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Mitsue Takahara
"...el más pequeño movimiento de puro amor, es más útil a la Iglesia que todas las demás obras juntas.”


Por: Mitsue Takahara | Fuente: Mitsue Takahara



¡Que el mismo Espíritu Santo que movió tanto a S. Francisco Javier siga actuando en cada uno y en todos los cristianos de todo el mundo!

A petición del Sr. Arzobispo de Sevilla, animada por mi Madre Priora, con gran emoción personal y mucha preocupación por cómo hacerlo, he acudido aquí para hacer visible con mi modesta presencia la necesaria e íntima relación entre la contemplación y la evangelización, entre la vida en clausura y la actividad misionera, como dos realidades inseparables en el quehacer de la Iglesia Católica.
Espero, con la ayuda del Señor, acertar con las palabras oportunas para expresar lo que significa ya mi presencia aquí, entre Ustedes.

Antes que nada, quiero agradecer de todo corazón a todos Ustedes, y a todos los españoles por habernos hecho posible recibir el don de la fe enviando a tantos misioneros y misioneras al Japón. ¡Muchas gracias de corazón! Gracias a Ustedes, hoy, estoy aquí como una japonesa católica y como Carmelita Descalza. Y con mucha alegría quiero presumir diciendo:“Quien me ve a mí, ve el fruto de la semilla que sembró S. Francisco Javier.”
Siempre cuando pienso en este “Apóstol de Oriente”, mi corazón rebosa de admiración y de agradecimiento profundo.¡Qué designio de Dios! Llegó a Japón en 1549 y antes de su llegada, ningún japonés conocía a Dios, “Uno y Trino”, ni a Jesús ni a María, no había ningún católico. Pero, después de escuchar las pláticas del Santo, unos 500 se convirtieron en seguida.

Esto fue el comienzo de la historia de la Iglesia católica en Japón. Después de dos años y pico de estancia, S. Francisco Javier se marchó para China, pero antes de llegar, enfermó y no pudo realizar su proyecto, porque arriba en lo alto le llamaban.
Cuando pienso en todo eso, no puedo dejar de exclamar: ¡Cuánto bien puede hacer a toda la humanidad, un hombre verdaderamente enamorado de Dios! ¡Qué fuerza cobra para superar todas las dificultades si uno deja trabajar libremente en su corazón al Espíritu Santo!

En mi familia no había ningún cristiano, sin embargo, mis padres desearon enviar a sus cuatro hijos a las escuelas de los misioneros católicos, porque creían que allí daban una educación con un espíritu firme. En el año 1952, mi hermana mayor, deseó bautizarse con 9 años, mientras estudiaba en la escuela de las Mercedarias. Fue entonces, cuando entró la religión católica en mi familia. Después de cuatro años, en 1956, mi segunda hermana fue bautizada en la escuela de las Carmelitas de la Caridad. Más tarde, en 1967, mi hermano, con 18 años, en el colegio de los Jesuitas.

En este mismo año, mi hermana mayor, entró en el convento de las Carmelitas Descalzas de Tokyo. Yo tenía 16 años, y aún no era católica y mis padres tampoco.
La acompañamos toda la familia el día de su entrada. Fue la primera vez que visité un convento de clausura. Un muro de cemento de tres metros de alto cercaba el gran terreno del convento, una reja negra con una cortina negra en el locutorio, y una bombilla desnuda, con una pobre pantalla de metal era la única iluminación para ese cuarto. No había ningún adorno. Sólo un Crucifijo. ¡Qué pobreza y qué desnudez! Allí dominaba un silencio absoluto. Desde lejos se acercaba el ruido de las llaves, se paró y abrió la puerta. Me pareció que era una auténtica cárcel. ¡Alabado sea Jesucristo! Nos saludó la Madre Priora abriendo la cortina. Me quedé sorprendida, porque apareció una monja vestida exactamente igual a Sta. Teresita. (Después me enteré de que el convento fue fundado por las Madres de Francia y conservaba las costumbres francesas.) Junto a ella, había otras dos hermanas muy sonrientes. La Madre Priora hablaba pausadamente con una voz cristalina.

A mi oído llegaban muchas veces las palabras como “oración”, “vida de oración”, y de vez en cuando, la Priora nos contaba unas cosas graciosas que nos hacía reír. ¡Qué simpática y qué amable! ¡Quién jamás pudiera imaginar que dentro de tal muro había un mundo tan puro, tan lleno de paz y alegría! Allí había un no sé qué que elevaba nuestro corazón a lo alto, a lo sobrenatural. A la salida me llamó la atención una tabla donde, con una preciosa caligrafía japonesa, decía: “Esta casa es un cielo, si le puede haber en la tierra” (Sta. Teresa de Jesús).

