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La Educación Sexual y Afectiva

La Educación Sexual y Afectiva
La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y a establecer vínculos de de comunión con otros. (CIC 2332)


Por: Profesor Barrio Maestre, universidad Complutense de Madrid | Fuente: Arbil





¿Qué es la educación sexual?


La sexualidad es una dimensión humana en virtud de la cual la persona humana es capaz de una donación interpersonal específica. El acto sexual no sólo pone en juego el aparato genital, sino que implica igualmente al corazón, la sensibilidad, la inteligencia y, en resumidas cuentas, a toda la persona. Creo que la educación sexual ha de tener en cuenta todos estos elementos y no restringir la sexualidad a pura genitalidad: ese es un aspecto más de la realidad, pero no el único.


¿Quién debe impartirla?


Fundamentalmente los padres, y subsidiariamente la escuela. Subsidiar no es suplantar sino ayudar (subsidium) y, desde luego, colaborar, se entiende, en la línea que desean los padres. La razón de ello es la importancia grandísima de esa dimensión del desarrollo humano, la dimensión sexual, que no debe ser trivilializada. El contexto adecuado para captar la esencia de la sexualidad humana como capacidad para la donación interpersonal es el amor, el cariño, que razonablemente cabe suponer entre padres e hijos. Todo lo que se haga en este plano ha de contar con ese contexto como referencia y apoyo básico.

En este sentido, pienso que es un acierto plantear como razonable y factible, también en la adolescencia y preadolescencia, la opción por la castidad como la mejor preparación al matrimonio y la vida conyugal. La verdad de esa relación presupone el compromiso de exclusividad y de perpetuidad.

La mutua donación interpersonal que de manera peculiar está significada en el gesto sexual sólo puede tener el gran valor antropológico que efectivamente tiene si no se desvincula del sentido obvio que la mutua entrega del cuerpo tiene: uno con una y para siempre. No me puedo entregar del todo si me "comparto" o reparto entre varios, si lo hago con un propósito de provisionalidad y si no es con alguien del sexo opuesto, por tanto, con una disposición de asumir las consecuencias (mejor consecuencias que "riesgos"), y en concreto la apertura incondicional a la nueva vida humana que eventualmente pueda originarse. (Sólo si la mutua entrega es incondicional es plena).

Por esta razón tampoco puede entenderse la educación sexual como mera información. Lo importante es garantizar la existencia del contexto adecuado para su planteamiento, que siempre es más amplio que el de la descripción de un dinamismo biológico.


¿Qué influencia tienen los modelos televisivos en la conducta sexual?


Desgraciadamente muy negativa, en la medida en que la televisión está imbuida en exceso de criterios únicamente comerciales.


¿Cómo hacer atractivos a los jóvenes los valores humanos de la castidad y la continencia?


Mostrándolos. El problema es que los mensajes que hablan de todo lo contrario a esos valores son muy persistentes, de manera que hay una presión normalizadora muy fuerte. Pero se puede mostrar la belleza, el atractivo y la integridad que supone el propósito de reservarse para la persona a la que se ama. El ethos de la preparación –las fiestas se conocen por sus vísperas- acoge la castidad como la mejor disposición para el amor matrimonial, y tiene en gran estima el valor de la fidelidad a una relación verdadera. También los jóvenes pueden comprender la importancia del sacrificio en todo esto: se ama a alguien no sólo cuando se pasa bien con esa persona, sino cuando se está dispuesto a pasarlo mal por ella, y también a esperar. Ahí se demuestra más el amor. Y eso hace posible entender que, por amor, también una persona pueda dedicarse a Dios y a los demás exclusivamente, en el estado del celibato apostólico o la virginidad. Ambas vocaciones son de amor y presuponen una sexualidad madura.


¿Qué relación hay entre sexualidad ordenada y personalidad madura?


Una vida afectiva ordenada –incluyendo el aspecto de la sexualidad- contribuye a fortalecer un ingrediente fundamental de la personalidad madura: el sentido de la responsabilidad. Ahora bien, esto no se consigue con los mensajes equívocos que ordinariamente se despachan al fomentar un uso de la sexualidad demasiado temprano. Precisamente porque la persona es algo más que lo que come y que sus secreciones glandulares, la maduración de la persona no se reduce a su maduración sexual (si bien ésta es un aspecto importante de aquélla).

