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Educación en las virtudes y valores

La virtud de la Magnificencia y la Alegría
La alegría proviene del espíritu y la fortaleza con que encaramos la vida y sus contradicciones.


Por: Marta Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net



La Magnificencia

La magnificencia es la virtud “que inclina a emprender obras esplendidas y difíciles de ejecutar sin arredrarse ante la magnitud del trabajo o de los grandes gastos que sea necesario invertir”. (1)

Así como la liberalidad es la virtud que modera el uso del dinero en general (tanto del que es regalado como el que se administra o se gasta) la magnificencia se ocupa de los grandes gastos en las grandes obras. El magnífico “hace del dinero un instrumento con el que realiza grandes obras, lo cual supone grandes dispendios o gastos.

Según puede verse, trátese de la actitud frente al dinero. Como éste es un bien útil, lo que interesa, más que el bien en sí, es el modelo de usarlo. La justicia considera los bienes desde el ángulo del derecho, según lo debido; la magnificencia ve en el dinero la materia adecuada para hacer grandes obras… La liberalidad entra en todos los casos en que hay relación con el dinero, mientras que la magnificencia sólo cuando se trata de grandes riquezas en orden a su aplicación para obras de relevancia. (2)

Tanto Aristóteles como Santo Tomás consideran a la magnificencia como una virtud emparentada con la liberalidad porque se refiere al empleo de las riquezas, pero la magnificencia supera a la liberalidad porque es un gasto suntuoso que se materializa en grandes y bellas obras que quedan para el bien y el disfrute de la belleza en muchos. Es importante que además de grandes las obras sean bellas, porque si son tan sólo grandes no serán magníficas. Recordemos que toda virtud tiende al Bien, a la Verdad, a la Justicia y a la Belleza.

La magnificencia es una prolongación de la liberalidad. El magnífico es siempre liberal, pero el liberal no necesariamente es magnífico. El alma magnánima lo será cuando sus acciones sean grandes y bellas, mientras que la magnificencia se refiere solamente a lo que se puede hacer. “Hacer” significa ejecutar una obra o acción exterior, materializada en una casa, en un monumento, una iglesia o algo parecido. El magnífico tenderá siempre a hacer grandes obras de pintura, arquitectura, esculturas, edificios, grandes templos, catedrales. Sus gastos serán siempre grandes y convenientes. Las obras serán dignas del gasto a realizar y el gasto será digno de las obras en vistas al Bien y la Belleza.

Mientras el magnánimo sólo se fija en el mejor bien a hacer y no se queda en los detalles, el magnífico no mirará con mucho detenimiento los gastos ya que para él son signo de pequeñez y por lo tanto sus obras serán siempre dignas de admiración por su elegancia y belleza, porque la búsqueda del Bien, de lo Bueno, de lo Justo y de la Belleza es lo que caracteriza en el fondo a todas las virtudes.

Si bien los pobres pueden y deben poseer su espíritu, la magnificencia es la virtud propia de los ricos, que en nada mejor pueden emplear sus riquezas que en el culto a Dios y en provecho de sus prójimos. La historia nos demuestra que la mayoría de los grandes artistas han tenido grandes mecenas y hombres magníficos que los han apoyado en sus obras. Beethoven, Leonardo da Vinci, Miguel Angel, Rafael o Bramante han contado con quienes les han encomendado empresas fantásticas y que nos han hecho posible que durante siglos millones de personas pudiéramos disfrutar de tanta belleza y hermosura. Ya en el siglo XV los Papas convocaban a grandes artistas como Masaccio, Donatello, Fray Angélico, Pinturicchio y Mantegna a Roma para darle esplendor y belleza al arte sacro con sus obras.

En el siglo XVI, el Papa Julio II, hombre de mucho ingenio y de refinado gusto, le encargó a Miguel Angel 40 esculturas para su propia tumba, obra que quedó inconclusa pero que dejó el Moisés como testimonio. Una actitud vanidosa tal vez, de quien, aún siendo Papa, quiso inmortalizarse en esta tierra... pero la humanidad se lo agradece. Porque, si bien este Papa no fue un santo, fue al menos un gran mecenas apoyando no sólo al genial Miguel Angel sino, además, a Rafael y a Bramante. También le encargó pintar a Miguel Angel en contra de su voluntad, (porque él se consideraba un escultor y no un pintor...), el techo de la Capilla Sixtina. Clemente VIII a su vez, otro Papa mecenas, encargó a Miguel Angel pintar el Juicio Final sobre el altar principal de la Capilla Sixtina, que resultó una de sus posteriores obras.

