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Sembrando Esperanza I

Las manos que una vez me ayudaron
Aunque muchos te aplaudan, muchas manos antes te han acompañado, orientado, impulsado, exigido, y sobre todo, se han sacrificado por tí.


Por: P. Dennis Doren LC | Fuente: Catholic.net




Hay experiencias en la vida que te van marcando y te enseñan que a lo largo de los pequeños o grandes triunfos que has podido obtener, siempre hay alguien que de alguna forma, directa o indirecta, te ha ayudado. Recuérdalo siempre, tu triunfo no es sólo tuyo. Aunque muchos te aplaudan, muchas manos antes te han acompañado, orientado, impulsado, exigido, y sobre todo, se han sacrificado por tí. Si triunfaste en el deporte, tal vez tendrás que reconocer la paciencia y el tiempo que te ha dedicado tu entrenador, las idas y venidas de tus papás que te han llevado y traído desde pequeñito, las palabras de ánimo en los primeros fracasos (claro que todo esto no le quita el mérito a tus propios esfuerzos), y así podríamos multiplicar los ejemplos.

Con nuestras propias fuerzas y manos no llegaríamos muy lejos, por eso hoy vamos a reconocer y agradecer a todas aquellas personas que con desinterés, sacrificio, cariño y amor, han apostado por nosotros, por tí y por mí; desde aquellas primeras maestras en el preescolar hasta nuestros abuelitos, hermanos, papás, compañeros, que con amor, nos han acompañado a lo largo de nuestra vida. La historia que ahora les cuento, nos enseña una gran lección de vida, de vida familiar y de un apoyo incondicional, sólo nos dice que el amor es más fuerte, incluso, que nuestros propios proyectos.

En el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nüremberg, vivía una familia con varios hijos. Para poder poner pan en la mesa para todos, el padre trabajaba casi 18 horas diarias en las minas de carbón y en cualquier otra cosa que se presentara. Dos de sus hijos tenían un sueño: querían dedicarse a la pintura, pero sabían que su padre jamás podría enviar a ninguno de ellos a estudiar a la Academia.

Después de muchas noches de conversaciones calladas, los dos hermanos llegaron a un acuerdo: lanzarían al aire una moneda y el perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al que quedara en casa con las ventas de sus obras, así los dos hermanos podrían ser artistas.
Lanzaron al aire la moneda un domingo al salir de la Iglesia. Uno de ellos, llamado Albretch Durero, ganó y se fue a estudiar a Nüremberg; entonces el otro hermano, Albert, comenzó el peligroso trabajo en las minas, donde permaneció por los próximos cuatro años para sufragar los estudios de su hermano, que desde el primer momento fue toda una sensación en la Academia.

Los grabados de Albretch, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores, y para el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte.
Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durero se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Albretch se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido que tanto se había sacrificado trabajando en las minas para hacer sus estudios una realidad, y dijo: "Ahora, Albert hermano mío, es tu turno; ahora puedes ir tú a Nüremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de todos tus gastos".

Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba Albert. Pero éste, con el rostro empapado en lágrimas, se puso de pie y dijo suavemente: "No hermano, no puedo ir a Nüremberg, es muy tarde para mí. Estos cuatro años de trabajo en las minas han destruído mis manos, cada hueso de mis dedos se ha roto al menos una vez, y la artritis en mi mano derecha ha avanzado tanto que, hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis; no podría trabajar con delicadas líneas el compás o el pergamino, y no podría manejar la pluma ni el pincel. No hermano, para mí ya es tarde, pero soy feliz de que mis manos deformes hayan servido para que las tuyas ahora, hayan cumplido su sueño".

Más de 450 años han pasado desde ese día. Hoy, los grabados, óleos, acuarelas, tallas y demás obras de Albretch Durero, pueden ser vistos en museos alrededor de todo el mundo; pero seguramente tú, como la mayoría de las personas, sólo recuerdes uno; seguramente hasta tengas uno en tu oficina o en tu casa. Es el que un día, para rendir homenaje al sacrificio de su hermano Albert, Albretch Durero dibujó: las manos maltratadas de su hermano, con las palmas unidas y los dedos apuntando al cielo. Llamó a esta poderosa obra simplemente "Manos", pero el mundo entero abrió de inmediato su corazón a su obra de arte y se le cambió el nombre a la obra por el de "Manos que oran".

Cuando veas una copia de esta obra, mírala bien. Y ojalá que sirva para que, cuando te sientas demasiado orgulloso de lo que haces, recuerdes que ¡en la vida nadie nunca triunfa solo!

 

 

 

 



 

 







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