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Anunciar el Evangelio de la caridad y la alegría de la Iglesia
Podemos resumir la tarea de edificar la caridad en tres pasos: la opción por los últimos, la atención a la persona y un estilo que se convierte en contenido.


Por: Rinaldo Paganelli | Fuente: www.isca.org



El mundo y la Iglesia demandan caridad. Y quisiera concluir con la atención a la caridad. Es verdad que la caridad es la última palabra del Evangelio, la más creíble, la que habla de Dios sin error posible, porque Dios es amor. Pero también es verdad que el más grande acto de caridad es entregar el Evangelio. El amor al otro es el que empuja a testimoniar la fe, a hacerle conocer a Cristo, a hacerle descubrir la comunidad cristiana. Podrá amarse a todos en silencio, pero cuando se ama de verdad no se puede dejar de comunicar el secreto de la esperanza. Y cuando la caridad y el anuncio explícito puedan parecer infructuosos, entonces será importante rezar por todos.

 

Edificar la caridad
La lectura de la realidad nos dice que Dios ha sido eliminado, que existe una conciencia confusa, que el paraíso ha sido alejado y que se da una libre determinación de la conducta. Todas estas realidades suponen no solo un reto sino una oportunidad para repensar un modo de ser iglesia y de vivir la caridad.

En síntesis, podemos resumir la tarea de edificar la caridad en tres pasos: la opción por los últimos, la atención a la persona y un estilo que se convierte en contenido.

- “Partir de los últimos” no significa solo intensificar los servicios específicos en su favor, sino también compartir su vida y dejarse evangelizar por ellos. Se trata de partir de sus puntos de vista, en cualquier cosa que se haga.



- Es necesario madurar el respecto de cada hombre y de cada mujer, desde los cuales tienen sentido el comienzo de su vida, la plenitud de su vida y también su sufrimiento, hasta la muerte: “lo dejaron medio muerto”. Para recibir un subsidio de la caridad pública tienen que cumplimentarse un montón de certificados, pero quien viene a pedir la caridad de la comunidad no tiene que presentar ningún certificado, basta que diga: “tengo hambre”. El ministerio de la caridad es hoy una realidad particularmente interesante, viva y urgente, porque ayuda a hacer fresco el Evangelio, inspirador de nuestros gestos y a hacer brotar la alegría de ser sacramento del buen samaritano, que es Jesucristo.

- Estando con los pequeños se aprende a comunicar correctamente y con estilo. El estilo es un aspecto fundamental, ya que es tan importante como el contenido del mensaje. Es significativo que en los evangelios se encuentre en la boca de Jesús una insistencia sobre el estilo, que siempre es sintético y preciso: “No hagáis como los hipócritas” (Mt 6,2.5.16); “andad como ovejas entre lobos” Mt 10,16); “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). El mismo texto exhortativo de Pablo en la carta a los cristianos de Colosas: “Revestíos de sentimientos de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Col 3,12), quiere indicar el estilo con que el Evangelio puede alcanzar a las periferias existenciales, el estilo que hay que asumir cuando se vive el Evangelio de la caridad.

Es indispensable asumir un estilo correcto, porque hay una caridad que no tiene una manifestación económica inmediata, sino más bien una íntima identidad de las personas: la persona enferma, anciana, el joven, el indefenso, la familia desestructurada. Este tipo de destinatarios no buscan cosas que se hagan por ellos, sino, la mayoría de las veces, el contacto, portador del mensaje de la misericordia, y el consuelo de la fraternidad cristiana. El corazón del siervo es llamado a hacerse grande y a unirse al del pobre. El estilo con que el cristiano está en la compañía de los hombres es determinante. De él depende la misma fe. No se puede anunciar a un Jesús que narra a Dios en la mansedumbre, en la humildad, en la misericordia, y hacerlo con estilo arrogante, con tonos fuertes. Todo gesto de caridad es la consecuencia lógica de un deber de humanidad. El samaritano que se inclina sobre el hombre “medio muerto”, manifiesta su dignidad de persona humana y, al mismo tiempo, reconoce en el herido sin voz a un igual en dignidad humana. El camino que hemos intentado hacer juntos nos dice que es necesario estar atentos para mantener el espíritu libre y generoso, para que, frente a la miseria humana que pasa, no tengamos derecho a decir: “Pasa mañana, que hoy no puedo”. Cuando pasa, hay que acogerla, cuando se la encuentra, hay que afrontarla.
 
 
Hacer el bien
No es, pues, tan verdad, que el mundo vaya adelante sobre la base de intercambios convenientes de cosas que son mercancías. Detrás de los intercambios hay personas que reclaman atención, escucha, respeto. Así toma cuerpo el interés por lo que se vive y se hace, no sobre la base de un precio preestablecido, sino por el gusto de las relaciones entre personas, por el cuidado del otro como “querido”. El bien ofrecido rompe el afán y el miedo de la deuda, que empuja a percibir al otro como competidor cuando no como antagonista, y ofrece a la sociedad un alma de humanidad. El bien común no puede aprenderse más que desde dentro de acontecimientos que permiten reconocerlo. La práctica del bien hacia los otros no puede inscribirse más que en una historia, dentro de un tejido de relaciones que pasa la prueba del tiempo y que permite reconocer la intencionalidad del donante. Es la persistencia de la práctica de lo gratuito la que garantiza su veracidad. Es saber que el infeliz existe no como una unidad dentro de una colección, sino en cuanto hombre, exactamente semejante a nosotros, que ha sido tocado una vez con un signo inimitable de la desgracia. Por eso es indispensable saber poner en él la mirada. La responsabilidad frente a Dios que manda amar al prójimo se traduce en responsabilidad frente al mundo, lugar de concreción del amor de Dios por el hombre y del amor del hombre por su prójimo. La catequesis sobre la caridad llega a ser verdadera en contacto con un mundo que es amado y que es tomado en serio porque ninguna relación humana o interhumana podría existir fuera de la economía, ningún rostro podría ser encontrado si se tienen las manos vacías y las puertas cerradas. Ser responsables de sí mismos es el primer paso de una posible responsabilidad hacia los demás. El catequista, criatura frágil y apasionada, discípulo activo y contemplativo, que ha encontrado realmente a los pobres, cuando le pregunten: “¿quién eres?”, con el rostro convertido en imagen de otros rostros, con el corazón rebosante de encuentros, podrá decir: “Yo soy el que ha vivido la aventura de bajar de Jerusalén a Jericó”
 

 

 



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