Ese día, regresamos a casa tristes por la separación de nuestra querida hermana, y en mi corazón dejaba muchos interrogantes: ¿Por qué viven dentro de un muro tan alto, y qué hacen allí escondidas? ¿Para qué sirve aquella vida? ¿De dónde nacen aquella paz, alegría y sonrisa?.........
Terminé 6 años de estudios en el colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón. Conocí a muchas monjas españolas, y seguí estudiando en la Universidad de ellas.
Cuando ya tenía 20 años, en 1971, yo también deseé ser bautizada.
Como mi hermana Carmelita no pudo salir del convento, fuimos nosotros a la Iglesia de ella, y acompañada de toda la Comunidad, recibí el agua bautismal e hice la Primera Comunión. Me pusieron el nombre católico de Mª Teresa por Sta. Teresita de Lisieux. Como recuerdo de ese día, la Madre Priora me regaló un librito sobre la doctrina de Sta. Teresita, que me gustó mucho. Lo leí y lo releí, porque cada vez que lo leía encontraba en él, alegría, luz, consuelo y ánimo y me daban ganas de amar a Jesús, más y más. Desde entonces, Sta. Teresa del Niño Jesús es mi íntima amiga, y mi muy querida hermana y Maestra.
Después del Bautismo, conocí a muchos fieles y misioneros de varios países. (Dicen que ahora en Japón, hay sacerdotes de 37 nacionalidades, y 116 son españoles) Se iba abriendo delante de mí un mundo nuevo e internacional.

Me sentía cada día más libre y feliz por haber sido bautizada y dije al Señor: “Muchas gracias Señor, por haberme dejado ser miembro de la Iglesia Católica. Espero que mis padres y todos los hombres también te conozcan a Ti”
Pasaron los años, y en el año 1976, hice los Ejercicios Espirituales, con un padre misionero español, y ví que mi vocación era ser carmelita Descalza. Jesús me llamó para ser su amiga. Al principio me quedé sorprendida y algo aturdida ante tal invitación, pero, la acepté con agradecimiento.

En estos Ejercicios recibí la gracia de entender, más que nunca, lo grande que era el sacramento del bautismo. Mi corazón rebosaba de alegría y agradecimiento de verme verdadera hija de Dios, y hermana y amiga de Jesús y de todos los hombres del mundo. Al mismo tiempo me daba mucha pena ver a tantos japoneses, que aún vivían sin conocer ese “gran regalo” de Dios, y sentía nacer en mi corazón un fuerte deseo de hacerles conocer a ese Dios Misericordioso. No sabía cómo agradecer a todos los misioneros que me habían guiado hasta el bautismo y hasta encontrar mi vocación. Me dije a mí misma: “Cuando yo sea Carmelita, ofreceré mi vida especialmente por ellos y pediré mucho por ellos y trabajaré con ellos, recorriendo el mundo entero, a través de la oración, para que todos los hombres conozcan y amen al Señor, y encuentren una verdadera felicidad, como yo la he encontrado.”

Quería entrar desde el principio en un convento de España fundado por Sta. Teresa de Jesús, pero al ver a mis padres sufrir tanto, no quise insistir, y entré en 1980, en el convento de Yamaguchi, que acababan de fundar las Madres de Tokyo. Entre las fundadoras, estaba mi hermana. Vivimos juntas 18 años. (A propósito, Yamaguchi, es la ciudad donde trabajó San Francisco Javier enérgicamente. Dijo él mismo: “Me parece que con verdad podría decir que en mi vida nunca tanto placer ni contentamiento espiritual recibí....” Allí siguen trabajando muchos Jesuitas con mucho fervor)

Desde que entré en el Carmelo, mi única ambición es, siguiendo el rastro de Teresita, “Amar a Dios y hacerle amar, y trabajar por la glorificación de la Santa Iglesia, salvando a las almas.” Y me ofrezco todos los días, especialmente por los sacerdotes, misioneros y sus familias, y por los seminaristas y novicios y por el aumento de las vocaciones en la Iglesia, haciendo pequeños sacrificios, imitando a Teresita, de quien cuentan una anécdota.
Dicen que un día, ella, enferma, se paseaba muy fatigada por el jardín, cumpliendo la obediencia. Entonces dijo: “Camino por un misionero. Pienso que allá abajo, muy lejos, algunos de ellos, puedan estar agotados por sus correrías apostólicas y para disminuir sus fatigas, yo ofrezco las mías a Dios”.

Ví en Japón a muchos misioneros, que trabajaban con una entrega generosísima, olvidándose totalmente de sí mismos, haciendo un esfuerzo muy grande por inculturarse. Pero a pesar de eso, ¡qué pena!, la cosecha era muy poca, y algunos misioneros se cansaban, se desanimaban e incluso se pusieron enfermos.
Ante tal panorama me dolió tanto el corazón, que me surgió la idea de hacer un intercambio.
Ellos se dan generosamente en Japón, entonces yo, me daré toda a los españoles en España, amando y sirviendo a las hermanas del Convento. Pedí el traslado pero tardé muchos años en conseguirlo.
Y por fin, hace cinco años, en 1998, el Señor me trasplantó a Sevilla, y estoy muy feliz, muy unida en la oración con los misioneros de todo el mundo, de una manera muy especial.

