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Virtudes y Valores

¿Qué se necesita para ser prudente?
Si los padres de familia ayudan a sus hijos a que reflexionen constantemente sobre lo que hacen y las consecuencias que traerán sus decisiones, poco a poco se irán acostumbrando a reflexionar y a ser prudentes


Por: Catholic.net | Fuente: Catholic.net



¿Qué es la prudencia?

La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo: “El hombre cauto medita sus pasos” (Prov 14, 15). La prudencia es la regla recta de la acción, escribe Santo Tomás (Suma de Teología II-II, 47, 2), siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni con la doblez o la disimulación. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia. El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar.


El bien presupone la verdad y la verdad presupone el ser. Esto quiere decir que la realización del bien exige el conocimiento de la realidad.


La prudencia nos ayuda a "vivir la verdad en nuestra vida". Es esa disposición de nuestro espíritu, conscientemente formada, que nos inclina a escoger siempre el bien y, además, a atinar en la elección del mismo, en las circunstancias en las cuales no aparece tan claro cuál es el bien.


Las mujeres que saben dar un consejo atinado, "prudente", en el momento oportuno, pueden a veces salvar a una persona de tantos peligros y consecuencias negativas, y permitirle vivir en el bien suyo y de su prójimo. Cuando hay cuestiones serias por resolver y es difícil encontrar un camino correcto, no acudimos al más simpático, al más guapo, al más deportista, ni siquiera al más culto. Acudimos al que es prudente, es decir al que tiene la cualidad de reconocer con claridad el bien concreto y sabe aplicarlo.

Por lo mismo, nos es indispensable adquirir esta virtud y practicarla en nuestra vida, especialmente si queremos aspirar a la vida espiritual, a la santidad. La prudencia requiere un gran espíritu de reflexión: quien no es capaz de analizar los problemas y valorar el bien y el mal en ellos, no puede tomar decisiones prudentes: “Prudente es quien sabe callar una parte de la verdad cuya manifestación sería inoportuna; y que callada no daña a la verdad que dice falsificándola; el que sabe lograr los buenos fines que se propone, escogiendo los medios más eficaces de querer y obrar; el que en todos los casos sabe prever y medir las dificultades opuestas y contrarias, y sabe escoger el camino del medio con dificultades y peligros menores; el que habiéndose propuesto un fin bueno e incluso noble y grande no lo pierde nunca de vista, logra superar todas las dificultades y llega a buen término; el que en todo asunto distingue la sustancia y no se deja importunar por los accidentes; el que une y dirige sus fuerzas para alcanzar la meta; el que como base de todo esto espera el éxito únicamente de Dios, en quien confía; y aunque no lo logre todo o no logre nada, sabe que ha obrado bien, y en todo ve la voluntad y la mayor gloria de Dios. La sencillez no tiene nada que contradiga a la prudencia, ni viceversa. La sencillez es amor; la prudencia, pensamiento. El amor ora, la inteligencia vigila. ‘Vigilate et orate’. Conciliación perfecta. El amor es como la paloma que gime; la inteligencia activa es como la serpiente que nunca cae a tierra, ni tropieza, porque va palpando con su cabeza todos los estorbos de su camino” (Beato Juan XXII Diario del alma, 13 de agosto de 1961).

Por ello es indispensable no dejarse llevar por las impresiones provocadas por los sentimientos y las pasiones. Una regla concreta y práctica para tomar decisiones importantes, que tengan que ver con la propia vida o la de los demás es esta: para tomar las decisiones es preciso esperar los mejores momentos, es decir cuando hay serenidad y claridad; y nunca hay que replantearse tales decisiones en los momentos negativos, de oscuridad, dificultad, prueba, agitación de las pasiones o en presencia de sentimientos turbulentos.

Una persona que vive la virtud de la Prudencia

La persona que vive la virtud de la Prudencia se distingue porque en su trabajo
y en sus relaciones con los demás, recoge una información que enjuicia interiormente de acuerdo con los criterios rectos y verdaderos. Luego, analiza las consecuencias buenas o malas para sí misma y para los demás. Por último, antes de tomar una decisión, actúa o deja de actuar, de acuerdo con aquello que haya decidido.


La virtud de la Prudencia nos permite reflexionar adecuadamente antes de tomar cualquier decisión. Para decidir, es necesario reflexionar con calma para ver lo bueno o lo malo de esa decisión. Se trata de analizar las consecuencias. La virtud de la prudencia es la que nos educa para reflexionar bien y así, decidir bien.


Bien dicen que la Prudencia es la "madre de todas las virtudes". Sin una buena reflexión no habrá buenas decisiones. Si se reflexiona con superficialidad o equivocadamente, nada realmente de provecho se logrará en la vida. Si no se reflexiona bien, el pecado entrará en tu vida, pues decidirás libremente seguirlo ya que no descubres la maldad que hay detrás de él. Quedarás engañado y esclavizado.

La prudencia de los padres.

La vida de los padres no es fácil. Hay muchas preocupaciones, actividades y dificultades que no nos permiten reflexionar con calma ante las decisiones que hemos de tomar respecto a nuestros hijos. Generalmente, vamos decidiendo según sean las circunstancias que nos rodean y muchas veces no tomamos las mejores y oportunas decisiones.


