La religiosa y las necesidades del mundo
Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net

Introducción.
Los cuarenta años de vida post-conciliar han enseñado a la vida consagrada han ayudado a la Iglesia, y por ende a las mujeres consagradas, a conocerse mejor, para mejor evangelizar. Este es a mi parecer, el núcleo del Concilio, su interés y su objetivo prioritario, como lo podemos leer en la última sesión pública del mismo Concilio1 , y como recientemente el Papa Ratzinger ha subrayado2 . El Concilio no pretendía definir nuevos dogmas, sino hacer frente a una situación, hasta cierto punto alarmante. La humanidad cambiaba a pasos acelerados. Los procesos de maduración del hombre y de las culturas habían cambiado en el curso de unos cuantos años. Las transformaciones de una sociedad meramente agrícola a una sociedad industrial, la forma de concebir el mundo y las relaciones humanas, incidían en modo dramático y muchos veces desconcertante en el hombre. La Iglesia, como “madre y maestra” de la humanidad, debía estar al corriente de estos cambios para ayudar al hombre a cumplir con el fin para el cual había sido creado. Sin embargo, se notaba un gran desfase entre la Iglesia y la humanidad.
Aunque no podemos simplificar el objetivo del Concilio en unas cuantas líneas, me permito hacer una ilustración que pretende visualizar y sintetizar los propósito del Concilio. Bien sabemos que la Iglesia ha sido fundada por Cristo como sacramento de salvación3 , procurando buscar los medios más adecuados para que todos los hombres lleguen a la plenitud de la vida para la cual han sido creados. Podemos decir, a manera de ejemplo, que la Iglesia es la encargada de llevar el agua de la salvación a todos los hombres. Para cumplir con esta misión, la Iglesia, formada por todos los hombres, debe conocer muy bien al agua y a los hombres, destinatarios últimos de esta agua. Ignorando ambos elementos la Iglesia correría un doble riesgo. El primero sería el de desconocer qué tipo de agua debe llevar a los hombres, pudiendo cambiarla, tomarla de otras fuentes, o adulterarla con otro tipo de agua. Su deber en primer lugar es la de ser la depositaria de esta agua, conociéndola bien para que no cambie y se mantenga con la misma frescura como cuando la recibió de su fundador, Cristo. El segundo riesgo es la de desconocer el hombre, el tipo de hombre al que debe llevar esta agua. Si el hombre está vestido con un impermeable, es difícil que esta agua llegue hasta lo más profundo de su cuerpo. Si el hombre no se ha bañado por un buen tipo, la suciedad impedirá que penetre el alma por todo su cuerpo. En fin, un conocimiento adecuado y profundo del hombre es necesario para que la función de la Iglesia, llevar el agua a los hombres, se cumpla eficazmente.
En este ejemplo no debemos olvidar que la Iglesia debe buscar también el mejor medio para lograr que el agua llegue al hombre. El simple hecho de conocer el agua y de conocer al hombre no son motivos suficientes para cumplir con su misión. Debe construir los medios adecuados para hacer llegar el agua al hombre. Esos medios se construirían en gran parte de acuerdo al tipo de hombre y de cultura al que quiere llegar. Si el hombre y su cultura están hechos en forma de jarra, entonces un embudo será un medio suficiente para lograr que el agua de la salvación llegue a ese hombre y su cultura. Pero si ellos, hombre y cultura, tienen la forma de un plato, entonces un embudo resultará del todo inadecuado. Versar el agua sobre un plato con un embudo puede resultar inútil o simplemente portador de pocos frutos. Buscar el medio más adecuado para hacer llegar el agua a un plato, sería el construir una manguera de dimensiones adecuadas, de forma tal que el agua no se disperse en el momento de llegar al plato.
El ejemplo podrá parecer un poco tonto, pero pienso que es ejemplificativo del objetivo que pretendía el Concilio: profundizar sobre las verdades de la fe para hacerlas accesibles al hombre de hoy, después de haber reflexionado a su vez sobre este hombre. De aquí la doble necesidad en el momento de aplicar el Concilio Vaticano II: conocer las verdades de la fe4 y conocer al hombre de hoy. Y esta consigna quedó esculpida para la vida consagrada en el decreto Perfectae caritatis.
El hecho de concebir a una religiosa como una evangelizadora en medio de las necesidades del mundo, es un fruto del Concilio. Bien sabemos que el documento conciliar del Vaticano II dedicado a la vida consagrada, Perfectae caritatis, buscando como objetivo la adecuada renovación de la vida consagrada5 , había delineado cinco principios básicos. Uno de ellos traza admirablemente el perfil de la mujer consagrada como evangelizadora: “Promuevan los Institutos entre sus miembros un conocimiento adecuado de las condiciones de los hombres y de los tiempos y de las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente a la luz de la fe las circunstancias del mundo de hoy y abrasados de celo apostólico, puedan prestar a los hombres una ayuda más eficaz.”6 Este carácter evangelizador se va desarrollando a lo largo del periodo post-conciliar, de forma que Juan Pablo II no duda en expresar el deseo de ver Europa nuevamente evangelizada a través de la labor de las personas consagradas7 .
Se abre por tanto un nuevo capítulo para la vida consagrada pues el Concilio está lanzando a la vida consagrada a prestar a los hombres la ayuda más eficaz, apoyándose siempre en los principios del Concilio Vaticano II: conocer la propia fe, conocer al hombre actual y buscar los medios más eficaces para hacer que la salvación llegue a este hombre actual.
Conocer las verdades de la fe, para conocer al hombre de hoy.
