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Espacio contemplativo del comunicador en la producción radial

Espacio contemplativo del comunicador en la producción radial
Texto del P. Walter Moschetti, que habla de la radio como herramienta de evangelización si se aprovechan los recursos de producción para llevar el Evangelio a todos los rincones del mundo.


Por: Pbro. Walter Moschetti, Delegado Episcopal para las Comunicaciones Sociales del Arzobispado de Rosario, Miembro de la Red de Teología y Espiritualidad del Comunicador de OCLACC | Fuente: Comunicacioncatolica.blogspot.com



La radio es ese medio que no ha desaparecido ante la explosión de los medios audiovisuales, entre otras cosas, por establecer una especial comunicación con el oyente: un tú a tú que genera confianza e intimidad. La amistad y la naturalidad de la radio difícilmente se ve en otros medios. La cercanía de una voz amiga ha llenado a lo largo de su historia muchas soledades y ausencias. Ha sido la compañía de muchos hombres y mujeres y ha establecido desde la magia sonora una estrecha relación entre emisor y receptor, haciendo más fácil y accesible el diálogo íntimo, personal y directo, a pesar de los límites de la mediatización tecnológica.

Para el comunicador, esta innata espontaneidad no ha de significar improvisación no planificada a la hora de comunicar, sino que le demandará un tiempo previo de preparación, lo que damos en llamar: producción radiofónica. Una buena producción radiofónica requerirá una producción de contenido, que incluye todo aquello que se necesita para emitir cualquier espacio. Concretizar entrevistas, contactar con los entrevistados, buscar documentación para los reportajes, preparar los temas musicales, seleccionar efectos sonoros... son parte de la tarea de producción. De acuerdo a la envergadura del producto a emitir, este proceso será más o menos complejo.

El tiempo dedicado a la producción se verá en los resultados contactados al aire. Más aún, sin este tiempo de preparación sería prácticamente imposible la emisión de muchos de los productos que conforman la programación de las distintas emisoras radiales. Si somos atentos al escuchar radio, podremos percibir fácilmente en qué emisión esta producción careció de tiempo, de dedicación, de entusiasmo, de trabajo en equipo, de reflexión, de experiencias compartidas, de búsqueda concreta de lo mejor para emitir...

Es preciso recordar que todo este trabajo previo se realiza en el marco de una reflexión personal y grupal para objetivar lo que se pondrá al aire. Es el tiempo de pensar lo que se hará y se dirá. Muchas veces será elaboración del guión radial, otras de planificación de segmentos u organización de los espacios dentro del espacio total de emisión. Siempre será un pensar en la audiencia a quienes nos dirigiremos, y cuál es el mensaje que queremos darle. Es la base de la credibilidad del emisor frente a una audiencia que le prestará el oído y confiará en sus expresiones, compartiendo o disintiendo, pero siendo influenciada por el poder del medio.

Dedicar tiempo a la producción es síntoma de responsabilidad frente al gran compromiso social de estar en un medio tan influyente que condicionará, en muchos casos, a la opinión pública, o pondrá en duda tantas veces sus valores o pensamientos. Conscientes de este proceso, los comunicadores, al producir sus programas, vivirán un proceso reflexivo en la planificación que será contemplación introspectiva para sacar desde dentro aquella riqueza a comunicar.

La comunicación católica (comunicación de valores y mensajes cristianos) no puede prescindir de esta tarea que dará sentido y coherencia a la hora de ejercer el apostolado misionero de la evangelización a través de la radio. Ese proceso vivido como contemplación introspectiva será un ponerse en sintonía con el contexto y la fuente del mensaje a comunicar, será entrar en sí para saberse comunicador que lleva dentro una misión específica, y tiene, en el contexto del mundo medial, una responsabilidad importante y un compromiso con Dios, consigo mismo y con la audiencia. Es que se enfrenta al desafío de hacer oír una voz que muchas veces resuena en medio del desierto. Contemplar es para el comunicador católico, orar. La producción radial será entonces un dejarse enseñar por el Maestro que pone sus palabras en la boca de sus enviados, un discernir entre lo bueno y lo malo, entre lo bueno y lo mejor, para asegurar la excelencia del producto a emitir.

Contempla el hombre y la mujer capaces de conocer, amar y admirar. El fruto de la contemplación es el gozo de la verdad conocida, del bien comprendido y amado y de la belleza admirada. El camino de la contemplación requiere silencio, apertura al otro, escucha. A veces es un camino arduo y difícil; requiere morir, purificar, elegir. Es relación profunda y personal que plenifica nuestro ser y lo unifica en su existir cotidiano, porque es el espacio donde vivimos nuestra vocación originaria de hombres llamados a la relación y unión con Dios. Porque la comunicación nos relaciona con los demás. Y la contemplación es la comunicación en plenitud. Es un momento de contacto con algo que llevamos en lo profundo de nuestro ser.

Para el comunicador católico, la contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. "Yo le miro y él me mira". Esta atención a Él es renuncia a "mí". Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. Sólo el misterio de Cristo, contemplado y vivido, será respuesta a los interrogantes más profundos del hombre, revelándole su propio misterio.