Lorenzo de Médici, que pasó a la historia como Lorenzo el Magnífico, si bien tuvo una vida azarosa y con actitudes incluso en contra de la Iglesia, fue un gran mecenas para Florencia en el siglo XV, de ahí que pasara a la historia con dicho nombre. El último tercio del siglo XV fue enormemente enriquecido con su apoyo y recomendó a grandes artistas como Botticelli, Pallaiolo, Leonardo da Vinci, Giuliano de Maino y Verrochio para trabajar con los distintos príncipes. Impulsó así, en gran medida, al naciente Renacimiento florentino, que después sería el Renacimiento italiano y más tarde el Renacimiento europeo. De esa manera, entre los hombres con fe y extraordinariamente dotados para las artes y otros magníficos que creyeron en ellos y los exigieron hasta situaciones limites para hacerlo (como el Papa Julio II a Miguel Angel) es que el Occidente cristiano se ha podido nutrir y se sigue nutriendo de tanta belleza desde hace siglos.

Dijimos que la diferencia entre el magnánimo y el magnifico es que: la magnanimidad es el actuar con espíritu de grandeza en todas las virtudes, mientras que el magnífico lo hará con relación a las obras. Podemos decir sin temor a equivocarnos que la evangelización de América fue obra de almas magnánimas porque pensaron con mente universal, y el reinado de los Reyes Católicos fue además magnifico por sus obras. Todo el siglo XVII español, (llamado con justicia el Siglo de Oro), estuvo plagado de almas magnánimas que tendían a la gran acción con una finalidad religiosa. El ideal de hombre era entonces el del caballero cristiano: el hombre entero por el cúmulo de virtudes y valores que encarnaba su personalidad.

España, si bien poseía su poderío económico, fundó su imperio con su sola fe, dando de lo que tenía, que era fe, cultura, tradición, usos y costumbres, sistema político y social. El espíritu era de servir, no de servirse. No eran hombres de negocios sino hombres que arriesgaban diariamente sus vidas en empresas de conquista y evangelización. Aún el ansia del oro era para
la acción, para financiar grandes conquistas y descubrimientos, no como el hombre moderno que lo ansía para acumularlo, mostrárselo a los demás, tirárselo encima o sólo para sí mismo.

Distinto fue el espíritu anglosajón protestante, que levantó su imperio en el siglo XIX saqueando y apoderándose de los bienes de otros países y no dando nada a cambio. Inglaterra no sólo no se mezcló con los nativos en los lugares en donde puso su pie, sino que creó toda una infraestructura para llevarse los bienes que éstos tenían. Es bien visible la huella dejada por ellos no sólo en nuestra Patria sino en Egipto, en Grecia y en la India, en que nada ha sido modificado para el bien de los pobladores del lugar durante los dos siglos de su estadía. En la India, donde estuvieron 200 años dominando, tuvo que llegar la Madre Teresa de Calcuta con el solo capital de su fe en Cristo para intentar recoger lo que los indios tiraban a las calles como los despojos de los seres humanos. Aún sabiendo que poco o nada podía modificar en la vida de millones de personas, fue el único faro de caridad que tendió una mano para sostener, ante la muerte, a los millones que morían sin haberla recibido.

En el siglo XX tenemos como ejemplo al actor y director de cine Mel Gibson, que hizo una obra magnifica con “La Pasión de Cristo”. Según los medios nos informan, la financió personalmente. Millones de almas tienen que haberse movilizado hacia la fe al verla, otros millones se habrán confesado y otros tantos millones se habrán replanteado su posición con respecto a Dios. No sabemos cuales habrán sido las razones íntimas del actor para financiar y realizar esta obra magnifica ayudado por la técnica de nuestro siglo. No nos corresponde juzgar si lo habrá hecho por evangelizar o por negocio. Lo que sí sabemos es que ha hecho una obra magnifica que ha irradiado y seguirá irradiando un enorme bien a las almas, dándole inmensa gloria a Dios y a Su Iglesia por la repercusión que ha tenido y el acceso a millones de personas y nosotros se lo agradecemos.

Los vicios contrarios a la magnificencia son: la tacañería o mezquindad (por defecto), y el despilfarro (por exceso).

