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El último Samurai

El último Samurai
Se trata de una película de fotografía impecable, de una ambientación irreprochable y de una construcción de relato y puesta en escena que supera a muchas de las producciones elogiadas por la gran prensa.


Fuente: Revista Cristiandad.org




MIRADA COMO SIMPLE FICCIÓN HISTÓRICA , la última película protagonizada por Tom Cruise es una verdadera joya épica. A gusto de no pocos críticos y espectadores, en determinados aspectos – particularmente dramatismo de las confrontaciones - llega a superar la versión fílmica de El Señor de los Anillos. Se trata de una película de fotografía impecable, de una ambientación irreprochable y de una construcción de relato y puesta en escena que supera a muchas de las producciones elogiadas por la gran prensa.


Las cámaras de Edward Zwick nos llevan al Japón en proceso de modernización, a fines del siglo XIX. Un veterano oficial americano vive destrozado pro los recuerdos de su lucha contra los indios acepta la misión de entrenar las tropas accidentalizadas del nuevo ejército japonés.

La estupidez de sus superiores le envía a un enfrentamiento con el enemigo destinado al fracaso. Allí es prendido por los samurais rebeldes a la modernización y bajo este cautiverio comienza a apreciar las cosas de un modo distinto.

Aprende a amar y respetar la mentalidad de sus originales enemigos y cuando éstos le ponen en libertad, el Woodrow Algren lucha de parte de sus captores. En un momento dramático, el líder samurai se dirige al Consejo imperial, investido de sus derechos de ex Ministro.

Ofrece al emperador su espada y su vida y ruega no le ordene actuar del modo que comprende no hará más que traicionar a Japón, su alma y tradiciones. En entorno pagano, es la más emocionante versión de la epopeya del Cid, presentando su vida a un rey tan incompetente como el Emperador japonés. En una batalla final con tintes épicos, el puñado de samurais fieles a conceptos perdidos como el honor y la nobleza, se enfrentan a un numeroso ejército dotado de armas modernas y letales. Bajo el fuego de metralla, los antiguos guerreros mueren con nobleza.

Este martirio impresionará al Emperador, informado por el único sobreviviente (Algren). El impacto del sacrificio hará que el monarca siga la sugerencia del ex oficial americano y rompa el contrato con Estados Unidos para comprar sus armas y modernizar el Japón.

Hasta ahí la creación de ficción. Los hechos originales se diferencian tanto de la verdad como la intencionalidad de la cinta. Resultaría impensable que un director liberal (extrema izquierda en Estados Unidos) como Zwick perdiera la oportunidad de unir los mitos antioccidentales y regarlos por un público emocionado con el relato poético. A falta de formación histórica y juicio crítico, el espectador sale con la impresión de que asistió a un hecho histórico e incorporó todos los eslóganes revolucionarios.

El proceso por el que atravesaba Japón es mucho más complejo de lo que se resume en la película. Las reacciones y contradreacciones, los cambios de poderes y las influencias sobre el Emperador no tenían relación alguna con la caricaturización falsa e infantil de los ministros corruptos y el Emperador aturdido.

La guerra Boshin - el suceso que pretende narrar Zwick - se centra en Saigo Takamori (Katsumoto en la película), ex General victorioso que había sometido a las provincias rebeldes a favor del Emperador luchando contra tropas tres veces más numerosas. El Emperador muda el nombre de Edo a Tokio y allí establece la residencia imperial, dando inicpio a la era Meiji.

Fracasadas las negociaciones para frenar la modernización internacionalista, en febrero de 1877 el ex general marcha a Tokio. En su camino se unen millares de samurais descontentos con la pérdida del alma nacional, que reclamaban sabiduría en los cambios.

Al fin de su marcha no era obedecido por un puñado de campesinos como presenta la película, sino que lideraba a cincuenta mil hombres armados. La batalla tampoco duró una tarde, sino una semana y fue vencida por la superioridad técnica (no tecnológica) de las tropas imperiales. Tropas que, digámoslo de una vez, jamás fueron entrenadas militarmente por Estados Unidos ni lucharon con armas norteamericanas ni había contratos con América del norte en juego.

Las armas y la instrucción provenían de Francia y de Alemania, naciones líderes en lo militar por esos tiempos. Pero para el Hollywood talibán, toda excusa vale para presentar al occidente cristiano - en especial Estados Unidos - como el Gran Satanás, capaz de toda perversión y fuente de todo mal, culpable de todas las atrocidades y corrupciones. Y de paso se aprovecha de recontar en tonos cobrizos la colonización americana que si bien tuvo sus excesos en los países protestantes, no se puede generalizar tan livianamente como suele hacerlo la pantalla grande.

Japón adoptó de Estados Unidos la moneda y el sistema moderno de policía tanto como las concepciones modernas de prensa, derecho, correos, ferrocarriles, sanidad y Hacienda.

La pérdida del espíritu nacional se debió a motivos muy distintos a los que pretende acusar la película, que sin el factor religioso e ideológico resulta imposible de comprender. Sería como intentar entender el fenómeno kamikaze sin considerar la devoción religiosa por el Emperador. Una religión que –digámoslo de paso – es presentada con ribetes místicos que encandilarán al espectador poco prevenido de las religiones orientales.

Con todas estas salvedades, “El Último Samurai” es una producción sumamente interesente de ver. Tanto por su valor artístico como pieza épico-militar, como por su ejemplar muestra de manipulación ideológica. La recomendamos para mayores de 14 años en consideración de las escenas cruentas de batalla. Para disfrutar en familia y rever ocasionalmente en homenaje a la belleza de sus hechos de armas y la nobleza de sus protagonistas.







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