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Entrevista al profesor Guzmán Carriquiry, vicepresidente de la Pontificia comisión para América Latina

La epopeya americana de Fray Junípero Serra
La verdad histórica y las principales publicaciones sobre la vida y la obra de Fray Junípero


Por: Alver Metalli | Fuente: www.tierrasdeamerica.com



El viaje americano del Papa Francisco comenzó la tarde del sábado 2 de mayo, al salir de Santa Marta y recorrer los pocos metros que lo separaban del Pontificio Colegio Norteamericano, en Via del Gianicolo. Antes que en Filadelfia y Washington, que visitará en septiembre después de la etapa cubana, el Papa argentino ha visitado un pedacito de Estados Unidos en Roma, para cerrar con una misa la jornada de reflexión sobre la figura que canonizará cuatro meses más tarde, ya en suelo estadounidense. Es un franciscano al que, como dijo en el vuelo de regreso de Manila a Roma, desea elevar él mismo a los altares. “Me gustaría ir a California para hacer la canonización de Junípero Serra, pero el problema es el tiempo. Necesitaría dos días más. Pienso hacer la canonización en el Santuario de Washington (...); en el Capitolio hay una estatua de Fray Junípero”. Pero no está dicho que siga estando, si las voces que reclaman que se retire la imagen del palacio legislativo logran su objetivo. “Todas las críticas que se han publicado en estos días son falsas”, se indigna el profesor Guzmán Carriquiry, vicepresidente de la Pontificia comisión para América Latina, que tiene a su cargo la jornada de reflexión. “Llamar ‘criminal racista” a Fray Junípero Serra, a la par de Hitler, incluso ‘genocida’ como hacen algunos grupos, lobbies y medios de prensa de California, no solo es una grosera estupidez sino también una infame calumnia que no se sostiene ante la más mínima confrontación con la verdad histórica y las principales publicaciones sobre la vida y la obra de Fray Junípero”.


¿Qué dice la verdad histórica?
Dice que siete de los setenta mil nativos americanos que habitaban en California acudieron libremente a vivir en las misiones franciscanas. Fray Junípero fue para ellos un padre, un protector que defendió siempre su dignidad humana y que precisamente por eso entró en conflicto con los comandantes militares españoles de la región. Llevó el Evangelio a los indígenas, vale decir que les transmitió la más sublime autoconciencia de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, se ocupó de ellos, aprendió su lengua, el “pame”, y la usó correctamente, los instruyó en el cultivo agrícola, en la industria y en diversas técnicas artesanales. Muy diferente, eso sí, a la expansión de las 13 colonias del Atlántico, donde imperaba el proverbio “el único indio bueno es un indio muerto” (“the only good indian is a dead indian”).


Podría ser buena una razón para borrar su memoria...
La pretenión de defender a los nativos americanos de Junípero oculta la verdadera historia del exterminio y la miserable marginación que padecieron. La expulsión de todas las Órdenes religiosas del Imperio mexicano en 1822 trajo como consecuencia la secularización y la ruina gradual de las aldeas misioneras, pero el golpe de gracia lo dio la conquista del Oeste y la fiebre del oro en California, que provocó el desplazamiento de los indios hacia tierras improductivas, donde vivieron marginados, perseguidos y despreciados.


¿Piensa que la estatua en la sala de los notables de Washington tiene los días contados?
Es difícil que se concrete, y en todo caso los procedimientos para obtener la sustitución son largos, pero es significativo que se hable en esos términos.


Una leyenda negra oculta bajo las cenizas y que ahora vuelve..
Es un prejuicio contra los hispanos y contra los católicos que tarda en morir. Me pregunto si lo que se pretende no es sepultar en el olvido y en la ideología la extraordinaria contribución hispana, católica y misionera que está en el origen, no solo de California, sino de todo el país. ¿En el Estado de América del Norte donde viven tantos millones de hispanos, la gran mayoría de los cuales venera al Beato Junípero, todavía se pretende despreciar y marginar a los hispanos? Quieren expulsar al único hispano del Hall de los Notables, cuando en ese mismo lugar también se encuentra el séptimo presidente de los Estados Unidos, Andrew Jackson, famoso por haber forzado a los indios al “trail of tears” en una brutal violación de sus derechos, incluyendo el derecho a la vida. ¿Acaso lo que se proponen es cubrir a los verdaderos responsables de las masacres de los indios? ¡Qué cálida bienvenida de una tierra que se presenta a sí misma como modelo de tolerancia multicultural!




