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La Esencia de la Persona Humana

La Esencia de la Persona Humana
Solamente en el Amor, se manifiesta la Verdad en toda su plenitud. Todas las demás funciones de la conciencia, nuestros sentidos, nuestros sentimientos, la inteligencia, conducen a resultados parciales; sólo el Amor refleja la Verdad absoluta.


Fuente: Arbil





La esencia de la persona humana


La mejor introducción para el conocimiento de la realidad última del hombre, es el pasaje de la carta del Santo Apóstol Pablo, dirigida a los corintios, en la cual habla del amor:

"El amor no perece jamás. En cuanto a las profecías, desaparecerán; en cuanto a las lenguas, cesarán; en cuanto a la ciencia se refiere, se terminará".

"Puesto que nuestra conciencia es una fracción, y nuestra profecía es también un fragmento."

"Mas, cuando va a llegar lo que es perfecto, la fracción va a ser contenida"

"Pues tengo fe, esperanza, amor, estas tres quedan. Pero la más grande entre ellas es el amor."

Lo que es perfecto, lo que se halla por encima de todo conocimiento humano y a toda virtud humana, como tan hermosamente dice el Santo Apóstol Pablo, es el Amor. Nada puede igualar al amor, ninguna virtud, ningún sacrificio, ninguna obra, ningún conocimiento y ningún heroísmo. Todas éstas reciben su esplendor Y su recompensa en la medida del amor que se halla cimentado en ellas. Cualquier producto de nuestra mente, en relación con el amor, no es más que un fragmento.

Solamente en el Amor, se manifiesta la Verdad en toda su plenitud, sin sombras ni limitaciones. Todas las demás funciones de la conciencia, nuestros sentidos, nuestros sentimientos, la inteligencia, conducen a resultados parciales; sólo el Amor refleja la Verdad absoluta. Y no solamente revela la Verdad absoluta, sino que es ella misma la Verdad absoluta. Quien tiene amor, posee el más alto conocimiento, puesto que le pone en contacto directo con Dios y le descubre la naturaleza de Dios.

El amor no perece jamás


El amor, nos confiesa el Apóstol Pablo, no perece jamás. Esta afirmación hay que retenerla y meditar sobre ella. La parte del hombre que no muere, que no desaparece de una vez con nuestro ser físico y que permite nuestra reconstitución corporal, en un mundo futuro, es el amor. Mediante el amor y sólo a través de él, el hombre, a diferencia de todas las demás realidades del Universo, detiene el atributo de la inmortalidad. Todas las demás partes componentes del hombre, el cuerpo, al que tanto cuidamos, nuestros conocimientos, nuestros esfuerzos, nuestros sentimientos y los tesoros que hemos reunido, la profesión que hemos ejercido, a todas las dejaremos en el camino hacia la eternidad. Son como una carga de la cual nos deshacemos en la ascensión hacia lo infinito. Sólo el amor no nos abandonará jamás. Envueltos en el amor, nos vamos a presentar ante el Juez Supremo. El amor es la única moneda terrestre que tiene circulación también en el cielo.

Más allá del amor, no existe nada. Hemos alcanzado como diría Santa Teresa de Avila, "la última morada de nuestra alma", el último peldaño de la Verdad, En el santuario del amor podemos hablar con Dios. Amor, Verdad y Espíritu, son nociones equivalentes.

A Dios, no podemos conocerle exteriormente hasta el día de la resurrección, pero nos podemos dar cuenta de su naturaleza, a través del hilo conductor del amor. Solamente la experiencia interior del amor abre las puertas del conocimiento de Dios. Dios es amor dice el Santo Apóstol Juan y ha revelado su ser interior de un modo estremecedor mediante un sacrificio cuya grandeza no puede ser ya superada: ha enviado a su Hijo, Uno, nacido, para sacrificarse por la salvación de los hombres.

El amor justifica la Redención


Es inconcebible que Dios enviara a su Hijo para sufrir el calvario de la crucificación por unos seres que pertenecen al reino animal, como pretenden enseñarnos los evolucionistas. Dios ha enviado a su Hijo a la tierra para redimirnos, porque el hombre ha sido dotado por El, en el momento de la creación, con una partícula de su propia Divinidad. Dios, siendo amor, ha transmitido también al hombre esta fuerza, dándole una posición distinta en el Universo. El hombre es materia, pero una materia "sui generis", provista de un rasgo divino. Cantamos nuestra alegría, dice San Juan Crisóstomo, porque Dios ha divinizado a la creatura y el ser efímero fue inmortalizado por el amor.

