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El Conocimiento de los valores

El Conocimiento de los valores
¿Qué función ejercen los valores en nuestra existencia? ¿Cuál es el criterio para considerar algo como valioso?


Por: Alfonso López Quintás | Fuente: Catholic.net



EL CONOCIMIENTO DE LOS VALORES

«[…] La riqueza y la plenitud de un hombre depende, en gran medida,
de su capacidad afectiva y, sobre todo, de la calidad de su vida afectiva.
[…]El mundo en el que vive un hombre depende de la amplitud,
profundidad y diferenciación de su percepción del valor. […]
La percepción del valor es el presupuesto indispensable
para que el rayo de los valores penetre en el alma del hombre
y fecunde su mente».


D. von Hildebrand, El corazón (Palabra, Madrid 1996) 117.


¿Qué función ejercen los valores en nuestra existencia? El gran Aristóteles nos indica, en su Ética a Nicómaco, que nada hay más importante en nuestra vida que la amistad . Pero seguidamente advierte que sólo pueden ser amigos verdaderos los seres virtuosos. ¿Qué relación hay entre la virtud y la amistad? Para responder con la debida precisión, hemos de elaborar una lógica de los valores, que nos aclare cómo los conocemos y bajo qué condiciones. ¿Nos basta movilizar la inteligencia, o debemos disponer nuestro ánimo para responder positivamente a su apelación? ¿Cuál es el criterio para considerar algo como valioso? Éstas son algunas de las cuestiones que han inspirado mi análisis.

Se cuenta que, en plena guerra, un soldado le dijo al capitán: «Un amigo mío no ha regresado del campo de batalla, señor. Solicito permiso para salir a buscarlo».
-«Permiso denegado –replicó el oficial-. No quiero que arriesgue usted su vida por un hombre que probablemente ha muerto».
El soldado, haciendo caso omiso de la prohibición, salió, y una hora más tarde regresó mortalmente herido, transportando el cadáver de su amigo.
El oficial se puso furioso: «¡Ya le dije yo que había muerto! ¡Ahora he perdido a dos hombres! Dígame, ¿merecía la pena salir allá para traer un cadáver?»-
Y el soldado, moribundo, respondió: «¡Claro que sí, señor! Cuando lo encontré, todavía estaba vivo y pudo decirme: “Jack... estaba seguro de que vendrías”» .

Esta impresionante anécdota resalta el valor de la fidelidad en la relación de amistad. Tal actitud resalta a primera vista, pero ¿cómo llegamos a conocer el valor de la amistad y el de la fidelidad? Es muy probable que el soldado tuviera una idea de ambas más precisa y rica que el capitán.
En otra anécdota, tomada de Los miserables, de Víctor Hugo, nos sorprende un ejemplo admirable de bondad pura. Un obispo, de nombre Bienvenido, recibe en su casa, de noche, a un expresidiario, Jean Valjean, que le pide posada. Éste, como pago por su actitud acogedora, le roba unos cubiertos de plata antes de marcharse. Poco después regresa acompañado de tres guardias. El obispo finge que le había regalado esos cubiertos, así como dos candelabros, que él se olvidó de llevar consigo. En consecuencia, los guardias lo dejan en libertad. Al quedarse solo con él, el obispo le dice en voz baja:

«No olvidéis nunca que me habéis prometido emplear este dinero en haceros hombre honrado». «Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición y la consagro a Dios» .

Estos episodios nos sumergen en dos situaciones en las que se alumbran sendos valores: la fidelidad y la bondad. Empezamos a entrever que el camino real para descubrir los valores es la experiencia. Ahora veremos cómo ha de ser esta experiencia para que resulte fecunda.


I

El conocimiento de los valores por vía de participación

Al principio, los valores nos impresionan, pues aparecen rodeados de una aureola de prestigio. Luego nos apelan, nos instan a realizarlos, nos invitan enérgicamente a convertirlos en un principio interno de actuación. Ya sabemos que los valores no sólo existen; se hacen valer. No son una mera idea. Son ideas propulsoras y orientadoras de nuestra conducta. Por eso debemos conocerlas muy bien. Esforzarse en adquirir este conocimiento es la gran labor iniciada por Sócrates y Platón. Gracias a ellos sabemos que, al decir: «El bien hay que hacerlo siempre; el mal, nunca... La justicia hay que practicarla siempre; la injusticia, nunca», las ideas de bien y de justicia son algo eminentemente real, por ser muy eficiente y valioso. Son la fuente de una conducta bondadosa y justa. De ahí se deriva su gran poder para inspirar nuestra actividad.

Los conceptos que movilizamos desde la infancia iluminan nuestra mente y nos permiten expresarnos con sentido, sin que sepamos dar una definición precisa de los mismos. Cuando, de niño, me levantaba y abría la ventana que daba a la ría de Ferrol, veía a veces el mar tranquilo como un lago y surcado por veleros y lanchas, y me decía: Qué bonita está hoy la ría!” Tenía razón al atribuir el concepto de belleza a la ría, pero, si me hubieran preguntado qué es la belleza, no hubiera sabido contestar. Estaba seguro de que la ría era bella, pero no hubiera podido demostrarlo mediante una exposición precisa de las características de la belleza. Lo decisivo era que me sentía inmerso en el reino de la belleza.

A diario pronunciamos y oímos palabras muy significativas cuyo sentido preciso apenas conocemos pero nos iluminan la mente, pues abren en ella espacios de comprensión de cuanto existe. Si movilizamos, luego, nuestra capacidad de intuición y reflexión, vamos poco a poco penetrando en su secreto, viviendo de su riqueza interna como de un tesoro escondido. Pensemos en términos como belleza, bondad, relación, encuentro, ideal, unidad, justicia, valor...