El Papa dijo que Junípero Serra fue “un gran evangelizador, en sintonía con la espiritualidad y la teología de la Evangelii gaudium”. Más aún, dijo que lo había elegido por esa misma razón. ¿Cuáles son esas sintonías espirituales? ¿Dónde las observa usted?
El Papa Francisco está canonizando por equivalencia a grandes misioneros, lo que significa que no se requieren milagros verificados. En el continente americano ya lo hizo con José de Anchieta, patrono de Brasil, con monseñor Laval, primer obispo de Québec, y ahora lo hará con Fray Junípero. Son testigos de la fe que dejaron su tierra natal, su familia, sus comunidades cristianas de origen, para “salir”, para ir hasta las más lejanas periferias del Nuevo Mundo, poniéndose al servicio de Dios y de los más pobres para compartir a manos llenas el Evangelio.


Son los santos misioneros...
… De los que habla Aparecida y que el Papa Francisco no se cansa de proponer. Además, todos ellos son muy devotos de la Virgen: Fray Junípero peregrinó hasta el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe para pedirle que lo guiara en su misión en California. Fray Junípero Serra forma parte a todos los efectos de esa corriente de santos que está en la base de la fundación de la “Ecclesia in America”. Fue misionero desde la periferia de España hasta el Nuevo Mundo, desde Yucatán, en el sur de México, hasta San Francisco. Su memoria se custodia tanto en la isla natal de Mallorca como en muchas regiones mejicanas, y también en el “rosario de misiones del “camino real”, como “apóstol de California”. La Exhortación apostólica post sinodal de San Juan Pablo II, “Ecclesia in América”, nos permite contarlo entre los protagonistas de una gesta de evangelización, de promoción humana y de construcción social que marca raíces comunes en el continente americano.


¿Por qué pone el acento en las raíces comunes?
Un gran mexicano como Octavio Paz, premio Nobel de literatura, afirmó que “intentando responder a la pregunta sobre México” se había dado cuenta de que “ser mexicano era ser latinoamericano y vecino de los Estados Unidos”. Su reflexión sobre la historia de México lo había llevado a verla “como un fragmento de la historia de América Latina, la cual es, al mismo tiempo, ininteligible sin la historia de España y de Portugal por una parte, y de los Estados Unidos por la otra”. Y se le puede dar una radicalidad aún mayor y un horizonte más vasto al itinerario apasionante de Paz. Somos hijos de la tradición apostólica, de la tradición universal de la Iglesia, gracias a la epopeya misionera de la cristiandad ibérica que generó nuevos pueblos cuya historia y cultura quedaron signadas por la fe católica. Cuando la cristiandad europea sufría el gran drama de la escisión con la Reforma protestante, la Providencia de Dios favorecía la formación del nuevo mundo indo-íbero-americano, dilatando en aquel espacio humano un fuerte renacimiento religioso. Junípero Serra es una pieza de ese movimiento de expansión.


Usted acaba de citar la ”Ecclesia in America” de Juan Pablo II. ¿Considera que es un antecedente de lo que ocurrirá en Washington en septiembre?
Es significativo que San Juan Pablo II lanzara esta iniciativa para las Américas poco después de la caída del muro de Berlín, al comienzo del fin del enfrentamiento Este-Oeste y de la etapa histórica del mundo bipolar de Yalta. Advertía que en una época de globalización todas las fronteras se acercaban entre sí. En ese sentido, tenía una visión geopolítica aguda, tanto espiritual como misionera. En la perspectiva del Papa también debían caer otros muros, sobre todo los que separaban el Norte y el Sur, el mundo del hiper desarrollo y la opulencia, y el mundo de la dependencia y el empobrecimiento. En este sentido el continente americano parecía el espacio decisivo, donde convivían situaciones de desarrollo desigual y una fuerte disparidad de poderes, pero también la mitad de los católicos de todo el mundo. San Juan Pablo II lo dijo con claridad en el discurso inaugural: “La Iglesia, ya a las puertas del tercer milenio cristiano y en unos tiempos en que han caído muchas barreras y fronteras ideológicas, siente como un deber ineludible unir espiritualmente aún más a todos los pueblos que forman este gran Continente”. Para derribar ese muro invisible de la desigualdad y de la pobreza debían ocurrir dos cosas: había que superar la recíproca ignorancia y afrontar con realismo y sinceridad las fortísimas contraposiciones que atravesaban el continente. La intuición profética del Sínodo americano, la profunda devoción del Papa por Nuestra Señora de Guadalupe y los sucesivos viajes a México, fueron los signos de una sorprendente comprensión del camino que se debía recorrer.