Además, el Señor misericordioso, no se olvidó de aquel deseo mío de entrar en un convento fundado por Sta. Teresa y en el que también intervino San Juan de la Cruz, trasladando 10 años después a la Comunidad al convento actual.
Ahora, ya me queda sólo una cosa que hacer, que es, vivir una vida puramente contemplativa, como una verdadera hija de nuestra Madre Sta. Teresa, y como hija de la Iglesia.
Siempre cuando pienso en la vida puramente contemplativa, me salen espontáneos aquellos versos de San Juan de la Cruz:
“Olvido de lo criado,
memoria del Creador,
atención a lo interior,
y estarse amando al Amado.”

Olvido de lo criado.....>/i>parece que es una paradoja absurda, pero ese “olvido” no es ser indiferente a lo criado. No, al contrario. Como amo tanto a mi familia y a mis amigos, y a todo lo criado, lo pongo de una vez, en las manos de Dios, y después, lo veo y lo trato de nuevo con Dios, desde la fe, la esperanza y el amor.

Creo que lo que la Iglesia espera de mí, como Carmelita Descalza, para colaborar por la misión es esto: Me retiro del mundo, “al desierto”, separándome de mi familia y mis amigos, de mi patria, para la continua búsqueda de Dios en la soledad y silencio, adonde Jesús, el Amado, me llama para hablarme al corazón. Abierta, como María, a la acción del Espíritu Santo, que me conduce a lo interior, donde descubro a la Stma. Trinidad.
Y ya me queda sólo un oficio, que es “estarme amando al Amado”, y adorar al Padre en espíritu y en verdad.
Sólo cuando vivo con toda fidelidad una vida puramente contemplativa, me siento útil para la misión.

Las Carmelitas nos dedicamos a la oración continua, y rogamos por las intenciones de nuestro Santo Padre, el Papa, sabiendo que sus intenciones abarcan todo el universo, y asumimos en nuestra plegaria contemplativa el clamor de tantos hermanos y hermanas sumergidos en el sufrimiento, en la pobreza y en la marginación. En nuestra clausura entra la humanidad entera y estamos siempre unidas a todos los hombres y nos quedamos junto a ellos, a través de la oración.

Estoy comprobando cada día, aquella frase que me impresionó cuando entré la primera vez en el Carmelo de Tokyo: “Esta casa es un cielo, si le puede haber en la tierra.”
¡Qué feliz estoy! Aunque hay que fijarse en lo que dice a continuación “para quien se contenta sólo de contentar a Dios y no hace caso de contento suyo.”
En esta casa no puede entrar el egoísmo, hacemos todo, sólo para contentar a Jesús y a los demás.
Nosotras no vemos casi nunca los frutos de lo que pedimos en nuestras oraciones, ¡pero no importa! Porque sabemos que María, Madre de la Iglesia, se lo transmite todo a su hijo Jesús, y El hace todo lo mejor para cada uno y para toda la humanidad.

Pero, algunas veces, Dios misericordioso, nos da la alegría de ver algunos frutos. Les cuento algo que me hizo sentir muy feliz.
El 21 de Mayo de 1983, el día anterior a mi primera Profesión, que fue la víspera de la Solemnidad de Pentecostés, el Señor me hizo un gran regalo. Mi madre decía que quería creer en el mismo Dios que sus hijas Carmelitas, y por fin, fue bautizada ese día en nuestra Iglesia. Nosotras, siempre pedíamos mucho por la conversión de mis padres, pero nunca jamás nos imaginábamos que se realizase de esta manera. Cuando la ví comulgar el día de mi Profesión, no pude contener las lágrimas. Ese día fue uno de los días más felices de toda mi vida. ¡Qué bueno es el Señor!

En cuanto a mi padre, se bautizó hace ocho años, con 80 años, en la misma misa de Bodas de Plata de mi hermana Carmelita.
Sé que soy muy débil, pobre, y muy limitada.
Encima soy una extranjera en España y hay muchas cosas que no entiendo, ni sé hacerlas. Pero no me desanimo, porque Teresita está siempre conmigo y me anima diciendo: “Hermanita, no te preocupes, lo que le agrada a Jesús es verte amar tu pequeñez y tu pobreza, es la esperanza ciega que tienes en su misericordia...es la confianza, y nada más que la confianza que debe conducirnos al Amor, y recuerda siempre que el más pequeño movimiento de puro amor, es más útil a la Iglesia que todas las demás obras juntas.”

Me parece ver algo providencial el que en esta salida de clausura, nada común, que he hecho para asistir a este Congreso, me haya encontrado con la presencia viva de Sta. Teresita en sus reliquias aquí. Esto me reafirma a seguir su camino espiritual por el que ha sido declarada “Patrona Universal” de las misiones católicas, sin haber estado jamás en territorio de misión. Lo que confirma, una vez más, la relación existente entre clausura y misión, oración y acción, contemplación y evangelización.

Yo como Teresita “he encontrado mi puesto en la Iglesia. En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el Amor".

Mitsue Takahara
Teresa de María, Madre de la Iglesia
Carmelita Descalza del Convento de Sevilla







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