De esta forma, a mediados de los años sesentas, dio inicio una aventura para la vida consagrada que aún estamos percibiendo sus efectos8 . Desde la convocación de los Capítulos Generales extraordinarios, hasta la modificación de las Constituciones, pasando en muchos casos a la apertura de casas en tierras de misión, o simplemente a re-plantearse las diversas actividades de apostolado, los objetivos del Concilio vaticano II han ido tomando forma en la vida de muchas mujeres consagradas y de muchos Institutos de vida consagrada.
Sin embargo los resultados no son uniformes, a pesar de la diferencia natural de cada Instituto debido a su propia identidad. La diferencia, como dirá Benedicto XVI en el discurso ya citado del 22 de diciembre de 2005, está en la forma en que se recibió y en el que se aplicó el Concilio. Diferencia que estriba principalmente en el vínculo que se estableció con el pasado histórico9 , siendo para algunos el Concilio Vaticano II un momento claro de ruptura con el pasado para inventar nuevas formas de llegar al hombre, una nueva antropología y también una nueva fe. Observamos por tanto distintos panoramas en el mundo religioso femenino.
Están los Institutos que han preferido la hermenéutica de la discontinuidad y se han dedicado a interpretar el Concilio de acuerdo a sus propios principios o a sus propias ideas, convencidas que los documentos del Concilio no reflejaron fielmente el verdadero espíritu del mismo. Siendo que en el Concilio, piensan ellas, se encontraban personas que debían resguardar muchos intereses ya creados, impidieron al Espíritu el poder expresarse libremente, de forma que los documentos no fueron fruto de las inspiraciones del Espíritu, sino de componendas humanas, de forma tal que se debe ir más allá de los documentos, para descubrir el verdadero espíritu del Concilio. A ello se han dedicado, utilizando claves de lectura diversas como la sociología, la psicología y la política, muchas veces sin respetar los cánones de la más elemental moral humana. Son congregaciones que más que modernizarse, se han aseglarado, copiando formas de vida ajenas a la vida consagrada. En sus apostolados han olvidado la labor de la evangelización, dedicándose casi por completo a labores de promoción humana, cuando no de agitación política activa o pasiva.
Están aquellas congregaciones que no han querido o no han podido llevar la adecuada renovación del Instituto. Han cambiado algunos elementos externos, pocos, pero se han aferrado a una mentalidad pre-conciliar privilegiando muchas de las formas, pero sobretodo una manera de pensar muy distinta a la del hombre actual. Sus obras de apostolado están muy lejos de ser verdaderamente representativas de una Iglesia post-conciliar.
No podemos olvidar a las congregaciones religiosas que no con poco esfuerzo, caminan al paso de la Iglesia y que han llevado a cabo una adecuada renovación del Instituto, tanto en su mentalidad como en las obras. Estas congregaciones religiosas han comenzado en forma lenta pero segura a través de la identificación del propio carisma. No han dudado en invertir material humano y económico para identificar los elementos característicos del propio carisma. Y luego sí, con el carisma bien definido, iniciar una labor de renovación de los elementos externos o internos, tomando como punto de referencia los documentos conciliares y el carisma. Han comenzado con la formación de todas las religiosas, de tal manera que todas pudieran conocer, vivir y transmitir el carisma de la congregación y así aplicarlo en su obrar cotidiano. Para las obras de apostolado han seguido el criterio de conocer primero el hombre y después buscar en el carisma los aspectos que más pudieran adaptarse a la situación de este hombre, de forma de brindar una ayuda eficaz, sin renunciar a su propia identidad. Han llevado a cabo lo que Juan Pablo II llamó la fidelidad creativa10 .
Y un cuarto estadio lo forman la inmensa mayoría de congregaciones que se encuentran, sino indecisas, yo diría en un estado permanente de búsqueda de la propia identidad. Son congregaciones que si bien han llevado a cabo algunas reformas al interno de la congregación, éstas no se han basado en le propio carisma, por el desconocimiento del mismo. Han hecho modificaciones de fachada que no han satisfecho las aspiraciones más profundas de renovación. Se vive en una constante incertidumbre, con un cierto peso y desencantamiento por la vida consagrada. No existe un rumbo fijo y así un Capítulo general puede deshacer lo que el otro empezó a construir. Coexisten directrices para la formación y las religiosas frecuentan cursos guiadas más bien por el gusto personal, que por una verdadera necesidad. El problema fundamental de estas congregaciones es que o han hecho los estudios necesarios para conocer el propio carisma, de forma que éste pueda informar todos los aspectos de su vida y quehacer cotidiano.
No ha sido fácil por tanto, renovar el carisma de la vida consagrada ni renovar cada carisma de los institutos de vida consagrada. Hay quien cree que el carisma viene renovado porque la congregación se dedica a obras de ecología o a los así llamados “apostolados de frontera”. Nada más lejos de la realidad11 . El camino que se debe recorrer es doble. Por un lado es necesario conocer al hombre de hoy y por otro lado es necesario conocer perfectamente el carisma y promover su desarrollo.
Decía el teólogo alemán Bonhoeffer12 que actualmente se debía leer el periódico con una mano y tener el evangelio en la otra. Quien por misión13 propia está llamada a dar a conocer a Cristo al mundo entero, no puede encerrarse en su propio espacio. Debe conocer al mundo y lo que en él acontece. Atrás han quedado las concepciones erróneas de la vida consagrada como la fuga mundi en que se daba la espalda al mundo por considerarlo exclusivamente materia de tentaciones. Este conocimiento del mundo es la concretización de la llamada de la Perfectae caritatis en el número antes citado. Un conocimiento que no se reduce solamente a estar al tanto en las noticias o en los acontecimientos políticos del mundo. Es necesario en primer lugar conocer la configuración natural de este hombre, es decir, cómo está constituido. Muchos se han ayudado en este trabajo de conocer al hombre de diversas ciencias humanas, especialmente la psicología y la sociología, pero creo que han olvidado o dejado a un lado la antropología filosófica que puede dar una visión más completa y amplia de la configuración del hombre. Quien se ha ido por la psicología o la sociología creo que ha reducido su conocimiento del hombre a meros accidentes y fenómenos de conducta. Es necesario por tanto conocer el material primario del que está hecho el hombre y así poder encuadrar en este marco conceptual todos los accidentes y fenómenos adscritos a su situación cultural y a su devenir natural.