La madurez de la persona tiene mucho que ver con la capacidad de hacerse cargo de las consecuencias de sus acciones. Pero si a la gente joven se le empuja, por un lado, a las conductas de riesgo y, por otro lado, sólo se le habla de prevención del embarazo y de las enfermedades de transmisión sexual, se le está dando un mensaje equívoco, pues se le anima a que no asuma las consecuencias de sus acciones. Es cómico llamarle a eso conducta “responsable”.
Por otra parte, el mensaje de fondo de muchas campañas de iniciación sexual precoz en las escuelas, aunque a veces no se reconozca explícitamente, es que una persona –más todavía si es joven- no puede comportarse con arreglo a un criterio que no sea únicamente el del instinto animal que todos tenemos: sólo cabe prevenir frente a las consecuencias esperables de las acciones. Este no es un mensaje adecuado para la gente joven, sobre todo porque es falso. La castidad es un ideal perfectamente asequible para quien, además de animal, es racional. Y las razones de ella pueden ser comprendidas no sólo desde planteamientos religiosos.

Cualquier persona con un mínimo de madurez sabe que quien se deja llevar únicamente por sus instintos acaba en la tumba mucho antes de tiempo.

Esto no es una manía de la Iglesia, que en este punto, por cierto, coincide con las recomendaciones de la OMS para prevenir el sida. El único sexo seguro, por más que les pese a ciertos mercaderes, no es el que se practica con “prevención”, sino la abstención y, en su momento, la relación estable y heterosexual. Cualquier otra forma de plantear el sexo seguro es un engaño. Si el preservativo tiene, según la cifra comúnmente admitida, una tasa de error en torno al 10% en la prevención del embarazo, la consecuencia quizá sea tener que instalar más jardines de infancia, pero si hablamos de la prevención del sida y enfermedades de transmisión sexual, la consecuencia puede ser de varios cementerios enteros. Algunos que amasan fortunas con la excusa del sexo seguro, guardan un silencio espantoso sobre este punto y se parecen a bomberos pirómanos, que se dedican a fomentar conductas de riesgo: multiplican las defensas de amianto mientras se dedican a prender los matojos.

Cuando son las autoridades sanitarias y educativas las que promueven estas políticas equívocas de prevención, la cosa se torna sencillamente intolerable. Los padres deberían ser más conscientes de esto y muchos de ellos tendrían motivo suficiente para acudir a los tribunales de justicia para defenderse de ciertas autoridades que, tomando a su cargo la sexualidad precoz de los adolescentes, invaden obscenamente esferas que corresponden a la patria potestad.

Tampoco es muy halagüeño el panorama si uno piensa en el momento en que las personas jóvenes se den cuenta de que han estado vilmente manipuladas, en el fondo por gente que quería llenarse fácilmente el bolsillo. Si yo quiero aprovecharme de alguien, tendré mucho interés en trasladarle eficazmente la idea de que es enteramente libre para hacer lo que quiera, sin hacer caso a nadie más que a su concupiscencia, pues entonces es cuando hará lo que yo quiero que haga. El poder de unos para hacer todo lo que desean, decía C.S. Lewis, no es más que el poder de otros sobre ellos para hacer lo que estos otros quieren que los demás hagan (o compren). Hay gente que vive de vender muy bien, y se aprovechan de la ingenuidad de tantos que se creen muy libres.


Entonces, ¿no es inofensiva la iniciación sexual temprana?


No es inocente en absoluto respecto de la profunda incapacidad de amar en serio que mucha gente acaba teniendo después de haber sido iniciada precozmente en el uso de la sexualidad. Incapacidad para valorar el esfuerzo, el sacrificio, para diferir las satisfacciones. En algunos casos se llega –cada vez más- al narcisismo y al individualismo más asocial. Hay gente que sólo parece percibir sus derechos y no sus deberes, y se cree que por el hecho de haber nacido ya todos han de estar a su servicio, y además de inmediato: ¡Todo... ya! Hay personas para las que la mera representación mental de un esfuerzo o un sacrificio resulta desazonante hasta extremos de delirio, que sólo piensan en pasarlo bien ellos aunque el mundo perezca, incapaces de ver más allá de sus narices y del instante momentáneo que tienen delante.







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