Los valores se nos revelan a través del lenguaje que nos viene transmitido por nuestros mayores, en los que solemos confiar. Si respondemos a esa primera manifestación y apelación de los valores, realizándolos en nuestra vida, vamos conociendo más y más su sentido y su alcance. Supongamos que leo un poema y adquiero una primera idea de su valor. Esta idea se hace más clara y profunda si aprendo el poema de memoria y lo declamo una y otra vez hasta que tenga la impresión de que todas sus cualidades resaltan y quedan a plena luz. La experiencia del poema es el campo de luz en que reluce el valor del mismo. Podemos afirmar que los valores se alumbran en experiencias de participación, experiencias creadoras en las cuales los valores ejercen el papel de principio interno de actuación. Nuestro conocimiento es entonces genético: conocemos algo como si lo estuviéramos gestando por primera vez.

El conocimiento de la función que ejercen los valores

Este conocimiento de los valores se hace todavía más profundo y radical cuando descubrimos la función que están llamados a ejercer en nuestra vida, sobre todo en la creación de relaciones de encuentro, que son decisivas en nuestro desarrollo personal. Entonces vemos los valores en su raíz, en lo que constituye su razón de ser, la fuente misma de su relevancia.

Figurémonos que deseamos conocer a fondo el valor del acogimiento, actitud a la que cada día se concede mayor importancia. ¿Cómo experimentamos la relevancia de este valor? Viendo el papel que desempeña en nuestra vida desde el principio. Hoy afirman los mejores especialistas que lo que más necesita un niño al nacer es ser bien acogido. Los seres humanos nacemos prematuramente, muy a medio gestar en el aspecto inmunológico, enzimático, neurológico. Este anticipo de un año fue determinado por el Creador ‒y, derivadamente, por la Naturaleza‒ para que el bebé acabe de troquelar su ser fisiológico y psicológico en relación con el entorno. Su entorno es, en primer lugar, la madre, luego el padre y los hermanos mayores. Esa relación troquela debidamente el ser del niño si es una relación acogedora, tierna, amorosa, ya que ésta suscita en su interior un sentimiento de confianza en el entorno, que será a lo largo de la vida una de las condiciones del encuentro .

Al ver la función que desempeña el valor del acogimiento en el proceso de desarrollo humano, nos hacemos cargo de su verdadera significación y relevancia a lo largo de toda nuestra vida. No basta, pues, hablar de cada uno de los valores, describir su sentido, resaltar su importancia. Debemos sentir, por propia experiencia, la eficacia que muestran en el proceso de configuración de nuestra personalidad. Esta configuración tiene lugar, sobre todo, en la fundación de relaciones de encuentro. Para encontrarnos ‒es decir, para crear un estado de comprensión, ayuda, amor y enriquecimiento espiritual mutuo‒ debemos adoptar una actitud de generosidad, veracidad, confianza, fidelidad, paciencia, cordialidad, comunicación cordial, participación en tareas nobles... Estas y otras actitudes afines encierran un gran valor porque hacen posible el encuentro, y, con él, nuestro desarrollo personal. Son valores. Es valioso todo aquello que contribuye a perfeccionarnos. Por el hecho de estar dispuestos al encuentro descubrimos ya una serie de valores, que, al asumirlos como criterios de conducta, reciben el nombre de virtudes.

Si practicamos estas virtudes, con el valor que implican, y tenemos la suerte de hallar otra persona que haga lo mismo, vivimos una experiencia auténtica de encuentro. Entonces, experimentamos sus frutos, que son energía interior, alegría, entusiasmo y felicidad, sentimiento de plenitud que se traduce en paz y amparo interiores, así como en gozo festivo o júbilo. Al experimentar estos frutos –que entrañan otros tantos valores–, nos damos cuenta –sentimos verdaderamente– que en la vida humana no hay un valor superior al encuentro, o dicho más en general, al hecho de crear modos elevados de unidad. Acabamos de descubrir el valor supremo, el que da sentido a todos los demás y los sostiene, como una clave de bóveda: el ideal de la unidad.

En este momento, el nombre de los valores antedichos tiene para nosotros una especial vibración, un relieve insospechado, porque sabemos la altísima función que ejercen en nuestra vida. En un debate televisivo, varias personas me reprocharon que defendiese la fidelidad matrimonial.

– «¿Por qué te empeñas –me decían– en obligar a las gentes a aguantar durante toda la vida?»
– «No se trata de aguantar, les respondí yo; aguantar es propio de muros y columnas. Los seres humanos estamos llamados a algo superior, que es ser fieles, es decir, crear en cada momento la forma de vida que, en un determinado momento, prometimos crear. Lo que importa es vivir el amor con autenticidad en cada momento. Entonces el amor perdura de por sí, como dura un buen paño. No debemos pensar en lo difícil que es prometer para toda la vida. Esforcémonos cada día en dar al amor una alta calidad. Así tendremos garantía de que el amor perdure, naturalmente con las modalidades propias de cada edad».

No bien terminé de hablar, otro participante me dijo con tono airado:

– «Pero ¿por qué ponéis algunos tanto interés en defender la fidelidad matrimonial? Dejad que cada uno haga lo que desee…».
– «Es obvio –le contesté–, que no tengo mando alguno para obligar a nadie a asumir ciertos valores. Además, no tiene sentido coaccionar a alguien para que realice los valores, pues bien sabemos que los valores no se imponen; atraen, que es bien distinto. Por eso la labor de los pedagogos es acercar a las personas al área de irradiación de los valores. El resto lo hace el valor mismo, que es imponente por su eficacia, pero no se impone, nos invita a que los asumamos en nuestra vida, y, de esta forma, nos realicemos plenamente a nosotros mismos como personas. Si me preguntan, pues, por qué defiendo la fidelidad –y lo mismo diría de la cordialidad, la piedad, la justicia...–, contestaré sencillamente: porque es un valor, y nos permite encontrarnos, y conseguir, así, una vida lograda. No se trata de imponer los valores, sino de descubrir la función que realizan en nuestra vida y dejar al descubierto toda su relevancia.