Este conocimiento permite establecer las bases de ayuda, como pide el citado número de la Perfectae caritatis: puedan prestar a los hombres una ayuda más eficaz (Perfectae caritatis, n.2d). La ayuda más eficaz será aquella que aporta al hombre el medio o los medios concretos y realizables para lograr su salvación. Es cierto que la salvación está unida a las circunstancias socioculturales del hombre y que no se puede pensar muchas veces en la salvación del hombre en forma desencarnada, cuando se le debe muchas veces ayudar a resolver sus necesidades primarias. Pero es cierto también que sin unas bases firmes de la doctrina cristiana, sin tener claro el objetivo de la salvación, se puede caer en un trabajo meramente de desarrollo humano, perdiendo la finalidad última, como es la evangelización del hombre. Se puede evangelizar al hombre promoviendo su desarrollo integral, pero no se puede promover integralmente al hombre olvidando su evangelización.
La exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata ha dejado ya establecidos cuáles son los areópagos privilegiados de la misión (Vita consecrata, 96) en donde viene privilegiado el campo de la educación. No cabe duda que la educación es un campo privilegiado para las mujeres consagradas en dónde pueden ayudar eficazmente a que el hombre encuentre su salvación. Educación entendida no solamente desde el punto de vista académico, sino como una ayuda para crecer en humanidad bajo la acción del Espíritu Santo (Vita consecrata 96). De esta manera, el hombre podrá comenzar a verse a sí mismo y ver al mundo con los ojos de Dios y coadyuvar a la misión salvífica del mundo, comenzando primero por su propia evangelización.
Para lograr este proceso educativo de la evangelización en todos los niveles, no solamente en el nivel educativo, es necesario que la mujer conozca perfectamente al hombre que debe evangelizar y las verdades de la fe que debe transmitir. Sin este doble conocimiento se corre el riesgo de que la comunicación venga viciada, ya que al no conocer el destinatario no se saben adecuar los contenidos del mensaje al destinatario concreto. No se escogerá por tanto el medio propicio para hacer llegar este mensaje.
Cuando la mujer consagrada conoce y reflexiona los contenidos de la fe que debe transmitir para evangelizar al hombre, entonces podrá establecer un diálogo adecuado con el hombre de hoy. De lo contrario corre el riesgo que la evangelizadora sea evangelizada con el mensaje anti-evangélico del mundo de hoy. El diálogo propuesto por el Concilio Vaticano II y ratificado por Pablo VI como el medio privilegiado de la evangelización14 , sólo tiene sentido cuando se conoce perfectamente las verdades de fe sobre las que se van a dialogar.
Diálogo no es otra cosa que buscar el medio más adecuado para hacer llegar al hombre de hoy las verdades de la fe. Es buscar la forma de hacer llegar el agua de la fe al plato que puede ser el hombre de hoy. Este medio está compuesto de una metodología y de una espiritualidad bien precisa, pues al hablar de la transmisión de la Palabra, no hablamos solamente de la transmisión de unos datos, sino de vida, de verdadera vida divina. Por ello, además de buscar e idear unas formas precisas, es necesario que estas formas estén llenas de Dios o hagan siempre referencia a Él, de lo contrario el medio será simplemente un aparato humano que no llegará al fondo del corazón del hombre.
En el proceso de encontrar el medio más adecuado, la religiosa lleva ventaja a los laicos, ya que, cuando conoce el carisma, se apoya en él como medio para evangelizar, encontrando ahí una metodología y unos medios muy precisos que hacen siempre referencia a una espiritualidad concreta. Esto se puede lograr a condición de que se conozca perfectamente el carisma del fundador y se esté dispuesta a desarrollarlo en las diversas circunstancias que la evangelización lo requiera.
Conocer perfectamente el carisma no significa conocerlo de memoria, sabiendo las fechas más importantes de la vida del fundador o de la historia de la congregación. Conocer perfectamente el carisma no es estudiar las Constituciones y ser capaz de repetir algunos números de memoria. Conocer perfectamente el carisma es saber distinguir el evento que dio origen al carisma, la experiencia del Espíritu hecha por el Fundador y ser capaz de sacar de ahí los elementos necesarios para aplicarlos a las circunstancias actuales. Como dice el documento Mutuae relationes: “El carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu (Evang. testificatio, 11), transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.”
Cuando el carisma se vive como la continuación en el tiempo de esta experiencia del Espíritu se han identificado por una parte los elementos que permitieron al fundador poner en pie el Instituto y las obras más características de él y por otra, los sentimientos y los propósitos que el fundador tenía para poner en pie dichas obras. La forma en que pueden solucionarse algunas de las necesidades del mundo actual, se basará en los sentimientos y los propósitos del fundador, es decir la forma en qué Él hubiera resuelto dichos problemas. Sentimientos y propósitos del fundador se encuentran englobados en lo que la Iglesia reconoce como patrimonio del instituto16 .
Por ello la Iglesia habla del desarrollo constante del carisma, pus si bien las necesidades que dieron origen al carisma pueden haber pasado, permanece sin embargo el espíritu con que el fundador enfrentó dichas necesidades. Es este espíritu el que debe aplicarse cada vez que las mujeres consagradas se cuestionan sobre la forma más idónea para ayudar al hombre actual.