En cuanto al vicio de la tacañería o mezquindad sabemos que: “A todo el mundo le gustaría hacer cosas grandes, si no costasen nada. Pero mientras el magnífico está dispuesto a hacer grandes gastos en aras de grandes resultados, el mezquino se resiste a ello, por lo que toma partido a favor de las cosas pequeñas. El mezquino se caracteriza por ser lento en obrar, cuando se trata de cualquier desembolso; por querer gastar siempre lo menos posible; por entristecerse cuando se ve obligado a pagar algo, pensando que ha puesto más de lo que hubiera convenido. El hombre mezquino, que incesantemente peca por defecto, lo único que logra es que las cosas, aunque en sí sean grandes, por la miserable pequeñez de su espíritu pierdan toda su sublimidad y toda su belleza.”(3)

Antes hemos relacionado la magnificencia con la belleza, ahora podemos señalar el vínculo que une la tacañería con la fealdad. Una demostración más de la unión que existe entre la moral y la estética.

En cuanto al despilfarro, es cuando se gasta en lo que no corresponde o en cosas superfluas y caprichos excesivos se contrapone con los límites de lo prudente y lo virtuoso. Aristóteles ha descrito al despilfarrador como un hombre que peca por derroche, carente de buen gusto, que gasta sin límite ni oportunidad, porque gasta, no por amor a lo bello, sino para hacer alarde de su fortuna y hacerse admirar.

Es muy grave el despilfarro en las cabezas de familia que debieran pensar en el bienestar y en la seguridad de los suyos. Pero mucho mas grave es el despilfarro cuando el dinero que se mal gasta es público, (como el dinero de los ciudadanos recolectado por impuestos muchas veces distorsivos), o de muchos en entidades en principio de bien público, (como la parroquia, el club, cooperadoras del colegio). No es verdad que lo público no es de nadie, sino que siempre es producto del esfuerzo y las privaciones de muchos. Atrás de los ahorros públicos hay pequeñas y grandes privaciones de millones de personas que pagan sus impuestos.


Notas:
(1) “Teología de la perfección cristiana”. Rvdo. P. Royo Marín. Editorial BAC. Pág 591.
(2) “Siete virtudes olvidadas”. Rev. P. Alfredo Sáenz. Ediciones Gladius. Pág. 321.
(3) “Siete virtudes olvidadas”. Rev. P. Alfredo Sáenz. Ediciones Gladius. Pág. 329


La Eutrapelia y la Alegría

La virtud de la eutrapelia “tiene por objeto regular según el recto orden de la razón, los juegos y diversiones”. (1)

La eutrapelia “tiene que ver con el reposo, el juego, la diversión. La vida del hombre no es concebible sin descansos, distracciones, tertulias. Por algo los antiguos calificaron al ser humano como homo ludens, hombre que juega, o también homo ridens, hombre que ríe. Pues bien la eutrapelia es la virtud que rige esos momentos de esparcimiento”. (2)

La eutrapelia pertenece también a la modestia exterior, que es todo una forma de comportarse, y ésta a su vez deriva de la virtud de la templanza.

“En la “Ética a Nicómaco” comienza Aristóteles su inquisición preguntándose si al hombre culto y perteneciente a una civilización refinada le es lícito buscar descanso en la broma placentera y el juego. Y responde afirmativamente.

Santo Tomás retoma su razonamiento: Tiene el juego cierta razón de bien, en cuanto que es útil a la vida humana. Porque así como el hombre necesita a veces descansar de los trabajos corporales desistiendo de ellos, así también se necesita a veces que el alma del hombre descanse de la tensión del alma, con la que el hombre encara las cosas serias, lo que se hace por el juego. Tal sería su primera aproximación a la materia.

El hombre tiene la experiencia del cansancio, sintiendo necesidad de reposo, de distracción. El descanso del cuerpo lo obtiene suspendiendo el ejercicio corporal; la mente, en cambio, encuentra su solaz en la “diversión” (diversio = apartamiento) de la atención hacia objetos agradables, distintos de los que integran su trabajo habitual.

En la Suma Teológica vuelve sobre lo mismo: “Así como la fatiga corporal se repone por el descanso orgánico, también la fatiga espiritual se restaura por el reposo espiritual. Sabiendo, pues, que el reposo del espíritu se halla en el placer, como hemos visto anteriormente, debemos buscar un placer apropiado que alivie en la tensión del espíritu”. (3)

“Lo que los antiguos llamaban el ocio (otium) era, como vimos, algo noble. Al ocio se lo consideraba como una suerte de recogimiento espiritual, de re - concentración del hombre en lo más íntimo y profundo de su ser; de ahí su relación con la fiesta, con el culto y con el descanso dominical.