Lo que son los valores y la razón por la cual debemos asumirlos activamente en la vida sólo podemos determinarlo al observar de cerca cómo se desarrolla nuestra personalidad. Este desarrollo tiene dos momentos decisivos: 1º) cuando descubrimos lo que significa, en sentido estricto, encontrarse y cuál es el ideal verdadero de nuestra vida; 2º) cuando optamos incondicionalmente por este ideal –el ideal de la unidad- y orientamos toda la vida hacia él.

Necesidad de reflexionar sobre el valor de la unidad

Lamentablemente, es posible que no hayamos pensado lo suficiente en el valor de la unidad. Desde antiguo se viene diciendo que «la unión hace la fuerza» y «el cordón de tres dobleces con dificultad se rompe»… Esto es verdad, pero resulta peligroso, pues induce a pensar que la unidad es un medio para un fin: el de tener fuerza y adquirir resistencia. Pero la unidad es un fin en sí; es decir, el estar unidos encierra de por sí un gran valor; es un logro y una meta. Hoy día, las disciplinas que estudian el ser humano confluyen en la idea de que vivir una alta forma de unidad es la meta por excelencia de nuestra vida, porque es el valor supremo.

Para descubrir por dentro este valor de la unidad, recordemos que, al desarrollarnos como personas, realizamos constantemente todo tipo de transfiguraciones, que elevan de rango y de valor las realidades que tratamos y nos permiten unirnos más profundamente a las realidades del entorno. Si vivimos creativamente, estamos constantemente abriendo nuevas rutas, vías inéditas hacia la realización de nuestra vocación y nuestra misión. Vistas con hondura, estas vías son los hilos que tejen la trama de nuestra existencia. Lo sugirió bellamente el poeta Antonio Machado al decir ‒en sus Proverbios y Cantares‒ que se hace camino al andar.

«Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar».

¿Cómo hacemos camino al andar? En la vida encontramos muchos caminos ya hechos (nivel 1). Los caminos que hacemos nosotros son las rutas que trazamos en la vida para realizar ‒en virtud de nuestro ordo amoris‒ los proyectos que dan sentido a nuestra vida (niveles 2 y 3) . Si el camino ya trazado por la sociedad nos sirve para seguir una determinada ruta gana para nosotros un valor. El valor no está en las cosas; surge en el dinamismo de la vida humana.

El conocimiento de los valores debe ser genético

Acabamos de descubrir una clave para comprender los valores y la forma de conocerlos a fondo. El único modo de conocer de verdad una realidad que pertenece a la vida humana es verla en su génesis, como algo vivo que brota y se desarrolla. Los valores no se los conoce de forma estática, sino dinámica. Los valores nos muestran que son necesarios para nuestra vida en cuanto nos ofrecen posibilidades creativas, sobre todo para fundar formas de encuentro. Si asumimos estas posibilidades activamente, descubrimos su eficacia y quedamos interiormente persuadidos de su relevancia. Recibir posibilidades activamente para dar lugar a algo nuevo dotado de cierto valor es la definición de la creatividad. Podemos decir que descubrimos un valor cuando ambitalizamos una realidad y nos dejamos ambitalizar por ella.

Los valores no se revelan a quien desea conocerlos de forma incomprometida. Sólo se dan a conocer a quienes están de antemano dispuestos a abrirse a lo valioso, lo que es fuente de vida. Pero ¿cómo podemos adoptar esa actitud de acogimiento respecto a los valores si todavía no sabemos si existe el valor? La respuesta es muy clara: A medida que creamos diversas formas de encuentro y experimentamos sus espléndidos frutos, sentimos que la vida tiene valor porque vale la pena vivirla, aunque a veces sea dura y amarga. Vivir la vida con autenticidad supone vivirla creando formas de encuentro en virtud del ideal de la unidad.

Esta convicción básica de que la vida encierra valor porque tiene sentido vivirla la adquirimos ya de niños si nacimos y crecimos en una familia bien estructurada y acogedora. En este tipo de familias, lo normal es vivir en el nivel 2, en el que se adopta frente al entorno una actitud de generosidad, y, por tanto, de respeto, estima y colaboración. El respeto nos lleva a renunciar a la voluntad de dominar y manejar todas las realidades –incluso las personas– como si fueran objetos. La estima nos inclina a reconocer los valores de los demás. La voluntad de colaboración nos insta a entreverar nuestras posibilidades de vida para crear un estado de enriquecimiento mutuo, es decir, de encuentro. Al adoptar esa actitud de respeto, estima y colaboración, nuestra vida se llena de sentido y de valor, porque se convierte en una trama de encuentros. Al vivir en actitud de encuentro, sentimos que la vida tiene valor. Pero el encuentro hay que crearlo, cumpliendo todas sus condiciones.

El conocimiento de los valores y la creatividad

Esto nos permite descubrir que la creatividad es una de las condiciones fundamentales para descubrir los valores. Por eso el Principito (según el conocido relato de Saint-Exupéry), cuando llegó a la tierra en busca de amigos, lo primero que hizo al ver al piloto en la desolación del desierto no fue pedirle que le diera de beber y lo llevara a casa, sino que le dibujara un cordero, es decir, que se elevara al nivel 2, el nivel de la creatividad. Hubiera sido igual pedirle que le cantara una canción o le contara un cuento. Quería probar su disposición a vivir en el nivel donde florece el encuentro y, derivadamente, la verdadera amistad. Cuando el piloto abandonó el trabajo urgente de arreglar el avión y salvar, así, su vida y acogió al principito para consolar su llanto, éste lo vio como fiable, cobró confianza en él y le hizo confidencias. Con ello inició un proceso de encuentro entrañable. En tal proceso descubrieron los dos una serie de valores: el de la confianza, el de la fe y la entrega generosa, el de la búsqueda en común del sentido de la vida, el del encuentro y su poder de transfigurarlo todo: el dolor, la muerte, el paisaje, los espacios siderales...