De ahí que la lectura de los problemas actuales necesariamente requiera primero un conocimiento adecuado de las verdades de la fe, unido a un conocimiento perfecto del carisma, que les permita aplicarlo a las circunstancias actuales, buscando las formas más adecuadas de hacer llegar el aguade la salvación, siempre a través de la aplicación de la espiritualidad y la metodología apostólica propias, basadas en el carisma.
Formarse en y con la propia identidad para formar en la identidad.
Reducir la misión a una acción específica, es despojar a la misión de su fundamento teológico y de su proyecto carismático. Por una parte al exhortación apostólica Vita consecrata fundamenta la misión en la consagración, estableciendo un vínculo tal entre ambas que no puede concebirse misión sin consagración ni consagración sin misión. Una presupone la otra: “Se puede decir por tanto que la persona consagrada está «en misión» en virtud de su misma consagración, manifestada según el proyecto del propio Instituto. Es obvio que, cuando el carisma fundacional contempla actividades pastorales, el testimonio de vida y las obras de apostolado o de promoción humana son igualmente necesarias: ambas representan a Cristo, que es al mismo tiempo el consagrado a la gloria del Padre y el enviado al mundo para la salvación de los hermanos y hermanas.”17
Por otra parte, el mismo párrafo apenas citado establece el proyecto carismático de cada Instituto que no es obra de la genialidad de unos hombres o de unas mujeres, sino que responde a una o más necesidades de la Iglesia18 . Una necesidad que no viene inscrita en el tiempo, sino que se prolonga a lo largo del tiempo, ya que el proyecto carismático de un Instituto no queda reducido a las obras o a las acciones apostólicas, sino que comprende la experiencia del Espíritu hecha por el fundador y que deja una huella en la manera de afrontar las necesidades, cualesquiera que éstas sean a lo largo de la historia. La experiencia del Espírituda origen a una metodología apostólica, que se concretiza en una forma especial de ver las necesidades, una manera muy específica de afrontarlas.
De ahí que frente a las necesidades del mundo, las religiosas deben en primer lugar formarse en y formarse con la identidad propia, es decir con el propio carisma. Una mujer idéntica es aquella que tiene claro en la mente lo que es y hacia dónde quiere llegar. Como mujer consagrada con un carisma específico, sabe que debe vivir el seguimiento más cercano de Cristo a través de los consejos evangélicos para vivir el proyecto carismático del Instituto. Se trata por tanto de una formación eminentemente metafísica en donde primero debe aprender a ser y luego a hacer, como lo viene subrayando Benedicto XVI: “Los consagrados y las consagradas, incluso desempeñando muchos servicios en el campo de la formación humana y en la atención a los pobres, en la enseñanza o en la asistencia a los enfermos, saben que el objetivo principal de su vida es « la contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios ». La contribución esencial que la Iglesia espera de la vida consagrada es más en el orden del ser que en el del hacer.”
El ser para la mujer consagrada le viene del carisma. Conocer, vivir y transmitir el carisma en un programa que debe orientar el ser y el quehacer de la mujer consagrada, ya que en el carisma encuentra el fundamento de lo que es y de lo que hace. Por ello, ya desde la formación inicial debe aprender no sólo lo que es el carisma, sino a vivir del carisma y a vivir como el carisma se lo pide. Una asimilación tal del carisma, permitirá desarrollarlo, según los auspicios del Magisterio de la Iglesia: “El carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu (Evang. test. 11), transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.”20 Esta custodia, profundización y desarrollo, si quiere ser verdadero e integral, deberá abarcar todas las facultades del hombre, en manera tal que su antropología quede conformada al carisma. Una antropología fundamentada en principios básicos y sólidos como el concebir al hombre como creado a imagen y semejanza de Dios21 .
De esta manera, formándose en el carisma y con el carisma, la mujer consagrada adquiere una identidad que le perite afrontar en una forma muy específica las necesidades apremiantes del mundo, sin temor alguno a que se deje llevar por modas o posturas de corte netamente horizontalista, en dónde el bienestar individual, los puntos de vista personales, los intereses políticos o sociales, las visiones psicologistas de la persona, prevalecen más que la urgente misión de la vida consagrada, como es la de testimoniar a Cristo en todas las cosas.
La tan temida secularización que vive el mundo se ha infiltrado también en la vida consagrada. Se vive más con los criterios del mundo que con los criterios de Cristo, que han quedado reflejados en el evangelio y en las Constituciones. Para muchas mujeres consagradas las Constituciones han pasado a ser un documento de letra muerta, superadas por visiones personalistas o por las circunstancias del lugar, pareciendo que se viven distintos tipos de Constituciones como cuantas comunidades existan en el mundo. Los vientos del relativismo han penetrado también los muros del convento23 .
Por ello quien se enfrenta a las necesidades del mundo y desconoce o tienen una identidad débil, corre el riesgo de asimilarse a dichas realidades, en base a un diálogo malentendido. Y hoy por hoy, en Europa las realidades a las que debe enfrentarse la vida consagrada pueden leerse bajo el signo de una identidad débil. Muy útil para nuestro estudio es el número 38 de la exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa en el que se describen ampliamente las necesidades de Europa24 . Necesidades que bien podríamos resumir en la siguiente frase del citado número: “La aportación específica que las personas consagradas pueden ofrecer al Evangelio de la esperanza proviene de algunos aspectos que caracterizan la actual fisonomía cultural y social de Europa”. Si hemos dicho que el Concilio Vaticano II quería provocar en los consagrados una toma de conciencia de los problemas del mundo para ofrecer desde la propia consagración una solución a dichos problemas, queda por descontado el hecho de que uno de estos problemas en Europa es la pérdida de la identidad cristiana. Consecuentemente, la religiosa puede enfocar su proyecto carismático en la misión de dar nuevamente a Europa su identidad cristiana.
