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La Prudencia

La Prudencia
¿Cómo realiza la prudencia ese discernimiento del bien en las situaciones concretas y singulares de la vida? ¿Cómo percibe lo esencial en medio de los mil detalles accidentales de lo ordinario?


Por: Santiago Fernández Burillo | Fuente: arvo



La prudencia

Las grandes palabras sufren desgaste. Comencemos, pues, apartando equívocos. El prudente no es el hombre acomodaticio y enemigo del riesgo, que se amolda a la mentira o la injusticia. Tampoco es prudente el astuto, que oculta sus intenciones y acierta con los medios para un plan malo.
Los clásicos definen la prudencia como recta ratio agibilium, esto es, como “rectitud de razón para elegir” o para juzgar el valor de los fines y de los medios a ellos conducentes. Lo más propio de la prudencia es “descubrir el camino”, por eso se la llama virtud rectora. Se distingue de la técnica y de la ideología por su objeto.


El objetivo técnico no es la perfección de quien actúa, sino la del artefacto. El objetivo ideológico no es el bien moral, sino el interés de un grupo. Se ha dicho que «El mayor enemigo de la prudencia en el mundo moderno está en la postura anti-intelectualista común a algunos movimientos sociales y escuelas filosóficas. El anti-intelectualismo representa la ruina de los principios universales, necesarios para la prudencia. Subordina la razón y la reduce a la categoría de medio y dócil instrumento de fuerzas inferiores: de los deseos, del instinto, del impulso vital, de la sociedad, de la pasión de poder o de la ambición de gloria. En esta actitud son las fuerzas irracionales de la voluntad o la pasión las que tienen la misión de prefijar fines y metas: a la razón se le reserva el papel instrumental de encontrar la organización conveniente y los medios más útiles para llevar a cabo la empresa, dejando a un lado los reparos morales» (Gregorio R. de Yurre).


La prudencia es la virtud rectora, de ella depende todo. Aristóteles define la virtud en general con relación a ella, recordemos sus palabras: «hábito de elegir, según un término medio…, determinado por la razón tal como lo fijaría el hombre prudente». Dicho del revés, esto significa que el imprudente no es valiente, sino temerario o cobarde, ni justo, etc. Esta preeminencia de la prudencia o “recta razón” equivale a la prioridad del intelecto sobre las demás facultades humanas, más aún, es la prioridad de la realidad sobre la fantasía o los deseos. Lo bueno no es lo que nos apetece, nos resulta fácil o complaciente, sino que lo bueno es lo que es, aunque en ocasiones resulte difícil o desagradable. La prudencia es la virtud que capacita para conocer en cada caso lo que es bueno, atendiendo a la realidad humana y las circunstancias reales con que cada cual se encuentra. Por este motivo, se dice que la prudencia “informa” todas las demás virtudes, es decir, que sin su asistencia serían éstas amorfas, lo contrario de virtudes auténticas.
¿Cómo realiza la prudencia ese discernimiento del bien en las situaciones concretas y singulares de la vida? ¿Cómo percibe lo esencial en medio de los mil detalles accidentales de lo ordinario? «El prudente precisa conocer tanto los primeros principios universales de la razón cuanto las realidades concretas sobre las que versa la acción moral», escribe Tomás de Aquino (Sum. Theol., 2-2, 47, 3). Ante todo, prudencia es la calidad de una conciencia recta y cierta pues, en efecto, así como la razón es facultad, la prudencia es el hábito que la perfecciona en su uso práctico; de la razón prudente dimanan –mediante el acto de “imperar” a la voluntad la acción– acciones rectas, moralmente buenas. Luego lo específico de la prudencia –como hábito que perfecciona la razón práctica, su juicio o conciencia y los actos morales– es ser cognoscitiva del bien, pero no del bien universal sino del bien en concreto. Y lo propio del realismo de la prudencia es descubrir el bien y los medios buenos, no inventarlos ni fingirlos. Como sabemos, el hábito que percibe el bien como norma absoluta es la sindéresis, que habilita a la razón para entender el orden moral. «Haz el bien, evita el mal», en este juicio se contiene en germen todo deber y toda prohibición, todo el valor directivo y preceptivo de la eticidad. Pero el bien absoluto no coincide con los bienes relativos de nuestra experiencia ordinaria; la prudencia se manifiesta al realizar el enlace entre la “conciencia de los principios” y la “conciencia de la situación”.