Posiblemente los padres no tomen decisiones muy importantes con sus hijos, pero sí toman pequeñas decisiones continuamente. Desde que los hijos se levantan, deciden "mil y una" cosas pequeñas: qué se han de vestir, qué han de desayunar, cómo arreglarlos, a qué hora salir para la escuela, como corregirlos inmediatamente cuando desobedecen o se portan mal,… Son ocasiones que requieren la intervención de los papás. Pero, ¿saben los padres realmente qué quieren de sus hijos? ¿Conocen las consecuencias que tendrá tratarlos con dureza o demasiada exigencia? ¿Saben realmente qué es lo mejor para ellos, lo que les ayudará a ser personas maduras?




Cuando un padre desarrolla la virtud de la Prudencia, se informa sobre aquellos detalles que realmente han de ser útiles para la educación de sus hijos.

Distinguir entre qué es lo importante y lo que no.

Por ejemplo, si tu hijo se ha esforzado realmente por hacer sus deberes de la escuela, con tenacidad y dedicación, pero en el exámen se pone nervioso y lo hace mal. ¿Qué es lo más importante? ¿Haber sacado un ocho o haberse esforzado aunque no haya sacado diez? ¿Acaso te preocupas más por las cosas que no son importantes?

Los enemigos de la Prudencia

Los vicios contrarios a la prudencia son: Precipitación y temeridad, por las que se pasa a la ejecución sin deliberación madura, propias del orgulloso y autosuficiente. Inconsideración, o falta de juicio para ponderar la realidad, sea por falta de madurez, de cultura o afectividad desmedida, que priva de serenidad de juicio. Inconstancia, que consiste en la cesación del esfuerzo que requiere la obtención de un fin, contentándose con algo menor.

La debilidad de voluntad:
Cuando un padre de familia es débil de voluntad y se deja llevar por sus estados de ánimo, enojos e impaciencias, no podrá reflexionar bien antes de tomar las decisiones que se requieran. La falta de dominio personal lleva a tomar decisiones imprudentes.

Las pasiones:
Si por un lado la debilidad de voluntad nos hace ser imprudentes, las pasiones son el otro enemigo que entra en juego. Si no sé cómo dominar esas pasiones, ellas me cegarán al tomar las decisiones. Nunca tomes una decisión cuando estés bajo el dominio de una pasión.

¿Qué se necesita para ser prudente?

Reflexiona: Esfuérzate por pensar bien sobre lo que vas a hacer. Analiza las consecuencias, responsabilízate de ellas, valora diferentes opciones. No decidas lo primero que se te viene a la cabeza.

Posee valores: Para ser verdaderamente prudente, tenemos que tener nuestros valores muy bien establecidos, como vimos en sesiones pasadas. Si para mí no es un valor decir la verdad, ¿cómo seré prudente cuando me vea tentado a mentir?

Conoce criterios rectos y verdaderos: Si soy cristiano, he de conocer los criterios que Jesucristo quiere que yo viva en mi vida, para que las decisiones que tome sean conforme a ellos. Por ejemplo, si no conozco ni aprecio los mandamientos de la Ley de Dios, ¿cómo he de decidir ante las circunstancias de la vida? ¿Cómo sabré si el divorcio, el adulterio o el aborto son buenos o malos, si no conozco lo que Dios piensa de ellos? ¿Cómo podré ser honrado, honesto, veraz si desconozco los criterios del Señor sobre ellos?

Acrecienta tu fuerza de voluntad: Sucederá que conoces qué valores son los que te acercan a Dios, los criterios que el mismo Dios te da, pero, ¿cómo decidir conforme a ellos si tienes una voluntad débil que se deja vencer por las tentaciones? ¿Cómo vas a decidir luchar en contra del pecado si tu voluntad es de papel? Y cuando las pasiones te ataquen, ¿cómo guardarás la serenidad para reflexionar si tu voluntad es débil?

Capacidades que hay que desarrollar en nuestros hijos para que sean prudentes

- Que sepan observar bien: quien se detiene a observar, podrá reconocer lo bueno y lo malo.
- Que sepan distinguir entre lo que sucedió y lo que dice la gente que sucedió.
- Que sepan distinguir entre lo que es importante y lo que no lo es.
- Que sepan buscar bien la información que les permitirá decidir bien.
- Que sepan analizar lo que se les dice. Que no repitan de memoria las cosas, sino que las entiendan.
- Que sepan analizar las consecuencias de algo que van a decidir.
- Que sepan dominar sus enojos para que vean con serenidad la realidad.

Si los padres de familia ayudan a sus hijos a que reflexionen constantemente sobre lo que hacen y las consecuencias que traerán sus decisiones, poco a poco se irán acostumbrando a reflexionar y a ser prudentes.

En la Biblia, en (San Lucas 11, 38-42) verás a Marta y a María, dos amigas de Jesús. Él las visita y María escucha la palabra del Señor. Marta, en cambio, prefiere hacer los quehaceres de la casa. Jesús le dice: "Marta, Marta, tú te inquietas y te preocupas por muchas cosas. En realidad, una sola es necesaria. María escogió la parte mejor, que no le será quitada".

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