Menu



La Educación Sexual y Afectiva (III)

La Educación Sexual y Afectiva (III)
Cada uno de los dos sexos es, con una dignidad igual, aunque de manera distinta, imagen del poder y de la ternura de Dios. CIC 2335


Por: Prof. Barrio Maestre, de la Universidad Complutense | Fuente: Arbil




La llamada “liberación sexual” ¿conduce a nuevos tipos de esclavitudes?


Haría falta estar ciego para negarlo. Es, entre otras muchas, una de las grandes esclavitudes del llamado “mundo libre”. Todavía hay quienes piensan en el “sexo libre” con una ingenuidad que desconoce la cantidad de obsesiones que pueden crecer a su alrededor, y, desde luego, con una ceguera considerable respecto al hecho de que no todo lo que sentimos puede ser bueno. Además de la relación –bien estudiada por la antropología y la psicoterapia– entre ciertas “desinhibiciones” sexuales y todo tipo de violencias, cuando se asocia la idea de la permisividad sexual con las de salud, normalidad, autenticidad y vitalismo, se miente. Como todas las grandes mentiras, es una media-verdad, y lo que tiene de verdadero es que el sexo –excluyendo ciertos excesos y obsesiones- es algo normal, bueno y saludable. (Tomás de Aquino estaba convencido de que el deseo sexual humano era mucho más intenso antes de la caída original que después). Pero una cosa es eso y otra bien distinta pensar que todo uso del sexo al que uno se siente inclinado es algo normal y saludable. Desde cualquier punto de vista, esto es una insensatez. Sin necesidad de hacer referencia alguna a la moral cristiana, cualquiera con sentido común se da cuenta de que ceder a todas nuestras inclinaciones conduce a la enfermedad, la mentira, la envidia y la infelicidad. Lo reconoce el mismísimo Epicuro, griego precristiano a quien se considera padre de una forma peculiar de hedonismo que de él recibe su nombre (epicureísmo).


La represión de la afectividad, ¿no es perjudicial para la persona?


Los únicos que no se reprimen son los animales salvajes, y por eso hay que encerrarlos entre rejas.


¿Por qué esta mitificación del sexo que nos envuelve?


Esa mitificación tiene una base real: el gran misterio del amor humano y el gran misterio de la transmisión de la vida, que pone en manos del hombre una capacidad quasi divina, y que justifica que reservemos para la generación humana un nombre peculiar que no empleamos para designar la reproducción en cualquier otra especie zoológica: procreación. La grandeza de la sexualidad humana se pone de manifiesto en que el dinamismo biológico está transido de significaciones mucho más allá de lo biológico. Tal es la verdad profunda del psicoanálisis, que no queda empañada por las grandes exageraciones de una antropología finalmente muy reduccionista, como es el caso en Freud. El significado profundísimo de la sexualidad no puede interpretarse sexualizándolo todo. El psicoanálisis ha propiciado, además, una sexualización brutal de la cultura, y ello a conducido a una tremenda bestialización. La importancia del sexo, que es grandísima, obliga a ponerlo en su sitio, es decir, a verlo plagado de significaciones que apuntan más allá de él.


¿Qué efectos tiene una afectividad equilibrada?

Sobre todo que nos ayuda a estar en la realidad de manera inteligente. Cataliza el sentido de responsabilidad, que tiene significado en relación con lo que hacemos inteligentemente. Uno no es demasiado responsable de todo lo que siente.


Para librarse de desilusiones, ¿no es mejor buscar sólo la diversión, sin más complicaciones?

Es verdad que de vez en cuando hace falta distraerse. Distraerse es ocuparse en lo no esencial. Pero organizar la vida para la distracción es organizar una vida enajenada y, sobre todo, tremendamente decepcionante a la larga –quizás también a la corta-, pues no pensar más que en el propio capricho hace muy difícil pensar en los demás, y el hombre está hecho para ser feliz buscando hacer felices a otros. Esto no se consigue sólo jugando: uno tiene que ser capaz de ciertos esfuerzos, de algo de abnegación.


¿Se puede educar la afectividad?

Sí se puede. Tratando de hacer que colabore, no que obstaculice, lo que vemos que hemos de ser, y en el fondo lo que queremos ser.


¿Qué puede hacer un joven con el bombardeo interior y exterior que recibe?

Hoy es muy necesario educar hábitos de sobriedad en el uso de los medios electrónicos, de la TV, videos, internet, etc.


¿A qué edad habría que empezar a educar la afectividad?


Lo antes posible. Pero, y en eso estoy con Aristóteles, cualquier forma de educar es hacer eso: la educación de los sentimientos.


¿Qué actitudes de los padres ayudan a que el niño crezca con una afectividad sana?

Que se quieran entre ellos, que sepan superar pequeñeces sin darles más importancia de la que tienen; que sepan sacrificarse por los hijos y que a su vez les enseñen también, razonablemente, y sobre todo con el ejemplo, a sacrificarse por los demás. Que sean conscientes de que no todo el mundo puede disfrutar de lo que ellos quizá poseen en abundancia: que sepan valorar lo que tienen y no quejarse de lo que no tienen. Una forma muy concreta, que no vean la televisión solos: ver poca y con ellos, apagándola, conversando, pensando sobre lo que han visto y sobre su sentido, contenido, valor. Enseñarles de múltiples formas que es mucho más satisfactorio lo que se hace por los demás que lo que se hace buscando sólo el propio gusto o capricho, y que lo que vale en la vida cuesta siempre algo de esfuerzo, a veces mucho. Hoy día la gente joven tiene la referencia del deporte, en el que es imposible ganar medallas sin entrenamiento (a no ser que se haga trampa, lo cual sigue estando muy mal visto). Esta referencia puede servir para muchos aspectos de la vida y de la educación.


¿Qué otros factores pueden influir en la afectividad?

A veces puede haber experiencias traumáticas a muy temprana edad que troquelen una afectividad desenfocada. Lógicamente esto habrá que tenerlo en cuenta, pero para trabajar de cara a la más pronta normalización. Una persona generalmente aprende más de los fracasos que de los éxitos. Y también de las experiencias muy negativas pueden salir personas que han madurado mucho en poco tiempo. Eso no quiere decir que haya que buscar esas experiencias negativas, o que no haya que tratar de evitar los fracasos afectivos. Lo que quiere decir es que no se puede perder la esperanza en la capacidad que tiene toda persona humana de ir a más y de superar los baches más profundos.


¿Qué se puede hacer, por ejemplo, para frenar el acoso de la pornografía?

En muchos casos, exigir que se cumplan las leyes. En otros, trabajar, en la medida que cada uno pueda, por propiciar una conciencia, todavía hoy incipiente en profesiones relacionadas con los medios de comunicación, la publicidad, etc., de que esas tareas tienen una eficacia educativa –o deseducativa- que ha de ser ponderada también junto a los criterios comerciales. De esto comienza a existir conciencia poco a poco en algunos sectores (códigos deontológicos televisivos, etc.). Pero esa conciencia es todavía insuficiente, y urge que crezca mucho más.







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |