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Actitudes y Valores En La Vida

Actitudes y Valores En La Vida
Tu actitud es más importante que los hechos...


Por: P. Antonio Rivero L.C. | Fuente: Catholic.net



1. ¿Qué son las actitudes?

Las actitudes son predisposiciones estables o formas habituales de pensar, sentir y actuar en consonancia con nuestros valores. Son, por tanto, consecuencia de nuestras convicciones o creencias más firmes y razonadas de que algo vale y da sentido y contenido a nuestra vida. Constituyen el sistema fundamental por el que orientamos y definimos nuestras relaciones y conductas con el medio en que vivimos.

2. Características de las actitudes

1) Estabilidad, consistencia y perfectibilidad. El primer rasgo distintivo de las actitudes es su perdurabilidad, su resistencia al cambio caprichoso o a la versatilidad. No obstante, esto, todas las actitudes positivas son flexibles y admiten cambios y revisiones críticas que hacen posible una dinámica de perfeccionamiento gradual.

2) Su componente es básicamente intelectivo y afectivo casi en idéntica proporción. Toda actitud constitye una elección, un tomar partido entre una u otra opción, y esto sólo es posible si nuestra mente conoce, juzga y acepta un valor determinado. Al dictamen de la razón sigue la voluntad, estimulada por los procesos afectivos, los deseos y demás motivos que instan al sujeto a pasar a la acción.

3) Los hábitos adquiridos con la educación recibida tienen siempre mucha mayor fuerza que la herencia biológica. Las actitudes se califican más bien como algo adquirido, fruto de la historia de cada sujeto.

4) Determinan en buena medida el comportamiento, ya que son hábitos operativos que conducen a la acción.

5) Son un pronóstico fiable de la conducta de cualquier individuo.

6) Siempre hacen referencia a unos valores concretos.

7) Son perfectamente transferibles. El poder de generalización de las actitudes permite que una de ellas abra su acción eficaz a muchos modos y objetos diversos.

3. Diferenciar actitud de otros conceptos muy próximos


1) Los impulsos instintivos son innatos y se ciñen a un solo acto, mientras que las actitudes son adquiridas y están abiertas a muchas operaciones y posibilidades.

2) La disposición conduce a la actitud, pero todavía no lo es. La disposición es consecuencia de la repetición de varios actos, pero la actitud es más segura y firme al provenir de varias aptitudes y hábites.

3) La aptitud (con p) se diferencia de actitud (con c) en que mientras la aptitud es producto de la integración de varias disposiciones, la actitud ha logrado una mayor consistencia y estabilidad, al ser producto de la integración de varias aptitudes. Esto le da un mayor rango y operatividad.

4) Los hábitos son disposiciones que facilitan la acción, pero las actitudes presentan mayor estabilidad y eficacia porque integran y conjugan varios hábitos y aptitudes.

Las actitudes de las que aquí hablamos son actitudes positivas, es decir, virtudes. Pero es tal el descrédito que hoy día tiene la virtud, que se tiende a sustituirla por otros términos equivalentes. Se ha cargado el término de tal cantida de moralina, que se recurre a eufemismos que, en el fondo, no hacen más que resltar nuestra hipocresía, a la vez que manifiestan lo necesitados que de ella nos encontramos.

Llámesele como se quiera -hábito, actitud, disposición-, lo cierto es que la ACTITUD, que se deriva de la repetición de actos, es una disposición adquirida, el talante moral que acompaña a los actos de una persona, la virtud costosamente adquirida mediante la constancia de nuestra voluntad en la persecución del bien, es decir de los auténticos valores.

“El agua horada las peñas”, decía el viejo adagio latino, para dar a entender la fueza con que la voluntad ha de orientar la conducta humana hacia el bien. No puede existir auténtica vocación humana si no existe una decidida orientación de las actitudes que coloquen al individuo en tensión hacia los ideales en los que cree. Sembrar actitudes es promover la virtud en los individuos, lo que equivale a educarles moralmente.

No es fácil desarrollar actitudes positivas en una sociedad como la nuestra, en que se exalta de una manera alarmante el vicio y se defiende la corrupción. De acuerdo que esto no es nuevo, a tenor de lo que ya en su tiempo decía Séneca: “Las buenas costumbres se han perdido desde que a los vicios se les ha dado el mismo nombre de virtud”. Pero en nuestra época se hace de una manera tan descarada que alarma el cinismo con que algunos alardean de su inmoralidad, hasta el punto de que el que aún se comporta virtuosamente lo hace cohibido y pusilánimente.

La inautenticidad, que siempre amenaza a la conducta humana, se manifiesta hoy bajo una forma de hipocresía más peligrosa que en épocas anteriores, tal como ha denunciado Chesterton. La hipocresía consistía antiguamente en aparentar ser mejor de lo que se era en realidad. Se pretendía aprecer como generoso y honrado cuando no se era más que un ladrón. Pero hoy día se hace gala de actitudes moralmente reprobables, cuando, por ejemplo, algunso se ufanan de “dinero que ganan a espuertas”, sin ocultar las malas artes con que lo ganan, o de cómo se libran de pagar sus impuestos, o de cómo traicionan a su propia mujer...Añadiendo a todo ello exageraciones o falsedades para aparentar una conciencia menos escrupulosa de la que realmente se tiene. (Probablemente se sentirían mal si sus amigos se enteraran de que rezan todas las noches o hacen un donativo a su parroquia).

En definitiva, la hipocresía de antes era “el homenaje que el vicío rendía a la virtud”. Mientras que la de hoy parecer, muy al contrario, “el homenaje que la virtud rinde al vicio”. Es como si hoy tuviéramos miedo de ser virtuosos, como si la virtud tuviera que sonrojarse ante el vicio.

4. Formación de actitudes

Con cuanto llevamos dicho, queda claro que para la formación de actitudes, el primer paso que hemos de dar los educadores es despertar deseos en el educando para que sea constante en realizar la acción o conducta pertinente durante el tiempo necesario, hasta que los actos se conviertan en disposiciones, las disposiciones en hábitos y los hábitos en actitudes.

En la educación para los valores humanos es imprescindible hablar de cómo se educan las actitudes, pues básicamente se hand e dar los mismos pasos:

1) Ilusionar, animar y despertar el deseo y el interés por repetir la conducta deseada. En síntesis, no es otra cosas que saber motivar, reforzando, alabando y alentando todo acto positivo con el fin de despertar en el sujeto el deseo de repetirlo. Que las acciones deseadas resulten gratificantes y capten la atención del educador, al tiempo que se ignoran las acciones que se desean extinguir y que en modo alguno sean rentables para el educando.

2) Facilitar la imitación de modelos positivos. Ya decía Menandro que “las costumbres del que habla nos persuaden más que sus razones”. Cualquier educador experimentado suscribe sin dudarlo que más que los consejos y exhortaciones, son nuestras obras y actitudes las que transmiten los modelos de conducta. En la formación de las actitudes el contar con modelos positivos es determinante. “Las palabras mueven; los ejemplos arrastran”.

3) Pasar a la acción. Es la acción la que transforma a las personas, y las actitudes se generan por la cantidad y calidad de acciones repetidas por el sujeto. La pedagogía para las actitudes y los valores ha de ser activa, conectando la afectivdad con la acción y ésta con otras actitudes positivas que ya haya asimilado y adquirido el educando.

4) Control y evaluación de la propia conducta. Manteniendo una charla amistosa y crítica con nosotros mismos periódicamente para valorar los esfuerzos realizados.

5) Comprometerse voluntaria y públicamente en la formación de hábitos que lleven a la adquisición de la actitud deseada.

6) Proporcionar el ambiente más adecuado y las circunstancias más facilitadoras para la formación de actitudes.







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