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Sembrando Esperanza I

Todo lo que me falta aprender
Las caídas y las dificultades, es un complemento necesario para darle valor a la vida.


Por: P. Dennis Doren L.C. | Fuente: Catholic.net




La vida es un continuo aprender, todos quisiéramos tener un manual-instructivo para saber enfrentar situaciones, sentir siempre el gustito de los avances y triunfos, evitar errores y fracasos. Cómo quisiéramos que nuestra vida fuese siempre un caminar sobre rosas, sin sobresaltos, y que todo estuviese bajo control; pero tenemos que ser sinceros, esto es imposible, no pueden faltar las espinas, las caídas y las dificultades, es un complemento necesario para darle valor a la vida, y así, con los años, ir viviendo con sabiduría los diversos momentos.

Al primer año de nacido, aprendí lo importante que es un juguete; sobre todo si tiene rico gusto.
A los 2 años, aprendí que caerse duele.
A los 3 años, aprendí que duele más una palabra que un golpe.
A los 4 años, aprendí lo interesante que puede ser un rompecabezas.
A los 5 años, aprendí que a los pececitos dorados no les gusta la gelatina...
A los 6 años, aprendí que bañar a las tortugas con agua caliente, las mata, aunque huelan feo.
A los 7 años, aprendí lo confortante que se siente un abrazo de papá o mamá cuando uno siente miedo, o simplemente, cuando tiene necesidad de sentirse amado.
A los 8 años, aprendí que no todo se puede arreglar con un berrinche.
A los 9 años, aprendí que mi profesora sólo me preguntaba cuando yo no sabía la respuesta.
A los 10 años, aprendí que era posible estar enamorado de cuatro chicas al mismo tiempo.
A los 12 años, aprendí que si tenía problemas en la escuela, los tenía más grandes en casa.
A los 13 años, aprendí que cuando mi cuarto quedaba del modo que yo quería, mi madre me mandaba a ordenarlo.
A los 15 años, aprendí que no debía descargar mis frustraciones en mi hermano, porque mi padre tenía frustraciones mayores... y la mano más pesada.
A los 16 años, aprendí que mi hermana no era mi mayor enemiga, y que podía ser mi mejor confidente.
A los 17 años, aprendí que emborracharte no siempre es el mejor sentimiento (menos al otro día), y que no es la mejor forma de solucionar los problemas.
A los 18 años, aprendí que no valía la pena discutir con mi madre.
A los 19 años, aprendí lo que duele dejar a alguien que amas.
A los 20 años, aprendí que los grandes problemas siempre empiezan pequeños.
A los 21 años, aprendí que un libro puede llegar a ser una buena compañía.
A los 22 años, aprendí que si encuentras a la persona adecuada, te puede enseñar a amar.
A los 23 años, aprendí lo que es extrañar a alguien y lo grato que es volverlo a encontrar.
A los 24 años, aprendí que con el tiempo, las cosas se miran de una forma diferente.
A los 25 años, aprendí que aunque me quería comer el mundo, aún me faltaba mucha experiencia.
A los 26 años, aprendí que no importa lo lejos que viajes cuando quieras huir de algo, tus problemas siempre te acompañarán a lo largo de toda la travesía.
A los 27 años, aprendí que el título obtenido no era la meta soñada.
A los 28 años, aprendí que se puede hacer, en un instante, algo que te va a hacer doler la cabeza la vida entera.
A los 30 años, aprendí que se necesita mucho amor, paciencia e inteligencia para convivir con alguien.
A los 32 años, me di cuenta lo que me faltó platicar y convivir con mi padre y todo lo que perdí al no aprender de él.
A los 33 años, aprendí que todos somos susceptibles a una palabra, una mirada o un gesto de amor (aunque a algunos les cueste reconocerlo).
A los 34 años, aprendí que no se cometen muchos errores con la boca cerrada.
A los 35 años, aprendí que puedes deprimirte como cuando tenías 17 años y eso no está mal, sólo significa que estás empezando a pensar en tí mismo.
A los 36 años, entendí que mi madre no va cambiar y sigue siendo inútil discutir con ella.
A los 37 años, comprendí lo lejos que estaba de saber quién era.
A los 38 años, aprendí que a veces la vida se repite y duele igual que la primera vez.
A los 39 años, aprendí que ser buen amigo, no se trata sólo de recibir.
A los 40 años, aprendí que, si estás llevando una vida sin fracasos, no estás corriendo los suficientes riesgos, y que el fracaso es inminente; pero lo que más me ha marcado en esta edad, es entender y aceptar que las garantías se acaban y que llegan expresiones como “nunca”; nunca antes me había pasado...

Luego, al pasar de los años aprendí:

Que puedes hacer a alguien disfrutar el día, solo con un pequeño detalle que casi siempre no cuesta nada.
Que niños y abuelos son aliados naturales.
Que ver una buena película puede darme una tarde agradable.
Que aprender a aceptarme como soy, me puede ayudar a no sentirme tan solo.
Que es absolutamente imposible tomar vacaciones sin engordar algunos kilitos.
Que no puedo cambiar lo que pasó, pero sí puedo dejarlo atrás.
Que las cosas que te pasan y que te duelen siempre te dejan una enseñanza, y está en ti encontrarla.

Pude aprender:

Que la vida es: un plan, una misión, una obra, un destino. La vida es canal, puente, vía. La vida es regalar sin esperar, recibir sin merecer, remediar sin cobrar, sufrir sin preguntar, ¡y amar sin exigir! No es todo ligereza, ni todo tragedia; no es todo luz, ni todo sombra; no es todo verdad, ni todo mentira. Es una mezcla, un barajar de ingredientes, un atareo diario, un aderezo constante de saboreo. La vida es un mensaje que se lleva, un don que se cultiva, un compromiso que se cumple, una imagen que se transmite, ¡una respuesta a Dios!; dar y darse, ser y sentir, amar y crecer, sembrar y producir.

¡Eso es la vida!

Que nunca es tarde para decir lo siento y perdón; que puede doler, pero sé que después me voy a sentir mejor.
Que nunca es tarde para decir la verdad (por más dura que esta sea), y que tampoco es tarde para enfrentar a quien le hice daño si aquella persona te quiere.
Que pedir ayuda puede dar mucha vergüenza y miedo, pero que a veces es necesario y hay que sacar fuerzas y valor para hacerlo.
Que la mayoría de las cosas por las cuales me he preocupado, nunca suceden.
Que esperar a los hijos despierto, cuando salen de noche, no va a hacer que lleguen más temprano. Es necesario comentarles a la hora en la que yo me quiero ir a descansar.
Que si esperas a jubilarte para disfrutar de la vida, esperaste demasiado tiempo.
Que nunca se debe ir a la cama sin resolver una pelea.
Que me hubiera gustado tener la experiencia que tengo ahora cuando era más joven, seguramente no habría dejado pasar muchas oportunidades; y que ahora entiendo que eso es imposible y que sólo me queda aplicar mis experiencias y no perder la oportunidad; discernir mejor a las personas, las cosas y las situaciones.
Que si las cosas van mal, yo no tengo por qué ir con ellas.
Que envejecer es importante y no me queda otra.
Que amé menos de lo que hubiera debido.
Y hoy, me doy cuenta que…tengo mucho por aprender y que no importa la edad que tenga, aún estoy a tiempo de cambiar las cosas, llegar a la plenitud de la vida y ser feliz.

 

 

 

 









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