Para aceptar el primado de la prudencia, en la vida moral, es preciso darse cuenta del primado de la realidad para el intelecto. La verdad es el ser, es decir, lo que las cosas son; y la verdad ética conduce de lo que el ser humano realmente es hasta lo que realmente puede llegar a ser. La aceptación de la prioridad de la prudencia es incompatible con el tipo de filosofía que invierte esa relación, esto es, aquellas que hacen depender “lo que es” del hecho de que alguien lo conozca. El racionalismo (también el racionalismo empirista) y el idealismo son contrarios al primado del ser, por eso son contrarios a la objetividad del bien. Para estas escuelas lo absolutamente “primero” es un sujeto capaz de conocer y querer (o desear) que no se enfrenta con una realidad anterior, o dada, sino que la construye. La realidad, propiamente dicha, se esfuma así, de ella sólo queda un reducto incomprensible: lo “no hecho”, es decir, lo extralógico y ajeno al espíritu. Se argumenta entonces que es imposible que “eso”, lo extramental, la “naturaleza”, sea la norma para la vida humana: ¡sólo el espíritu guía al espíritu! ¿Cómo lo podría regir la “naturaleza externa”, algo pasivo y ajeno a la razón? De este modo, las filosofías ajenas al realismo ponen en el lugar de la prudencia una razón abstracta, autónoma con referencia al ser real, ya sea el ser humano o el ser cósmico. Mas de nuevo hay que recordar que el intelecto no está olímpicamente separado de la materia, que su unidad con ella constituye la realidad, el ser del hombre. El hombre no es un “espíritu puro”, ajeno a la naturaleza como algo externo, él mismo es parte de la naturaleza, aunque no sea sólo naturaleza. Tenemos una vitalidad vegetativa, orgánica y emocional, pero también tenemos un fin espiritual; nos valemos de medios materiales para alcanzar fines espirituales. Gastamos tiempo y aspiramos a lo eterno.


Prudencia (phrónesis, en griego) equivale a lo que hoy llamaríamos objetividad, realismo. La objetividad ética consiste en poner como lo primero en la intención de todo obrar aquello que es primero en la realidad humana, su unidad de materia y espíritu.

Algunas de las partes integrantes de la prudencia son:
a) La memoria, entendida como experiencia del pasado. Porque el prudente necesita prever las consecuencias de sus decisiones. La experiencia se adquiere personalmente o atendiendo a la historia, de ahí que la inexperiencia sea propia de los más jóvenes y de los menos cultos.
b) La docilidad, o capacidad para aceptar enseñanza y consejo de quienes saben más de algo. Esta virtud falta a quienes no saben escuchar, ni respetar los puntos de vista ajenos; ahora, la realidad suele tener muchas facetas, la mirada de uno sólo no la suele agotar.
c) El ingenio o sagacidad (solercia), para ir al fondo de un asunto por uno mismo. Mientras la docilidad aprende de los demás y requiere tiempo, la sagacidad es intuitiva e instantánea.
d) La previsión (providencia). Para proveer medios, hace falta prever; se dan cambios y contingencias que pueden ocurrir en el futuro, sea en lo económico, lo social, etc.
g) La circunspección, que consiste en darse cuenta de lo que nos rodea, las circunstancias que nos envuelven y afectan al problema que debemos afrontar. Quien está falto de esta virtud dirá lo que no debe, a quien no debiera y en el momento menos apropiado, o hará lo menos oportuno. Se trata de saber ver y apreciar atinadamente el presente.

Son especies de la prudencia:
La prudencia personal y la prudencia política. La primera mira a la orientación de la propia vida, la segunda es la propia de quien tiene un encargo de gobierno.
La prudencia política es necesaria a toda persona constituida en autoridad, ya sea gobernante, empresario, etc. Aplicaciones suyas son la prudencia familiar, la militar y, en general, la del directivo. Son enemigos de la prudencia del directivo la megalomanía, que plantea objetivos desproporcionados e irrealizables, o lleva a la ostentación y el lujo, y el partidismo, que orienta el gobierno en beneficio de algunos no de todos. El partidismo manifiesta una visión subjetiva de la sociedad y del bien común, propia de las concepciones totalitarias.


Son partes potenciales de la prudencia el buen consejo, que la prepara, el buen juicio, que mira a la rectitud y bondad del fin, y la perspicacia, para problemas prácticos, no necesariamente morales.


Los vicios contrarios a la prudencia son: Precipitación y temeridad, por las que se pasa a la ejecución sin deliberación madura, propias del orgulloso y autosuficiente. Inconsideración, o falta de juicio para ponderar la realidad, sea por falta de madurez, de cultura o afectividad desmedida, que priva de serenidad de juicio. Inconstancia, que consiste en la cesación del esfuerzo que requiere la obtención de un fin, contentándose con algo menor.

 







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