los métodos y la formación que sus respectivas áreas ofrecen. Posteriormente se diversificaron los temas, pero sin perder de vista que la universidad es una institución que tiene un deber y proyecto evangelizador.

De este modo, la universidad católica y de inspiración cristiana hace público su testimonio de fe, sea mediante los signos y símbolos que mejor representan nuestra fe, o por las celebraciones públicas, sean litúrgicas o de piedad, que permiten expresar de manera indubitable la fidelidad de la institución de sus miembros católicos a la identidad profunda de la institución. No menos importante es el testimonio cotidiano de las autoridades, de los profesores y aún de los alumnos que ponen de manifiesto el carácter profundo de la institución y su opción fundamental, misma que atraviesa la vida universitaria toda.

Por otro lado, y no menos importante, es la vivencia de experiencias de solidaridad y servicio que pueden iluminar la conciencia de los miembros de nuestra comunidad y motivarlos en la búsqueda de la verdad que muestra integralmente el bien al hombre y que ilumina decisivamente su existencia.

2. Evangelización de la cultura. Si bien la evangelización de las personas es un aspecto fundamental del ser y del quehacer de la universidad, no lo es menos la evangelización de la cultura. En efecto, la cultura, especialmente aquella que llega a las masas, aquella que más influye en la vida cotidiana de las naciones, aquella que se conforma como hábito, pasa en buena parte por la vida universitaria. Ciertamente, la universidad en nuestra época acaso ha perdido un tanto de su credibilidad y de su protagonismo social. Sin embargo, la universidad sigue siendo la casa del saber y la opinión de los universitarios es respetada, especialmente cuando se ofrece de manera sólida, recta y con una sincera preocupación por el bien de las personas.

Vale la pena recordar en este punto el llamado de Aparecida, al decir: “convocamos a nuestras Universidades Católicas para que sean cada vez más lugar de producción e irradiación del diálogo entre fe y razón y del pensamiento católico” (No. 498). En América Latina y el Caribe, como en el mundo entero, la aportación social y cultural de la universidad católica, en clave de fidelidad al Evangelio, es no sólo una coherencia que la sociedad misma espera, sino una urgente tarea que requiere poner al servicio de este proyecto lo mejor del talento disponible en nuestras instituciones.

La profunda necesidad de esta aportación de la universidad católica a la cultura actual se pone de manifiesta al contemplar el preciso diagnóstico que los obispos del Continente nos ofrecen en el Documento de Aparecida: “Vivimos un cambio de época, cuyo nivel más profundo es el cultural. Se desvanece la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios, aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes del último siglo … Quien excluye a Dios de su horizonte, falsifica el concepto de la realidad y sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas. Surge hoy, con gran fuerza, una sobrevaloración de l subjetividad individual. Independiente de su forma, la libertad y la dignidad de la persona son reconocidas. El individualismo debilita los vínculos comunitarios y propone una radical transformación del tiempo y del espacio, dando un papel primordial a la imaginación. Los fenómenos sociales, económicos y tecnológicos están en la base de la profunda vivencia del tiempo, al que se le concibe fijado en el propio presente, trayendo concepciones de inconsistencia e inestabilidad” (No. 44).

Ciertamente, el Documento de Aparecida presenta este texto como diagnóstico. Su visión y su conclusión toma como base la necesidad de redescubrir “la belleza y la alegría de ser cristianos” (No. 14) y, por tanto, se aleja de todo pesimismo. Sin embargo, este “cambio de época” ciertamente nos enfrenta, como instituciones universitarias, a dificultades y retos importantes en el ámbito de la cultura, realidad que conforma la vida del hombre y que le ofrece no sólo un marco, sino verdaderamente una estructura sobre la cual realizar su vida.

3. Evangelización de la sociedad. En íntima relación con el tema de la evangelización de las personas y de la evangelización de la cultura, todavía quiero referirme a un aspecto más, que no puede separarse de los anteriores. Se trata de la evangelización de la sociedad.
Sin lugar a dudas, cuando la universidad católica ofrece su perspectiva ética y humanista ante los grandes problemas sociales, está incidiendo sobre la sociedad misma. Sin embargo, aquí quiero referirme a un modo de evangelización más sutil, diríamos a un modo capilar de hacer presentes los valores cristianos y sobre lo cual la universidad católica tiene una particular responsabilidad. Se trata de la transformación de la sociedad a través de los egresados de las universidades católicas y de inspiración cristiana.
Para decirlo en una palabra: el efecto más duradero que se espera de nuestras universidades es que en la dinámica de graduar a los estudiantes, éstos ofrezcan a la sociedad un trato ejemplar a la persona, que tengan un alto concepto del trabajo, una rectitud en el ejercicio del poder; un modo ejemplar de ser para los demás, quienes no necesariamente conocen la raíz de esta conducta y de estas convicciones hechas hábito y vida.

