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42. La historia maestra de la vida

42. La historia maestra de la vida
Sembrando Esperanza II.


Por: P. Dennis Doren LC | Fuente: Catholic.net



¿Quién no ha aprendido del pasado? Sabemos
por la historia que solo el hombre es el animal que cae
tres veces en el mismo agujero, nos tenemos que dar
una chance para demostrarle a la vida que sí hemos
aprendido las lecciones que ella nos ha querido
enseñar. Detente un momento y reflexiona como
papá, mamá e hijo, ¿hasta dónde te han llevado hoy
tus decisiones?, ¿realmente estás con la tranquilidad
de haber escogido siempre lo mejor, lo más acertado
y has aprendido lo que la historia te ha enseñado?
Agradece a tus papás, no desperdicies esos
momentos para formar en principios y valores a tus
hijos, acompaña a tu hijo en sus anhelos, problemas,
caídas y triunfos, aprovecha esos momentos en el
hermoso convivio familiar y que el buen ambiente les
llene de gratos recuerdos y enormes satisfacciones.
Te di la vida, pero no puedo vivirla por ti.
Puedo enseñarte muchas cosas, pero no
puedo obligarte a aprender.
Puedo dirigirte, pero no puedo responsabilizarme por lo que haces.
Puedo llevarte a la Iglesia, pero no puedo
obligarte a creer.
Puedo instruirte en lo malo y lo bueno, pero
no puedo decidir por ti.
Puedo darte amor, pero no puedo obligarte a
aceptarlo.
Puedo enseñarte a compartir, pero no puedo
forzarte a hacerlo.
Puedo hablarte del respeto, pero no puedo
evitar que seas irrespetuoso.
Puedo aconsejarte sobre las buenas amistades,
pero no puedo escogértelas.
Puedo decirte que el licor es peligroso, pero
no puedo decir No por ti.
Puedo advertirte acerca de las drogas, pero
no puedo evitar que las uses.
Puedo exhortarte a la necesidad de tener
metas altas, pero no puedo alcanzarlas por ti.
Puedo enseñarte acerca de la bondad, pero no
puedo obligarte a ser bondadoso.
Puedo explicarte cómo vivir, pero no puedo
vivir por ti.
“Hay un período cuando los padres quedamos
huérfanos de nuestros hijos.” Es que los niños crecen
independientemente de nosotros, como árboles
murmurantes y pájaros imprudentes.
Crecen sin pedir permiso a la vida.
Crecen con una estridencia alegre y, a veces,
con alardeada arrogancia.
Pero no crecen todos los días, crecen de
repente.
Un día se sientan cerca de ti y, con una
naturalidad increíble, te dicen cualquier cosa que te
indica que esa criatura de pañales, ¡ya creció! ¿Cuándo
creció que no lo percibiste? ¿Dónde quedaron las
fiestas infantiles, el juego en la arena, los cumpleaños
con payasos?
El niño crece en un ritual de obediencia
orgánica y desobediencia civil.
Ahora estás allí, en la puerta del antro

esperando no solo que no crezcan, sino que
aparezcan... Allí están muchos padres al volante
esperando que salgan zumbando sobre patines, con
sus cabellos largos y sueltos. Y allí están nuestros
hijos, entre hamburguesas, refrescos y cervezas en
las esquinas, con el uniforme de su generación y sus
incómodas y pesadas mochilas en los hombros. Acá
estamos nosotros, con los cabellos canos.
Y esos son nuestros hijos, los que amamos
a pesar de los golpes de los vientos, de las escasas
cosechas de paz, de las malas noticias y la dictadura
de las horas.
Ellos crecieron amaestrados, observando y
aprendiendo con nuestros errores y nuestros aciertos,
principalmente con los errores que esperamos no se
repitan.
Hay un período en que los padres vamos
quedando huérfanos de los hijos... ya no los
buscaremos más en las puertas de los antros y del
cine.
Pasó el tiempo del piano, el fútbol, el ballet, la
natación...
Salieron del asiento de atrás y pasaron al
volante de sus propias vidas.
Deberíamos haber ido más junto a su cama al
anochecer para oír su alma respirando conversaciones
y confidencias entre las sábanas de la infancia; y a
los adolescentes, cubrecamas de aquellas piezas
con calcomanías, afiches, agendas coloridas y CD’s
ensordecedores. Pero crecieron sin que agotáramos
con ellos todo nuestro afecto.
Al principio fueron al campo, la playa,
navidades, pascuas, piscinas y amigos. Sí, había
peleas en el auto por la ventana, los pedidos de
chicles, la música de moda.
Después llegó el tiempo en que viajar con los
padres comenzó a ser un esfuerzo, un sufrimiento, no
podían dejar a sus amigos y primeros enamorados.
Quedamos los padres exiliados de los hijos. “Tenemos
la soledad que siempre deseamos...”.
Y nos llegó el momento en que solo miramos
de lejos, con el corazón en la mano, deseando
que escojan bien en la búsqueda de la felicidad y
conquisten el mundo del modo menos complejo
posible. El secreto es esperar, en cualquier momento
nos darán nietos.

El nieto es la hora del cariño ocioso y la
picardía no ejercida en los propios hijos; por eso,
los abuelos son tan desmesurados y distribuyen tan
incontrolable cariño.
Los nietos son la última oportunidad de
reeditar nuestro afecto; por eso, es necesario
hacer algunas cosas adicionales, ANTES DE QUE
NUESTROS HIJOS ¡¡¡CREZCAN!!! Así es.
Los seres humanos solo aprendemos a ser
hijos después de ser padres; solo aprendemos a ser
padres, después de ser abuelos... En fin, pareciera
que solo aprendemos a vivir después de que la vida
se nos ha pasado.


No dejemos para mañana lo que
tenemos que hacer hoy, porque la historia
nos enseñará que será demasiado tarde
para volver atrás. Teme la gracia de Dios
que pasa y no vuelve, la vida tiene unos
valores que se pueden negociar, no se pueden
cambiar, y menos, vender por otros. Cuántos
remordimientos y lágrimas brotan de
nuestros ojos al constatar que no hicimos lo
que teníamos que hacer, que dejamos pasar
las oportunidades y nunca dijimos un te
quiero o un gracias, o perdóname. Éste es el
momento, ésta es la oportunidad que está en
tus manos, es ésta y no otra, no la dejes ir…




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  • P. Dennis Doren LC


    Puedes escuchar esta meditación en audio entrando al Podcast de Catholic.net aquí:





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    Twitter: @dennisdorenLC











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