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“Servir a la Iglesia como la Iglesia desea ser servida”

“Servir a la Iglesia como la Iglesia desea ser servida”
¿Cómo responder a esta emergencia educativa? ¿Cómo queremos nosotros evangelizar?


Por: Pedro Luis Llera | Fuente: Catholic.net




Llego a estas tierras murcianas en tiempos de crisis. Más de cuatro millones de españoles sufren el drama del desempleo. Las empresas cierran y cunde el pesimismo. Pero la crisis actual va mucho más allá del ámbito estrictamente económico: hunde sus raíces en una profunda crisis moral donde la mentira y la corrupción están a la orden del día.

La banalización de las relaciones sexuales y las políticas encaminadas a fomentar la promiscuidad y a pervertir a nuestros hijos pretenden convencernos de que lo inmoral es lo normal y de que la sexualidad humana nada tiene que ver con el amor ni con la familia. Mientras tanto, asistimos a un auténtico holocausto silencioso: el crimen abominable del aborto deja de ser considerado como un delito despenalizado en determinados supuestos, para convertirse por ley en un derecho de la mujer y cientos de miles de niños indefensos se ven condenados a muerte cada año.

Vivimos en una sociedad cada vez más sumergida en un hedonismo asfixiante en el que lo único que cuenta es disfrutar: pasarlo bien, hacer lo que me gusta, tener cosas, consumir. En la cultura del botellón y el pelotazo, palabras como esfuerzo o sacrificio no tienen fácil encaje.

El laicismo agresivo, el odio a Cristo, se extiende como ideología dominante. Se pretende eliminar a Dios de la vida pública y de la sociedad española y occidental. Quieren que vivamos como si Dios no existiera imponiendo el relativismo moral. Así, los dictados de la conciencia y la ley natural se sustituyen por el “consenso” de las mayorías. Lo que está bien y lo que está mal es lo que una mayoría considere bueno o malo en cada momento y la ley de Dios se sustituye por la ley positiva refrendada por las mayorías parlamentarias. Parece que no aprendemos de la historia. El nazismo y el comunismo ya trataron de eliminar a Dios, sustituyéndolo por sus ideologías totalitarias y deshumanizadoras, apoyadas también por amplios respaldos sociales. Conocemos los resultados: los campos de exterminio, los gulag soviéticos y millones de muertos vilmente asesinados. Negar a Dios y renunciar a la verdad conduce inevitablemente a una sociedad inhumana y cruel; supone acabar con la dignidad sagrada del ser humano, creado hombre y mujer a imagen y semejanza de Dios.

En este contexto, no debe extrañarnos que estorben los crucifijos en las escuelas y que pretendan eliminar los símbolos religiosos de los espacios públicos. En Murcia estamos asistiendo, entre la incredulidad y la indignación, al intento de quitar la imagen del Sagrado Corazón de Monteagudo. En realidad, lo que quieren es acabar con la Iglesia. Lo comprobamos también estos días con los ataques furibundos que está recibiendo el Santo Padre, Benedicto XVI. Todo vale con tal de acabar con el Sucesor de Pedro: la calumnia, la difamación, la mentira, la manipulación de la verdad a través de los medios de comunicación… Todo vale con tal de neutralizar y acallar la voz del Papa. El mensaje del Evangelio siempre ha resultado incómodo. El odio a Dios y la persecución a los cristianos no suponen ninguna novedad en la historia de los últimos dos mil años. Las tinieblas del mal y del pecado siempre han intentado apagar la luz de Cristo. Pero las fuerzas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia.

El ámbito educativo, como resulta obvio, no queda al margen de esta profunda crisis moral. El 21 de enero de 2008, Benedicto XVI escribe una Carta a la Diócesis de Roma en la que manifiesta su preocupación ante una situación que no ha dudado en calificar como una auténtica emergencia educativa: “no podemos menos de interesarnos por la formación de las nuevas generaciones, por su capacidad de orientarse en la vida y de discernir el bien del mal, y por su salud, no sólo física sino también moral”.