¿De dónde viene Fray Junípero Serra?
De la corriente misionera originada por la reforma católica en España. El renacimiento de la neoescolástica en la Universidad de Salamanca –donde el pensamiento de Francisco de Vittoria afrontó las cuestiones que planteaba la colonización y la evangelización del Nuevo Mundo-, la reforma del episcopado y del clero español que emprendió el Cardenal Cisneros y respaldaron los Reyes Católicos, la reforma de las órdenes mendicantes, la del Carmelo de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, la creación de la Compañía de Jesús de Ignacio de Loyola, incubaron y animaron estas energías misioneras “ad gentes”. Poco después de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, millones de indígenas pidieron el bautismo en el Virreinato de Nueva España y las corrientes misioneras llevaron el Evangelio de Cristo hacia el norte, el centro y el sur del continente. Esta oleada evangelizadora vivió un tiempo de consolidación y ordenamiento en el siglo XVII, luego un relanzamiento a lo largo de todo el siglo XVIII gracias a las misiones de la Compañía de Jesús –son famosas las extraordinarias misiones indígenas en Sudamérica, aunque mucho menos la obra que realizaron en California- y posteriormente una nueva primavera de las misiones franciscanas. En la misma nave que llevaba a los jesuitas expulsados de California se embarcaron los doce franciscanos, encabezados por Junípero Serra, que iban a sustituirlos en la evangelización de aquella enorme región al norte del Virreinato de Nueva España.




Son conocidas las misiones jesuíticas de Sudamérica, pero no ocurre lo mismo con las californianas del franciscano Serra...
Mucho antes de que llegaran los peregrinos del Mayflower y se fundaran las 13 colonias, hay una larga historia de presencia hispana, católica y misionera, cuyo primer momento coincide con la fundación de San Agustín, en 1565, el municipio más antiguo de Estados Unidos. Se desarrolla en Florida y Luisiana, después en el Golfo de México, Texas y Santa Fe, hasta el litoral del Pacífico. Sin embargo, el presidente John Kennedy, en su ensayo sobre la “Nation of inmigrants”, admitió el “desconocimiento” de los norteamericanos sobre “la influencia, la exploración y el desarrollo hispánico que vivió el sudoeste de los Estados Unidos durante el siglo XVI”. “Desgraciadamente –admite Kennedy- muchos americanos creen que América fue descubierta en 1620 (...) y olvidan la formidable aventura que tuvo lugar durante el siglo XVI y comienzos del XVII en el Sud y Sudoeste de los Estados Unidos”. Reducir la historia de la fundación de los Estados Unidos a la fundación, crecimiento, unificación y expansión de las 13 colonias del litoral atlántico es un enfoque parcial y, en cierto sentido, ideológico. Esta es una parte, una parte muy importante, de una historia que merece ser contada de manera completa, en todos sus factores. Sin  duda los prejuicios anticatólicos (¡en tiempos de guerras de religión!) y anti hispánicos (¡en tiempos de guerras por la hegemonía europea y mundial!) explican ese desconocimiento.


Ha llegado el momento de completar la visión, incluso en el plano historiográfico...
Una tarea pendiente, sí. La frontera como mito estadounidense, construido sobre la base de influyentes trabajos como el libro del historiador Frederick Jackson Turner, y polarizado por las películas del Oeste, no tuvo obras historiográficas análogas de parte hispánica. En su recopilación de 1920, “The Frontier in American History”, Turner, de neta tendencia anglocéntrica, transmite la idea prácticamente exclusiva de la expansión de los estadounidenses en un Oeste virgen y despoblado, casi salvaje, donde se produce el choque entre la “savagery” y la civilización. Pero los hispanos no se limitaron a descubrir y explorar casi todo el territorio de los Estados Unidos sino que mantuvieron una presencia continua y prolongada, que en algunas regiones como California, Nuevo México, Texas, Luisiana o Florida ha dejado huellas culturales profundas, notorias en la toponimia de las ciudades y de la geografía, pero también en la arquitectura popular, en el urbanismo y en la transformación del paisaje urbano con la introducción de la cría extensiva de ganado, en la lengua y en la tradición cristiana. En el filme clásico de John Ford, “Fort Apache”, de 1948, el encuentro del representante  del gobierno de Estados Unidos con Cochise, jefe de la Nación Apache, solo puede tener lugar –tal como ocurrió- en español, que en el siglo XIX era la segunda lengua de la mayoría de los indios que habitaban el sudoeste de los Estados Unidos, y se lleva a cabo por intermedio de un intérprete mexicano. Esta profunda huella cultural ha sido sepultada, sobre todo después que extensos territorios mejicanos quedaron bajo el dominio de los Estados Unidos.

La recuperación de esta memoria hispana y católica dentro de una visión más completa de los orígenes de los Estados Unidos, enriquece la historia y la proyección actual de la vida de la nación. Ayuda también a romper muros de separación entre lo que es “anglo” y lo que es “hispano”, entre la tradición protestante y la católica, entre los Estados Unidos y la América Latina. Proyecta además una mayor comunión entre las Iglesias y una mayor solidaridad entre las naciones de todo el continente. Y permite que los 60 millones de hispanos que viven en los Estados Unidos se liberen de una mentalidad de “extrajeros” en el país, apenas tolerados y a menudo discriminados y perseguidos, y se reconozcan en continuidad con los hispanos que durante siglos poblaron enormes regiones del sudoeste de los actuales Estados Unidos. Ellos verdaderamente pueden afirmar “We are americans” sin tener que abandonar sus mejores tradiciones culturales y religiosas.







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