En mis conversaciones con rectores he notado que este aspecto es una preocupación presente en la conciencia de todos ellos, y ciertamente de todos ustedes. Sin embargo, también están de acuerdo en que se trata de un aspecto casi imposible de medir de manera objetiva. Porque muchos egresados de nuestras universidades, ciertamente, tienen una gran visibilidad social y resultan ser grandes modelos de prudencia y de entusiasmo; de iniciativa y de realismo, unido a una gran dosis de sincera alegría sobrenatural. Pero muchos otros no son tan visibles. Se encuentran en el mundo de los negocios, del deporte, de la academia, de la ciencia, de la empresa, de la industria; de la no menos importante vida familiar, y resulta poco menos que imposible el diagnosticar de qué manera están haciendo presente y vivos los valores del Evangelio.

Sin embargo, a pesar de estas dificultades, la universidad como proyecto evangelizador no ha de perder de vista este aspecto: el influjo que de hecho tiene en la sociedad por medio de sus egresados y que, si bien son inviolables en su conciencia y en el misterio de la libertad, son también testimonio de aquello que recibieron y que hicieron propio en su paso por la universidad.

IV. A manera de conclusión

Luego de haber descrito un arco que nos llevó de la Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, al magisterio actual del Santo Padre Benedicto XVI y de ahí a las declaraciones del Documento de Aparecida; luego, también de haber considerado los tres modos en que la universidad católica y de inspiración cristiana es llamada a reconocerse como esencialmente comprometida con un proyecto evangelizador, ahora es tiempo de redondear estas reflexiones con algunas consideraciones finales.

Aprovecho este momento para decir que gracias a Dios se han dado las condiciones para que pudiese asistir por vez primera a este Encuentro de Rectores convocado por el CELAM. Esta es una oportunidad muy valiosa que la Congregación para la Educación Católica valora ampliamente y que constituye la ocasión de renovar los canales de comunicación entre las universidades de América Latina y el Caribe y este Dicasterio, lo cual se hace siempre de un modo mejor y más duradero cuando se tiene la oportunidad de saludarnos personalmente y de conocernos en un ambiente cálido y fraterno como el de este Encuentro.
Por ello, quisiera ofrecer de manera sintética cinco ideas que, a manera de conclusión, buscan redondear estas reflexiones

1. Los laicos que participan en la educación están comprometidos con la construcción de la civilización del amor. En el documento de la Sagrada Congregación para la Educación Católica, “El laico, testigo de la fe en la escuela” (del año de 1982) se señala que “todo educador católico tiene en su vocación un trabajo de continua proyección social, ya que forma al hombre para su inserción en la sociedad, preparándolo a asumir un compromiso social ordenado a mejorar sus estructuras conformándolas con los principios evangélicos, y para hacer de la convivencia entre los hombres una relación pacifica, fraterna y comunitaria. Nuestro mundo de hoy con sus tremendos problemas de hambre, analfabetismo y explotación del hombre, de agudos contrastes en el nivel de vida de personas y países, de agresividad y violencia, de creciente expansión de la droga, legalización del aborto y, en muchos aspectos, minusvaloración de la vida humana, exige que el educador católico desarrolle en sí mismo y cultive en sus alumnos una exquisita sensibilidad social y una profunda responsabilidad civil y política. El educador católico está comprometido, en último término, en la tarea de formar hombres que hagan realidad la «civilización del amor»”. (No. 19).