Hoy el ocio no es plenitud de riqueza sino vacío interior, que se lo rellena con ruido, ya que el hombre moderno no es capaz de soportar el tiempo libre y el silencio. La televisión ha asumido dicha función: cubrir el vacío del hombre “di- vertiéndolo”, es decir, quitándole lo poco que le queda de vida interior, e incitándolo a la disipación y dispersión de sus facultades”. (4)

De ahí concluimos que “la eutrapelia es la virtud del que “gira bien, del que sabe ubicarse como conviene al momento, una virtud aristocrática, propia de quien posee agilidad espiritual, por la que es capaz de “volverse” fácilmente a las cosas bellas, joviales y recreativas, sin lastimar por ello la elegancia espiritual del movimiento, sin perder la debida seriedad y su rectitud moral”. (5)

Lo que Santo Tomás describe es la “teología de las diversiones” explicando que el cuerpo tiene necesidad de descanso corporal y espiritual para rehacer las fuerzas consumidas en el trabajo. De ahí que el recreo, el descanso y las pausas en las actividades y el trabajo sean sanas y necesarios.

Pero hay que divertirse con señorío, con elegancia. Comportarse bien, sin olvidarnos de quienes somos, de que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. “ ¿Y en qué consiste la semejanza del hombre con Dios? No en el cuerpo, sino en el Espíritu, que es un soplo de Dios, una centella del espíritu divino”. (6)

Teniendo esto siempre presente debemos evitar entonces recrearnos con actividades torpes, vulgares y ordinarias que nos degradan como personas, (como embadurnarse con huevos y harina), o perder la compostura que nos recuerda nuestra condición de seres humanos, (como emborracharse, reírse toda pintarrajeada y a carcajadas, hacer el ridículo, desnudarse en público, bailar sobre las mesas, etc.).

La alegría proviene del espíritu y la fortaleza con que encaramos la vida y sus contradicciones. Pensamos que el hecho de estar alegres se debe a vivir una sucesión de acontecimientos positivos en nuestras vidas que nos generan ese estado, pero la alegría genuina se construye cada día desde dentro. La fuente más profunda de alegría es el amor, el saberse amado por Dios, Quien nos sacó de la nada y que sabemos se dejó matar por mí. Es Él quien restaurará todas mis heridas y la esperanza cristiana nos enseña que existe un más allá en donde seremos eternamente felices porque en esta tierra estamos de paso.

La sana alegría será entonces el resumen que se exteriorizará en nuestro modo de ser, fruto de otras virtudes interiores. Es muy fácil apreciar o diferenciar a una persona alegre, pero tratar de serlo, si no lo somos, ya no es tan simple. Y dicho sea de paso, la expresión genuina de la alegría es la sonrisa, un rostro iluminado, no la carcajada histérica.

La virtud y la santidad no se compaginan con caras largas y ceños fruncidos. “Un santo triste es un triste santo” decía Santa Teresa de Jesús. En realidad los santos son los que más conocen el secreto de la “perfecta alegría” de la que hablaba san Francisco de Asís. En el siglo XIII, “recomienda a sus frailes la alegría:” Y guárdense de aparecer tristes, ceñudos o hipócritas, antes muéstrense contentos en el Señor, alegres y religiosamente graciosos”. (7)

Es en la familia en donde se debe aprender a vivir alegres compartiendo lo que se tiene o sobrellevando mejor lo que se carece. Si llegamos enojados, no saludamos a nadie y nos encerramos en nuestra habitación dando un portazo sin compartir nada de lo nuestro con ninguno de la familia no podremos decir que estaremos contribuyendo a generar un clima de alegría.

No es lo mismo ser alegre que hacer ruido, o generar el alboroto mundano que puede ser una forma de aturdirnos del vacío interior que sentimos. Para vivir alegres debemos empezar por ser agradecidos por todo lo que tenemos, ser sencillos, no desear ni vivir, añorando grandes cosas que no necesitamos para vivir, hacer el bien, ser solidarios con el prójimo,

Contra esta virtud hay dos vicios opuestos: la necia o falsa alegría, por exceso, (que se entrega a diversiones ilícitas, risotadas exageradas, obscenidades o burlas al prójimo que atentan contra la caridad), y la manía de hacer bromas ridículas.

A veces nuestra falta de comunicación o nuestros problemas para comunicarnos con el prójimo de una manera natural hace que tengamos el hábito de hacer chistes y burlas todo el tiempo. Muchas veces se bromea aún en lugares donde no corresponden, (como durante una conferencia, en clase, en misa o aún en un velorio). También al margen de las conversaciones que se están tratando en el momento, (por ejemplo en la mesa haciendo bromas y chistes con el de al lado cometiendo no sólo la grosería de no escuchar a quien habla sino comprometiendo con mi comportamiento al resto de los comensales que se ven obligados a prestarme atención). En estos casos la vana alegría se hace necia, tonta, impropia de un comportamiento maduro que sabe discernir lo que corresponde a cada circunstancia.