Esta imagen divina del hombre debía de ser salvada, y no una criatura cualquiera, como el buey, los perros o los pájaros. El hombre posee una esencia divina, el amor, y mediante el amor nos emparentamos con Dios y nos podemos nombrar hijos de Dios. Mediante esta composición, única en el mundo, materia-espiritu, se explica la encarnación de Cristo. Su solicitud para salvarnos y luego la fundación de la Iglesia. El hombre no pertenece más que temporalmente a la naturaleza, al cosmos con millones de estrellas. Su verdadera patria es el tercer cielo que se halla más allá del cielo de las estrellas. Si los hombres no poseyeran también un sello de origen Divino, si los hombres no fueran ellos mismos dioses, como dice la Biblia, todo el drama Divino-Humano sería absurdo.

La persona humana, en su última proyección, es amor y nada más; una substancia simple, pero de un poder ingente, que ha creado todo lo que vemos mediante la obra de Dios. El amor es la eternidad del hombre, es su alma divina. Sólo después de haberlo descubierto, sobre la base de la experiencia interior, hemos penetrado en el vestíbulo más recóndito de nuestra personalidad, en el Sancta Sanctorum, donde nos encontramos con Dios y nos arrodillamos ante El

Precisiones de la palabra amor


El amor es una denominación tan frecuentemente empleada en el lenguaje corriente, que ha llegado a desprestigiarse, e incluso, a banalizarse. Orientándonos por las peripecias del amor en la vida común, corremos el riesgo de confundirlo con otras realidades del alma. Amor-espíritu, amor-verdad, amor-cristiano, así como nos ha sido revelado por vez primera mediante el modelo de la persona humana, Jesucristo, no debe confundirse con el afecto del amor, con la simpatía, con la amistad u otras formas sentimentales que unen a dos personas. Estas manifestaciones del alma tienen su lugar en la psicología. El amor-soplo Divino, que constituye la nota distintiva de la persona humana, no debe de ser psicologizada. Significaría degradarla, colocándola en el capítulo de los afectos. El amor de tipo psicológico, el afecto del amor, se basa en una reciprocidad, sobre un «do ut des», sobre un fondo de egoísmos complementarios, camuflados con suavidad.

El amor espiritual tiene una dirección de realización unilateral; ofrece algo, sin pedir nada a cambio; se sacrifica sin pretender un equivalente. Con otras palabras, realiza actos desinteresados.

A menudo entre el amor humano y el amor espiritual existe una incompatibilidad que puede conducir a conflictos dolorosos. El amor espiritual te lleva a cometer sacrificios que hieren profundamente el amor humano, el amor por el prójimo, el amor por los amigos, el amor por la familia.

Un conocido mío, me contaba como se había despedido de su madre, cuando se marchó al frente, en la Primera Guerra Mundial. Abrazos, lágrimas, suspiros de parte de su madre, pero en el momento de separarse, su madre le dijo: «Me duele que te marches y temo por tu vida, pero mejor muerto que desertor».

Era una mujer simple y, sin duda, en su sencillez de pensamiento no se dio cuenta de que al pronunciar las últimas palabras, saltaba desde la tierra hacia el cielo; del mundo del amor humano, tierno, colorido y vibrante, hacia el amor espiritual, donde impera la voluntad del sacrificio.

En conclusión, el amor puro se ofrece, se sacrifica, se consume, sin pedir a cambio recompensa alguna.

El amor no es tolerancia


Existe también otra falsificación de la imagen de este amor sobrenatural. Se cree que un hombre que actúa en la vida según la ley del amor, debe ser necesariamente un hombre bondadoso, lleno de compasión, dispuesto a todos los compromisos, incapaz de hacer uso de la violencia, inclinado a perdonar todas las injusticias, y sobre todo amante de la paz. Esto no es cierto.

Existen circunstancias en las cuales el amor de tipo espiritual puede llegar a parecer terrible y despiadado. Cuando el Arcángel San Gabriel echó a Lucifer y a sus huestes del Cielo, no procedió con suavidad con los rebeldes; Jesucristo tomó el látigo y echó fuera a los mercaderes del templo. En el día del Juicio Final, no podemos decir que Jesucristo no tiene amor, porque va a juzgarnos y muchos terminarán en el infierno. Cuando un dirigente de un país manda castigar a un malhechor, esto no significa que no tiene amor; por el contrario, podría ser inculpado de falta de amor para con el pueblo si no hubiera procedido tan severamente.







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