Vemos cada vez con mayor claridad que los valores se descubren siempre de forma dinámica y comprometida. A través del trato cordial y comprometido con una persona, ésta se convierte para nosotros en «única en el mundo», no porque sea inigualable en cualidades, sino por ser la que se ha ambitalizado con nosotros. Esto lo descubrimos cuando movilizamos la inteligencia y el corazón, y ponemos corazón en lo que pensamos y hacemos.

Es la gran lección del zorro al principito: «No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos» . «Sólo se conocen las cosas que se domestican, dijo el zorro» . Pensemos, por ejemplo, en el valor de la piedad. Sabemos que significa la tendencia a ayudar a los menesterosos. Pero su conocimiento verdadero se alumbra cuando lo vivimos por dentro, al darle vida en alguna ocasión y ver, en la mirada transfigurada del beneficiado, el inmenso poder del agradecimiento. A más de uno le habremos devuelto, con nuestra buena acción, el amor a la humanidad. En la cima de un monte, un guía turístico de cierta edad sufrió un infarto. Miraba de un lado a otro con angustia. Yo me movilicé y lo llevé al hospital. Perdí la atractiva excursión, pero disfruté de un paisaje años luz más bello: la figura de aquel buen hombre, ya tranquilo, que me apretaba las manos mientras me daba las gracias en un dialecto italiano entrañable.

Me acordé de las bellas palabras que dijo el piloto al beduino que le salvó la vida dándole de beber: «Tú eres el Hombre ‒así, con mayúscula‒ y te me apareces con el rostro de todos los hombres a la vez. […] Eres el hermano bienamado. Y, a mi vez, yo te reconoceré en todos los hombres» . La generosidad del pobre recadero del desierto no sólo les salvó a los pilotos la vida biológica sino también la espiritual, porque descubrieron el verdadero valor de la generosidad y el encuentro, por una parte, y del agradecimiento, por otra. Agradecer un acto realizado con espíritu benevolente significa indicar que se está a la recíproca en cuanto a generosidad. Ese triple descubrimiento llevó a los pilotos a reconciliarse con la Humanidad. En verdad, los valores se nos revelan plenamente en las experiencias de participación. Se alumbran en el juego de la vida cuando uno se compromete con un valor que nos apela.

Por el contrario, en los niveles 2 y 3 ‒los de la creatividad, el encuentro y los valores‒, ningún valor se nos manifiesta si nos mantenemos pasivos, sin la decisión de aceptar, de forma comprometida, aquello que se nos ofrece. En la conocida obra de Samuel Beckett Esperando a Godot, los dos protagonistas esperan, ansiosos, que venga Godot a salvarlos. Estragón dice: «No hagamos nada. Es lo más prudente...». Vladimir agrega: «Tengo curiosidad por saber qué va a decirnos Godot. Sea lo que sea, no nos compromete a nada» . La espera se hace larga, y Godot no aparece. Aunque hubiera ido, no hubiera podido hacer nada por unas personas que de antemano se habían cerrado a su mensaje.
De aquí se induce la necesidad de cultivar desde la infancia el sentido de la admiración, del asombro ante lo que es prometedor, lo que nos ofrece posibilidades y se nos revela como valioso si acogemos activamente tales posibilidades para dar lugar a algo nuevo dotado de sentido. Es erróneo, por tanto, pensar que descubrimos los valores de este modo: 1) los valores aparecen ante nosotros de forma espontánea, como se nos muestran los objetos cuando hay luz; 2) nosotros los examinamos con una actitud neutral; 3) decidimos si los aceptamos o no. Cuando adoptamos esta actitud pasiva, no se nos revelan los valores. La lógica propia de los niveles 2 y 3 presenta un carácter circular o reversible. Según ella, los valores nos invitan a que los asumamos y realicemos en nuestra vida. Si respondemos positivamente a esa invitación, nos muestran toda su fecundidad y su belleza.

Vivimos en un entorno lleno de realidades valiosas, es decir, realidades que nos ofrecen posibilidades creativas. Pensemos, por ejemplo, en una obra musical que se nos manifiesta en una partitura. Al principio entrevemos tales realidades, y sólo llegamos a conocerlas si nos acercamos a ellas con ánimo de asumir dichas posibilidades y crear campos de juego comunes. Estos campos de juego son campos de iluminación, y a su luz se conocen los valores.

Lo importante es acercarse a esa área de irradiación de los valores con espíritu abierto, con sensibilidad para admirar lo grande, dispuestos a asumir activamente las posibilidades de vida que nos dan los valores, como hace el intérprete musical al entrever el valor de una obra en su primera ojeada a la partitura.

Nuestra personalidad se desarrolla cuando vamos, animosos, hacia metas cuya grandeza entrevista nos atrae e impulsa. Este impulso es una fuerza inspiradora. En estas experiencias reversibles ‒bidireccionales‒ actuamos inspirados, es decir, nos dejamos llevar de realidades valiosas, convertidas en el principio de nuestro obrar. Tales realidades son, entre otras, un poema, una norma moral, una escultura, una obra musical, un espacio arquitectónico...

Veamos cómo se clarifican algunos valores al destacar la función que ejercen en nuestro proceso de desarrollo personal .


