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De dónde nacen las críticas
Es fácil encontrar defectos entre quienes viven a nuestro lado. El esposo o la esposa, los padres o los hijos, los amigos y los compañeros de trabajo


Por: P. Fernando Pascual | Fuente: catholic.net



Es fácil encontrar defectos en todo. En los calcetines, en los edificios, en las calles, en los coches, en los policías y en los ladrones (a veces se critica más a los primeros que a los segundos).

Es fácil encontrar defectos entre quienes viven a nuestro lado. El esposo o la esposa, los padres o los hijos, los amigos y los compañeros de trabajo. No hay nadie que no tenga un tic, un pequeño vicio, una pereza más o menos camuflada, una manera de pensar un poco extraña...

Por eso es tan fácil criticar. Criticar a todos y por todo. Criticar incluso por lo que no existe. A veces desde un defecto real se empiezan a construir suposiciones falsas. Otros van más lejos, y comienzan a divulgar calumnias sin fundamento alguno.

Pero no siempre el descubrir un defecto en otra persona nos lleva a criticarla, a poner de manifiesto lo que tal vez es algo pequeño o sencillo. Criticamos, por lo tanto, a algunas personas y no a otras.

La pregunta, entonces, es obvia: ¿de dónde nacen las críticas? ¿Cuál es el mecanismo mental que nos lleva a enjuiciar y condenar a algunos sí y a otros no?

A veces nos sorprendemos al ver una página de internet que hace mil denuncias contra la violencia doméstica y guarda un silencio sepulcral sobre la injusticia del aborto. O a otra página que critica a un político por sus ideas económicas y no reconoce los méritos de las mejoras sanitarias conseguidas gracias a él. O a otra página que critica todo de todos, que descubre malas intenciones en cada corazón, que no deja “títere con cabeza”.

¿Por qué? El corazón del hombre encierra un misterio de emociones y de pensamientos que se entrecruzan y que distorsionan el modo de ver las cosas. Un esposo o una esposa, si se deja invadir por los celos, verá motivos de sospechas en el más mínimo gesto “extraño” de la otra parte. Quizá no hay nada, no hay absolutamente la menor infidelidad. Pero ha nacido ese misterioso sentimiento que lleva a la desconfianza, a la prevención, a veces al juicio temerario.

Los psicólogos notarán que la mente humana es sumamente compleja. A veces uno puede acostumbrarse a destruir con su lengua a grupos enteros de personas (los de tal nacionalidad o los de tal raza) como si todos fuesen malos, simplemente porque leyó una novela en la que se presentaba a ese grupo como un amasijo de pervertidos. O porque en casa los padres contaban que un día entró un ladrón en casa y ese ladrón era de ese grupo e hizo esto y esto. O porque caen mal esas personas, sin más: nada más verlas surge un profundo sentimiento de repulsión o de desprecio.

Puede ser que existan causas reales, pero con efectos desproporcionados, como ocurre en las fobias. En un paso de cebra nos tumbó un motorista y, desde entonces, todos los motoristas nos dan miedo. O encontramos a un médico que se equivocó en el diagnóstico, y ya no queremos saber nada de médicos. O vimos a un sacerdote poco paciente, y desde entonces no soportamos que alguien nos hable bien de los curas.

Los ejemplos podrían multiplicarse al infinito. También las causas y los procesos mentales: hay tantas psicologías como millones de seres humanos... Por lo mismo, no resulta fácil encontrar un remedio al “síndrome de la crítica”.

Un camino de solución consiste en relativizar los propios sentimientos de antipatía, en ver la vida con más serenidad. No todos los periodistas distorsionan la realidad, ni todos los políticos roban, ni mienten todos los vendedores ambulantes. Una mala experiencia es, simplemente eso, una mala experiencia: no nos permite hacer un juicio universal sobre todo un grupo de personas.

Esto, sin embargo, no es suficiente. El sentimiento de hostilidad hacia el otro, sobre todo si convivimos con alguien, puede hacernos ver negro todo, absolutamente todo, lo que se refiere a esa persona. Superar este tipo de estados de ánimo no resulta fácil, pero no por ello hemos de decir que es imposible.

Quizá algún caso necesitará un tratamiento psicológico. En otros, bastará con usar esa inteligencia que tenemos para colocar en su justo lugar a nuestro sentimiento herido y para reconocer que también junto al barro (los defectos que todos tenemos) hay pedazos de oro y corazones mucho más buenos de los que podamos imaginar.

Una última reflexión. Amargados los ha habido y los habrá siempre. Y eso se contagia. Quien lee críticas, críticas y más críticas, a veces fundadas en su “se dice” vago, si es que no falso y promovido por intereses turbios, terminará por crear una forma mental hipercrítica. Cuando uno empieza a leer un texto, una página de internet o un libro que destila amargura y odio por todos lados, vale la pena desenchufar. Rápido.

Si, además, somos cristianos, deberíamos sentirnos llamados a orar por ese corazón del que nacen críticas contagiosas. No lo juzguemos, pues entonces caemos en aquello que queremos evitar. Podemos, en cambio, rezar por él. Es un corazón que debe sufrir mucho, pero que también está llamado a amar mucho y a perdonar. Quizá nuestro perdón y nuestro respeto le ayude a dar un primer paso en la dirección justa, a rescatar su dignidad, a descubrir que el bien siempre es la última palabra de la historia humana. Un bien que está presente en todos, incluso en el que parece malo hasta los tuétanos, cuando, en realidad, esconde, bajo una capa de ceniza o de calumnias, un brillo puro y sincero de bien, un atisbo del Amor de un Dios que está cerca de cada uno de sus hijos.







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