"La contemplación es ciencia de amor, la cual es noticia infusa de Dios amorosa, que juntamente va ilustrando y enamorando al alma" (San Juan de la Cruz, N 2,18,5)

Todo el importante trabajo pastoral asumido por amor de Dios y del prójimo, no puede llevarse a cabo sin una vida de contemplación, oración y estudio. Un comunicador católico debe prestar oído atento a la palabra de Dios antes de anunciarla. Escuchar la palabra divina constituye un aspecto de la contemplación. No serán sólo sus opiniones las que el comunicador verterá frente al micrófono, si no será vocero de la Palabra de Verdad que salió de los labios de Jesús y que tienen la vigencia de iluminar la vida de los hombres y las mujeres de este tiempo, dando razón de sentido a sus existencias. La verdad no puede callarse, reclama ser proclamada sobre los tejados.

El tiempo de la producción radial pues, tendrá su justo valor en la medida en que no quede limitado a una búsqueda alocada de materiales y recursos para llenar espacios, sino en una búsqueda interior de sentido para comunicar algo que valga la pena, que edifique, que construya y haga más digna la vida de aquellos que recibirán esos mensajes. Será tiempo silencioso y dialogal, de riqueza profunda para los comunicadores, que enriquecerá luego a los receptores de su comunicación. De la calidad de este momento y el interés que se ponga al producir un espacio destinado a comunicar valores, dependerá en gran parte el "éxito" de la misión recibida y la respuesta concreta a la vocación de ser enviados a anunciar el Evangelio a todas las gentes.

La tarea contemplativa de la producción radial hará cada vez más apto al comunicador para establecer esa particular situación comunicativa de hacer percibir espacios sin ser percibidos, para generar ese mundo de color que es la radio, o lo que llamamos la "magia" cautivante de la radio. Sin este tiempo generoso, el comunicador queda vacío, no tanto de palabras, sino de contenidos. Así aprovechará mucho más la riqueza expresiva de la radio y sus extraordinarias posibilidades de explotación.

El silencio interior del que sabe escuchar es el seno donde germina y brota al exterior la palabra, si no quiere ser vacía. Cada acontecimiento, cada mensaje, cada noticia, cada tema musical, requerirán una reflexión y una mirada a la luz de la Verdad para saber en qué momento y de qué modo será óptima su emisión por radio. Será entonces la sabiduría conseguida en la contemplación orante, la que hará eficaz la palabra humana, que, llena de contenido por la palabra divina, traspasará el medio, para hacer efectiva esa comunicación viva y vivificante, enriquecida y enriquecedora, que haga bien y más bueno al receptor que la reciba y acoja.

Hoy vivimos una devaluación de la palabra. Esto se debe en mayor medida a su facilidad, a su inflación creciente. Manipulamos con ella y la convertimos en un mero nominalismo. Por ello, podemos afirmar que sólo puede dialogar el que sabe hacer silencio. Es que el silencio nos enseña a pensar antes de hablar, y nos dispone a la escucha necesaria para dialogar y llegar a un acuerdo enriquecedor con el interlocutor.
En un medio sonoro por excelencia como es la radio, hablar de silencio puede parecer incongruente. Sin embargo, el silencio forma parte del lenguaje radiofónico: es capaz de expresar, narrar, describir... El silencio aparece en la radio cuando se produce una ausencia total de sonido, es decir, cuando no hay voz, ni música, ni efectos sonoros, aunque su verdadero sentido sólo podrá ser captado a partir de la relación que la ausencia de sonido guarde con los elementos que la precedan o con aquellos otros que la sigan.

Así, en la radio existen numerosas situaciones en las que podemos hacer uso del silencio, como por ejemplo para representar el estado emocional de una persona que decide dejar de intervenir en un diálogo; o para estimular la reflexión, cuando, ante un tema controvertido, el comunicador realiza un silencio convidando a los oyentes a pensar sobre ello. Es posible valorar este espacio constructivo en la radio cuando se vivió la experiencia personal de la riqueza del silencio y se ha crecido en él.

El éxito de la tarea misionera en la radio, la eficacia de la evangelización a través de un medio de comunicación tan cercano y persuasivo, comienza con ese tiempo de preparación, con ese espacio reflexivo personal y grupal, con este tiempo de silencio y oración, que es la producción radiofónica. Es el espacio contemplativo del comunicador, que saca de lo suyo lo bueno y lo malo, seleccionando y administrando dones y talentos para ponerse al servicio de la audiencia.

Así comunica con la conciencia de estar frente a oyentes cada día más exigentes y siempre necesitados de una palabra profunda, sabia, convencida, verdadera y cálida. Palabra que muestre nuevos horizontes, y enseñe el verdadero sentido de la vida, esa vida que se juega en medio de una realidad compleja, y que exige ser observada con ojos nuevos, asumiendo los desafíos del presente con esperanza y compromisos concretos para hacerla nueva.-

Pbro. Walter Moschetti
Delegado Episcopal para las Comunicaciones Sociales del Arzobispado de Rosario, Miembro de la Red de Teología y Espiritualidad del Comunicador de OCLACC







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