Hay momentos para reír y divertirse porque requieren festejo. Hay otros que exigirán atención de nuestra parte porque son importantes, y hay momentos que requieren seriedad porque son graves. La virtud estará en comportarse como corresponde y de acuerdo a cada uno.

El otro es la austeridad excesiva, de los que no quieren ni divertirse nunca ni dejar que los otros lo hagan. Este extremo de las personas agrias y hoscas también es lamentable.



Notas:

(1) “Teología moral para la perfección cristiana”. Rvdo.P. Royo Marín. Editorial BAC. Pág. 62
(2) “Siete virtudes olvidadas”. Rvdo P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág 351
(3) “Siete virtudes olvidadas”. Rvdo P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág 370
(4) “Siete virtudes olvidadas”. Rvdo P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág 385
(5) “Siete virtudes olvidadas”. Rvdo.P. Alfredo Sáenz. Editorial Gladius. Pág 372
(6) “La Santa Biblia”. Mons. Juan Straubinger. Club de lectores. Tomo I. Pág. 19
(7) “Sin volver la vista atrás”. Justo López Melús. Editorial G.M.S IBERICA, S.A.Pág.23.



Para el estudio personal


En relación a La Magnificencia
1. ¿Qué es la virtud de la magnificencia?
2. ¿Cuál es la diferencia entre la virtud de la magnificencia y la virtud de la liberalidad?
3. ¿Cales son las características principales de una persona que vive esta virtud?
4. ¿Cuáles son los vicios contrarios a esta virtud? ¿Por qué?
5. ¿Algún comentario o sugerencia?


En relación a La Alegría
1. ¿Qué es la virtud de la eutrapelia?
2. ¿De dónde proviene la alegría?
3. ¿Cuáles son los vicios opuestos a esta virtud? ¿Cuál es la influencia de ellos en tu vida personal?
4. ¿Algún comentario o sugerencia?

Para reflexión personal
1. ¿Vivo mi vida con alegría? ¿o estoy continuamente turbado? ¿como fracasado? ¿amargado e insatisfecho?
2. ¿De dónde proviene esta falta de alegría? ¿de mi mediocridad en vivir la vida religiosa? ¿de mi descentramiento en ella? ¿en qué se funda mi alegría: en mi seguridad de estar tratando de agradar a Dios? ¿en la seguridad del triunfo que Cristo me brinda? ¿porque ya desde ahora estoy salvando almas? ¿o simplemente en la carencia de dificultades? ¿en mis deseos humanos de triunfar con los medios que la Legión me proporciona? ¿en la superficialidad con que valoro mi vida y mis posibilidades?
3. ¿Cómo es mi alegría? ¿profunda? ¿intima, de corazón? ¿exterior? ¿superficial y ligera? ¿comunicativa? ¿sobrenatural, porque nace de mi unión intima con Dios?
4. ¿Tengo siempre espíritu constructivo? ¿de perpetuo optimismo? ¿se descubrir siempre el lado bueno de las personas y de las cosas? ¿de los acontecimientos?
5. ¿Mi optimismo es infundado, idealista; me impide ver las cosas como son? ¿o realista? ¿superficial? ¿fruto de mi vida interior?
6. ¿Soy pesimista por sistema? ¿veo siempre todo de color negro? ¿al ver que todo es irremediable, no me esfuerzo por cambiarlo? ¿qué manifestaciones tiene este pesimismo preferentemente: respecto de las personas? ¿de los acontecimientos, de mi vida personal?
7. ¿A la menor contrariedad me desaliento? ¿llego a desistir de la lucha? ¿vivo en continuas lamentaciones, ahorrándome así el trabajo de tener que superarme? ¿en ansiedades continuas por el pasado? ¿por mi presente? ¿por el porvenir? ¿estoy siempre descontento?
8. ¿Cuál es mi reacción ante el éxito? ¿agradecérselo a Dios? ¿vanidad o autosuficiencia? ¿optimismo exagerado? ¿y ante los fracasos? ¿me descorazono? ¿me animo a trabajar con más atención?
9. ¿Soy siempre constructivo? ¿o con mi pesimismo e inseguridad destruyo las iniciativas de los demás?
10. ¿Me doy cuenta de que el pesimismo solo es falta de fe en el amor y en el poder de Dios? ¿por eso mi optimismo se funda solo en El?

Si tienes alguna duda sobre el tema puedes consultar a Marta Arrechea Harriet de Olivero en su consultorio virtual

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