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La Emergencia Educativa.

La Emergencia Educativa.
La educación siempre será una emergencia pues está de pormedio la persona humana y su sentido trascendente.


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net



LA EMERGENCIA EDUCATIVA
Son muchas las voces -la más autorizada es la del actual Papa, Benedicto XVI- que vienen empleando repetidamente la expresión “emergencia educativa”. La expresión tiene ya sus años; empezó a usarse en Hispanoamérica a finales del siglo pasado, después cruzó el Atlántico y ha terminado por imponerse en Europa en los últimos tiempos.

Su uso original en países como Argentina, Ecuador o Perú tiene que ver con medidas de política educativa referidas a la implantación de programas de extensión educativa, haciendo llegar medios y recursos a zonas pobremente escolarizadas.

Pero la expresión tiene un significado más profundo que el de medidas de tipo administrativo. Confieso que el hecho de oírla de labios del Papa llamó mi atención porque ahora ya no se trataba de una etiqueta inventada para acciones de gobierno sino de una llamada de atención sobre uno de los signos de nuestra época. Atravesamos momentos de auténtica emergencia educativa, lo cual da que pensar y suscita interrogantes que merece la pena abordar.

Educar corre prisa.

Emergencia educativa significa que el hecho de educar corre mucha prisa, no solo prisa, sino mucha, mucha prisa.

Emergencia no significa solo urgencia, significa también prioridad. A diario los servicios de “Urgencias” de los hospitales tienen más demanda que la que pueden atender. Todos los casos que se presentan son urgentes, pero todos no pueden ser atendidos al mismo tiempo. Hay algunos que son “más” urgentes que otros. No es lo mismo perder la vida que perder un miembro, calmar un dolor que bajar una fiebre; cuando se la salud está en riesgo todo urge, pero no todo es prioritario. Esos casos que urgen y que además son prioritarios, esos son las emergencias.

Así pues, cuando se habla de emergencia educativa se está queriendo indicar no solo que la educación corre prisa, sino que hay que atenderla antes que a otras tareas que también son importantes, o que también corren prisa.

Esto no deja de ser chocante puesto que la educación es una tarea muy lenta. No se educa como se improvisa una comida rápida, ni como se hace una operación quirúrgica de urgencia, ni siquiera como se levanta un edificio con premura. Educar, en sentido amplio, es una tarea para toda la vida, pero aunque nos refiramos solo a esas etapas de la vida que se consideran más educables, como son la infancia y la adolescencia, estamos hablando de algo para lo que se necesita un tiempo prolongado, al menos dieciocho o veinte años, muchos en todo caso.

¿Cómo se puede decir que corre tanta prisa un proceso que de suyo es tan lento?

La pregunta no tiene nada de fácil y además es una pregunta muy abierta, que admite distintas vías de respuesta. A mi juicio, tres son los enfoques que se pueden adoptar para intentar responderla.

El primero es de orden antropológico y tiene que ver con la familia. La idea es esta: educar es una emergencia porque corre prisa recuperar la familia. Entre persona y familia se da una mutua relación de dependencia: sin familia que forme adecuadamente no hay persona y sin persona bien formada no hay familia. Se ha repetido hasta la saciedad que la familia es el hábitat del hombre, el nicho ecológico de la persona humana y, por tanto, el núcleo fundamental de personalización.

Como consecuencia del magisterio sobre la familia que Juan Pablo II inició en el siglo pasado, hoy se habla entre los estudiosos del homo familiaris como un modo más de caracterizar al ser humano. Homo familiaris quiere decir que el hombre, es decir, cada persona humana, “es un ser esencialmente familiar” , lo cual significa a su vez que “la persona resulta ella misma incomprensible sin la referencia familiar” . Tanto la filosofía actual como la experiencia diaria han puesto de relieve el papel imprescindible de la familia. Dado que esto es así, viendo que el deterioro de familia se generaliza cada vez más entre nosotros, se entiende que padezcamos una auténtica epidemia de carencias personales, que, aparte de los problemas individuales que suponen para los afectados, constituyen un preocupante problema de índole social que se extiende a grandes sectores de la población. Si el hombre es un ser “esencialmente familiar” y la familia atraviesa por una situación problemática, se explica que corra prisa la recuperación de la familia, que es condición indispensable para la recuperación y la estabilidad de la persona. Da igual por dónde empecemos: por la persona o por la familia; no todos los que nos dedicamos a la educación podremos abarcar ambos campos, pero sea el que sea el que nos corresponda, debemos ser conscientes de educar bien, corre prisa.