II

Conocimiento, por vía de participación,
de algunos valores



Al participar en las realidades abiertas o ámbitos de nuestro entorno, fundamos un campo de juego común, creamos relaciones de encuentro, y esta realidad originaria enriquece nuestra realidad ambital, nos ambitaliza y afirma nuestro ser personal. Martin Buber lo expresa de forma contundente:

«Toda vida verdadera es encuentro». «Donde no hay participación no hay realidad». «El yo es real por su participación en la realidad. Es tanto más real cuanto más plena es la participación» .

La vocación y la misión

Dos de los valores que, en la infancia y la adolescencia, se nos revelan de forma borrosa y están llamados a ser en nuestra vida una fuente de inmensa energía y tenacidad son la vocación y la misión. Me siento llamado a llevar tal o cual género de vida y enviado a desarrollar un género determinado de actividad. Esta misión y esa vocación me sirven de inspiración un día y otro, me guían y me dotan de una fuerza inquebrantable. No se trata de meras ideas o suposiciones ilusas. Son principios de vida. Me siento apelado a realizar algo valioso, y lo persigo y realizo, pues me va en ello la vida, la razón profunda de mi vida. Su valor es tan grande como el sentido de mi existencia.

El valor de la inteligencia madura y las ideas precisas

Tener ideas fecundas, claras, firmes, precisas, incontaminadas... es un tesoro. Conocemos bien la necesidad de distinguir los diversos niveles de realidad en que podemos vivir las personas y la necesidad de adaptar nuestra conducta a las exigencias de las distintas realidades. Cualquier desajuste por nuestra parte tiene unas repercusiones graves en nuestra vida. Si situamos nuestras relaciones en el nivel 1 ‒el del dominio, posesión, manejo y disfrute de objetos‒, no daremos a nuestro trato con los demás una mínima calidad. Confundiremos el entusiasmo con la euforia, el gozo con el goce, el amor con la apetencia..., y desquiciaremos nuestra conducta.

Si fallan nuestras elecciones básicas debido a la confusión de ideas y actitudes, nuestra mente y nuestro espíritu enferman, se desajustan gravemente. Tal desajuste acaba desordenando la vida de los hombres y de la sociedad. Cuidar la salud de la mente significa cultivar la vida de la inteligencia, ejercitar el arte de pensar con el debido rigor, matizar las ideas, mantenerlas lúcidas y coherentes. Las ideas penetran las estructuras de la vida humana y de la vida social. Las ideas ricas de contenido, vigorosas, precisas nos guían e impulsan, nos abren horizontes de vida y nos animan a incorporarlos en nuestra vida. Las ideas falsas, turbias, desajustadas oscurecen nuestra mente y desorientan nuestra vida; bloquean nuestro desarrollo personal.

De aquí se deduce que cultivar la inteligencia para lograr ideas justas sobre las cuestiones decisivas de la vida sea una tarea inmensamente valiosa. En cambio, practicar el arte siniestro de la manipulación para, a río revuelto, dominar las mentes y las voluntades es una práctica sumamente destructiva.

El valor del sentido

Eminentes psicólogos y psiquiatras afirman que la felicidad y el equilibrio psíquico de los hombres depende de que su vida tenga sentido. No hay mayor emoción que ver la propia existencia desbordante de sentido. Ningún desconsuelo mayor que verse falto de sentido. A lo largo de la vida advertimos que el valor del sentido es inmenso. ¿Cómo se colma la vida de sentido? La respuesta es fácil si vivimos las distintas fases que debemos recorrer hacia la plenitud personal. Nuestra vida adquiere sentido si la orientamos decididamente hacia el ideal de la unidad, unido en su raíz a los grandes valores del nivel 3: la bondad, la verdad, la justicia, la belleza. Vernos colmados de sentido nos llena de alborozo porque nos asegura que estamos instalados en la verdad, obligados a aquello que nos realiza plenamente como personas.

Advertimos claramente que el valor del sentido lo descubrimos de modo dinámico, al orientar la vida hacia el ideal de la unidad y sentir que nuestra vida alcanza una sorprendente elevación. Orientar de este modo la vida supone consagrarla a fundar relaciones de encuentro. En este espacio de compromiso creador se alumbra el valor del sentido.

El valor de la verdad y la veracidad

La verdad, vista no como mera «adecuación de la cosa y el entendimiento» sino como la manifestación luminosa ‒o aletheia‒ de una realidad, juega un papel decisivo en nuestra existencia, que se desarrolla cabalmente cuando tiende a adquirir la plenitud de sus implicaciones. Por eso toda auténtica pedagogía debe comenzar por revelar a niños y jóvenes la inmensa riqueza que alberga el concepto de verdad. Como ya hemos visto, no se trata de una idea abstracta, consagrada por la tradición filosófica. Alude a la plenitud de cada ser.

Si, tras oír una obra de Bach, exclamo: «esto es verdadero Bach», indico que la interpretación ha sido una auténtica re-creación de la obra; le ha dado vida, le ha insuflado un alma, la que los entendidos identifican con el modo de ser del Cantor de Santo Tomás de Leipzig. A esa afirmación no llego mediante la comparación de esa interpretación concreta con otra que tome como un referente. La verdad de Bach se me alumbra al oír una interpretación como ésa. Es, por ejemplo, la sensación que me produjeron siempre las interpretaciones de Karl Richter en Munich. El tempo me parecía el justo; la expresividad, la adecuada a cada composición… Todo irradiaba energía interior, alegría profunda, ganas de vivir, ascenso hacia lo alto. Y entonces se alumbró en mi interior la idea exacta de lo que ha de entenderse como Bach, su temple, su actitud positiva ante la vida, su sentido hondo del contrapunto ‒que es una fuente de expresividad y energía vital‒, su sentido inigualable de la belleza, su cultivo del orden, la estructura, la articulación interna de los temas musicales, que nos recuerda ‒en frase de Goethe‒ «el rumor de la creación en los días del Génesis». La verdad de una interpretación musical es su autenticidad, su ajuste a la partitura, su fidelidad a las condiciones en que surge la belleza.

