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Sembrando Esperanza II

Cuando en tu corazón hay un tesoro
Señor, no permitas que me quede donde estoy. Ayúdame a llegar a donde Tú quieres.


Por: P. Dennis Doren L.C. | Fuente: Catholic.net




"Detrás de un sufrimiento, a veces hay un pensamiento equivocado" (Anónimo).

El pequeño Chad era un muchachito tímido y callado. Un día, al llegar a casa, dijo a su madre que quería preparar una tarjeta para el día de la amistad a cada chico de su clase.

Ella pensó, con el corazón oprimido: "ojalá no haga eso", pues había observado que, cuando los niños volvían de la escuela, Chad iba siempre detrás de los demás. Los otros reían, conversaban e iban abrazados, pero Chad siempre se quedaba excluido del grupo.

Así y todo, por seguirle la corriente, compró papel, pegamento y lápices de colores. Chad dedicó tres semanas a trabajar con mucha paciencia, noche tras noche, hasta hacer treinta y cinco tarjetas.

Al amanecer del día de la amistad, Chad no cabía en sí de entusiasmo. Juntó los regalos con todo cuidado, los metió en una bolsa y salió corriendo a la calle. La madre decidió prepararle sus pastelitos favoritos para servírselos cuando regresara de la escuela. Sabía que llegaría desilusionado y de ese modo esperaba aliviarle un poco la pena.

Le dolía pensar que él no iba a recibir muchos regalos ese día, y menos de sus compañeros de escuela. Ninguno, quizá.

Esa tarde, la mamá puso en la mesa los pastelitos y el vaso de leche, al oír el bullicio de los niños, miró por la ventana. Como era de esperar, venían riendo y divirtiéndose en grande. Chad siempre venía último, pero en esta ocasión caminaba algo más deprisa que de costumbre.

La mamá supuso que estallaría en lágrimas en cuanto entrara, tal vez comentando que sus compañeros eran malos amigos. El pobre venía con los brazos vacíos, le abrió la puerta haciendo un esfuerzo para contener las lágrimas.

Mami te preparó leche con pastelitos -dijo con una voz dulce y entrecortada-, era la expresión de una mamá que intuía el dolor de su hijo. Apenas él oyó esas palabras, pasó a su lado con una expresión radiante, sin decir más que:¡ninguno!, ¡ninguno!...

Ella sintió que el corazón le daba un vuelco, al pensar que se refería a los regalos que nunca recibió de sus compañeros.

Y en entonces agregó: ¡no me olvidé de ninguno!, ¡de ninguno!

Chad, con este corazón tan grande y lleno de nobleza, tiene un lugar privilegiado en el corazón de Dios. Espero que tu también lo tengas...

Recuerdo que antes de que yo naciera estaba preocupado porque no conocía el mundo al que llegaría, entonces le pedí a Dios instrucciones para vivir en esta tierra.

Dios acercó su voz a mi oído y me dijo:

Sé como el sol: Levántate temprano y no te acuestes tarde.

Sé como la luna: Brilla en la oscuridad, pero sométete a la luz mayor.

Sé como los pájaros: Come, canta y vuela.

Sé como las flores: Enamoradas del sol, pero fieles a sus raíces.

Sé como el buen perro: Obediente, pero nada más a su Señor.

Sé como la fruta: Bella por fuera, saludable por dentro.

Sé como el día: Que llega y se retira sin alardes.

Sé como el oasis: Da tu agua al sediento.

Sé como la luciérnaga: Aunque pequeña, emite su propia luz.

Sé como el agua: Buena y transparente.

Sé como el río: Siempre hacia adelante.

Sé como Lázaro: Levántate y anda.

Sé como José: Cree en tus sueños.

Y por sobre todas las cosas, sé como el cielo: La morada de Dios.


Señor, no permitas que me quede donde estoy. Ayúdame a llegar a donde Tú quieres.

 

 

 

 



 

 

 

 









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