Esta misión implica una lucha frontal contra el relativismo imperante que ha dado origen a la pérdida de la identidad personal de los europeos. Pérdida de identidad que significa un analfabetismo antropológico en donde las personas desconocen lo que son, su conformación personal y la finalidad para la cual fueron creadas. La mujer consagrada, desde su proyecto carismático puede venir en ayuda para recuperar la noción del hombre como criatura de Dios. Esta recuperación de la propia identidad, el saberse criatura de Dios, creado a su imagen y semejanza, caído por el pecado original y redimido por Jesucristo, podría parecer ajeno al proyecto carismático de cada Congregación. Sin embargo lo es sólo en apariencia, ya que cada acción apostólica guiada por el carisma, pretende ayudar al hombre a recuperar su puesto delante del Creador.
Cuando el fundador o la fundadora, bajo la inspiración del Espíritu santo, pone en marcha una Congregación religiosa, si bien la chispa que ha dado inicio a todo este mecanismo ha sido una necesidad urgente en la Iglesia, la obra de caridad no queda reducida al plano meramente material. La experiencia del Espíritu que Dios suscita en el fundador le permite ver más allá de las necesidades materiales para ver el Cristo que sufre en cada una de esas personas. Es el rostro de Cristo desfigurado, bien sea por el hambre, la enfermedad, la soledad o los nuevos tipos de pobreza que amenazan al continente europeo. Este Cristo doliente es una llamada al carisma de cada Congregación, que habiendo aprendido a contemplar un aspecto específico del misterio de Cristo o de la Revelación puede venir en ayuda de estas dolencias. Aquí se lleva a cabo la fusión entre lo antiguo y lo nuevo. Aquí se realiza en pocas palabras, la deseada renovación para la vida consagrada cuando frente al Cristo doliente de la actualidad, cada congregación religiosa sabe encontrar en su propia espiritualidad los medios necesarios para confortar ese Cristo que sufre en la actualidad.
Y bien sabemos que en Europa, como hemos mencionado, el sufrimiento más lacerante es el de haber perdido su propia identidad. Sin cambiar nada, sin inventar métodos o pedirlos prestados de otras ciencias, la religiosa puede encontrar en el carisma los medios para dar hacer que las personas puedan descubrir nuevamente su identidad como cristianos. Están lógicamente las congregaciones con un carisma netamente educativo que tienen un campo privilegiado en este aspecto, sea en la escuela o en la catequesis. Pero todas las congregaciones, cumpliendo con su proyecto carismático, están dando al hombre un sentido a su vida, a su existencia. Desde el testimonio de vida, con el que provocan un fuerte cuestionamiento sobre el sentido de la existencia, hasta las acciones específicas de su carisma, si es vivido con radicalidad, dejan entrever la existencia de Dios. Este sólo hecho, el de ser testimonios verídico y creíbles de la existencia de Dios, bastaría a los hombres para ayudarles a lograr una ubicación en la propia vida. Ya Benedicto XVI lo viene diciendo, que el papel más importante de la vida consagrada es el de ser testigos que transfiguren la presencia de Dios en el mundo: “Los consagrados y las consagradas hoy tienen la tarea de ser testigos de la transfigurante presencia de Dios en un mundo cada vez más desorientado y confuso, un mundo en el que colores difuminados han sustituido a los colores claros y nítidos. Ser capaces de ver nuestro tiempo con la mirada de la fe significa poder mirar al hombre, el mundo y la historia a la luz de Cristo crucificado y resucitado, la única estrella capaz de orientar "al hombre que avanza entre los condicionamientos de la mentalidad inmanentista y las estrecheces de una lógica tecnocrática.”25
Por ello el carisma, vivido con la radicalidad y la pasión propia de quien vive una identidad fuerte, es el punto de cohesión entre lo antiguo y lo nuevo, entre la espiritualidad de una congregación y las necesidades del mundo actual. No hay que buscar fuera lo que se tiene dentro. La respuesta para las necesidades del hombre de hoy se encuentra en la vivencia fiel, delicada, gozosa y radical del propio carisma. Pues sólo ahí la mujer consagrada es capaz de dar a conocer los principios de una antropología cristiana que da al hombre su sentido en la vida: creado a imagen de Dios, caído pro el pecado original, redimido por Cristo. Cada acción del proyecto carismático debe llevar a traslucir esta verdad. Si las personas logran ver la presencia de Dios en la mujer consagrada, lograrán ver también su propia identidad de hijos de Dios.
Dejarse interpelar por el Amor.
Quizás todos estos discursos pueden ser ya conocidos por las religiosas y de hecho apreciados. Sin embargo no son vividos, o cuestan mucho ser puestos en práctica. No cabe duda de que los problemas que aquejan hoy al mundo religioso femenino y a la misma humanidad pueden en apariencia ser apabullantes y sin solución, o por lo menos, sin una solución a corto plazo. Bien sabemos que en Europa la vivencia de la virtud teológica de la esperanza ha sido el llamado de Juan Pablo II a todos los que de alguna manera están interesados en la evangelización de este continente. Por ello conviene bajar al corazón lo que se conoce con la mente.
Este proceso cordial, no es sólo un sentimiento. Los sentimientos pasan . Lo que se debe lograr son las convicciones profundas que nacen de un corazón que contemplando las necesidades del mundo, deja que esas necesidades toquen las puertas de su corazón, es decir, de su voluntad y se lance a las obras prácticas. Si, como decíamos en el capítulo precedente, el carisma debe hacer de perno para vivir la propia identidad y hacer vivir la identidad cristiana a tantas personas que la han perdido, será el carisma el punto de inicio y de llegada en este dejarse tocar el corazón.