La atenencia fiel a la verdad de cada ser nos vuelve auténticos y fecundos, pues nos dispone para asumir todas las posibilidades creativas que nos ofrece dicha realidad. Cuando nos expresamos y comportamos de modo veraz, ajustado a la realidad propia y la ajena, suscitamos confianza en los demás y abrimos la posibilidad de encontrarnos con ellos. La veracidad presenta una condición muy positiva, pues, al ajustarnos a la realidad y, por tanto, a la verdad, actuamos con libertad creativa, propia de los niveles 2 y 3, a costa de la libertad de maniobra, característica del nivel 1. Cuando, en el trato con una persona, observamos que su criterio de actuación no es tanto hacer lo que le place, sino crear una verdadera relación de encuentro ‒con las exigencias que implica‒, nos sentimos confiados al prever que adoptará una actitud tolerante, pues la verdadera tolerancia no equivale a permisividad ‒que procede de un espíritu de indiferencia‒; significa buscar la verdad en común .

Hace un tiempo, tres notables periodistas abandonaron una emisora de radio porque sus estudios estaban presididos por el lema evangélico: «la verdad os hará libres». Ignoraban, al parecer, que la atenencia a la verdad a la que aquí se alude no implica una sumisión pasiva ‒propia del nivel 1‒, sino un ajuste activo y creador ‒característico de los niveles 2 y 3‒, de modo semejante a como la fidelidad a una partitura no denota una actitud de sujeción servil; incrementa al máximo la libertad creativa.

El valor de la tolerancia

De la tolerancia se dan diversas definiciones. Su verdadero valor se nos revela, a mi entender, cuando descubrimos la función que ejerce en nuestra vida. El papel de la tolerancia en nuestro camino hacia la plenitud personal es el de buscar la verdad en común. Para vivir plenamente, necesitamos ajustar nuestra vida a la realidad, tal como se nos manifiesta luminosamente en nuestra experiencia y en los estudios de los expertos. Como sabemos, esa manifestación luminosa de la realidad es su verdad.

Nuestro camino hacia la verdad es siempre limitado, parcial, determinado por nuestra forma de ver las realidades y los acontecimientos. Necesitamos complementar esta perspectiva nuestra con la de otras personas. Alguien puede estar en desacuerdo con nosotros respecto a nuestra manera de ver y juzgar algo. Si soy tolerante, no lo rechazo por contradecir mi opinión. Al contrario, respeto y estimo su capacidad de buscar y encontrar la verdad. Por eso atiendo a las razones que aporte y estoy dispuesto a cambiar de opinión si tales razones me resultan convincentes. Esa flexibilidad de espíritu no responde a indiferencia respecto a la verdad, sino a mi decisión de preferir la verdad a la defensa orgullosa de mis posiciones.

Vista de esta forma, la tolerancia no se reduce a permisividad, que responde a indiferencia respecto a la verdad y al bien de los demás. Tal permisividad no nos perfecciona; nos empobrece. La tolerancia nos lleva a ajustarnos a la realidad, vista ‒por diferentes vías‒ en su verdad plena.

El valor de la historicidad

Vivir históricamente implica un alto valor, que debemos estimar y potenciar en cada momento. No se reduce a vivir decurrentemente, condición que también comparten las plantas y los animales. Indica que, en cada instante de la vida, estamos recibiendo posibilidades creativas de nuestro pasado; con ellas hacemos surgir posibilidades nuevas, y se las transmitimos a las generaciones más jóvenes. De esta forma se vinculan creativamente el pasado, el presente y el futuro.

El valor de la historicidad va unido estrechamente a otros tan relevantes como la creatividad, el sentido, la solidaridad, el entusiasmo... Resulta admirable la imagen de Mme. Curie extenuándose para conseguir unos hallazgos de cuya fecundidad médica no iba a participar. Es, asimismo, entrañable la estampa de un filósofo como Xavier Zubiri que, a sus 80 años, dedicó el breve plazo de vida que le habían garantizado los médicos a concluir unas obras que hoy son para todos una fuente de luz y energía interior. Fueron personas que vivieron intensamente el valor de la historicidad, bien entendido. Este valor lo comprendemos en todo su alcance cuando hacemos la experiencia personal de la creatividad y descubrimos que, para ser creativos, debemos ser solidarios: recibir posibilidades del pasado, incrementarlas en el presente y transmitirlas a las nuevas generaciones. Esta observación juega un papel sobresaliente en la lógica del nivel 3.
Vemos de nuevo que, al seguir por dentro el proceso humano de desarrollo, se alumbran ante nosotros los distintos valores en su espléndida riqueza, es decir, en su verdad.

El valor de los dones primarios

El valor de cuanto recibimos al nacer ‒la vida, la existencia de nuestros padres y hermanos mayores, el acogimiento hogareño, el lenguaje que se nos transmite, el pueblo que nos circunda, los bosques que nos arrullan con su oreo, el aire que nos oxigena a cada respiración…‒ hemos de estimarlo grandemente. Se trata de dones primarios que nos vinieron dados sin intervención alguna por nuestra parte. Al no estar bajo nuestro control, podemos vernos tentados a considerarlo todo ello como una serie de hechos consumados que no nos comprometen a nada, o verlo incluso como una imposición gravosa. Son ofertas originarias, el punto de partida de nuestra existencia, y hemos de tener la sabiduría de aceptarlas porque eso implica aceptarnos a nosotros mismos, con todas las implicaciones que alberga nuestro ser.

El afán de poseer, dominar y manejar cuanto nos rodea puede llevarnos a no admitir que nuestra vida empiece y se configure, al principio, sin contar con nuestra capacidad de elección. Pero es ley de vida que sea así, y, en esta región de los orígenes, más provechoso es hacernos a la idea de aceptar que empeñarnos en rechazar. Reconocer el alto valor de los dones primarios constituye el punto de partida para un normal y fecundo desarrollo de nuestra personalidad.

