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56. Ante el dolor que me toca vivir

56. Ante el dolor que me toca vivir
Sembrando Esperanza II


Por: P. Dennis Doren LC | Fuente: Catholic.net



¿Por qué sufrimos? ¿Para qué sufrimos? ¿Tiene
algún significado que las personas sufran? El dolor es
un misterio muchas veces inescrutable para la razón,
forma parte del misterio de la persona humana que
sólo se esclarece en Jesucristo.
La respuesta a estas preguntas es una llamada:
“Sígueme, ven, toma parte con tu sufrimiento en
esta obra de la salvación del mundo, que se realiza a
través de mi sufrimiento, por medio de mi Cruz”. Por
ello, ante el enigma del dolor, los cristianos podemos
decir un decidido “hágase, Señor, tu Voluntad” y
repetir con Jesús: “Padre mío, si es posible, que pase
de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo
quiero sino como quieres Tú” (Juan Pablo II, enero 1999, visita a
enfermos en México).
LA CRUZ QUE DA LA VIDA:
«En la Cruz se encuentran la miseria del
hombre y la misericordia de Dios. Adorar esta
misericordia sin límites, es para el hombre el único
camino para abrirse al misterio que revela la Cruz.
La Cruz está plantada en la tierra y parecería hundir
sus raíces en la maldad humana, pero se proyecta
hacia lo alto, apuntando hacia el cielo, señalando
hacia la bondad de Dios. Por medio de la Cruz de
Cristo, el maligno ha sido vencido; la muerte ha sido
derrotada; se nos ha transmitido la Vida; se nos ha
restituido la Esperanza; se nos ha comunicado la
Luz». (Juan Pablo II en Bratislava, Eslovaquia)
Todos los hombres sufrimos. Dicen por ahí
que existen dos tipos de personas: las que han sufrido
y las que van a sufrir. Antes o después, el dolor acaba
apareciendo en nuestra vida, sea en forma de hacha
afilada que nos destroza por dentro de un solo golpe,
o por medio de las mil heridas del cada día más
ordinario.
CRISTO FUE EL PRIMERO EN LLEVAR Y
DAR SENTIDO AL SUFRIMIENTO:
Dios, en sus designios inescrutables, eligió el
camino del sufrimiento, de la Cruz, para redimirnos
del pecado. La figura del Crucificado no es ante todo
una invitación a la resignación o el ofrecimiento de un
consuelo fácil; desde esa perspectiva, el sufrimiento
adquiere otros perfiles y otras profundidades de
humanidad. A la luz del Dios Crucificado, adquiere
mayor densidad el recuerdo de las bienaventuranzas,

bienaventurados los perseguidos, los que sufren, los
que lloran; así se hace más fácil la unión personal
con la experiencia del mismo Jesús que nos invita a
dirigir nuestra mirada hacia la Resurrección.
Se hizo hombre, muriendo en la Cruz, nos
redimió. La Cruz es el precio de nuestro rescate por
el pecado. Aquí encontramos el valor salvífico de
la Cruz y del sufrimiento. Cristo en la Cruz dio al
sufrimiento humano, unido a Él, un valor salvífico,
redentor; por lo que, todo sufrimiento humano, unido
al de Cristo es fuente de salvación, de redención.
Podemos y debemos aprovechar nuestro sufrimiento
y convertirlo en fuente de frutos de redención.
Cristo dio al sufrimiento humano un sentido.
Sólo Él. Nadie ha dado sentido al dolor humano;
éste, solo se comprende y se explica desde la Cruz de
Cristo. “Para el que ama a Dios, todo contribuye al
bien” (Rom 8, 28).
El sufrimiento del inocente sólo se entiende
desde Cristo, el Cordero inocente, llevado al
matadero. Él fue inocente: “Pasó haciendo el bien”.
El valor redentor de la Cruz de Cristo, se justifica por
el amor: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le
dio a su Hijo único” (Jn 3,16). Es el amor lo que movió a
Dios a morir en la Cruz. Cristo siguió el camino de la
Cruz por amor a Dios y a los hombres: “Padre, si es
posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga como
yo quiero, sino como quieres Tú”. Fue un acto de
obediencia y amor. Mi sufrimiento, mi Cruz tienen
sentido, si están unidos al sufrimiento y la Cruz de
Cristo por amor.
En el sufrimiento y la Cruz, unidos al amor:
“Sufro, pero con amor” (Juan XXIII) , está la diferencia.
Todos los hombres sufren, tienen su Cruz; para los
que no aman a Dios, no les sirve de nada; para los que
le aman, se convierte en frutos de salvación. Cristo
sufre por nosotros, carga sobre sí el sufrimiento
de todos y lo redime. Cristo sufre con nosotros,
dándonos la posibilidad de compartir con Él nuestros
sufrimientos. Unido al de Cristo, el sufrimiento
humano se convierte en medio de salvación.
Terminemos estas reflexiones con este poema
a Cristo Crucificado, de Fray Miguel de Guevara, de
forma que cada uno en su corazón lo pueda decir con
convicción y amor.
No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido,
para dejar por ello de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte,
clavado en esa cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévanme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, el fin tu amor y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
porque aunque cuanto espero no esperara;
lo mismo que te quiero te quisiera.



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  • P. Dennis Doren LC


    Puedes escuchar esta meditación en audio entrando al Podcast de Catholic.net aquí:





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