Cuando la religiosa se siente llamada por un sentimiento a sanar las heridas del prójimo no debe quedarse meramente en el sentimiento sino que debe comenzar a involucrar todo su ser. Quien puede asistir a misa, comulgar, participar en la liturgia de las horas en comunidad sin sentir su corazón apesadumbrado frente a las necesidades del mundo, limitándose a una queja o a una lamentación, no puede estar tranquila consigo mismo. Reduce el amor a un sentimiento y en dado caso a una oración. Jesucristo, siendo hombre y Dios, podría habernos salvado con un solo acto de obediencia, pero, para enseñarnos su solidaridad con el hombre y el misterio salvífico del dolor, ha elegido el camino más difícil, el de la Cruz27 .
Hoy día, el mundo religioso femenino vive como narcotizado frente a las necesidades de los hombres. Hace de todo por no inmiscuirse en primera persona en resolver las necesidades de los hombres, siendo la más importante o urgente, por lo menos en Europa, la de recobrar su identidad cristiana. Las mujeres consagradas se engañan a sí mismas dándose argumentos para no lanzarse a la acción. Argumentos que de todos ya son bien sabidos: el envejecimiento de la congregación, las pocas fuerzas que hay en comunidad, las dificultades que se tienen para comunicarse con los jóvenes, la misma fragilidad de los jóvenes y los adultos que no saben tomar decisiones maduras y mantenerlas a lo largo del tiempo. Todo se convierte en una excusa para no dejarse tocar el corazón por la situación de grave necesidad por la que pasan los europeos, especialmente los jóvenes. Es significativo, y hasta causa pena y risa, ver Congregaciones enteras debatiéndose por al actualización del carisma, creyendo que podrán vivir el carisma en la actualidad enrolándose en la lucha por los derechos del hombre al agua, dejando a un lado la verdadera y única necesidad del hombre, que es la de encontrar en primer lugar su sentido en la vida como criaturas de Dios.
De ahí que la mujer consagrada deba hacer una verdadera contemplación mística de las necesidades del hombre, para darse cuenta que están pidiendo a gritos quien les dé un sentido a la existencia28 . Mística porque debe unir al conocimiento de las realidades y de las necesidades del hombre, su propio corazón unido al de Cristo a través del carisma. Es leer la fragilidad de los hombres a la luz del carisma para descubrir en éste los medios más adecuados para dar esperanza al hombre y ayudarle así a salir de su fragilidad, robusteciendo su naturaleza humana. “Y me alegro también de las debilidades, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que sufro por Cristo, porque cuanto más débil me siento, tanto más fuerte soy” (2Cor 12, 10). El carisma, conteniendo la experiencia del espíritu29 que ha hecho el fundador, permite a la mujer consagrada descubrir las cualidades y alas actitudes con las que el fundador encaró la necesidad que dio origen al carisma. La necesidad podrá haber desaparecido, o más bien, se habrá transformado con el tiempo. Pero las actitudes y las cualidades con las que el fundador enfrentó dicha necesidad, forman parte del patrimonio espiritual del Instituto y deben ser propuestas a todos los miembros del mismo como herramientas para ayudar a solucionar las nuevas necesidades del mundo30 . Leer por tanto las nuevas necesidades bajo el signo del carisma, implica conocer el carisma y conocer las nuevas necesidades.
El conocimiento del carisma deberá pasar del conocimiento intelectual al conocimiento cordial de forma tal que la religiosa quiera hacer lo mismo que hizo su fundador, ame lo mismo que amo su fundador y sufra lo mismo que el fundador sufrió al ver las distintas necesidades de los hombres que dieron origen al carisma. Estos sentimientos, no sentimentalismos, deben desembocar en la contemplación del Cristo doliente, el mismo Cristo que contempló el fundador bajo un ángulo y desde una perspectiva muy especial, originada en la experiencia del espíritu. Esta contemplación debe arrancar en la religiosa las mismas decisiones, los mismos afectos que arrancó al fundador, de forma tal que del sentir se pase a la voluntad de acción para ayudar en lo concreto a este Cristo doliente.
Entonces desaparecerán los pretextos para dedicarse a ayudar a los hombres en su fragilidad. Se comenzará a trabajar seguros de poder ayudar a los hombres en sus necesidades actuales.
La “fantasía” de la caridad.
La necesidad urgente por la que pasa Europa es la pérdida de la propia identidad con las diversidades fragilidades que esta necesidad comporta. Urgente por tanto, es la tarea de la nueva evangelización: “Se da, por último, una situación intermedia, especialmente en los países de antigua cristiandad, pero a veces también en las Iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio. En este caso es necesaria una « nueva evangelización » o « reevangelización ».”31
Es necesario saber descubrir las formas más adecuadas para ayudar a los hombres a encontrar el sentido de su vida y el sentido de ser criaturas de Dios. Como hemos dicho, se debe contar con el carisma de tal manera que permitirá buscar las formas más idóneas para ayudar a los hombres a reapropiarse de su identidad, siempre siendo estas formas en consonancia con los tiempos y con el magisterio de la Iglesia. Es de alguna manera, cooperar con el Espíritu que no se cansa de enviar nuevas formas para ayudar a los hombres. Quien ama no puede quedarse satisfecho hasta no ver contento al amado. Para las personas consagradas que viven y trabajan en Europa el amado es Cristo en el hombre que goza del bienestar material, pero sufre en su espíritu al haber perdido el sentido de su vida. El carisma dará las actitudes y las cualidades necesarias de forma que se encuentren soluciones concretas para ayudar a llenar esta carencia. Si el dejarse interpelar por el Amor es el inicio de esta nueva evangelización con el carisma, la vivencia del Amor hará que la mujer consagrada, teniendo como base el carisma, descubra las formas más adecuadas para evangelizar nuevamente a los hombres y mujeres de Europa. No es solamente su cerebro el que se pone a trabajar, es toda su persona motivada por su corazón que no puede no dejar de amar lo que necesita el amado. Es poner en juego la fantasía o la imaginación de la caridad: “El panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social. El cristiano, que se asoma a este panorama, debe aprender a hacer su acto de fe en Cristo interpretando el llamamiento que él dirige desde este mundo de la pobreza. Se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy quizás requiere mayor creatividad. Es la hora de un nueva « imaginación de la caridad », que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno.”32
NOTAS
1 “Por tanto, este Concilio viene a resumirse en su conclusivo significado religioso, que no es sino una potente y amigable invitación a la humanidad de hoy a encontrar, por los caminos del amor fraterno, aquel Dios "del que alejarse es caer, al que dirigirse es resurgir, en el que permanecer es estar seguro, al que retornar es renacer y en el cual habitar es vivir" (S. Agustín, Solil. 1, 1, 3; P.L. 32, 870)” Pablo VI, Discursos, 7.12.1965.
