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Los tres deseos
No entendía nada, pero tampoco ya lo necesitaba, porque una sensación de paz infinita me invadió


Por: Antonio Gil-Terrón Puchades | Fuente: www.antoniogilterron.com



Estaba paseando por una desierta playa, cuando en mi ensimismamiento tropecé con lo que parecía ser una antigua lámpara de aceite. Entonces, recordando el cuento de "Las mil y una y noches", procedí a frotarla, a ver si de ella salía un genio de esos que te conceden tres deseos.

Efectivamente, tras unos minutos de abrillantado, salió una especie de humo blanco que, poco a poco, adoptó la imagen de un genio, el cual no tardo en conminarme para que le pidiese tres deseos.

Mi primer deseo consistió en pedirle no volver a ver sufrir a nadie más en el Mundo. Y el genio me dejó ciego.

Un tanto molesto y receloso, le pedí no volver a oír nunca más los lamentos y quejidos de todos aquellos, especialmente niños, que sufren hambre y sed de pan y justicia. Y el genio me volvió sordo.

Finalmente, le pedí mi último deseo: Comprender el porqué del dolor en el Mundo.

Entonces una especie de nube me envolvió, y arrastrándome como un torbellino me depositó en lo alto de un monte, en donde había un hombre crucificado que con compasión me miraba a los ojos.

En ese momento me di cuenta que había recuperado el sentido de la vista y el oído, Pero no oía nada; tan solo el viento. Mientras, mi vista recién recuperada, permanecía cautiva por la compasiva mirada del Crucificado.

¡Compasión! ¡Aquel que tanto dolor estaba sufriendo, me miraba a mí con compasión!

No entendía nada, pero tampoco ya lo necesitaba, porque - en ese momento - una sensación de paz infinita invadió todo mi ser, haciéndome sentir más vivo que nunca. Fue como un despertar; como el salir de un mal sueño; de una triste película en blanco y negro; de un drama del que yo era actor y espectador al mismo tiempo.

Ahora he vuelto a desempeñar mi papel; el rol que me ha tocado interpretar en esta tragicomedia que es la vida; triste film en blanco y negro. Pero ya no es como antes; todo ha cambiado. Porque ahora, cuando el dolor ajeno o propio se aferra a mi garganta, ya no intento comprender el por qué; simplemente cierro los ojos y busco su mirada... la mirada de aquel Crucificado que mirándome a los ojos pudo dar paz a mi alma.

¡Palabra!







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