El valor de los sentimientos

Bien entendidos, nuestros sentimientos no se reducen a emociones pasajeras; significan la vibración de toda la persona ante lo valioso. Esta vibración cordial es indispensable para la fundación de relaciones de encuentro, en torno a la cuales se decide nuestro desarrollo como personas. De ahí la importancia de cultivar la vida del corazón, darle la elevación debida, descubrir su capacidad de conocer las realidades más elevadas e insertarse en el ordo amoris, es decir, en la tendencia de todos los seres hacia la unidad, la intergravitación que mantiene al universo dentro de un orden que genera vida y belleza.
Si depreciamos los sentimientos, por reducirlos injustamente a meros estados subjetivos y arbitrarios del ser humano, restamos importancia al papel decisivo que juega el corazón en el proceso de desarrollo de nuestra personalidad.

El valor de la alegría

Si quiero conocer de veras el valor de la alegría, debo examinar la función que ejerce ésta en mi vida diaria. San Pablo instaba a los primeros cristianos a estar siempre alegres. «Hermanos: Estad siempre alegres» (Tes 5,16) ¿Tiene sentido mandar estar alegres? ¿Por qué juega un papel tan destacado la alegría en la vida de Israel y en el Nuevo Testamento?
Los seres humanos nos desarrollamos a través del encuentro, y uno de los frutos más sobresalientes de éste, cuando es auténtico, es la alegría. Si estamos de verdad alegres, no sólo divertidos sino alegres en lo más hondo de nuestro ser, indica que vivimos una vida de encuentro. La alegría es un testimonio elocuente de una vida en sazón. No es algo superficial, sino muy profundo; revela un estado de ánimo, una actitud ante la vida. Romano Guardini, el gran pedagogo italoalemán, puso gran empeño en que sus discípulos descubriesen el valor de la verdadera alegría.

«Vamos a intentar que nuestro corazón se vuelva alegre. No divertido; eso es algo bien distinto. Divertirse es algo externo, que hace ruido y desaparece rápidamente. En cambio, la alegría vive dentro, es callada y echa profundas raíces. Es hermana de la seriedad [...]» .


El valor de la ternura

El valor de la ternura va unido con la necesidad primaria de todo ser humano de sentirse acogido. Llama la atención que, en el momento más expresivo y solemne de una de las obras más imponentes de la cultura universal ‒la Novena Sinfonía de Beethoven‒, la orquesta y el coro, aunados, envíen un beso y un abrazo a toda la Humanidad. El cosmos entero parece sentirse acogido por ese abrazo inmenso. Cuando nos elevamos de la ternura expresada en la relación de intimidad personal a la ternura vertida a la humanidad entera nos volvemos adultos, porque logramos una gran apertura afectiva ‒opuesta a la mera fusión egoísta‒ y, por tanto, un alto grado de madurez.
Nos sentimos, entonces, insertos en el ordo amoris, en la ordenación viva de los seres hacia el ideal de la unidad. Tal inserción tiene un inmenso valor. Nos sobrecoge sentirnos dentro de un orden del amor, una ordenación viva de los seres hacia el ideal del encuentro. Cada persona tiene un ordo amoris peculiar. Conocer esa trama de líneas de afecto es conocer a la persona. Pero en todo el universo hay un ordo amoris más amplio, en el que debemos insertarnos activamente. No se trata de un mero sentimentalismo; estamos ante una manifestación muy seria y constructiva del auténtico sentimiento humano, que es la vibración de toda la persona ante lo verdaderamente valioso.
Hoy destacan los psicólogos que en nuestra vida es muy importante el amar pero tanto o más lo es ser amado, aceptar ser amado, sentirse acogido, aceptado, valorado; en una palabra: verse inserto en el ordo amoris de la humanidad.


III

Criterio para discernir si algo es valioso


Para descubrir si algo encierra valor, hemos de ver si nos lleva al ideal de la unidad. Hay una tendencia difusa en la sociedad actual a considerar como valioso todo lo deseable. Se piensa, en el fondo, que el mero desear algo es el árbitro absoluto del valor. Si somos egoístas, caemos en este malentendido porque lo vemos todo desde nuestra perspectiva de solitarios (nivel 1). El deseo ejerce un papel positivo en la vida del hombre porque es un primer detector de lo valioso; insta al hombre a salir de sí en busca de algo que se le presenta como apetecible. Desear es sentir nostalgia por lo que encierra valor (nivel 2), posibilidades de vida en plenitud. Y esta nostalgia es fuente de energía. Pero ésta debemos orientarla de forma que realicemos nuestra vocación y nuestra misión en la vida (nivel 3).

La misión y vocación de todo ser humano consiste en lograr el ideal adecuado a su alta dignidad. Si deseamos firmemente ‒es decir, si queremos de veras‒ alcanzar esta meta, nos situamos en la perspectiva adecuada para descubrir el rango de cada valor y discernir qué valores han de tener la primacía en nuestros actos de elección.

Esta forma de elegir no nos viene impuesta por ninguna tradición o doctrina ajena a nosotros. Nos viene propuesta por nuestra misma experiencia. Las doctrinas que la tradición nos lega se anticipan a indicarnos dónde está la clave para una elección certera. Pero somos nosotros, con la luz que brota en el juego que hacemos con la realidad circundante, quienes hemos de optar con plena lucidez y garantía de éxito.