2 “En el gran debate sobre el hombre, que caracteriza el tiempo moderno, el Concilio debía dedicarse de modo especial al tema de la antropología. Debía interrogarse sobre la relación entre la Iglesia y su fe, por una parte, y el hombre y el mundo actual, por otra (cf. ib., pp. 1173-1181). La cuestión resulta mucho más clara si en lugar del término genérico "mundo actual" elegimos otro más preciso: el Concilio debía determinar de modo nuevo la relación entre la Iglesia y la edad moderna.” Benedicto XVI, Discursos, 22.12.2005.
3 Catecismo de la Iglesia Católica: “775 "La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano "(LG 1): Ser el sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios es el primer fin de la Iglesia. Como la comunión de los hombres radica en la unión con Dios, la Iglesia es también el sacramento de la unidad del género humano. Esta unidad ya está comenzada en ella porque reúne hombres "de toda nación, raza, pueblo y lengua" (Ap 7, 9); al mismo tiempo, la Iglesia es "signo e instrumento" de la plena realización de esta unidad que aún está por venir.
776 Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. Ella es asumida por Cristo "como instrumento de redención universal" (LG 9), "sacramento universal de salvación" (LG 48), por medio del cual Cristo "manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre" (GS 45, 1). Ella "es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad" (Pablo VI, discurso 22 junio 1973) que quiere "que todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo" (AG 7; cf. LG 17).
4 Es necesario que esta doctrina, verdadera e inmutable, a la que se debe prestar fielmente obediencia, se profundice y exponga según las exigencias de nuestro tiempo. En efecto, una cosa es el depósito de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta el modo como se enuncian estas verdades, conservando sin embargo el mismo sentido y significado" (Concilio ecuménico Vaticano II, Constituciones. Decretos. Declaraciones, BAC, Madrid 1993, pp. 1094-1095).
5 “Mas para que el eminente valor de la vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos y su función necesaria, también en las actuales circunstancias, redunden en mayor bien de la Iglesia, este Sagrado Concilio establece lo siguiente que, sin embargo, no expresa más que los principios generales de renovación y acomodación de la vida y de la disciplina de las familias religiosas y también, atendida su índole peculiar de las sociedades de vida común sin voto y de los institutos seculares.” Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n.1.
6 Ibidem, 2d.
7 “El testimonio de las personas consagradas es particularmente elocuente. A este propósito, se ha de reconocer, ante todo, el papel fundamental que ha tenido el monacato y la vida consagrada en la evangelización de Europa y en la construcción de su identidad cristiana. Este papel no puede faltar hoy, en un momento en el que urge una « nueva evangelización » del Continente, y en el que la creación de estructuras y vínculos más complejos lo sitúan ante un cambio delicado. Europa necesita siempre la santidad, la profecía, la actividad evangelizadora y de servicio de las personas consagradas. Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 37
8 Utilizaré libremente para esta parte el libro de German Sánchez Griese, Il risveglio del carisma, Edición Art, Roma 2007.
9 “Surge la pregunta: ¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos.
Por una parte existe una interpretación que podría llamar "hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura"; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, está la "hermenéutica de la reforma", de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino.” Benedicto XVI, Discursos, 22.12.2005
10 “Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy.” Juan Pablo II Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37.
11 Arnaldo Pigna, Fedeltà al carisma, en Duc in altum! Edizioni Art 2006, Roma, pp. 67 – 78.
12 Dietrich Bonhoeffer (1906 – 1945)
13 “A la vida consagrada se confía la misión de señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano. Por tanto, en la vida consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo « más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija » (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo discípulo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión «conformadora» con Cristo de toda la existencia, en una tensión global que anticipa, en la medida posible en el tiempo y según los diversos carismas, la perfección escatológica.” Juan Pablo II Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 16.
14 “El deber congénito al patrimonio recibido de Cristo es la difusión, es el ofrecimiento, es el anuncio, bien lo sabemos: Id, pues, enseñad a todas las gentes(43) es el supremo mandato de Cristo a sus Apóstoles. Estos con el nombre mismo de Apóstoles definen su propia e indeclinable misión. Nosotros daremos a este impulso interior de caridad que tiende a hacerse don exterior de caridad el nombre, hoy ya común, de "diálogo".” Pablo VI, Ecclesiam suam, 6.8.1964, n. 26.
15 Sagrada congregación para los religiosos e institutos seculares, Mutuae relationes, 23.4.1978, n. 11.
16 Códice de Derecho Canónico, Canon 578 Todos han de observar con fidelidad la mente y propósitos de los fundadores, corroborados por la autoridad eclesiástica competente, acerca de la naturaleza, fin, espíritu y carácter de cada instituto, así como también sus sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio del instituto.
