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La flor de la honestidad

La flor de la honestidad
Sembrando Esperanza II. El valor de la honestidad, no es solo el decir la verdad, sino actuar en la verdad.


Por: P. Dennis Doren L.C. | Fuente: Catholic.net



Mentiritas van y mentiritas vienen, mentiritas piadosas, mentiritas que se dijeron porque estábamos bromeando.

Así llega un momento en que ya nos acostumbramos a decirlas, una mentira tapa otra y con ella llega la inquietud en la conciencia de ser descubiertos…, luego comienzan los engaños y las trampas más gruesas, engañar por conveniencias, por no quedar en ridículo, para que no piensen mal de mí, por intereses personales, etc. y lo peor es la naturalidad con que lo hacemos, los lugares son muy definidos: en la escuela, en el trabajo, en la relación con los papás, con los amigos.

El valor de la honestidad, no es solo el decir la verdad, sino actuar en la verdad; es una virtud que tenemos que recobrar y aplaudir en un mundo que parece que aplaude la deshonestidad y mentira. Todos queremos estar frente a personas honestas,sabemos que ellas nunca nos darán la espalda, y menos, nos clavarán un cuchillo por la espalda. Y querámoslo o no, al final la honestidad se paga y se paga bien.

Se cuenta que allá por el año 250 AC, en la China antigua, un príncipe de la región norte del país estaba por ser coronado emperador, pero de acuerdo con la ley, él debía casarse. Sabiendo esto, decidió hacer una competencia entre las muchachas de la corte para ver quién sería digna de su propuesta.

Al día siguiente, el príncipe anunció que recibiría en una celebración especial a todas las pretendientes y lanzaría un desafío. Una anciana que servía en el palacio hacía muchos años, escuchó los comentarios sobre los preparativos. Sintió una leve tristeza porque sabía que su joven hija tenía un sentimiento de profundo amor por el príncipe.

Al llegar a la casa y contar los hechos a la joven, se asombró al saber que ella quería ir a la celebración. Sin poder creerlo, reguntó: Hija mía, ¿qué vas a hacer allá?. Todas las muchachas más bellas y ricas de la corte estarán allí. Sácate esa idea insensata de la cabeza. Sé que debes estar sufriendo, pero no hagas que el sufrimiento se vuelva locura.

Y la hija respondió: no estoy sufriendo y tampoco estoy loca. Yo sé que jamás seré escogida, pero es mi oportunidad de estar por lo menos por algunos momentos cerca del príncipe, esto me hará feliz.

Por la noche, la joven llego al palacio. Allí estaban todas las muchachas más bellas, con las más bellas ropas, con las más bellas joyas y con las más determinadas intenciones (en pleno el mundo social de la apariencia).

Entonces, finalmente, el príncipe anunció el desafío:

Daré a cada una de ustedes una semilla, aquella que traiga la flor más bella dentro de seis meses será escogida para ser mi esposa y futura emperatriz de China.

La propuesta del príncipe seguía las tradiciones de aquel pueblo que valoraba mucho la especialidad de cultivar algo, sean: costumbres, amistades, relaciones, etc.

El tiempo pasó y la dulce joven, aunque no tenía mucha habilidad en las artes de la jardinería, cuidaba con mucha paciencia y ternura de su semilla, pues sabía que si la belleza de la flor surgía como su amor, no tendría que preocuparse con el resultado... Pasaron tres meses y nada brotó.

La joven intentó todos los métodos que conocía pero nada había nacido. Día tras día veía más lejos su sueño, pero su amor era más profundo.

Por fin pasaron los seis meses y nada había brotado. Consciente de su esfuerzo y dedicación, la muchacha le comunicó a su madre que sin importar las circunstancias ella regresaría al palacio en la fecha y hora acordadas solo para estar cerca del príncipe por unos momentos.

En la hora señalada estaba allí, con su vaso vacío. Todas las otras pretendientes tenían una flor, cada una más bella que otra, de las más variadas formas y colores. Ella estaba admirada.

Nunca había visto una escena tan bella. Finalmente, llegó el momento esperado y el príncipe observó a cada una de las pretendientes con mucho cuidado y atención. Después de pasar por todas, una a una, anunció el resultado.

Aquella bella joven con su vaso vacío sería su futura esposa. Todos los presentes tuvieron las más inesperadas reacciones. Nadie entendía por qué él había escogido justamente a aquella que no había cultivado nada. Entonces, con calma, el príncipe explicó:

Ella fue la única que cultivó la flor que la hizo digna de convertirse en emperatriz: LA FLOR DE LA HONESTIDAD. Todas las semillas que entregué eran estériles.

En tiempos donde lo importante parece ser la apariencia, los resultados, los logros, lo visible, aún cuando no sea verdad, cultivar el valor de la honestidad parece un valor perdido. Somos capaces de inventar los más variados argumentos para excusarnos, por no decir: "me equivoqué, tienes razón, no sé acerca de esto".

Opinamos, sobre todo, juzgamos a todos... La "viveza" se ha convertido en un valor, encubriendo la mentira, el engaño, la falta de honestidad... La verdad, la sinceridad, la humildad, tienen que ser la virtudes que nos enseñen a ser más dignos y humanos.

Si he terminado mi día siendo leal a mí mismo, sin traicionar mis principios, mis creencias y mis sentimientos, sin dejar de ser quien soy para quedar bien u obtener resultados... HA SIDO UN DÍA PLENO.

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  • P. Dennis Doren LC


    Puedes escuchar esta meditación en audio entrando al Podcast de Catholic.net aquí:





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