El segundo es de índole pedagógica y puede resumirse así: sin educación no hay persona. La persona nace y se hace, ambas cosas a la vez. La persona nace porque el ser humano adquiere condición de persona desde el momento mismo de su fecundación; no aparece uno en el mundo siendo un ser humano y luego recibe el ser personal. Y se hace, porque el ser humano está en un proceso de construcción constante, un proceso de ensanchamiento y plenificación humana que conocemos como madurez. Los síntomas de despersonalización que encontramos en el mundo que nos está tocando vivir son alarmantes desde hace ya bastante tiempo. Vamos a citar algunos ejemplos: el modo de diversión social en torno a espectáculos de masas (espectáculos deportivos, botellones de fin de semana, discotecas, etc.), la banalización de la sexualidad, los deportes de riesgo. El hombre construye su ser personal a través de cauces diversos: vida de familia, juego, amistad, estudio, ocupación profesional, diversión, etc. El campo de posibilidades que se ofrecen para la formación de la persona es muy amplio, pero todos ellos tienen un fundamento común: la relación, el encuentro personal. La relación no es un añadido a la formación de la persona que puede hacer más o menos felices sus días, sino un componente esencial en la constitución del mismo ser personal. Dicho de modo más directo y más sencillo: sin relación no hay persona. Por este motivo, la persona no puede madurar ni construirse como tal persona sin la relación con otras personas. Los tipos de relaciones, la cantidad, y, sobre todo, la calidad de las mismas configurarán en buena medida la persona que cada uno es. De la calidad humana de los encuentros a lo largo dela infancia y la adolescencia dependerá, en gran parte, el bagaje educativo con el que encarar la vida adulta.

El tercero, y el de mayor calado, es que sin educación (sin una buena educación) la persona se está jugando, literalmente, la vida personal, la que le correspondería tener como persona, y, en último extremo, la vida eterna. Sin una buena educación resulta imposible el ejercicio de la libertad y sin libertad uno queda absolutamente inerme, a merced de las fuerzas de este mundo, de lo que podríamos llamar el espíritu del mundo, que es contrario a Dios. La extensión del pecado es gigantesca. Socialmente vivimos insertos de lleno es situaciones que objetivamente son pecaminosas, ofenden a Dios y son contrarias a la dignidad del hombre. El juicio particular sobre los pecados personales no nos corresponde a nadie, pero los hechos son incontrovertibles: Dios está siendo permanentemente ofendido por una infinidad de actos que, siendo públicos en su realización, sabemos -porque Él nos lo ha revelado- que le ofenden gravemente y que dañan al hombre muy seriamente.

La apelación a la vida eterna no es una salida de tono cuando se habla de la educación como tarea humana, ni es un elemento que venga a incorporar un sesgo piadoso en la labor de formación de las nuevas generaciones, sino la luz poderosa e imprescindible para orientar toda la acción educadora. Sin el referente de la vida eterna no hay posibilidad de que nuestras acciones sobrepasen los estrechos límites de los aprendizajes y las tareas rutinarias. “Sin la perspectiva de una vida eterna, el progreso humano en este mundo se queda sin aliento” . En clave educativa ello significa que no se trata de conseguir hacer buenas personas a las que luego añadir una visión trascendente de la vida, porque la visión trascendente de la vida no es un plus, no es un añadido, sino el principio fontal y configurador de toda acción educativa.


GIL LLORCA, J. (1999). La Communio personarum en la “Gratissimam sane” de Juan Pablo II, p. 183. (Valencia, Siquem).
Idem
BENEDITO XVI. Caritas in veritate, 11.







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