17 Pablo II Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 72.
18 Pier Giordano cabra, Breve corso sulla Vita consacrata, Ed. Queriniana, Brescia 2004, p. 182 – 183.
19 Benedicto XVI, Exhortación apostólica post-sinodal Sacramentum caritatis, 22.2.2007, n. 81.
20 Sagrada Congregación para los religiosos e Institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n. 11.
21 “La base de la antropología cristiana es bíblica y está en la afirmación que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1, 26). Esta afirmación si bien se encuentra en el libro del Génesis y en el contexto de la creación del primer hombre, no se refiere solamente al primer hombre, sino que se aplica a todos los hombres. Se refiere por tanto a la naturaleza misma del hombre y es parte constitutiva de su definición.” Jean-Claude Larchet, L’inconscio spirituale, malattie psichiche e malattie spirituali, Edizioni San Palo 2006, Milano, p. 19
22 “De hecho, la cultura secularizada ha penetrado en la mente y en el corazón de no pocos consagrados, que la entienden como una forma de acceso a la modernidad y una modalidad de acercamiento al mundo contemporáneo. La consecuencia es que, juntamente con un indudable impulso generoso, capaz de testimonio y de entrega total, la vida consagrada experimenta hoy la insidia de la mediocridad, del aburguesamiento y de la mentalidad consumista.” Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006
23 “La legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más difundidos de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar en el contexto actual.” Juan Pablo II, Encíclica Fides et ratio, 14.9.1998, n. 5
24 “La aportación específica que las personas consagradas pueden ofrecer al Evangelio de la esperanza proviene de algunos aspectos que caracterizan la actual fisonomía cultural y social de Europa. Así, la demanda de nuevas formas de espiritualidad que se produce hoy en la sociedad, ha de encontrar una respuesta en el reconocimiento de la supremacía absoluta de Dios, que los consagrados viven con su entrega total y con la conversión permanente de una existencia ofrecida como auténtico culto espiritual. En un contexto contaminado por el laicismo y subyugado por el consumismo, la vida consagrada, don del Espíritu a la Iglesia y para la Iglesia, se convierte cada vez más en signo de esperanza, en la medida en que da testimonio de la dimensión trascendente de la existencia. Por otro lado, en la situación actual de pluralismo religioso y cultural, se considera urgente el testimonio de la fraternidad evangélica que caracteriza la vida consagrada, haciendo de ella un estímulo para la purificación y la integración de valores diferentes, mediante la superación de las contraposiciones. La presencia de nuevas formas de pobreza y marginación debe suscitar la creatividad en la atención de los más necesitados, que ha distinguido a tantos fundadores de Institutos religiosos. Por fin, la tendencia de la sociedad europea a encerrarse en sí misma se debe contrarrestar con la disponibilidad de las personas consagradas a continuar la obra de evangelización en otros Continentes, a pesar de la disminución numérica que se observa en algunos Institutos.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 38.
25 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006.
26 Una exposición magnífica al respecto la lleva a cabo Benedicto XVI, cuando en su encíclica Deus caritas est expone como el amor puede hincar en un sentimiento, pero no debe reducirse a sentimiento, sino que de ahí debe abarcar todas las potencias del hombre, es decir, su entendimiento y su voluntad: “En el desarrollo de este encuentro se muestra también claramente que el amor no es solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor. Al principio hemos hablado del proceso de purificación y maduración mediante el cual el eros llega a ser totalmente él mismo y se convierte en amor en el pleno sentido de la palabra. Es propio de la madurez del amor que abarque todas las potencialidades del hombre e incluya, por así decir, al hombre en su integridad. El encuentro con las manifestaciones visibles del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegría, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento. El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. No obstante, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por « concluido » y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo. Idem velle, idem nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común. La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de mí que lo más íntimo mío. Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría (cf. Sal 73 [72], 23-28).” Benedicto XVI, Deus caritas est, 25.12.2005, n. 17.
27 Catecismo de la Iglesia católica, n. 615: “Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos" (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que "se dio a sí mismo en expiación", "cuando llevó el pecado de muchos", a quienes "justificará y cuyas culpas soportará" (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados (cf. Cc de Trento: DS 1529).”
28 “Pero, como han subrayado los Padres sinodales, « el hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se convertiría en insoportable ». Frecuentemente, quien tiene necesidad de esperanza piensa poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. De este modo la esperanza, reducida al ámbito intramundano cerrado a la trascendencia, se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica, con las diversas formas de mesianismo, con la felicidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial de las sustancias estupefacientes, con ciertas modalidades del milenarismo, con el atractivo de las filosofías orientales, con la búsqueda de formas esotéricas de espiritualidad o con las diferentes corrientes de New Age. Sin embargo, todo esto se demuestra sumamente ilusorio e incapaz de satisfacer la sed de felicidad que el corazón del hombre continúa sintiendo dentro de sí. De este modo permanecen y se agudizan los signos preocupantes de la falta de esperanza, que a veces se manifiesta también bajo formas de agresividad y violencia.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 10.
29 Sagrada congregación para los religiosos e institutos seculares, Mutuae relationes, 23.4.1978, n. 11.
30 Esto es lo que se conoce como fidelidad creativa sugerida y auspiciado por Juan Pablo II como una forma de llevar a cabo la adecuada renovación en los Institutos religiosos. “Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy. Esta invitación es sobre todo una llamada a perseverar en el camino de santidad a través de las dificultades materiales y espirituales que marcan la vida cotidiana. Pero es también llamada a buscar la competencia en el propio trabajo y a cultivar una fidelidad dinámica a la propia misión, adaptando sus formas, cuando es necesario, a las nuevas situaciones y a las diversas necesidades, en plena docilidad a la inspiración divina y al discernimiento eclesial. Debe permanecer viva, pues, la convicción de que la garantía de toda renovación que pretenda ser fiel a la inspiración originaria está en la búsqueda de la conformación cada vez más plena con el Señor.” Juan Pablo II Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37.
31 Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris missio, 7.12.1990, n. 33.
32 Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, 6.1.2001, n. 50.
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