La Asociación Católica de Propagandistas y las obras educativas de la Fundación San Pablo CEU – entre ellas el Colegio CEU San Pablo de Murcia – nacen con el deseo de “servir a la Iglesia como la Iglesia desea ser servida”. Nuestra propuesta educativa tiene como nota característica la fidelidad al magisterio de la Iglesia, al Papa y a los obispos. En consecuencia, el Colegio CEU San Pablo de Murcia sólo tendrá sentido si se pone al servicio de la Evangelización para tratar de dar respuesta a esa emergencia educativa de la que, insistentemente, nos ha venido hablando el Papa.

Pero, ¿Cómo responder a esta emergencia educativa? ¿Cómo queremos nosotros evangelizar?

Nosotros queremos que en nuestro Colegio la fe sea algo tangible que se exprese en la participación en los sacramentos, en la preocupación por la justicia y en el respeto por la creación de Dios. Queremos trabajar todos juntos para formar hombres y mujeres con una honda vida espiritual y un máximo aprovechamiento de sus capacidades intelectuales: que nuestros alumnos desarrollen al máximo su talento para que lo pongan al servicio de la construcción del Reino de Dios con su presencia en la vida pública.
Pretendemos ofrecer una educación integral en la que Cristo sea su fundamento. Desde los principios del Evangelio, queremos educar las virtudes de nuestros alumnos para que lleguen a ser profesionales competentes, ciudadanos ejemplares y cristianos comprometidos. Queremos que en nuestro Colegio, los niños y jóvenes descubran la verdad que puede guiar su vida y que descubran el valor del sacrificio y del esfuerzo como algo consustancial a la propia vida.

Queremos educar con amor. Los niños y jóvenes necesitan sentir la cercanía y la confianza que nacen del amor. En nuestra labor, debemos tratar de encontrar el equilibrio necesario entre libertad y disciplina: “Sin reglas de comportamiento y de vida, aplicadas al día a día, también en las cosas pequeñas, no se forma el carácter ni se prepara al niño para afrontar las pruebas que no le faltarán en el futuro”. Son palabras del Papa. Pero para lograr ese equilibrio necesario, resulta imprescindible la autoridad del profesor, fruto de su competencia, de su experiencia y del testimonio coherente de su propia vida.

Queremos enseñar a nuestros alumnos el valor de la responsabilidad y del trabajo bien hecho. Todos somos responsables de nuestro propios actos, pero también somos responsables de los demás. Lo que a los demás les pase, no debe resultarnos indiferente. Debemos aprender del Buen Samaritano que es capaz de compadecerse del hermano herido y humillado y de hacerse cargo de él para curarle, tratándolo con la dignidad que se merece el prójimo como hijo de Dios. Lo que soy y lo que tengo no debe servir sólo para mi propio beneficio, sino que debo ponerlo al servicio de los demás, especialmente de los más necesitados.

No es pequeña la tarea que tenemos por delante. Pero estamos en tiempo de Pascua y nuestra fe se sustenta en el Resucitado. Cristo es la esperanza fiable de que el mal y la muerte no tienen la última palabra. La cultura de la muerte no prevalecerá sobre el Amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús. La Civilización del Amor triunfará sobre la cultura de la muerte. Esa es nuestra esperanza. Trabajar en la construcción de esa Civilización del Amor es la razón de ser de nuestro Colegio. En esta misión debemos empeñarnos todos: Dirección, profesores y personal no docente. Sin olvidar nunca que la educación de los niños es el derecho y el deber fundamental de los padres y que nosotros somos meros colaboradores de esas familias que depositan su confianza en nosotros y ponen en nuestras manos lo que para cualquier padre es lo más valioso: a sus propios hijos. Y sin olvidar tampoco que, en última instancia, nosotros somos limitados y débiles y dependemos de la gracia y la misericordia de Dios, Nuestro Señor, que es el único y verdadero Maestro. Que la Bienaventurada Virgen María y el Apóstol San Pablo intercedan por nosotros para que seamos fieles a la Voluntad de Dios y podamos llevar adelante nuestra misión para su mayor gloria y alabanza.

Pedro Luis Llera
Director del Colegio CEU San Pablo de Murcia







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