La ceguera para el valor

Las experiencias de vértigo o fascinación, al anular la posibilidad del encuentro y desconectarnos de lo real, nos desgajan de los valores. Y, como éstos sólo se revelan a quien participa en su juego, el desarraigo provocado por el vértigo se traduce en ceguera para el valor. Una vez producida tal ceguera, la subversión de valores ‒la alteración arbitraria de la escala de valores‒ resulta tarea fácil. Los valores que resaltan en las experiencias de éxtasis son sustituidos con dramática naturalidad por los antivalores que provocan las experiencias de vértigo.

Las experiencias de vértigo pueden dar a personas inexpertas una impresión de fecundidad creativa. Son experiencias intensas, atractivas, conmovedoras, exaltantes. Pero esta exaltación (nivel 1) es opuesta a la exultación que conduce al pleno desarrollo humano (nivel 2). No debemos caer en el error de pensar que son creativas todas las experiencias humanas, incluso las de vértigo. Ello nos llevaría a creer que, para llevar una vida valiosa en el aspecto ético, basta realizar todo tipo de experiencias por vía de puro experimentalismo. Creatividad no se confunde con activismo. Nada más importante que precisar lo que ha de entenderse por actividad creativa y cuál es su articulación interna.

De todo lo antedicho se deduce que para educar en valores a niños y jóvenes no basta precisar su significado y sus implicaciones. Todo ello es útil, pero insuficiente. Por eso, los libros destinados a tal análisis han de complementarse con los que describen el proceso de desarrollo de la personalidad humana . Al seguir este proceso, descubrimos que el sentido de nuestra vida pende del hecho de que nuestro ideal sea auténtico. Impresiona ver de qué modo se altera nuestra jerarquía de valores y desquiciamos nuestra conducta cuando de súbito orientamos nuestra vida hacia un ideal inauténtico. Intenté mostrarlo de forma pormenorizada en la obra La tolerancia y la manipulación .

Visión sinóptica

Disponer de inteligencia y razón es un privilegio que eleva al hombre sobre los demás seres del universo. Pero conocer los valores ocupa un lugar de excepción dentro de la actividad cognoscitiva. Para conocer los valores, debemos estar dispuestos a aceptar activamente su invitación a realizarlos en nuestra vida. Conocer los valores es, pues, una experiencia reversible, bidireccional, inspirada por una actitud de respeto, estima y colaboración. En consecuencia, el conocimiento de los valores depende en buena medida de nuestra disposición a responder a su llamada, pero no por ello somos dueños de los valores.

Queda patente que, a medida que subimos a los niveles superiores, merced a las transfiguraciones que realizamos, adquirimos una forma relacional ‒respetuosa y colaboradora‒ de pensar y tratar las realidades circundantes. En el nivel 1 ni se vislumbra la existencia de tal actitud. Nos parecería que, con ello, abdicamos de nuestra posición dominante en el universo. Pero, al ascender a los niveles 2 y 3, asumir activamente los diversos valores supera inmensamente el gozo de la posesión y el mando, pues nos adentra en el reino admirable de la colaboración con los más altos valores .

Notas
1. Cf. o.c., 1135, 1155 b, 1156 b.
2. Cf. Anthony DE MELLO: La oración de la rana (Sal Terrae, Cantabria 1989) 201.
3. Cf. o.c. (Círculo de Lectores, Barcelona 1967) 114.
4. Cf. o.c. (Círculo de Lectores, Barcelona 1967) 114.
5. Juan ROF CARBALLO: El hombre como encuentro (Alfaguara, Madrid 1973); Manuel CABADA CASTRO: La vigencia del amor (San Pablo, Madrid 1994).
6. El tema de los niveles de realidad y de conducta lo trato con cierta amplitud en la obra Descubrir la grandeza de la vida (Desclée de Brouwer, Bilbao 22010), El secreto de una vida lograda (Palabra, Madrid 22004).
7. El principito (Alianza editorial, Madrid 21997) 86-88. Versión original: Le petit Prince (Harbrace Paperbound Library, Nueva York 1943) 86-86.
8. Cf. El principito, o.c., 83; Le petit Prince, o.c., 83.
9. A. DE SAINT-EXUPERY, Terre des hommes (Gallimard, Paris 1939) 207. Versión española: Tierra de los hombres (Círculo de Lectores, Barcelona 2000) 165-166.
10. Cf. Esperando a Godot (Barral Editores, Barcelona 1970) 19. Versión original: En attendant Godot (Les Editions du Minuit, Paris 1973) 22-23.
11. Para ampliar el conocimiento de los valores, puede verse mi obra El libro de los grandes valores (Corinter, México 2011).
12. Yo-Tú (Caparrós, Madrid 1992) 13, 50. Versión original: Ich und Du, en Die Schriften über das dialogische Prinzip (L. Schneider, Heidelberg, 1954) 15, 65-66. Una exposición más amplia de estas ideas la ofrezco en la obra La tolerancia y manipulación (Rialp, Madrid 22008) 19-43.
13. Cf. Cartas sobre la formación de sí mismo (Palabra, Madrid 2000) 11; Briefe über Selbstbildung (Grünewald, Maguncia 1930) 6.
14. En coherencia con esta convicción, antes que El libro de los grandes valores (inicialmente Planeta, Barcelona; actualmente, BAC, Madrid) escribí El conocimiento de los valores (Verbo Divino, Estella, Navarra) e Inteligencia creativa (BAC, Madrid), perfeccionados posteriormente en otras tres obras: Descubrir la grandeza de la vida (Desclée de Brouwer, Bilbao), El secreto de una vida lograda (Palabra, Madrid), El descubrimiento del amor auténtico (BAC, Madrid).
15. o.c. (Rialp, Madrid 2001). Especialmente importante es, a este respecto, el capítulo 11, págs. 215-232 (Cómo se manipula), en el que se describe hasta qué punto el cambio de ideales puede alterar la vida humana.
16 Un estudio pormenorizado de una serie de valores puede verse en mi obra El libro de los grandes valores (Corinter, México, 2011).









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