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57. Han roto el cascarón y está vacío: Resucitó…

57. Han roto el cascarón y está vacío: Resucitó…
Sembrando Esperanza II.


Por: P. Dennis Doren LC | Fuente: Catholic.net



Hoy festejamos el don de la Resurrección,
hemos acompañado a Jesús a lo largo de estos
días de sufrimiento y soledad, pero el dolor y la
muerte no terminan aquí, el Sepulcro está vacío,
verdaderamente HA RESUCITADO, ALELUYA.
Jeremías nació con algunas dificultades. A
la edad de 12 años no había pasado de 2º grado y
parecía que jamás podría aprender nada.
Con frecuencia, su maestra se exasperaba
con él porque solía estar en su banco moviéndose y
gruñendo. A veces hablaba claramente, como si un
rayo de luz hubiera penetrado en la oscuridad de su
cerebro; pero la mayor parte del tiempo, Jeremías
irritaba a su maestra.
Cierto día, citó a sus padres para hablarles.
Cuando ellos entraron en el aula vacía, la maestra les
dijo: “Jeremías verdaderamente tiene que asistir a
una escuela especial. No es bueno para él estar con
niños más pequeños que no tienen problemas de
aprendizaje; de hecho, tiene un atraso mental de

cinco años con respecto a los otros alumnos”.
La mamá lloraba calladamente, mientras
su esposo le decía a la maestra: “Señorita, no hay
ninguna escuela especial aquí, sería un golpe terrible
para Jeremías si lo quitáramos de esta escuela; a él
verdaderamente le gusta estar aquí”.
La maestra permaneció sentada durante un
largo rato después que se habían ido los padres de
Jeremías, contemplando a través de la ventana la
nieve que caía y que parecía enfriarle el alma. Quería
entender a estos padres, después de todo, su único
hijo tenía una enfermedad terminal. Pero no era
bueno tenerle en su clase, había otros 18 niños a los
que debía enseñarles, y Jeremías solo los distraía;
además, nunca aprendería a leer y escribir. ¿Por qué
malgastar más tiempo con él?
Mientras pensaba en esto, comenzó a sentirse
culpable. “Aquí estoy, lamentándome por mis
problemas, que no son nada comparados con los de
esa pobre familia”, pensó. Y también oró: “Señor,
ayúdame a ser más paciente con Jeremías”. Y a
partir de ese día, trató verdaderamente de ignorar los
ruidos que hacía el niño y las hojas en blanco de su
cuaderno.
Un día, Jeremías caminó dificultosamente
hasta el escritorio de su maestra arrastrando
su pierna. “La amo, Señorita”, exclamó lo
suficientemente fuerte como para que toda la clase lo
oyera. La maestra se puso roja, especialmente al ver
los gestos que hacían los otros alumnos. Ella alcanzó
a tartamudear: “Bue… bueno… es muy lindo lo que
me dices, Jeremías. Ah… ahora, por favor vuelve a
tu asiento…”.
Pasó el tiempo, llegó la primavera, y los niños
conversaban animadamente acerca de la proximidad
de la Pascua.
La maestra les contó la historia de Jesús, y
para destacar la idea de que la vida renacería, entregó
a cada uno de los niños un huevo grande de plástico,
y les dijo: “Quiero que lo lleven a su casa, y mañana
lo traigan con algo dentro que nos enseñe sobre la
vida. ¿Entienden?” “Síííí, Señorita”, respondieron
entusiasmados todos los niños, excepto Jeremías.
Estaba escuchando atentamente, sus ojos no se
quitaban del rostro de la maestra. Ni siquiera estaba
haciendo sus ruidos habituales. ¿Habría entendido lo
que ella dijo acerca de la muerte y la resurrección de
Jesús? ¿Podría hacer la tarea? ¿Llamaría a sus padres

para explicarles lo que Jeremías tenía que hacer?
Esa tarde tuvo que hacer muchas compras,
planchar una blusa, preparar la cena y se olvidó
completamente de hacer esa llamada.
Al día siguiente, los 19 alumnos vinieron a
clase. Reían y charlaban mientras ponían los huevitos
de plástico en la canasta vacía que estaba sobre el
escritorio de su maestra. Y al finalizar el período de
clases, llegó el momento de abrirlos.
En el primero, la maestra encontró una flor:
“Oh, sí, una flor es señal de una nueva vida”, dijo. El
siguiente huevo contenía una mariposa de plástico,
que parecía real. Su comentario fue: “Todos sabemos
que algunas orugas se convierten en mariposa. Sí,
ésta también es una vida nueva”. Después abrió otro
donde había una piedra cubierta de musgo. Y explicó
que el musgo también era una muestra de vida.
A continuación abrió el cuarto huevo. Su
respiración se hizo entrecortada. ¡Este estaba vacío!
“Seguramente debe ser de Jeremías”, pensó. “No
habrá entendido mis instrucciones. Si no me hubiera
olvidado de telefonear a sus padres…”.
Y como no quería que Jeremías se sintiera
mal, lentamente puso el huevo a un lado y tomó otro.
Repentinamente Jeremías le dijo: “Señorita, ¿no va
a hablar acerca del huevo que yo traje?” Nerviosa,
le contestó: “Pero Jeremías, el huevo está vacío”. Y
él, mirándole a los ojos, le dijo suavemente: “Sí, pero
también la tumba de Jesús estaba vacía”.
Pareció que el tiempo se detenía, cuando
pudo hablar nuevamente, la maestra le preguntó:
“¿Sabes por qué la tumba estaba vacía?” “Oh,
sí”, dijo Jeremías. “A Jesús lo mataron y lo pusieron
allí, pero Su Padre lo resucitó”.
Sonó la campana, y mientras los niños corrían
hacia fuera, la maestra se puso a llorar y el hielo de su
corazón se derritió.
Jeremías murió tres meses después. Los que
concurrieron a su velatorio, se sorprendieron al ver
19 huevos sobre su ataúd, y todos estaban vacíos.
La resurrección del Señor, su “paso”
de la muerte a la vida, debe reflejarse en
la resurrección de cada uno de nosotros,
actuada con un “paso” cada vez más radical
de las debilidades, desde el hombre viejo a
la vida nueva en Cristo. Se manifiesta en el
anhelo profundo por las cosas del cielo.
“Si fuisteis resucitados con Cristo,
buscad las cosas de arriba, donde está
sentado a la diestra de Dios; pensad en las
cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col 3, 1-2)



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  • P. Dennis Doren LC


    Puedes escuchar esta meditación en audio entrando al Podcast de Catholic.net aquí:





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    Twitter: @dennisdorenLC








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