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La novela de nuestras vidas
La pregunta, ahora, sería: ¿Quién compuso esa trama?


Por: Antonio Gil-Terrón Puchades | Fuente: www.antoniogilterron.com



¿Cuántas veces estamos pensando en una persona y en ese mismo momento nos llama por teléfono, nos envía un mensaje, o nos la tropezamos por la calle?

¿Cuántas veces tenemos un proyecto en mente y - sin saber por qué – arriban hasta nuestras manos los mimbres necesarios para acometerlo sin más tardanza?

¿Por qué en las horas más oscuras y aciagas, providencialmente nos salva el fruto de aquello que sembramos hace años cuando altruistamente le hicimos un favor a un desconocido?

¿Cuántas veces?

Decía Schopenhauer que cuando uno sobrevive hasta una edad avanzada y rememora los acontecimientos que han marcado su vida, se da cuenta entonces que su paso terrenal, lejos de ser fruto de una caótica concatenación de casualidades, obedece a un ordenado guión, fruto de un novelista, en el que todos los acontecimientos importantes que han marcado nuestra vida, están – de alguna manera – interrelacionados entre sí; acontecimientos que en su momento parecieron accidentales e irrelevantes, pero que ahora, con la perspectiva que tan solo dan los años, se manifiestan como factores indispensables en la composición de una trama coherente que da pleno sentido a nuestra existencia.

Hasta ahí, estoy plenamente de acuerdo con el filósofo alemán.

La pregunta, ahora, sería: ¿Quién compuso esa trama? Y es en la respuesta a esta cuestión donde comienzan las discrepancias entre el sabio filósofo y este humilde poeta que les habla.

Para Schopenhauer seremos nosotros mismos los autores de la novela nuestra vida, siendo nuestro "yo" interno el que escondido en nuestro subconsciente y con voluntad propia e independiente del "yo" consciente, actuará a través de nuestros sueños. Entonces será cuando la totalidad de todos estos elementos se unan formando "una gran sinfonía, en la que todo estará estructurado, inconscientemente, con todo lo demás... El grandioso sueño de un solo soñador, donde todos los personajes del sueño también sueñan..." [*]

Para un servidor, en su simpleza, el novelista - autor del guión de nuestras vidas - se llama Dios. En nuestra novela todo está escrito, sin embargo somos capaces – en base al libre albedrío – de poder cambiar con nuestros actos y decisiones, el final. Estaríamos viviendo, pues, dentro de lo que hoy se denomina "novela interactiva".

Al final lo único que he hecho, para llegar a dicha conclusión, es aplicar el principio metodológico y filosófico de "la navaja de Occam" [lex parsimoniae], según el cual «en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta». Es decir, que cuando dos teorías en igualdad de condiciones tienen las mismas consecuencias, es la teoría más simple la que tiene más probabilidades de ser la correcta, en detrimento de la compleja.

Claro, que Schopenhauer, ante la evidencia de los hechos, tenía que dar una respuesta, y no pudo optar por la más sencilla, por la simple razón de que él era ateo.

¿O no?
 

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[*] Posiblemente esta visión de Schopenhauer fue la que sirvió de inspiración a Giovanni Papini para escribir su brillante relato "La última visita del Caballero Enfermo":

«No soy un hombre real, con huesos y músculos, generado por hombres. No soy más que la figura de un sueño. Una imagen de Shakespeare es, con respecto a mí, literal y trágicamente exacta: ¡yo soy de la misma sustancia que están hechos los sueños! Existo porque hay uno que me sueña; hay uno que duerme y sueña y me ve obrar y vivir y moverme y en este momento sueña que digo todo esto. Cuando empezó a soñarme, empecé a existir: soy el huésped de sus largas fantasías nocturnas, tan intensas que me han hecho visible a los que están despiertos».
 



 

 







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