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“No Existe Educación Sexual Neutra, sin Creencias ni Valores”

“No Existe Educación Sexual Neutra, sin Creencias ni Valores”
Ponencia del Vicario Episcopal de Educación, Pbro. Juan Alberto Torrella Debate en la Legislatura Porteña sobre proyecto de educación sexual


Por: Pbro. Juan Alberto Torrella | Fuente: arvo





Que nadie se arrogue el derecho de sustituir a los padres.

Ponencia del Vicario Episcopal de Educación, Pbro. Juan Alberto Torrella
Debate en la Legislatura Porteña sobre proyecto de educación sexual
(22 octubre de 2004)

Permítanme iniciar con una estrofa de nuestro poema nacional, que es una manera de comenzar pisando un suelo que nos es común:

“Hay hombres que de su cencia
tienen la cabeza llena;
hay sabios de todas menas,
más digo sin ser muy ducho,
es mejor que aprender mucho
el aprender cosas buenas.” [1]

La sabiduría del Martín Fierro en su comparación, nos plantea una de las claves de la educación: Educar y educarse, es recorrer un camino de perfeccionamiento, es un proceso de humanización, y diría más en sentido cristiano, de divinización.

Lo capta y lo expresa muy bien el Martín Fierro es una búsqueda y un despliegue de lo bueno, lo valioso. Y esto pertenece a la naturaleza misma del ser humano. Es una dinámica dada. Es por eso que toda educación tiene una dimensión teleológica: esto es una finalidad, un para qué. Un fin-final y objetivos en consonancia y bien articulado con ése. En el obrar educativo lo primero es plantearse la finalidad, o sea el para qué. Se trata de poner en marcha el apetito por el bien. El ser humano es una síntesis de naturaleza y libertad. No podemos viajar sin rumbo, a la deriva. Amontonar cuestiones, información, valores y disvalores, es como aquello de la biblia junto al calefón. Cuando las finalidades son caprichosas -lo cual la libertad del hombre lo posibilita- se desmorona la persona al no poder armonizarlas jerárquicamente. Como ejemplo permítanme decir: si el único fin de la vida es el placer, cuando irrumpe el dolor, nos frustramos.

Y a la vez, en todo proceso educativo subyace una antropología: una visión acerca de lo que es el ser humano ( no es lo mismo concebirlo como pura materia, como un manojo de sentidos o como un ser bio-psíquico-espiritual). Se promueven desde allí estilos educativos, metas, expectativas diferentes, idearios diversos.

Los valores estimados se presentan como imágenes directrices que guían el obrar humano y se encarnan en actitudes gestos y conductas y contenidos programas.

No podemos encarar la educación sexual sin saber qué quiero hacer con mi vida y qué soy y qué estoy llamado a ser.

Somos seres sexuados, somos dos modos de ser en el mundo masculino y femenino llamados a la complementariedad y al enriquecimiento en igualdad.

Esto es quizás lo que buscaba el chico de Carmen de Patagones, cuando grabó en su pupitre: “si alguien conoce el sentido de la vida, favor de escribirlo aquí...”

Toda educación se enmarca en esas coordenadas: ¿Qué ser humano quiero formar o quiero ser?, ¿Para qué hago lo que hago?

La des-orientación personal o como sociedad nos arroja a la deriva.

Es absurdo, contraproducente y antieducativo identificar la educación sexual con los meros aspectos técnicos y científicos sin integrarlos y subordinarlos a los aspectos antropológicos más profundos, como son el papel de la sexualidad en la madurez e integración personal del yo, la apertura al tú y al encuentro interpersonal, la construcción del nosotros, e incluso la proyección hacia el mundo de la trascendencia y la religiosidad. Una verdadera “formación”, no se limita a informar la inteligencia, sino que presta particular atención a la educación de la voluntad, de los sentimientos de las emociones, al amor.

Deseo compartir con ustedes nuestras creencias:

Creemos en la persona como ser único e irrepetible, dotado de voluntad para buscar el bien y de inteligencia para descubrir la verdad; ser social que se realiza en la relación con los demás.

Creemos que la persona es corporeidad animada por el espíritu. No creemos que la persona tenga cuerpo, creemos que es cuerpo y que éste es lenguaje de su interioridad que es misterio inefable.

Creemos que toda persona es sexuada, es varón y mujer desde el Génesis, desde el principio hasta el final.

Creemos que los padres y sólo los padres son los principales, primeros y naturales agentes educativos. Ellos junto al Creador los dieron a luz y los siguen acrecentando en el ser por la educación de cada día.

Creemos en la educación sexual integral que comienza en la casa y continúa toda la vida, y no creemos en soluciones mágicas que se usan y se tiran y que no hacen más que tapar nuestra impotencia y contradicciones como sociedad. Y que para tender a la madurez de la vida afectivo-sexual, es necesario el dominio de sí, el cual presupone fuerzas como el pudor, la templanza, el respeto propio y ajeno y la apertura a los demás.

Creemos en la democracia como sistema de gobierno y como espíritu de la convivencia social y en el diálogo; no creemos en la imposición del Estado o de un sector sobre otro que imponga restricciones a la libertad de conciencia, sea de los padres en relación a sus hijos menores o de cualquier persona.

Creemos en la escuela con creencias y valores expresados en un ideario y en un proyecto y en una comunidad; y no creemos en una educación supuestamente neutra bajo el dogma de la ciencia y de foráneos intereses.

Creemos en la racionalidad de estos encuentros y en la buena intención de los presentes, porque creemos en las personas, creemos en la educación.

Creemos que la educación sexual es una dimensión compleja, sólo puede ser presentada de manera integral y coherente como contenido transversal, presente y abarcativo de diferentes disciplinas, tales como psicología, biología, formación ética y ciudadana o religión, según el ideario y el proyecto educativo de cada comunidad educativa.

Creemos que los padres tienen el derecho de obtener que sus hijos no sean obligados a seguir cursos que no están de acuerdo con sus convicciones morales y religiosas. En particular, la educación sexual –que es un derecho básico de los padres- debe ser impartida bajo su atenta guía, tanto en casa como en los centros educativos elegidos por ellos.

Quiero agregar a todo lo que se ha venido diciendo en este recinto,que, como Vicario de Educación , me siento responsable de todos los alumnos de la Ciudad y no sólo de una parte. Por eso, quiero que sean tenidos en cuenta las creencias y los valores de todos los padres . Que esta opción preferencial sea respetada por el Estado y por las escuelas.

Quiero rescatar y valorizar el testimonio de tantos docentes comprometidos con sus alumnos y con la vida; como así también la experiencia rica e intensa que , en este tema, vienen realizando las escuelas, y no sólo católicas, sino también las de otros credos y también laicas.

Es cierto que no todo constructo sociocultural resulta de por sí educativo… dicho de otro modo, no toda cultura (estilo de vida de un pueblo), cultiva al hombre, en el sentido de hacerlo crecer en humanidad, en madurez, en plenitud.

Y como la sexualidad es la fragua de los aprendizajes vitales para construir la propia identidad y estructurar el carácter, y allí residen muchos secretos de una armoniosa convivencia social, fácilmente podemos ver que en el acierto o no de estos proyectos, se juega el sentido de la vida de nuestra juventud y el futuro de nuestra sociedad.

Por estas razones hemos querido acercarles nuestras mejores propuestas.

Pbro. Juan Alberto Torrella, Vicario Episcopal de Educación.
Buenos Aires, 22 de octubre de 2004







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