2. Las personas consagradas son un testimonio profético en la escuela y están llamadas a hacer de la escuela un ámbito de educación integral. En el documento “Las personas consagradas y su misión en la Escuela” (año 2002) se presenta el siguiente perfil del contexto en el que viven y la vital aportación que realizan. “El proceso de globalización caracteriza el horizonte del nuevo siglo. Se trata de un fenómeno complejo en sus dinámicas. Tiene efectos positivos, como la posibilidad de encuentro entre pueblos y culturas, pero también aspectos negativos, que corren el riesgo de producir ulteriores desigualdades, injusticias y marginaciones. La rapidez y complejidad de los cambios causados por la globalización se reflejan también en la escuela, que corre el peligro de ser instrumentalizada por las exigencias de las estructuras productivo-económicas, o por prejuicios ideológicos y cálculos políticos que ofuscan su función educativa. Esta situación pide a la escuela reafirmar con fuerza su papel específico de estímulo para la reflexión y de instancia crítica. En razón de su vocación, las personas consagradas se comprometen con la promoción de la dignidad de la persona humana, colaborando en que la escuela sea lugar de educación integral, de evangelización y aprendizaje de un diálogo vital entre personas de culturas, religiones y ámbitos sociales diferentes” (No. 31).

3. En un contexto de cambio cultural y crisis social, la colaboración entre consagrados y laicos es un testimonio importante de vida comunitaria bajo el signo del Evangelio. En el documento del año 2007, sobre “Educar juntos en la escuela católica. Misión compartida de personas consagradas y fieles laicos” se afirma que “la comunión experimentada en la comunidad educativa, animada y sostenida por laicos y consagrados plenamente unidos en la misma misión, convierte la escuela católica en un ambiente comunitario permeado del espíritu del Evangelio. Por tanto, este ambiente comunitario se configura como un lugar privilegiado para la formación de las jóvenes generaciones con miras a la construcción de un mundo basado en el diálogo y la búsqueda de la comunión más que en el enfrentamiento; más en la convivialidad de las diferencias, que en su oposición. De este modo, la escuela católica, inspirando su proyecto educativo en la comunión eclesial y en la civilización del amor, puede contribuir en medida notable a iluminar las mentes de muchos, de forma que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad” (No. 53).

4. La formación universitaria requiere de la aproximación humanística y espiritual al saber. Tomo una cita de un documento ya señalado: “De aquí la importancia de reafirmar, en un contexto pedagógico que por el contrario tiende a ponerla en segundo plano, la dimensión humanística y espiritual del saber y de las diversas disciplinas escolares. La persona, mediante el estudio y la investigación, contribuye a perfeccionarse a sí misma y la propia humanidad. El estudio resulta camino para el encuentro personal con la verdad, “lugar” para el encuentro con Dios mismo. En esta perspectiva, el saber puede ayudar a motivar la existencia y a abrir a la búsqueda de Dios, puede ser una gran experiencia de libertad para la verdad, poniéndose al servicio de la maduración y la promoción en humanidad del individuo y de la comunidad entera” (Las personas consagradas y su misión en la Escuela. 2002. No 39).

5. La universidad ha de ser modelo de casa y escuela de comunión. “… En las escuelas católicas nacidas de las familias religiosas, o bien de las diócesis, de las parroquias o de los fieles, y que hoy cuentan con la presencia de movimientos eclesiales, esta espiritualidad de comunión tendrá que traducirse en una actitud de máxima fraternidad evangélica entre las personas que se identifican, respectivamente, en los carismas de los Institutos de vida consagrada, en aquellos de los movimientos o de las nuevas comunidades, o bien en los demás fieles que actúan en la escuela. De este modo, la comunidad educativa hace espacio a los dones del Espíritu y reconoce esta diversidad como riqueza. Una auténtica madurez eclesial, alimentada en el encuentro con Cristo en los sacramentos, permitirá valorizar que «tanto [las] modalidades más tradicionales como […] las más nuevas, los movimientos eclesiales, siguen dando a la Iglesia una viveza que es don de Dios», para la entera comunidad escolar y para el mismo itinerario educativo” (Educar juntos en la escuela católica. Misión compartida de personas consagradas y fieles laicos. 2007. No 17).

Finalmente, nos ponemos en presencia de Santa María de Guadalupe, madre de Dios y madre nuestra, a quien encomendamos todos los trabajos de este Encuentro y en cuyas manos ofrecemos a Cristo nuestro Señor todos nuestros empeños.






Para consultar La crónica del XIV Encuentro de Rectores de Universidades Católicas y de Inspiración Cristiana y otras conferencias impartidas, da clic en los siguientes enlaces,

- CRÓNICA del XIV Encuentro de Rectores de Universidades Católicas y de Inspiración Cristiana

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